domingo, 2 de abril de 2017

Un drama junto al teatro Romea

ÁRBOL GENEALÓGICO

                El café y la magdalena descansan intactos sobre la barra de la cafetería de la plaza del teatro. No hay más clientes en el local porque hoy he sido especialmente madrugador. Antes de que entre cualquier parroquiano por esa puerta tengo que terminar lo que he empezado. No es fácil. Es la primera vez que amordazo a alguien fuera de un escenario. Los actores de las comedias de enredo no se mueven tanto ni pesan como este camarero que ha estado a punto de mandarme al otro barrio. Tengo que pensar rápido porque no existe ningún guion al que abandonarme, porque no hay acotación que seguir al pie de la letra ni nota al margen que dicte cuál ha de ser mi siguiente movimiento. El camarero de la cafetería ya no se mueve. Es el momento de hacer mutis y prometerme a mí mismo que no volveré jamás a esta ciudad y a este lugar, que no volveré a pisar jamás este escenario. Cuando me subo al coche y salgo por fin de la ciudad caigo en la cuenta de que me he olvidado, junto al desayuno, el sobre que contiene mi árbol genealógico. Eso significa que darán conmigo y que la policía tendrá sobre la mesa todas las claves para entender por qué hay un hombre atado a una silla y por qué hay una magdalena y un café abandonados sobre la barra de la cafetería de la plaza del Teatro Romea de Murcia. Sinceramente, ya no me importa.
               
                Voy hacia el norte, de donde nunca tenía que haber salido. Seguiré la autovía hasta que ya no tenga fuerzas y buscaré un motel de carretera para descansar. Las últimas semanas han sido extenuantes y no me refiero solamente al trabajo. Es verdad que hemos tenido ensayos prácticamente todos los días y que el Ayuntamiento de la ciudad nos hizo un hijo de madera cuando nos adelantó el estreno un par de semanas, para hacerlo coincidir con las fiestas locales. Sin embargo, eso no ha sido lo que me ha colocado al límite de mis fuerzas. Ni mucho menos.
Desde que destiné mi vida a esta aventura de la interpretación he estado sometido a mil y una presiones, he sorteado obstáculos de todo tipo y bregado con infinidad de imprevistos. He soportado representantes, instituciones y críticos, he aguantado todo tipo de compañeros y directores, escenógrafos y productores y  he conocido aficionados de todas las clases. Y he continuado trabajando, sin perdonar una representación, sin romper un solo contrato, sin renunciar a una sola de las actuaciones a las que me había comprometido, sin quejarme nunca de los miles de kilómetros que me he metido entre pecho y espalda. No, definitivamente, la situación en la que me encuentro no tiene nada que ver con mi oficio como actor, no tiene absolutamente nada que ver con un trabajo al que llevo dedicándome más de veinticinco años. La culpa de todo la tiene el dichoso árbol genealógico.

Hace tres semanas fue mi cumpleaños. Cumplía cincuenta. Yo ya no lo recordaba, pero un buen amigo, al que todos hemos llamado siempre JL, me refrescó la memoria cuando me lo contó por teléfono. JL es un aficionado a la genealogía, un auténtico devorador de documentos y archivos, un amante de la búsqueda de ancestros. Antes de embarcarme en la gira de la compañía por tierras levantinas y murcianas, él me había pedido que le diera todos los apellidos que yo recordara y yo había tenido que escribirle, accediendo a sus ruegos, para contarle las historias que mi abuela me había relatado sobre sus antecesores. JL estaba convencido de que encontraría algo interesante. Su propia familia conservaba un documento de un pariente que había formado parte de un proceso del inquisidor general de Zaragoza, hacia el siglo XV, e insistía en que conmigo podría encontrar también alguna curiosidad de similar calado.
Pues bien, aquella noche de mi cincuenta cumpleaños, tras felicitarme y preguntarme acerca de mi próxima representación, me dio la noticia. Indagando sobre mis ancestros, mi amigo  había llegado a dar con un actor de teatro del siglo XVIII, que había emigrado a Francia cuando la guerra de la Independencia, porque su madre era francesa y temía por la integridad de su prole. El actor había rehecho su vida en el país vecino y se había convertido en un actor de primera fila de la comedia francesa. Una de sus hijas se había marchado de vuelta a España, para casarse con un joven barcelonés que había sido político en el Principado y que había tenido un papel destacado en los años convulsos de la primera guerra carlista. Yo ya conocía aquella historia del diputado catalán, pero no había oído hablar en mi vida de esa madre suya ni de ese abuelo de cierta fama en el mundo de la farándula.
Mi amigo percibió el interés mío sobre estos datos que me revelaba  a través del teléfono y me anunció que lo mejor estaba por venir. Sin preocuparse por omitir todos los detalles de sus búsquedas en internet y las dificultades que hubo que salvar y las pistas falsas que tuvo que abandonar en más de una ocasión, JL me reconoció, por fin, que con sus investigaciones había llegado a un hecho que le había puesto los pelos de punta. Resulta que mi antecesor, el brillante actor de la escena gala, el causante quizá de que por mis venas corriera sangre interpretativa, al llegar a los cincuenta años, había terminado sus días sobre las tablas, muerto por envenenamiento, durante la representación de una comedia del gran Molière. Me dijo que me enviaba el documento de prensa que recogía la noticia del funesto suceso y que había contactado con un colega suyo francés para que se lo tradujera. Después colgó y yo encendí mi portátil. Aquella noche apenas pegué ojo.
Yo nunca me he tenido por supersticioso y todo aquello del determinismo biológico me ha parecido siempre un cuento chino. Sin embargo, aquella noticia del diario francés de hacía un par de siglos me afectó profundamente. Aquel hombre del que yo supuestamente provenía y que me había precedido en el arte de la interpretación actoral, había sido eliminado de la escena antes de terminar el acto. Con el francés que yo había aprendido de una semana veraneando en Colliure y Carcassonne, pude leer en aquel documento de hemeroteca que, cuando levantaron el telón, tuvieron que levantar allí mismo el acta de defunción del malogrado comediante. El redactor de la noticia y crítico teatral del periódico no escondía las sospechas hacia el establecimiento en el que el actor solía desayunar cada mañana. Mi antepasado era hombre de costumbres y no perdonaba ni un solo día el café con leche con un tierno cruasán recién hecho.

