viernes, 4 de agosto de 2017

900 años de historia

La bailarina y el arpista o las últimas palabras del Rey de Aragón

                – ¿Quería verme? –el Rey Monje cambió de postura y se acodó sobre su lecho.
                El maestro escultor atravesó la estancia, sobria y sin adornos, y se sentó junto a la cama. El Rey Ramiro llevaba recluido en aquella celda del Monasterio de san Pedro de Huesca cuatro lustros y no era ningún secreto que su tiempo se agotaba.
                –Estoy al tanto de sus trabajos en el Reino –rompió el silencio el monarca, con una voz que ya nada se parecía a la que dictara órdenes y atajara revueltas–, y quiero que se encargue de las obras del claustro. Vivimos tiempos convulsos y solamente la serenidad que ansiamos habremos de encontrarla en la quietud de la piedra.
                Al escultor no le pasó desapercibido el brillo que iluminó los ojos del Rey. El artista había hecho del rayo de inteligencia que los seres humanos demostraban en ocasiones, la seña de identidad de sus talleres. Sus tallas representaban figuras de cabeza desproporcionada y ojos globulosos, remarcados por la curva que se suspendía sobre las cejas. Así dotaba de inteligencia a las figuras humanas que colgaba de capiteles y que servían de modelo a aprendices y artistas.
                –La música y el movimiento son la verdadera amenaza de nuestros anhelos de paz –concluyó el monarca, dejando pensativo al maestro, que abandonó la estancia.


                Esa noche, mientras el artista dibujaba el boceto de Salomé y el arpista para uno de los capiteles del claustro, el corazón del Rey dejó de sonar, parándose completamente.

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