domingo, 24 de abril de 2016

El viaje a través de la lectura



EL CUADERNO DE ANILLAS

Lo encontré en el fondo de la vieja maleta, en el trastero de la casa de mis padres. Buscaba una maleta con ruedas y con las medidas perfectas para viajar dentro del avión. Entonces, di con esa otra. Como cuando buscas en los bares o en las cafeterías la chica de tus sueños y acabas teniendo la mejor de las conversaciones con una desconocida que te despierta de tus aspiraciones superficiales.
La maleta de viaje estaba sepultada bajo almohadas, cajas con apuntes y juegos de sábanas. Era una vieja maleta marrón, desgastada y rígida, como una institutriz de la campiña inglesa, como una tía abuela empeñada en corregir cada verano tu imperdonable falta de educación. En el interior de aquella maleta, de aquella oda a la incomodidad de entonces, había quedado atrapado, como un recuerdo obstinado, un cuaderno de anillas sin cubierta y con más de la mitad de las hojas arrancadas. Enseguida reconocí mi propia letra, el trazo inconfundible de aquel niño que era yo hace treinta años.
Mi hice un hueco entre los Juegos Reunidos, los esquís y las botas y bastones. Aparté de un manotazo el ventilador que ya no giraba y empujé la cama plegable que nunca conseguimos volver del todo horizontal. Saqué aquel cuaderno de anillas y empecé a leer mis propios pensamientos cosidos a aquellas hojas que todavía olían a pueblo y transpiraban cierzo y rumor de árboles susurrando. La lectura de aquellas frases se reproducía en mi interior con la voz del niño al que los primos imitaban entre carcajadas y manotazos en la espalda, del niño que buscó su propia voz entre las hojas cuadriculadas del cuaderno en el que mi madre apuntaba las compras y los gastos.

Nos peleábamos por ver quién subiría el cántaro de leche a la tía Carmen, por quién pediría permiso para jugar al ping pong en el garaje del tío Manolo o quién llegaría primero al cuarto de arriba en donde mis tíos guardaban aquellas lecturas. Uno llevaba el cántaro y los otros pedaleaban cuesta arriba, avanzando a duras penas para dejarse caer carretera abajo, para empezar de nuevo la subida. En esa ocasión llevaba yo la leche y cambiaba de brazo el peso del cántaro de latón cada pocos metros. Mis hermanos subían y bajaban aquella cuesta con las bicis y me metían prisa. Esta vez iba yo a ser el privilegiado que subiera a las habitaciones de arriba para bucear entre los libros y los tebeos de los tíos. Mis hermanos jugarían en el garaje mientras yo investigaba entre aquellos personajes que me habían robado el sueño.
¿Qué le ocurriría al hombre enmascarado? ¿Qué nueva aventura le esperaba al Príncipe Valiente o a Roberto Alcázar y Pedrín? ¿Qué nuevos amigos haría Caperucita Encarnada? Los personajes de la estantería de la casa de mis tíos eran de otra época y no salían por la televisión, no me los encontraba en las librerías ni me los recomendaban los maestros de la escuela. Eran mis héroes y heroínas del verano, de ese tiempo congelado entre la vida en Huesca y el colegio, de esos meses que son mucho más que una estación, mucho más que un intermedio. El verano, entonces, era largo y duradero, estaba siempre lleno de aventuras y experiencias que te cambiaban la vida. Cuando terminaba, algo moría con él y ni siquiera te explicabas esa tristeza que siempre iba acompañada de un clima más adverso.
Pero aquellos veranos saboreábamos cada momento, los palotes de la piscina municipal y los Colajet que nunca disfrutábamos, porque solamente queríamos llegar a ver el premio escrito en el palo, los partidos en el campo de Altahoja, las incursiones en el huerto de María José, la de Campaneta, los juegos con las gemeletas y las partidas interminables con los primos de la Bujaquera. Hacíamos excursiones para bañarnos en las Peñetas y disfrutar de las pozas que nos cubrían por completo. Y entre tanto ir y venir, los momentos en el cuarto de arriba de la casa de la tía Carmen, con aquellos personajes fabulosos.

Eran libros enormes, de tapas duras, encuadernados a conciencia. Pesaban una barbaridad y eran de todo menos manejables. Acababa con los brazos doloridos después de la lectura, pero eso no importaba. Gracias a esos libros viví mis propias aventuras y me inventé otras, participé de todas las historias, me enamoré de todas las heroínas e imité a todos los protagonistas de aquellas tramas. Saltando las rocas en el río Aragón, con un palo entre mis manos, remedé mil y una batallas y contagié a mis primos y amigos.
Debió de ser entonces cuando me picó la curiosidad y empecé a esbozar alguna que otra aventura de mi cosecha. Debió de ser entonces cuando garabateé en aquel cuaderno de la compra que le sisé a mi madre en la cocina. Entonces se acabó el verano y la tristeza de la vuelta a Huesca y al cole debieron sepultar aquellos trazos… Hasta ahora… Es curioso. Mañana me voy de viaje en avión. No obstante, no creo que sea comparable al viaje que mi imaginación realizó todos aquellos veranos, o al que acabo de hacer delante de un simple cuaderno de anillas. El viaje al que tú me has acompañado.

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