domingo, 13 de diciembre de 2015

La casita de Blancanieves y el estanque de los patos



MENDRUGOS DE PAN

            Quedaba menos de una semana para la Navidad y la ciudad permanecía oculta por un manto de niebla. La niña del parque tenía la sensación de que alguien se había abalanzado sobre su colchón de cartón y lo había cubierto de papel celofán. En lugar de sábanas perfumadas, tenía que dormir bajo un montón de tiras de papel casi transparente que hacían imposible poder saber con certeza qué es lo que la rodeaba. La niña del parque no acertaba a distinguir personas de sombras, árboles de estatuas, charcos de montones de hojarasca. Se sentía perdida y desorientada, como uno de esos ancianos solitarios que alguien olvida de vez en cuando junto a un banco de piedra. Lo único que consolaba a la pequeña era acudir al estanque de los patos e inventar historias mientras les arrojaba trozos de pan. Eran sus dos grandes pasiones.

            Nadie sabía el nombre de la niña, ni conocía a sus padres. Nadie se había preocupado por buscarle un hogar o asistirla. Excepto aquella vez, hará un par de meses. Un policía local había intentado acercarse a ella una tarde y preguntarle por su familia. La niña corrió entonces hacia el estanque de los patos y se abrazó a la anciana vendedora de castañas, que solía dar de comer a los patos en el parque todas las tardes. Aquel agente interpretó que la vieja castañera era toda su familia y no continuó con sus averiguaciones. La niña era extraña y la castañera siempre le había parecido inquietante y perturbadora. Mejor dejar las cosas como estaban. De lo contrario, aquello iba a suponer malas caras en comisaría, alguna bronca del inspector jefe, mucho papeleo, llamadas, entrevistas con los de servicios sociales, la visita de algún loquero y otras desquiciantes tareas que no estaba dispuesto a realizar.
Aquella tarde de otoño el policía había dejado a la extraña pareja con los patos del estanque y se había alejado del parque en busca de un café, un periódico y cualquier cosa que adormeciera su sentido del deber.

            Así es como la niña del parque comenzó a compartir las tardes con la castañera. La niña no hablaba y la anciana estaba tan acostumbrada a hablar consigo misma que su voz apenas era un susurro, un silbido tachonado de palabras, una cadena de frases inconexas que nadie era capaz de interpretar. El único lenguaje que aquellas dos almas perdidas hablaban era el del afecto, las miradas y una afición común: dar de comer a los patos del parque. Cuando el trabajo apartó a la vendedora de castañas de aquel rincón del parque, durante el invierno, la niña no dejó de alimentar a aquellos animalitos que sabían exactamente el lugar desde el que arrojaban su comida. Aquellos trozos de pan duro, irregulares, disformes, a veces minúsculos, a veces descomunales, eran proyectados desde aquella valla blanca, junto al puente de piedra, y venían siempre acompañados de bullicio y carcajadas, gritos sin palabras de una niña de nueve años.

            Aunque las últimas semanas la vieja castañera apenas había hecho acto de presencia en el estanque del parque, los patos no habían dejado de ser alimentados. Sin embargo, algo en el comportamiento de los patos tenía perpleja a la niña del parque. Cuando terminaba de arrojarles todos los trocitos de pan, los patos, en procesión solemne, se alejaban del puente de piedra y recorrían un gran trayecto hasta el extremo opuesto del estanque. ¿Por qué? Cuando la castañera volviera, después de que acabara la temporada de castañas, se lo iba a preguntar. Sin embargo, la niña nunca tendría ocasión de hacerlo.
La niña no sabía que, después de arrojarles los mendrugos de pan, la anciana solía recorrer todo el estanque y acercarse a una diminuta casita de cartón para dejarles algún que otro regalo que tenía preparado para ellos. La niña no podía imaginarse que, después de llenar sus estómagos, la anciana dibujaba para ellos y colocaba pequeñas hojas de papel cuadriculado debajo de unas piedras, justo al lado de su casita de cartón piedra. Lo que descubrió la niña durante aquellas semanas en las que se ocupó ella sola de alimentar a los animalitos, fue algo que cambió su vida para siempre. No obstante, tuvo que averiguarlo por sí misma y, antes de comprenderlo, será mejor que hablemos de aquella otra gran pasión de nuestra protagonista.

