martes, 24 de enero de 2017

El origen mítico del juego del ajedrez

MAGNUS Y EL AJEDREZ

I

                El Reino del Mediodía estaba enfrentado con el Reino de la Medianoche. Llevaban así muchos años. Las batallas se sucedían año tras año, sin embargo, la victoria nunca se decantaba totalmente por ninguno de los dos bandos. Los otros Reinos de Iberia estaban hartos de esperar que un vencedor se levantara orgulloso de aquellas guerras interminables, de aquellas escaramuzas sin término, de aquellos enfrentamientos infinitos. Lo habían intentado todo para poner fin a ese asunto. Hasta habían enviado consejeros y sabios para mediar en el conflicto. Fue inútil. Al final, tuvo que intervenir una vieja hechicera, una mujer de origen persa que se había instalado en la península y vivía sola con su hijo. Acompañada de este, ambos realizaron un viaje hasta un castillo que se encontraba a igual distancia de los ejércitos de aquellos reinos enemigos. Una representación de ambos reinos se dio cita en el Castillo para llegar a un acuerdo y escuchar las palabras de aquella dama. Aquella mujer los recibió en un salón real, junto a su hijo, un niño ciego que cargaba a los hombros una bolsa abultada que su madre había traído consigo desde tierras persas. Nadie sabía qué contenía aquella tela enrollada. Se decía que era parte de un legado que se remontaba a muchas generaciones de una familia emparentada con el mítico Perseo.

                La ocurrencia de la dama de los Reinos Crepusculares y del Alba, como se hizo llamar aquella bruja, fue enseguida motivo de burla por parte de los integrantes de la expedición del Reino del Mediodía. El rey y su esposa, la reina, los soldados de a pie y los caballeros, los centinelas de las torres y los obispos estallaron en carcajadas desaforadas. Ataviados con sus túnicas blancas y sus armaduras plateadas, se reían a armadura batiente, sin ninguna consideración hacia la dama y su criatura. Sus acérrimos enemigos, los componentes del Reino de la Medianoche, de estandartes negros e insignias luctuosas, debido a la muerte reciente de la madre del rey, no se quedaron atrás en su mofa. Todos ellos se colocaron frente a sus enemigos y rivalizaron en su afán por hacer escarnio y befa de la mujer y del pobre muchacho ciego.

                La hechicera, sorda ante tanta humillación, se levantó de su trono y dispuso que todos los presentes se colocaran sobre las baldosas del majestuoso salón del castillo. Primero se dirigió a los miembros del cortejo del Reino de la Medianoche. Hizo que el rey y la reina fueran protegidos por caballeros, obispos y centinelas de las torres defensivas. En una línea más adelantada, ordenó a los soldados de a pie que defendieran a todos los cortesanos. Cada uno ocupaba una baldosa distinta y la bruja los obligó a esperar justo en el extremo de la sala. Nadie sabe por qué aquellos caballeros altaneros, aquellos obispos esquivos y peones rudos, aquellos centinelas toscos y aquellos reyes soberbios del Reino de la Medianoche obedecieron a la gran dama. Tampoco se supo nunca la razón por la que todos los orgullosos miembros del séquito real del Mediodía cedieron de igual modo sin oponer resistencia ante ella y ocuparon así mismo sus respectivos puestos en el otro término del gran salón del castillo.

                La mujer había propuesto un juego en el que todos ellos debían comprometerse a participar. A los pretenciosos soldados y a los engreídos nobles les hizo gracia la ocurrencia. A los reyes les pareció una invención placentera. Colocados como estaban, rey y reina parapetados por cortesanos y protegidos todos ellos por una muralla de soldados, los dos ejércitos debían imitar los movimientos de aquellos iguales que ocuparan las baldosas equivalentes del otro lado del salón. Cada caballero había de imitar el movimiento del caballero del otro extremo de la estancia, cada soldado había de ejecutar el mismo ejercicio que el peón que tenía enfrente. El rey estaría obligado a remedar la postura del rey enemigo y las reinas debían compaginar sus movimientos con el mismo porte y elegancia que observaran en la dama rival. Era el juego del espejo y una sola partida podría terminar con aquella guerra para siempre. Eso había prometido la dama a todos los reinos de Iberia.


