martes, 24 de enero de 2017

El origen mítico del juego del ajedrez

MAGNUS Y EL AJEDREZ

I

                El Reino del Mediodía estaba enfrentado con el Reino de la Medianoche. Llevaban así muchos años. Las batallas se sucedían año tras año, sin embargo, la victoria nunca se decantaba totalmente por ninguno de los dos bandos. Los otros Reinos de Iberia estaban hartos de esperar que un vencedor se levantara orgulloso de aquellas guerras interminables, de aquellas escaramuzas sin término, de aquellos enfrentamientos infinitos. Lo habían intentado todo para poner fin a ese asunto. Hasta habían enviado consejeros y sabios para mediar en el conflicto. Fue inútil. Al final, tuvo que intervenir una vieja hechicera, una mujer de origen persa que se había instalado en la península y vivía sola con su hijo. Acompañada de este, ambos realizaron un viaje hasta un castillo que se encontraba a igual distancia de los ejércitos de aquellos reinos enemigos. Una representación de ambos reinos se dio cita en el Castillo para llegar a un acuerdo y escuchar las palabras de aquella dama. Aquella mujer los recibió en un salón real, junto a su hijo, un niño ciego que cargaba a los hombros una bolsa abultada que su madre había traído consigo desde tierras persas. Nadie sabía qué contenía aquella tela enrollada. Se decía que era parte de un legado que se remontaba a muchas generaciones de una familia emparentada con el mítico Perseo.

                La ocurrencia de la dama de los Reinos Crepusculares y del Alba, como se hizo llamar aquella bruja, fue enseguida motivo de burla por parte de los integrantes de la expedición del Reino del Mediodía. El rey y su esposa, la reina, los soldados de a pie y los caballeros, los centinelas de las torres y los obispos estallaron en carcajadas desaforadas. Ataviados con sus túnicas blancas y sus armaduras plateadas, se reían a armadura batiente, sin ninguna consideración hacia la dama y su criatura. Sus acérrimos enemigos, los componentes del Reino de la Medianoche, de estandartes negros e insignias luctuosas, debido a la muerte reciente de la madre del rey, no se quedaron atrás en su mofa. Todos ellos se colocaron frente a sus enemigos y rivalizaron en su afán por hacer escarnio y befa de la mujer y del pobre muchacho ciego.

                La hechicera, sorda ante tanta humillación, se levantó de su trono y dispuso que todos los presentes se colocaran sobre las baldosas del majestuoso salón del castillo. Primero se dirigió a los miembros del cortejo del Reino de la Medianoche. Hizo que el rey y la reina fueran protegidos por caballeros, obispos y centinelas de las torres defensivas. En una línea más adelantada, ordenó a los soldados de a pie que defendieran a todos los cortesanos. Cada uno ocupaba una baldosa distinta y la bruja los obligó a esperar justo en el extremo de la sala. Nadie sabe por qué aquellos caballeros altaneros, aquellos obispos esquivos y peones rudos, aquellos centinelas toscos y aquellos reyes soberbios del Reino de la Medianoche obedecieron a la gran dama. Tampoco se supo nunca la razón por la que todos los orgullosos miembros del séquito real del Mediodía cedieron de igual modo sin oponer resistencia ante ella y ocuparon así mismo sus respectivos puestos en el otro término del gran salón del castillo.

                La mujer había propuesto un juego en el que todos ellos debían comprometerse a participar. A los pretenciosos soldados y a los engreídos nobles les hizo gracia la ocurrencia. A los reyes les pareció una invención placentera. Colocados como estaban, rey y reina parapetados por cortesanos y protegidos todos ellos por una muralla de soldados, los dos ejércitos debían imitar los movimientos de aquellos iguales que ocuparan las baldosas equivalentes del otro lado del salón. Cada caballero había de imitar el movimiento del caballero del otro extremo de la estancia, cada soldado había de ejecutar el mismo ejercicio que el peón que tenía enfrente. El rey estaría obligado a remedar la postura del rey enemigo y las reinas debían compaginar sus movimientos con el mismo porte y elegancia que observaran en la dama rival. Era el juego del espejo y una sola partida podría terminar con aquella guerra para siempre. Eso había prometido la dama a todos los reinos de Iberia.


