viernes, 27 de marzo de 2020

El amor en los tiempos de la Alta Cocina


¡UNA ESTRELLA, MIGUELÍN!

           Vengo de comer en el Planetario, de una degustación de alta cocina. Alta tenía que ser, porque hemos comido bajo el firmamento. Chica, yo estoy alunizada. Alucinada, quiero decir. He probado lo que denominan “cocina de autor”. Desde luego que lo es, porque en estos tiempos no eres buen cocinero si no publicas un libro de recetas. Aunque peque de antigua, he decidido ponerte unas líneas para contártelo. Desde que empezamos con Internet y nos enmarañamos en las redes sociales, las cartas se han quedado exclusivamente para los restaurantes. Porque parece que es solo en la hostelería, entre la gente que se dedica a la restauración, en donde hoy puede una leer una carta. La restauración es como se le llama ahora al que lleva una fonda, una venta o un restaurante. Antes la Restauración era la vuelta de la monarquía. Ahora estos reyes no llevan corona, sino un gorro de cocina y un concurso de televisión a sus espaldas.

            No sé cómo describírtelo, porque en el restaurante había muy poca luz. El techo simulaba la bóveda celeste y cada mesa llevaba el nombre de una constelación. Para apreciarlo, los comensales hemos tenido que comer casi a oscuras. Si alguna vez me preguntan, ya puedo decir que he tenido una cita a ciegas a mis sesenta años. Yo había venido con Miguel, un señor que me tira los tejos cuando juego a la petanca, porque es un hombre muy tradicional en cuanto a sus aficiones. Quería sorprenderme y por eso estábamos allí. Lo que pasa es que ya está mayor y no ve demasiado. Nada más empezar los entrantes, el pobre no se acordaba de que ya me había servido el agua y  volvió a verter la botella en mi copa. Tuvieron que cambiar el mantel y retirar los cubiertos con unas toallas. Los de la constelación de al lado han bautizado el trozo de suelo que separa nuestras mesas como la Vía Láctea. Qué mala leche tienen algunos.

Tengo que reconocer que desde que empezamos a comer no habíamos  parado de hablar. Él me había dicho tres veces que me encontraba muy guapa. Con lo poco que se veía no sé cómo tomarme el cumplido. A lo mejor se pensaba que estoy sorda, que todo puede ser. Este hombre es incorregible. Cuando nos han traído el pan y la mantequilla ha querido tener la delicadeza de servirme una rebanada. Como no veía, ha untado la mantequilla sobre la servilleta, anudada en forma de planeta enano. Ha tenido que venir otro camarero a retirársela. Este ha sido el que nos ha alcanzado la carta para que decidiéramos lo que íbamos a comer.

No me importa repetirlo. Si quieres leer cartas ya no te queda más que el restaurante. Otra cosa es entenderlas. A mí no me saques de primero, segundo y postre. Todo lo demás está en otro idioma. Cuando he leído los nombres de los platos se me han salido los ojos de las órbitas. Supongo que es normal cuando estás en el Planetario. No entendía nada, no sabía ni el tipo de alimento ni la guarnición ni la salsa que llevaba. Para mí que los nombres de los segundos platos pegaban más con las comidas de los primeros. Y lo de los postres no tenía nombre. No, en serio. Estoy siendo literal. Había una sucesión de números y así es como se pedían fruta, helados, yogures y tartas. Te ponías a escuchar a los clientes pidiendo el postre y parecía que estaban llamando a la compañía de móvil para autentificarse como los titulares de la línea.

Si yo he pasado penas y sinsabores para elegir entre lo que me ofrecía la carta, no te quiero ni contar lo que ha sufrido mi compañero de mesa. Cuando le han preguntado si quería acompañamiento para la carne se ha puesto como una fiera. Yo estaba en el baño en ese momento. Me había guiado el camarero, que llevaba una linterna para que no me tropezara con las mesas y diera con la puerta correcta. Como yo no estaba allí, mi buen amigo se ha sentido ofendido con la pregunta. Pues claro que quería acompañamiento para la carne. Él tenía la intención de comer acompañado toda la velada. A ver si se iban a pensar en el Planetario que aquella señora con la que había entrado iba a dejarlo tirado como un meteorito a la deriva. Cuando he vuelto a la mesa he necesitado casi todo el primer plato para convencerlo de que no debía alterarse de esa manera. La verdad es que el pobre era todo rabia y constelación. Consternación quería decir. Menos mal que ya estaban viniendo los segundos y tenían una pinta exquisita.
El segundo plato lo habíamos estado viendo cocinar antes de entrar al comedor. Y, con deconstrucción o sin ella, te diré que estaba muy rico. Se trataba de una conjunción planetaria y una sinergia de sabores tal que yo me estaba quedando sinestésica. Mi compañero había olvidado ya el berrinche anterior y no hacía más que pedir vino. El camarero había aprendido y no dejaba que mi amigo sirviera las copas. Y entonces llegó el postre.

