sábado, 5 de marzo de 2016

Cuando cumples los cuarenta



CUARENTA AÑOS

            Desde luego que no era este mi sueño, que nunca me había imaginado estar donde estoy ahora cuando apenas era un chiquillo y el futuro se abría ante mí sin cortapisas y sin formatos predeterminados. Aquí no hay espejos, pero si me mirara ahora mismo en uno, no reconocería mi propia imagen y la ignoraría como spam, como correo no deseado.
            Los chicos se han empeñado en celebrarlo y han organizado una fiesta, con tarta y todo. ¿Por qué es tan importante? ¿Qué quiere demostrar toda esta panda de energúmenos, vestidos con la misma indumentaria, gritando las mismas consignas, abriendo la boca y adoptando la estúpida expresión de los dibujos animados o las viñetas de las tiras cómicas de los periódicos? No voy a salir. No voy a abandonar este lugar ni voy a reírme de sus gracias ni a ponerme a recordar tiempos pretéritos y resucitar anécdotas que llevan enterradas media vida en la fosa común de nuestras ilusiones muertas, de nuestros sueños cercenados.

            Cuando yo no era más que un zagal de pueblo, un mozo de ciudad de provincias, un crío de capital con letras minúsculas, tenía mis aspiraciones, mis fantasías y mis proyecciones a puerta cerrada y luces apagadas. Sobre la blanca pantalla de mis sueños, proyectaba yo jugadas de pizarra y goles de antología, notas impecables y felicitaciones enmarcadas en el cuaderno del profesor, golpecitos en la espalda y cumplidos durante mis años de carrera, un puesto de trabajo envidiable y unas relaciones sociales que peleaban por conseguir que yo accediera a sus invitaciones. En aquellas cintas de VHS y aquellos DVD que mi imaginación fabricaba como churros, aparecía yo siempre con una sonrisa triunfante y una mirada abierta al mundo. Yo era delantero del mejor equipo de la liga, bombero apreciado en la comunidad, investigador en un laboratorio de prestigio y actor y novelista de éxito. Y siempre sonreía y estrechaba manos de las masas y repartía abrazos como el que achica balones desde la portería. Y en esos sueños todavía no había cumplido los cuarenta.
            Mi escena preferida consistía en una habitación de un hospital de campaña. Yo estaba en una cama, con el torso desnudo, sufriendo de mis heridas de guerra, sin poder incorporarme, cubierto de sudor y dolorido como un perro al que su amo ha abandonado en medio del bosque. Entonces aparecía ella. A veces rubia y con los ojos azules, a veces con media melena y flequillo que enmarcaba los ojos más negros que uno haya podido ver jamás, a veces con el pelo recogido y una cofia de enfermera que yo me moría por desbaratar y arrojar lejos de mi lecho de dolor. La chica, una de ellas, ponía su mano sobre mi frente y jugaba a desenredar el vello de mi pecho y yo me dejaba vencer por su cariño. Entonces, en aquellas imágenes, tampoco había yo pasado el umbral de los cuarenta.

            No he salido de esta habitación y no voy a hacerlo. Cuarenta años. La vida me ha plantado aquí y me acaba de despertar esta mañana con un jarro de agua fría y una alarma que no hay manera de desconectar. No entiendo cómo todo el mundo está tan excitado. No comprendo a qué viene tanta histeria. Cuarenta años. Yo nunca pensé que llegaría este momento.
            Tengo las dos manos ocupadas y se me están agarrotando. No puedo soltarlas ahora. Necesito acabar con esto. Estoy sudando y no me encuentro demasiado bien, como si mi cuerpo quisiera decirme en su lenguaje que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado, que todos mis huesos, mis músculos y mis nervios acaban de cumplir cuatro decenas.

            Recuerdo aquellos polos amarillos y anaranjados que se vendían a cinco pesetas y que te duraban más de media hora. La lengua terminaba compitiendo con el papel de lija que nuestro profesor de Plástica o Pretecnología nos hacía comprar para aquellos trabajos de la escuela. Los lengüetazos a mi polo de limón o de naranja fueron los precursores de las modernas baterías o de los cargadores de los móviles. Te sentabas en un banco de la plaza y dejabas que la lengua se adormeciera sobre aquel trozo de hielo monocolor. Entonces, tu imaginación volaba y tus sueños te convertían en protagonista indiscutible. No necesitabas películas ni videojuegos. Te bastaba dejar que el polo se fuera consumiendo.

            Sin embargo, la vida vino a interponerse en ese camino que la ilusión y el sueño se encargaban de desbrozar y mantener en perfectas condiciones. Y aquí estoy, con el cuchillo de la tarta en una mano y el cuello del alcaide de esta prisión en la que llevo pudriéndome una década en la otra, a punto de empezar una nueva vida, el día que cumplo los cuarenta años.


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