II


                ¿Quién debía empezar el juego? Esta fue la pregunta que la concurrencia, desde sus baldosas, lanzó ante la mujer que había propuesto aquel curioso modo de esparcimiento cortesano. La reina de la túnica blanca, sin moverse de su lugar, propuso que fuera su séquito  el que iniciara el baile de movimientos que los componentes del otro extremo del gran salón tenían que atreverse a imitar con pericia y destreza. La primera que replicó fue la reina del velo e insignias negras como la oscuridad. No concebía la Reina de la Medianoche que nadie realizara un movimiento antes que ella, por muy esposa del Rey del Mediodía que fuera. Habló también el rey de la Medianoche, su esposo, mucho más pausado y menos impulsivo, pero enseguida le quitó la palabra el Rey del Mediodía. Los caballeros empezaron a dejar claras sus prerrogativas en el juego, los obispos se enzarzaron en una guerra verbal y los soldados y centinelas se arrojaron gritos e insultos como si se trataran de flechas envenenadas que recorrían la estancia del castillo de un extremo a otro. Entre tanto griterío, la hechicera posó su mano derecha sobre el hombro de su hijo.

                Él sabía lo que tenía que hacer. Su madre le había dicho que estuviera preparado, que sujetara con fuerza aquella bolsa en la que había escondido la mujer la cabeza de la hija menor de las Gorgonas. Con aquel simple tacto de la mano de su madre, el muchacho abrió la bolsa y Medusa fue entonces liberada de la oscuridad de aquel saco que cubría sus cabellos de serpiente y sus ojos. Entonces, todos aquellos encendidos guerreros, aquellos poderosos enfrascados en gritos e improperios, posaron sus ojos en aquella horrible cabeza y no pudieron evitar ser la diana de su mirada aterradora. Todos quedaron convertidos en piedra.


                Lo que ocurrió después ha llegado hasta nosotros de forma confusa. Sabemos que el niño ciego, Magnus, intentó mover aquellas estatuas de piedra. Lo probó con los soldados de a pie. Solamente pudo moverlos hacia adelante. Curiosamente, sus celadas eran tan grandes que les tapaban medio rostro. Esa era la razón por la que comían de lado cuando descansaban en el campo de batalla. No pudo hacer que se movieran más que hacia adelante, excepto cuando encontraban a algún enemigo en su diagonal. Magnus probó después con los centinelas de las torres almenadas. Situados en los vértices de aquel salón del castillo, aquellos guerreros no se dejaban desplazar si no era en vertical u horizontal. Se dice que aquellos centinelas, acostumbrados a las guardias nocturnas en las murallas de sus fortalezas, se habían acostumbrado a pasar el rato realizando crucigramas y ya no eran capaces de moverse de otra forma.

                Al contrario que los habitantes de las torres de vigilancia, los obispos de ambos ejércitos no tenían la habilidad de andar de frente. Solamente conocían el camino oblicuo y esquivo, la senda torticera y ladina. No pudo el joven Magnus conseguir que se movieran directamente hacia el ejército enemigo o hacia los laterales de la gran sala. Con los caballeros fue todavía más desesperante. Acostumbrados a sus cabalgaduras, los caballeros no podían dar ni un solo paso sin vagar erráticos por la sala. Era como si nunca hubieran abandonado sus caballos y caminaran como si tuvieran agujetas en las posaderas. Daban unos saltos combinando las baldosas a su antojo: un salto grande hacia adelante y un paso hacia el lateral, o un salto hacia las paredes y un pasito al frente. Aquello era desquiciante, no obstante, aún era peor con los monarcas. Las reinas estaban poseídas y se movían hacia cualquier lado y a toda velocidad. Sus esposos, los reyes, también se desplazaban en todas direcciones, aunque con la parsimonia y lentitud que los había caracterizado en vida. Magnus levantó la cabeza y dirigió el rostro hacia el trono donde todavía aguardaba su madre. Le preguntó por todo aquello. No obtuvo respuesta.

                Su madre también había sido convertida en piedra. El niño ciego, rodeado de todas aquellas figuras de tamaño natural, tenía todo el tiempo del mundo para dedicarse a lo que se dedican los niños. Su madre le había prometido un pasatiempo. Ella había querido que los habitantes ilustres de aquellos dos reinos jugaran a un juego para evitar sus disputas. Ahora él tenía la oportunidad de inventar ese juego. Esos dos Reinos habían dejado de hacerse la guerra. Era el momento de que Magnus inventara el juego que su madre le había prometido. Dos reyes en un tablero y solamente uno debía quedar en pie. Tenía todo el tiempo del mundo para inventarse las reglas.