II


                ¿Quién debía empezar el juego? Esta fue la pregunta que la concurrencia, desde sus baldosas, lanzó ante la mujer que había propuesto aquel curioso modo de esparcimiento cortesano. La reina de la túnica blanca, sin moverse de su lugar, propuso que fuera su séquito  el que iniciara el baile de movimientos que los componentes del otro extremo del gran salón tenían que atreverse a imitar con pericia y destreza. La primera que replicó fue la reina del velo e insignias negras como la oscuridad. No concebía la Reina de la Medianoche que nadie realizara un movimiento antes que ella, por muy esposa del Rey del Mediodía que fuera. Habló también el rey de la Medianoche, su esposo, mucho más pausado y menos impulsivo, pero enseguida le quitó la palabra el Rey del Mediodía. Los caballeros empezaron a dejar claras sus prerrogativas en el juego, los obispos se enzarzaron en una guerra verbal y los soldados y centinelas se arrojaron gritos e insultos como si se trataran de flechas envenenadas que recorrían la estancia del castillo de un extremo a otro. Entre tanto griterío, la hechicera posó su mano derecha sobre el hombro de su hijo.

                Él sabía lo que tenía que hacer. Su madre le había dicho que estuviera preparado, que sujetara con fuerza aquella bolsa en la que había escondido la mujer la cabeza de la hija menor de las Gorgonas. Con aquel simple tacto de la mano de su madre, el muchacho abrió la bolsa y Medusa fue entonces liberada de la oscuridad de aquel saco que cubría sus cabellos de serpiente y sus ojos. Entonces, todos aquellos encendidos guerreros, aquellos poderosos enfrascados en gritos e improperios, posaron sus ojos en aquella horrible cabeza y no pudieron evitar ser la diana de su mirada aterradora. Todos quedaron convertidos en piedra.


                Lo que ocurrió después ha llegado hasta nosotros de forma confusa. Sabemos que el niño ciego, Magnus, intentó mover aquellas estatuas de piedra. Lo probó con los soldados de a pie. Solamente pudo moverlos hacia adelante. Curiosamente, sus celadas eran tan grandes que les tapaban medio rostro. Esa era la razón por la que comían de lado cuando descansaban en el campo de batalla. No pudo hacer que se movieran más que hacia adelante, excepto cuando encontraban a algún enemigo en su diagonal. Magnus probó después con los centinelas de las torres almenadas. Situados en los vértices de aquel salón del castillo, aquellos guerreros no se dejaban desplazar si no era en vertical u horizontal. Se dice que aquellos centinelas, acostumbrados a las guardias nocturnas en las murallas de sus fortalezas, se habían acostumbrado a pasar el rato realizando crucigramas y ya no eran capaces de moverse de otra forma.

                Al contrario que los habitantes de las torres de vigilancia, los obispos de ambos ejércitos no tenían la habilidad de andar de frente. Solamente conocían el camino oblicuo y esquivo, la senda torticera y ladina. No pudo el joven Magnus conseguir que se movieran directamente hacia el ejército enemigo o hacia los laterales de la gran sala. Con los caballeros fue todavía más desesperante. Acostumbrados a sus cabalgaduras, los caballeros no podían dar ni un solo paso sin vagar erráticos por la sala. Era como si nunca hubieran abandonado sus caballos y caminaran como si tuvieran agujetas en las posaderas. Daban unos saltos combinando las baldosas a su antojo: un salto grande hacia adelante y un paso hacia el lateral, o un salto hacia las paredes y un pasito al frente. Aquello era desquiciante, no obstante, aún era peor con los monarcas. Las reinas estaban poseídas y se movían hacia cualquier lado y a toda velocidad. Sus esposos, los reyes, también se desplazaban en todas direcciones, aunque con la parsimonia y lentitud que los había caracterizado en vida. Magnus levantó la cabeza y dirigió el rostro hacia el trono donde todavía aguardaba su madre. Le preguntó por todo aquello. No obtuvo respuesta.

                Su madre también había sido convertida en piedra. El niño ciego, rodeado de todas aquellas figuras de tamaño natural, tenía todo el tiempo del mundo para dedicarse a lo que se dedican los niños. Su madre le había prometido un pasatiempo. Ella había querido que los habitantes ilustres de aquellos dos reinos jugaran a un juego para evitar sus disputas. Ahora él tenía la oportunidad de inventar ese juego. Esos dos Reinos habían dejado de hacerse la guerra. Era el momento de que Magnus inventara el juego que su madre le había prometido. Dos reyes en un tablero y solamente uno debía quedar en pie. Tenía todo el tiempo del mundo para inventarse las reglas.


III


                Años después, otro rey, Alfonso X de Castilla, escribió su Libro del Ajedrez. Se llegó a decir que otra de sus obras, Las Partidas, fueron originariamente las jugadas que Magnus, el niño ciego, ensayó en aquella sala principal de un castillo ubicado entre dos reinos que desaparecieron. Desde entonces, se ha jugado mucho al ajedrez. Hoy en día, cuando se disputan torneos y se suceden partidas de ajedrez, se tiene la sensación de que el tiempo se congela. Es como si una mano misteriosa liberara de nuevo a Medusa, impidiendo que jugadores y público siquiera se atrevan a pestañear. 

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