Ya he dicho antes que lo que hacías era pedir un número, como en Correos o en la estación de tren. Como el número tenía más de cinco cifras, ninguno de los dos nos acordábamos de lo que habíamos pedido, así que nos contentamos con lo que nos puso delante nuestro camarero. No importaba lo que te pidieras. Todo llevaba una bengala para simular la luz de los cuerpos celestes, lo mismo si te pedías la tradicional tarta de queso como si te habías decantado por una naranja de la huerta valenciana. En ese momento me di cuenta de lo mayor que era mi amigo y me pareció mucho más feo de lo que me había imaginado al principio de la comida. Claro que no dije nada pero solo tenía ganas de terminar mi cuajada y volver a mi casita, que es donde tiene que estar una viuda ya entrada en años, dicho sea de paso. Para mí que mi compañero me miraba con otros ojos y se me encendieron todas las señales de alerta. Dejé que pagara él, como es natural. La cifra era astronómica, como no podía ser de otra manera. Me llevó a casa y él se marchó como un cohete, porque no había ido al baño en toda la comida.

Voy a tener que dejarte, que ya va siendo hora de cenar. Esta noche me he preparado una ensalada. Cuando he abierto la nevera y he visto la lechuga y los tomates del huerto, me ha dado un no sé qué y le he plantado un beso al cajón de la fruta. Esta noche cenaré menudillo de cebolla picada y tomate en icosaedro con mil hojas de lechuga de exterior cultivado a la antigua y lo haré en la terraza. Estoy convencida de que voy a ver mucho más que en el interior del restaurante del Planetario, aunque hoy esté nublado y no se vean bien las estrellas.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Esta historia se escribe con "h"


LA LETRA QUE DEJÓ DE SONAR


            Érase una vez un libro grande, enorme, inmenso. Tal es así que el día que se terminó de escribir, su autor nunca pudo moverlo de sitio. Allí quedó, en la misma mesa robusta de cerezo en la que se había escrito. En esa mesa sin pulir y un tanto inclinada en la que, con una paciencia infinita, el anciano escriba había trazado con esmero letras y letras, palabras y frases de un total de trescientos cuentos. Se trataba de los Trescientos Cuentos de la Edad Remota, que recogían el saber de épocas pasadas, la frescura de costumbres nuevas y antiguas, la fragancia del ayer y el suave roce del mañana, enseñanzas que nunca pasarían de moda.
            En ese libro majestuoso las letras, de unos colores y trazos vistosísimos, cobraban vida y deleitaban a los que las escuchaban con una sinfonía de los más variados sonidos. Cada una representaba su papel y se veía rodeada de sus congéneres con las que competía y participaba de fantásticas aventuras, de increíbles sueños y hazañas memorables. La armonía rodeaba a todas ellas y las letras, chicas o grandes, tímidas o desvergonzadas, presumidas o recatadas, prudentes o temerarias formaban una gran familia y participaban de una convivencia necesaria para el éxito de cada uno de los cuentos. Aunque no todo era, como os podéis imaginar, paz y armonía, virtud y felicidad.