III


                Años después, otro rey, Alfonso X de Castilla, escribió su Libro del Ajedrez. Se llegó a decir que otra de sus obras, Las Partidas, fueron originariamente las jugadas que Magnus, el niño ciego, ensayó en aquella sala principal de un castillo ubicado entre dos reinos que desaparecieron. Desde entonces, se ha jugado mucho al ajedrez. Hoy en día, cuando se disputan torneos y se suceden partidas de ajedrez, se tiene la sensación de que el tiempo se congela. Es como si una mano misteriosa liberara de nuevo a Medusa, impidiendo que jugadores y público siquiera se atrevan a pestañear. 

sábado, 14 de enero de 2017

La mujer que perdió un tren y encontró un pen

LA MUJER QUE PERDIÓ UN TREN Y ENCONTRÓ UN PEN

                Soy profesor de judo desde hace un par de décadas. En el barrio me conocen como “el cerrajero”, pues no hay nadie que conozca más llaves que yo. Sin embargo, no he venido aquí a contar mis proezas o a publicitar mis clases. Clases que podéis recibir sin ningún coste durante el primer mes en el gimnasio de detrás de la Parroquia de san José. Estamos que lo tiramos al tatami, vamos, como El Corte Inglés, cinturones de todos los colores y a mitad de precio. Trato exquisito y caídas higiénicas, o sea, muy limpias. Aunque ya digo que no es mi objetivo convenceros de las ventajas de mi oficio. He escrito esta carta al periódico porque hay historias que merecen la pena ser contadas.

                Hace unas semanas, mi mujer y yo estuvimos de viaje en el Sur del país. Habíamos ido a Sevilla y nos volvíamos en el AVE para Zaragoza. En una de las estaciones de paso, asistimos a un espectáculo digno de pagar entrada de palco. El tren paró en Córdoba unos minutos y yo me decidí a salir para respirar aire fresco. Cuando llevas un rato sentado en un coche metálico con calefacción y todo tipo de comodidades, llegas a echar de menos un poco de fresco y libertad de movimientos. Por eso, aunque mi mujer se descompuso cono una reacción química reversible, me levanté de mi asiento 1C y salí del coche 5 de nuestro tren.

Entonces, mis narinas se dieron de bruces con una mujer de medidas perfectas y formas alucinantes. Era Xena, la princesa guerrera, tan bien proporcionada que, cuando me choqué con ella, me desviaron de su trayectoria sus cosenos y a punto estuve de salirme por la tangente. Era una mujer trigonométrica. Con solo mirarla podías tender al infinito y tu mente te despejaba hasta la equis. Tendría la edad de mi esposa. Me quedé tan obnubilado que a punto estuve de perder el tren. Porque, si no llego a estar atento, me quedo en la estación. Mi mujer me esperaba en el asiento 1D con la expresión “te lo dije” tatuada en la frente. Las puertas del tren empezaron a cerrarse. Fue entonces cuando la descubrí.

Nos enteramos de que su nombre era Noelia. Fue imposible no quedarse con su nombre después de aquellos alaridos. No, no me refiero al monumento de antes, a la mujer de formas maravillosas a la que todo el pasaje acababa de declarar Bien de Interés Cultural. Se trataba de otra muchacha, una chica joven que golpeaba con gracia andaluza y despecho cántabro la ventanilla de nuestro vagón. Con abrigo largo negro y un mechero en una de sus manos, hacía lo imposible por volver de nuevo al tren del que se había apeado para fumar un cigarrillo. Los de dentro intentamos abrir pero nuestros esfuerzos se quedaron en el banquillo. El partido estaba perdido y las reglas del Ave no conocen qué es eso del tiempo añadido. Para ellos el descuento solo tiene claves económicas. La situación era desesperada. Un hombre, con una criatura en brazos, daba golpes desde el interior del vagón y llamaba a gritos al revisor, para que evitaran lo que ya no tenía remedio. La máquina echó a andar y la muchacha nos persiguió con movimientos de ballet clásico, diciéndole a su marido que lo vería luego y a su hija que algún día le explicaría, cuando fuera mayor, por qué mamá hizo transbordo en una estación de Córdoba.


Pero esto no es todo. Mi mujer y yo volvimos a Huesca y, después de arrastrar las maletas por la calle y ponerle banda sonora a la noche desde la acera, mi esposa frenó en seco, sin intermitentes ni nada, y yo me clavé en la espinilla los bajos de su equipaje. Había descubierto, junto al portal de nuestra casa, una memoria USB. Recogió el pen y me lo alargó, como si estuviera dentro de mis competencias. Alguien lo había perdido y nosotros podíamos encontrar al desgraciado, lo que para mi esposa significaba que yo tenía que ocuparme de todo.
Sin esperar a deshacer las maletas, encendí el ordenador e introduje el lápiz. Busqué algún documento que me revelara al dueño de tanta información. Había un curriculum vitae y pude apuntar el número de teléfono. Su nombre respondía a una tal Noelia. No me lo podía creer. Qué casualidad. Enseguida envíe un mensaje de texto a aquella mujer y le comuniqué el hallazgo. Ella no podía dar crédito, como un banco con un cliente con trabajo temporal. Tenía acento andaluz y estaba agradecidísima.