La niña del parque sabía leer. Cómo aprendió o quién la enseñó forman parte del misterio de esta historia. La niña sabía leer y adoraba leer. Una de sus actividades favoritas era  rondar la Casita de Blancanieves del parque de la ciudad y colarse dentro de aquella fascinante biblioteca. La Casita era una diminuta biblioteca para niños que no estaba lejos del estanque de los patos. A veces, la niña se apostaba detrás de un seto o de un rosal y espiaba a otros niños, que entraban con sus padres y leían o dibujaban o simplemente se asomaban a aquel mundo mágico y dejaban que sus padres les leyeran aquellas historias. Nuestra niña aprovechaba la entrada de algún adulto, la visita de otros padres y se hacía pasar por una hija más de la familia, corría hasta una estantería y abría aquellos cuentos como quien abre un regalo junto al árbol o una tableta de chocolate blanco. La chica encargada de los libros dejaba que la pobre criatura soñara con aquellas historias y le dejaba parte de su almuerzo, que la pequeña devoraba con la misma fruición con la que leía las historias de aquellos libros.
La niña había empezado a imaginarse historias, y había intentado escribir alguna idea en una libreta que le había regalado la bibliotecaria. Nunca se la había enseñado a nadie, ni siquiera a la mujer de las castañas. Ella tampoco la hubiera podido leer. Hacía años que la vendedora de castañas había olvidado lo que era leer y su vista tampoco la hubiera dejado reconocer siquiera las grafías. Le bastaba con distinguir las monedas y los billetes de aquellos a los que vendía sus castañas. La niña había intentado contarle sus historias a la castañera pero aquello tampoco había funcionado. La niña del parque no era capaz de emitir ningún sonido articulado, no podía hablar ni hacerse entender.

El caso es que, una semana antes de la Navidad, la castañera dejó de avivar el fuego de sus castañas, dejó de dar de comer a los patos del parque, dejó para siempre este mundo y no volvió a tener jamás una de sus peculiares conversaciones con la niña. Los patos siguieron comportándose de manera extraña y, después de alimentarse con los trozos de pan duro que la niña seguía arrojándoles desde el puente de piedra, continuaron realizando aquel trayecto desde el puente hasta la casita de cartón piedra, esperando inútilmente que aquella anciana les dejara allí sus dibujos.
La niña, la víspera de la Navidad, se decidió a seguir aquel itinerario que los patos no se cansaban de realizar. Corrió sin dejar de mirar cómo los patos se zambullían, ahuecaban las alas, se picoteaban entre ellos y nadaban hasta aquel montón de piedras. La niña ya sabía que la castañera se había marchado para siempre y, de algún modo, quería recordarla. Cuando levantó aquellas piedras húmedas y descubrió los dibujos de la anciana, supo lo que haría. Una semana después, una sombra se coló en la casita de Blancanieves, sin que la encargada ni los visitantes de la biblioteca se percataran de ello. Un libro acababa de formar parte del inventario de la biblioteca del parque de la ciudad.
Era la historia de la castañera y de los patos, de los sueños de una niña y de su afán por decir en letra impresa lo que su boca no le permitía. Eran las palabras de la niña y las ilustraciones de la anciana. Era el cuento más grandioso jamás escrito, jamás ilustrado y jamás contado… Hasta que un niño lo descubra sobre la estantería de aquella casita de Blancanieves y, como los patos del parque, se alimente de aquellas migajas de palabras y de la perfilada corteza de sus dibujos.

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