            Surgían a veces disputas entre las letras. Había pequeñas rencillas y mínimas querellas, muchas veces tan insignificantes que terminaban cuando apenas habían empezado. Pero había un asunto en el que parecían coincidir gran parte de las peleas: la discusión por el puesto más anhelado, que era el deseo de todas las letras. Ese deseo no era otro que el honor que suponía encabezar el capítulo, dar comienzo a uno de aquellos cuentos. La primera letra de cada historia era la más admirada, aquella en la que se detenían las miradas de todos los lectores, de todos los que escuchaban la lectura, supieran o no leer. La letra revestida de tal privilegio se veía engalanada con telas preciosas, se crecía con tal condecoración y se ensanchaba con orgullo, luciéndose delante de todos. Sonaba mejor que nunca y en las gargantas de todos producía un sonido suave, sabroso y espléndido. El aire mismo parecía deleitarse al pronunciarla y provocaba una cascada de aplausos y admiración entre niños y mayores. La letra capital era la última letra a la que se echaba un vistazo con el rabillo del ojo, justo al terminar el cuento anterior. Y era la primera letra a la que se saludaba en todo el tiempo que se tomaban los lectores para iniciar el siguiente relato. 

Las letras de aquel volumen, por tanto, no ansiaban otra cosa y la deseaban con ahínco. Conseguir ese puesto se convertía en algunos casos en una obsesión. Por lograr tal objetivo algunas de ellas podían ser capaces de cualquier cosa. El libro que contenía los Trescientos Cuentos, viejo y sabio como era, no lo ignoraba. No obstante, su misión no consistía en evitar el desastre, sino en contemplar a una distancia prudente los actos para poder juzgar con equidad. Y así, y no de otra manera, iba a suceder muy pronto.

II

            La mañana acababa de despertar. El valle bostezaba aún y el río se deslizaba perezoso arrellanándose en pequeños charcos para postergar una caída que era forzoso que realizara. Las flores se miraban unas a otras para ver cuál de ellas iba a ser la primera que orientara sus pétalos al sol, mientras que las piedras comenzaban el aburrido pero único cometido de observar con paciencia la evolución de su sombra a lo largo de toda la jornada. No se escuchaban aún animales. No había ninguna presencia de seres humanos. Los sonidos del día eran prerrogativa de las joviales habitantes de aquel idílico escenario. Las nubes dejaron un hueco al sol para que se asomara. No había duda. Eran ellas. Una melodía atravesaba el río, lo remontaba y se adentraba en el valle. Las letras traían su sinfonía de historias y de fábulas. Venían enarbolando la bandera de hazañas y relatos épicos, de cuentos y de leyendas. Todas ellas se acercaban y llenaban el valle con sus aires de novela y su perfume de mito antiguo, trayendo personajes mágicos y sorprendentes, héroes y villanos, que venían con su cargamento de sentimientos al hombro. Los había tristes y melancólicos y las había enamoradizas y valientes, temerarias y fogosas. Con esa particular música el valle rebosaba. Las letras venían a llenarlo y extendían sus notas por toda la llanura, trepaban por las montañas cercanas y se internaban en el espeso bosque que quedaba a media ladera. Acababa de despuntar el día y ya estaban todas alborotadas y nerviosas. Se había decidido cuál de ellas iba a ser la elegida para convertirse en letra inicial de la siguiente historia.

El cuento doscientos trece del Gran Libro iba a comenzarse con la letra “y”. Un grupo de seis letras jubilosas la llevaba en volandas, y ella se dejaba agasajar con flores que lanzaban al aire, silbidos de admiración y aplausos sentidos que halagaban los oídos de una letra que todavía no podía creerse la enorme suerte que había tenido.
            La reina del relato. La llave del cuento. La gran protagonista del desfile de letras que en muy poco tiempo iba a comenzar. Era un sueño cumplido, una ilusión convertida en realidad. Todo era maravilloso… Pero, ¿qué estaba haciendo allí arriba, sobre las otras letras, vitoreada y engatusada por tanta loa y alabanza? Tenía que estar a punto. Había que preparar tantas cosas… Por ejemplo, ¿qué iba a llevar puesto? Así como estaba ahora, no podía presentarse. Había de lucir sus mejores galas. ¿De dónde iba a sacar las telas para su traje? ¿Quién iba a ayudarla a confeccionarlo? No estaba preparada. No estaba preparada. Los nervios empezaron a asaltarla. Las prisas se le echaron encima y el terror a no estar lista para semejante ocasión acabó por derribar al grupo de letras que la llevaban en andas y terminó por precipitarla en el suelo junto al río. No se dio en una piedra de milagro.
            – ¿Se puede saber qué te ocurre? –La letra “q”, como siempre, buscaba respuestas.
            – ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué ha sucedido? –Espetó la “z”, que era la última en enterarse de las cosas, pues todavía no había acabado de desperezarse del todo-.
            –No pasa nada. Es natural. La pobre está muerta de miedo. No es para menos. Ahora tiene que hacerse merecedora del gran regalo. –Terciaba la “b” en un tono maternal– No te preocupes. Todas te ayudaremos.
            – ¡Por supuesto! ¡Claro que sí!