Me enteré más tarde de que aquella Noelia era la misma que había perdido el tren en Córdoba. También me dijo ella misma que ese pen había desaparecido hacía cinco años y era otro el que andaba buscando. La vida no deja de sorprendernos. Ya decía yo que esa elegante mujer que vino al gimnasio a recoger el lápiz de memoria no podía ser la niña que trabajaba de cajera en el Eroski, y que esa fotografía del documento que había inspeccionado desde casa, esa imagen de una muchacha mascando chicle, con un par de coletas y una mirada desafiante, no tenía ya mucho que ver con la de la profesora de instituto que me relató toda esta aventura.

Yo no sé si los periódicos siguen publicando este tipo de noticias. Ni siquiera me he molestado en averiguar si aquella sección que tanta gracia me ha hecho siempre, la de “cartas al director” continúa existiendo. De lo que estoy seguro es de que, con el dinero que había puesto para mi último anuncio del gimnasio en este periódico de la ciudad, me daba todavía para publicar una historia que, sin querer enmendar la plana a nadie, aunque sea la primera plana, confío en que la titulen “La mujer que perdió un tren y encontró un pen”.


                

domingo, 25 de diciembre de 2016

La Suerte está echada: el Sorteo Extraordinario de Navidad

EL ORIGEN DEL SORTEO DE NAVIDAD

                Cádiz. Invierno de 1812. El ministro de la Cámara de Indias se revolvía inquieto en su cama. Llevaba semanas intentando dar con una solución para paliar la terrible hambruna que azotaba al pueblo. El Gobierno constituido en las Cortes necesitaba una inyección económica urgente. Había reformas que hacer y agujeros que tapar. Las epidemias no cesaban y la guerra con los franceses continuaba, a pesar de que la victoria en Arapiles los había conseguido alejar de tierras andaluzas. Había que acabar con esa situación definitivamente. Si las arcas públicas recibían ingresos considerables, el Gobierno podría afrontar cualquier adversidad y el pueblo respiraría un poco. Pero, ¿cómo hacerlo sin asfixiar a los contribuyentes?

                El ministro del Consejo y Cámara de Indias se levantó de su cama. Estaba sudando mucho. Abrió una de las ventanas enrejadas que daban a la calle. Hacía frío. En la calle, una muchacha vestida totalmente de negro yacía tumbada sobre la acera. A su lado, un enorme cirio se consumía junto al cuerpo. Lo sujetaban dos muchachos de tez oscura. La escena le impactó al funcionario público. Uno de los niños le preguntó si sabía quién era aquella muchacha que agonizaba sobre la fría acera. Al ministro no le dio tiempo siquiera a mover la cabeza de un lado para otro, a encogerse de hombros o a preguntar por su nombre. El otro niño que sostenía el gigantesco cirio escupió la respuesta. Se trataba de la madre de ambos, una gitana del barrio de La Viña, a la que todo Cádiz conocía como “La Suerte”.


                El ministro, don Ciriaco González Carvajal, no pudo explicarse qué le llevó a envolverse en una bata de seda y calzarse unas alpargatas forradas de lana y, de esa guisa, abandonar su habitación y salir a la calle. Junto a los dos niños de la vela y al cuerpo de su madre moribunda, aparecieron vecinos y familiares. Todos querían consolar a los pequeños y besar a la pobre mujer. Voces resonaban por la fría ciudad, carreras se sucedían entre los callejones y algún que otro grito y llanto desconsolado se arremolinaban en torno a la escena de duelo de la que el ministro ya formaba parte.
El descomunal cirio seguía ardiendo y el frío se colaba dentro del ministro, que temblaba y se sacudía con espasmos de epilepsia avanzada. En uno de aquellos movimientos un brazo se le disparó al hombre e hizo caerse al suelo a un muchacho harapiento con pintas de seta deshidratada. El ministro se arrodilló ante él y lo puso en pie. El chico, sin dejar de sonreír, agarró con fuerza la mano del caballero y tiró de él. El ministro entendió que quería que lo acompañase y no se resistió. La noche estaba siendo de lo más extraña. Qué importaba ya… Estuviera despierto o soñando, tenía el buen hombre la certeza de que encontraría el sentido de este rompecabezas.