Desde aquel día dejé de pedir el cruasán y empecé a cambiar de bollería. A veces magdalenas, a veces bollos suizos o fritos, a veces tostadas o churros. Empecé a percibir cierto dolor en el estómago, que nunca  había sentido antes, y dejé de dar propinas al camarero de la cafetería en la que he estado desayunando todas estas semanas. Murcia era la última ciudad de la gira y el último acto de nuestro programa. Toda la compañía estaba volcada en cerrar nuestras representaciones con un broche de oro y los éxitos de Andalucía y Extremadura nos habían preparado el terreno. Todo estaba yendo sobre ruedas y la venta de entradas nos auguraba una recaudación antológica. El optimismo llenaba los ensayos y las risas flotaban sobre nuestras cabezas en cafés y copas de los sitios con más solera de la capital murciana.  Hasta el director de la compañía podía decirse que se había vuelto más simpático. Sin embargo, yo empecé a sentirme mal, a tener dolores estomacales y a experimentar ardor de estómago, mareos y sensaciones de vómito.
Empecé a sospechar del camarero que me ponía el café con leche todas las mañanas en la cafetería que da al Teatro Romea. Tal es así, que un día me llevé un botecito de una farmacia y le llevé las muestras de la leche para que las analizaran. Llegué incluso a pedir permiso a nuestro director para ausentarme en un par de ensayos y así hacerme unos análisis completos en el Centro de Salud más cercano. Llegué a perder el apetito y con ello la fama de buen comedor que me había ganado dentro de la compañía durante años.
Una tarde, esperé a que el camarero saliera del trabajo y le robé la cartera. Apunté sus apellidos y se los envié a mi amigo JL para que investigara. Estaba yo convencido de que, atando ciertos cabos, aquel camarero murciano resultaría estar emparentado con el hostelero que había envenenado a mi antecesor. Mi amigo me falló, pues no hizo más que hablarme de una conexión más que evidente de aquel individuo al que yo investigaba con una familia morisca del valle de Ricote. JL insistía en la importancia de la situación de los moriscos en la España del siglo XVI y yo dejé caer el teléfono y me fui a vomitar al baño de mi habitación del hotel. Ya no le devolví ninguna llamada.
Ayer por la noche tuve una conversación con nuestro director. Me ha dicho que toda la compañía está preocupada conmigo. Dicen que quieren ayudarme pero que no saben cómo. Yo le comenté que todo se iba a arreglar al día siguiente, que yo me iba a encargar de todo. El director se fue más consternado y con peor cara que cuando había aparecido en el hotel. Resulta que me trajo también una noticia. Para la temporada que viene pensaba comenzar con El enfermo imaginario de Molière, y yo tenía todas las papeletas para protagonizarla. Ese papel, se atrevió a decirme, me sentaba como un guante. Aquello ya era demasiado.


Un cartel de la autovía me anuncia que hay una estación de servicio a catorce kilómetros. Necesito descansar un poco porque anoche, en cuanto se marchó el director,  tampoco fui capaz de dormir. Como le había prometido, esta mañana he dejado todo bien atado, especialmente al camarero. No he probado nada de lo que me ha servido sobre la barra de la cafetería, para que la policía científica pueda identificar todas las pruebas. El descuido de abandonar junto al desayuno el árbol genealógico que JL me había enviado y que yo imprimí en una copistería de la Universidad, podrá agilizar la resolución del caso. Ese hombre al que he amordazado esta mañana ya no se va a salir con la suya. No es tan fácil atentar contra la vida de un actor de ralea, de un intérprete que desciende de uno de los más grandes, de un cómico de una saga admirada en todo el mundo del que ya no va a reírse nadie. Buenos somos los actores de nuestra familia. 

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