Don Ciriaco González Carvajal no reconocía algunas de las calles por las que aquella criatura cubierta de harapos lo estaba conduciendo. Sin embargo, no tuvo la menor duda de dónde estaba cuando llegaron a la puerta del Convento  de los Dominicos. La puerta se abrió de repente y una figura emergió de las sombras del edificio. Se trataba de una religiosa, que esbozó una sonrisa acogedora y acompañó al sorprendido ministro hasta el interior del templo. La monja dijo llamarse sor Teodora de la Inmaculada Concepción y anunció al estupefacto hombre de la bata de seda que los niños lo estaban esperando.

Don Ciriaco no salía de su asombro. Sor Teo, como la buena mujer insistía en que la llamase, ofreció un trozo de pan al pequeño, que desapareció como por encanto. La mujer le dijo al ministro que no se preocupara, que luego llegaría el niño de dondequiera que se había refugiado para comerse aquel mendrugo de pan. La religiosa llevó al ministro hasta la capilla y le pidió que esperara. Al rato, una docena de niños se colocaron delante del aturdido ministro y comenzaron a cantar un villancico de Navidad. Sus voces eran maravillosas y el ministro no pudo esconder una lágrima de emoción. Después de este número musical, los niños se colocaron formando una fila. Eran doce muchachos. La monja no aparecía por ninguna parte y el ministro no entendía qué es lo que hacía él allí.

Hubo otros números musicales. El Romance del Ciego consiguió traer al buen ministro miles de recuerdos de la infancia. Contó de nuevo a los niños. Faltaban dos, pues solamente pudo llegar hasta el décimo. El último de ellos, de hecho, se aproximó a donde estaba don Ciriaco. Era un niño más bien obeso, quien, con unos deditos gordezuelos estiró con suavidad de su bata. No sabía el caballero a santo de qué le había tocado aquel chiquillo orondo. No pedía nada ni quería nada. En ese momento entró la religiosa. Obligó al ministro a elegir los mejores números musicales, aunque le aconsejó premiar a todos los que habían participado. Don Ciriaco no salía de su asombro, aunque hizo como le sugirió la mujer. La religiosa volvió a pedirle que la acompañara. Sin apenas darse cuenta, el ministro volvía a estar delante de la puerta de su domicilio.

El cirio seguía allí, junto a los niños y a la gitana echada sobre la acera. Seguían acercándose familiares hasta la chica y comentaban sobre “La Suerte” y los niños, que si qué tragedia, Madre mía, ahí, tirada y echada en la calle, ahí, con sus dos criaturas y ese cirio enorme, pedazo de cirio, un ciriaco descomunal y portentoso.  El ministro, entonces, sintió que caía sobre él todo el cansancio de golpe y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Pero estaba ya sin bata, descalzo y metido en su propia cama. Tampoco sabía cómo había vuelto a su habitación y a sus sábanas. La ventana estaba cerrada y, al asomarse, no descubrió a nadie en la calle. ¿Había sido todo un sueño? Posiblemente. Entonces, ¿qué significaba?


Cuando Ciriaco González Carvajal, ministro de la Cámara de Indias, habló delante de las instituciones a la mañana siguiente, todo el mundo aplaudió sus palabras. El ministro estaba proponiendo la celebración de un Sorteo de Lotería Nacional, Lotería Moderna, Lotería de Navidad. La iniciativa iba a llevarse a la práctica enseguida. No quedó constancia nunca de su discurso completo, sin embargo, las palabras que quedaron recogidas en sus notas, que le sirvieron de guía e inspiración para armar su argumentación, sí pudieron conservarse. Los que escucharon de sus labios la relación de su aventura nocturna pudieron dar sentido a esos apuntes. En aquella hojita de papel quedaron para siempre expresiones y nombres que forman parte de nuestra historia, aunque nunca antes hubiéramos conocido estas líneas que acabas de leer. ¿Qué había en aquella nota? Las palabras que el señor ministro apuntó en un trozo de papel nada más despertarse al día siguiente, y que solamente ahora pueden encontrar sentido.


“La Suerte está echada. Ciriaco junto a ella. Sor Teo y los números de Navidad. Números cantados por los niños. Hay que premiar también las Participaciones. Me ha tocado el Décimo. El Gordo me ha tocado. El Niño llegará después.”

martes, 20 de diciembre de 2016

Enrique de Meer escribe...

EL BOTÍN

Sonó el pitido de cada mañana, el de todas las mañanas desde hace 30 años, y se agarró a los barrotes esperando ansiosamente que se abrieran. Sólo le quedaba un día para salir de prisión. Salió corriendo de su celda, recorrió el pasillo hacia la sala común como si le fuera la vida en ello y cogió el Altoaragón de la pila de periódicos. Buscó la información local rompiendo las páginas al pasarlas bruscamentey cuando vio la noticia lanzó el diario contra la pared, casi acertándole a un funcionario de prisiones. ¡Qué más daba un mes más o menos! Todo se había acabado.

¿Cómo podía imaginarse aquella noche de hace tres décadas, cuando se escondió en el parque con la bolsa de dinero que acababa de robar de un banco del Coso Alto, que años más tarde iban a volver a levantar el monumento de Las Pajaritas otra vez para reparar el mecanismo de la fuente? ¿Quién hubiera sido capaz de predecir que el dichoso aparato volvería a fallar justo ahora? ¿Cómo saber, mientras lo detenían después de haber escondido el dinero bajo la fuente en obras, que había un mendigo durmiendo en el cajero donde estampó el coche para entrar al banco? ¿30 años no eran suficiente condena por matar a un hombre como para que, por un día, no pudiera recoger al menos su botín?


Salió al patio y pensó en qué haría ahora que iba a ser libre y pobre el resto de su vida…

domingo, 11 de diciembre de 2016

Piedra, papel o tijera: ¡ya!

PIEDRA, PAPEL O TIJERA


               Todo empezó con una noticia. La adivinadora del pueblo iba a tener trillizos. Ni siquiera ella lo había llegado a sospechar. Su marido, asustado y desbordado por completo, huyó lejos y dicen las gentes que nunca volvió a asomar las narices por el lugar. Los hombres no lo iban a condenar por ello. ¿Quién podía culparlo? ¿Cómo iba aquel pobre diablo a alimentar a tantas bocas? Sin embargo, las mujeres consideraban a aquel cobarde un hombre con suerte, que no había sabido ver más allá de sus narices. De nuevo el apéndice nasal formaba parte del juicio popular. Era lógico, pues el marido fabricaba perfumes. Lo curioso es que ni la experta en clarividencia ni el hacedor de fragancias se lo habían olido. La adivina y el creador de perfumes iban a tener tres criaturas de golpe.

              La noticia se hizo carne, finalmente. La astuta mujer, sola y desasistida, alumbró ciertamente a tres hijos, dos varones y una hembra. Con la marcha de su esposo había perdido toda su fe y todo su ingenio. La sagaz clarividente no tuvo siquiera inspiración ni lucidez para darles ni un nombre a sus hijos. La matrona que la había ayudado tuvo que cargar con ese cometido. La pobre aldeana, sin estudios, sin imaginación, sin muchas luces, puso a cada bebé el nombre del objeto que tenía más a mano en aquella habitación oscura. A la primera que había ayudado a traer al mundo la llamó Piedra, pues la había recostado entre un montón de guijarros, sobre el duro suelo. La otra niña, acostada junto al cofre del maestro perfumero, al lado de sus tijeras y sus notas, la llamó Tijera. Al único varón lo arropó con cientos de hojas escritas y cubiertas de tachones y rayas, en donde el creador de perfumes había ensayado sus fórmulas. El niño se quedó con el nombre de Papel.

                Los niños crecieron y se convirtieron en unos jóvenes bien formados. Piedra, Papel y Tijera habían heredado de su madre el poder de la adivinación y, de su padre, la rara habilidad de calar la verdadera intención de las personas, el olfato para desenmascarar al mentiroso y descubrir al que acudía a ellos con aviesas intenciones. En el pueblo se acostumbraron enseguida a sus toscos nombres y a la extraña presencia de aquella clarividente que ya no adivinaba ni por dónde salía el sol cada amanecer. No tardaron los aldeanos en comprender que aquellas tres criaturas tenían algo especial. Por cualquier nimiedad, los vecinos no dudaban en acudir a aquella vieja y desarreglada casa para escuchar el parecer de los tres. Su consejo empezó a ser tan valorado o más que los que la adivinadora proporcionaba en sus buenos tiempos. Lo más curioso de todo era el método que había de seguirse para salir de aquella casa con las palabras que realmente iban a ayudar al que había acudido a recibir recomendación.
               
        El aldeano en peligro, el vecino dubitativo, la extranjera en dificultades o el comerciante inseguro recorrían la distancia que fuera menester para ponerse delante de aquellas dos muchachas y de aquel chico y escuchar su dictamen. Cuando se terminaba de exponer la causa de aquel litigio, la razón de aquella inquietud o el pesar de esa otra turbación, se escuchaban en la casa dos sentencias, dos frases, dos consejos, la mayoría de las veces irreconciliables. Solamente hablaban dos de los jóvenes. El otro quedaba en silencio. Eso era todo. No discutían los que habían aconsejado. No volvían a hablar jamás del tema en cuestión, y la persona que los había visitado dejaba unas monedas junto a la madre de los muchachos y salía para siempre de la casa.

               
            Unas veces aconsejaban Piedra y Papel. Otras, las palabras las proferían Papel y Tijera. Y había ocasiones en las que eran Tijera y Piedra, las dos muchachas, las que intervenían, mientras el muchacho, Papel, se quedaba al margen del asunto. Como habrás observado, querida lectora, querido lector de esta historia, no tardaron demasiado los aldeanos en descubrir, en función de los que aconsejaban, a quién de los dos había de tomarse en serio. Y así lo hicieron, en efecto. No ha habido consejeros más certeros ni palabras más atinadas que las que salieron de la boca de aquellos muchachos de nombres tan simples como inspirados. De hecho, todavía hoy, muchísimos años después de que Piedra, Papel y Tijera dejaran este mundo, nuestros muchachos reclaman sus servicios y confían en su arbitrio para tomar sus propias decisiones, por muy triviales que nos puedan parecer a los adultos.

lunes, 30 de mayo de 2016

Entre Huesca y Massachusetts: un avance



“Un clásico es algo que nadie quiere leer pero que todo el mundo desearía haber leído” (Mark Twain)

            Ha comenzado la Feria del Libro en Huesca y Zaragoza. Esta vez no me encontraréis en la caseta de Pirineo, detrás de mis libros, como otros años. Pero estarán ellos, los verdaderos protagonistas, unos libros que han tenido siempre un comportamiento irreprochable y ejemplar. Por algo son ejemplares... Confieso que llevo dos años sin ponerme delante de vosotros, sin abusar de vuestra amabilidad y contaros mis historias, hablaros de esos intrusos sin modales que acampan a sus anchas en la Biblioteca Nacional, alertándoos sobre esa maldita colección de relatos que amenazan la tranquila noche sevillana. Estos días no podré plantarme allí, como un jotero sin bandurria, para hablaros también de ese puñado de historias cortas, entre risas y muecas de extrañeza, para poneros al corriente de los cambios en mi ciudad, de la vida en un pueblo del oeste de Massachusetts.
            Sin embargo, mis libros hablarán por mí. Allí estarán ellos, sin diplomacias ni maestros de ceremonias. Las dos novelas y la colección de relatos. Y aún os diré más… Si os acercáis a sus geniales portadas y aguzáis el oído, quizá escuchéis lo que está por venir, las historias que están sin publicar, pero que prácticamente están terminadas. No me extrañaría que, al abandonar la caseta de la editorial, en la plaza Luis López Allué en Huesca, en el paseo de la Independencia en Zaragoza, os volváis a casa con una cantinela rondando vuestra cabeza, con un par de tramas zumbando en vuestros oídos, con las dos últimas aventuras que han nacido en estos años. Y podréis contarme algo sobre una vendedora de castañas, que remueve, junto a las brasas de su caseta de madera de la plaza Inmaculada, toda la historia de su pasado. Y podréis repetir las palabras de Mark Twain y acompañar el viaje de una bibliotecaria de un pueblo americano en el que un profesor de literatura ha desaparecido inexplicablemente. Sus títulos, La vendedora de castañas y Mi cita con Mark Twain. Sus historias pronto vais a conocerlas.

domingo, 24 de abril de 2016

El viaje a través de la lectura



EL CUADERNO DE ANILLAS

Lo encontré en el fondo de la vieja maleta, en el trastero de la casa de mis padres. Buscaba una maleta con ruedas y con las medidas perfectas para viajar dentro del avión. Entonces, di con esa otra. Como cuando buscas en los bares o en las cafeterías la chica de tus sueños y acabas teniendo la mejor de las conversaciones con una desconocida que te despierta de tus aspiraciones superficiales.
La maleta de viaje estaba sepultada bajo almohadas, cajas con apuntes y juegos de sábanas. Era una vieja maleta marrón, desgastada y rígida, como una institutriz de la campiña inglesa, como una tía abuela empeñada en corregir cada verano tu imperdonable falta de educación. En el interior de aquella maleta, de aquella oda a la incomodidad de entonces, había quedado atrapado, como un recuerdo obstinado, un cuaderno de anillas sin cubierta y con más de la mitad de las hojas arrancadas. Enseguida reconocí mi propia letra, el trazo inconfundible de aquel niño que era yo hace treinta años.
Mi hice un hueco entre los Juegos Reunidos, los esquís y las botas y bastones. Aparté de un manotazo el ventilador que ya no giraba y empujé la cama plegable que nunca conseguimos volver del todo horizontal. Saqué aquel cuaderno de anillas y empecé a leer mis propios pensamientos cosidos a aquellas hojas que todavía olían a pueblo y transpiraban cierzo y rumor de árboles susurrando. La lectura de aquellas frases se reproducía en mi interior con la voz del niño al que los primos imitaban entre carcajadas y manotazos en la espalda, del niño que buscó su propia voz entre las hojas cuadriculadas del cuaderno en el que mi madre apuntaba las compras y los gastos.

Nos peleábamos por ver quién subiría el cántaro de leche a la tía Carmen, por quién pediría permiso para jugar al ping pong en el garaje del tío Manolo o quién llegaría primero al cuarto de arriba en donde mis tíos guardaban aquellas lecturas. Uno llevaba el cántaro y los otros pedaleaban cuesta arriba, avanzando a duras penas para dejarse caer carretera abajo, para empezar de nuevo la subida. En esa ocasión llevaba yo la leche y cambiaba de brazo el peso del cántaro de latón cada pocos metros. Mis hermanos subían y bajaban aquella cuesta con las bicis y me metían prisa. Esta vez iba yo a ser el privilegiado que subiera a las habitaciones de arriba para bucear entre los libros y los tebeos de los tíos. Mis hermanos jugarían en el garaje mientras yo investigaba entre aquellos personajes que me habían robado el sueño.
¿Qué le ocurriría al hombre enmascarado? ¿Qué nueva aventura le esperaba al Príncipe Valiente o a Roberto Alcázar y Pedrín? ¿Qué nuevos amigos haría Caperucita Encarnada? Los personajes de la estantería de la casa de mis tíos eran de otra época y no salían por la televisión, no me los encontraba en las librerías ni me los recomendaban los maestros de la escuela. Eran mis héroes y heroínas del verano, de ese tiempo congelado entre la vida en Huesca y el colegio, de esos meses que son mucho más que una estación, mucho más que un intermedio. El verano, entonces, era largo y duradero, estaba siempre lleno de aventuras y experiencias que te cambiaban la vida. Cuando terminaba, algo moría con él y ni siquiera te explicabas esa tristeza que siempre iba acompañada de un clima más adverso.
Pero aquellos veranos saboreábamos cada momento, los palotes de la piscina municipal y los Colajet que nunca disfrutábamos, porque solamente queríamos llegar a ver el premio escrito en el palo, los partidos en el campo de Altahoja, las incursiones en el huerto de María José, la de Campaneta, los juegos con las gemeletas y las partidas interminables con los primos de la Bujaquera. Hacíamos excursiones para bañarnos en las Peñetas y disfrutar de las pozas que nos cubrían por completo. Y entre tanto ir y venir, los momentos en el cuarto de arriba de la casa de la tía Carmen, con aquellos personajes fabulosos.

Eran libros enormes, de tapas duras, encuadernados a conciencia. Pesaban una barbaridad y eran de todo menos manejables. Acababa con los brazos doloridos después de la lectura, pero eso no importaba. Gracias a esos libros viví mis propias aventuras y me inventé otras, participé de todas las historias, me enamoré de todas las heroínas e imité a todos los protagonistas de aquellas tramas. Saltando las rocas en el río Aragón, con un palo entre mis manos, remedé mil y una batallas y contagié a mis primos y amigos.
Debió de ser entonces cuando me picó la curiosidad y empecé a esbozar alguna que otra aventura de mi cosecha. Debió de ser entonces cuando garabateé en aquel cuaderno de la compra que le sisé a mi madre en la cocina. Entonces se acabó el verano y la tristeza de la vuelta a Huesca y al cole debieron sepultar aquellos trazos… Hasta ahora… Es curioso. Mañana me voy de viaje en avión. No obstante, no creo que sea comparable al viaje que mi imaginación realizó todos aquellos veranos, o al que acabo de hacer delante de un simple cuaderno de anillas. El viaje al que tú me has acompañado.