            Todas las letras confirmaron con enérgicas voces la sentencia de la “t”, que era la última que había hablado, rotunda y terminante, como acostumbraba. La “b” que no quería quedarse en un segundo plano como otras veces, se adelantó y ayudó entre resoplidos, calores y sofocos a que la “y” se pusiera en pie. La “v” observaba con reservas lo que su hermana, que estaba ya de siete meses, prometía sin consultarle, sin pensar en lo que era mejor para el bebé. Pero no le dio tiempo a recriminar a la “b” porque en ese momento hablaron las gemelas “r”, las mellizas “l” y las siamesas “w”.

            – ¡Eso, eso, vamos a prepararla para el trono! –Gritaron con fuerza las erres.
            – ¡Nosotras le buscaremos la tela! –Las “eles” silbaban animosas.
            – ¡Y nosotras la confeccionaremos! –Exigía ansiosa la “w”, con una sola voz que resonaba en su cuerpo y formaba un eco que redoblaba la obstinación de su cometido.

II

            Era tal el bullicio que resonaba en todo el valle que el resto de seres que lo poblaban dejó aquella mañana de dedicarse a sus habituales tareas. El sonido de las letras lo llenaba todo y la ilusión de todas ellas impedía distraerse en cualquier otra cosa que no fuera el nuevo cuento y su privilegiada letra inicial. Tan absorta estaba la naturaleza con tanta algarabía que no se percató de que una de aquellas letras, apartada del grupo y asomada a las límpidas aguas del arroyo, veía su figura reflejada y se salpicaba de una honda y profunda tristeza. Esta letra llevaba mucho tiempo detrás de aquel honor. Había mejorado su aspecto, se había cuidado con esmero, había ensayado los andares y la manera de comportarse para poder encajar en tal puesto. De hecho, si hubiera sido ella la elegida, sobraría tanta prisa de última hora, pues todo estaba ya preparado para dar la talla y abrir con una figura radiante el nuevo cuento del Gran Libro. Y en cuanto al sonido con el que empezaría el relato, la preparación era aún mayor. Horas y horas de ensayo frente al riachuelo llanura abajo, haciendo gorgoritos, templando la voz, atrapando la cantidad precisa de aire y conduciéndolo con presteza para no perder ni una sola de sus cualidades de resonancia. Era la letra mejor preparada, la más dispuesta, la mejor entrenada. Pero no había sido la elegida porque habían preferido a esa letra extranjera que había venido de no sé qué lejanas islas para usurpar merecimientos y ostentar puestos que no le correspondían. La tristeza se confundía con la rabia, la indignación con la ira y el malestar con la envidia. La letra “h”, olvidada de todas y ajena a la alegría del conjunto, levantó la vista, cerró después los ojos y acabó irguiéndose sobre la charca cristalina. Estaba decidida. No podía perder tiempo.

            En la espesura del bosque, junto al Roble Centenario, el búho leía uno de los mensajes que le enviaban por correo aéreo aves de toda índole. Era el gran consejero, y cualquier asunto de mayor o menor importancia requería la aprobación o el consentimiento del ave más sabia del Reino. El animal intentaba concentrarse en la lectura, pero los signos del mensaje no eran claros y el asunto demasiado enrevesado. Leía una y otra vez aquel mensaje y una y otra vez levantaba los ojos para sacudirse el aturdimiento. Además, aquel grupo de ahí abajo formado por letras infantiles hacía mucho ruido, y no había manera de callar a las cinco letras más revoltosas del lugar. Ya estaba bien, como no dejaran de gritar todas a la vez tendría que intervenir y mostrarle su enfado… Bueno, era suficiente. Al final el búho no pudo soportarlo más:

            – ¡Eh! –les lanzó un grito.
            – ¿Es a mí? –había respondido la “e”, poniendo cara de sorpresa mal disimulada.
            –A todas os digo. –El búho no estaba dispuesto a que le hicieran burla.
            – ¡Ah! – esta vez era la “a” la que no había podido callarse.
            – ¡Basta de juegos! Ni una palabra más. ¿Es que os creéis las dueñas y señoras del bosque? Sois unas niñas muy malcriadas y…
            – ¿Y…? ¡Y qué! –se envalentonó la“i”, con un descaro y una impertinencia impropias de letras bien educadas.
            – ¿Así contestáis a vuestros mayores? –el búho no salía de su asombro-. O dejáis esa actitud irrespetuosa o…
            – ¿O…? ¿Nos estás amenazando, viejo búho? –espetó la letra “o” poniéndose en pie y mirando fijamente a los cansados ojos del animal.
            –Esto es inaceptable, absolutamente intolerable. Ahora mismo voy a llevaros al Río y vais a tener que contar todo esto a vuestras hermanas mayores. –El búho se levantó y abandonó la rama en la que descansaba. Se posó delante de las cinco vocales–. ¿Os ha quedado claro?
            – ¡Uh, qué miedo! ¡Uh, míranos cómo temblamos! –la letra “u”imitaba a un fantasma y se movía alrededor del desesperado pájaro que estaba fuera de sí.

Al final, el búho salió volando de aquel corro de letras impertinentes y se dirigió al Río, para buscar inmediatamente a alguna letra responsable que atajara semejante comportamiento de las más pequeñas del Valle. Las carcajadas resonaban en el rincón del Roble Centenario mientras se alejaba con lento vuelo el búho, uno de los animales más respetados del lugar. Las cinco vocales, que no podían parar de reír, estaban orgullosas de la broma. Se habían turnado para enfurecer al viejo carcamal. Eran ingeniosas y astutas, las más inteligentes de todas las letras, y la sabiduría del viejo búho se alejaba herida y burlada. Pero las risas se vieron interrumpidas por una letra agazapada tras unas piedras cubiertas de musgo. Cesaron de pronto las carcajadas. Se instauró el silencio. De aquel escondite salió por fin la letra “h” y se dirigió al grupo de letras. La resentida “h” se colocó frente a las cinco vocales, aclaró su bien afinada voz y se dispuso a relatarles su “problema”. Dejemos, sin embargo, a la “h” exponer su caso ante las cinco maleducadas letras y volemos con el búho hacia el llano, en donde habíamos dejado a las entusiasmadas letras arremolinadas alrededor de la “y”, sorprendida y aturdida por tanta atención inesperada.

III
           
            La letra “y”, en efecto, estaba realmente estresada. Las demás letras, en su afán por ayudar a la hermana elegida y de demostrar la inmensa alegría que a todas las colmaba semejante elección, no hacían más que corretear de un lado a otro, aconsejar y opinar sobre todo y dar vueltas y más vueltas en torno a la pobre grafía. La “y” suspiraba y se dejaba hacer, rendida, fatigada, abandonada a unas desaforadas e histéricas letras hiperactivas.

            –Aquí vendrá la orla del vestido, que reforzaremos con un doble en tonos pastel, y te favorecerá muchísimo. Será como un mar de olas que darán una sensación de profundidad a la tela creando un efecto maravilloso. –La m y la n, con ayuda de la ñ, llevaban ya un rato imponiendo su estilismo sobre el resto de consejos más o menos profesionales de las otras letras.

            – ¡Yo os diré por dónde cortar! –prorrumpió la “x”, afilando sus colmillos y frotándose las manos ante la misión que se veía ya realizando.
– ¡No tan rápido! –Hablaba entonces la “q”– Será mejor que la “f” y la “p” realicen la medición y señalen por dónde hemos de pasar el hilo, y luego ya hablaremos de cortes y de efectos ondulantes. ¿No os parece?

            Hubo un murmullo de aceptación. La “s”, sin embargo, mandó callar a todas las letras y se dirigió a la “j” que no había abierto la boca todavía:

            – ¿Qué opinas? Creo que estamos olvidando que eres tú la única que puede ayudarnos a confeccionar un auténtico vestido. ¿Por qué no hablas?
            –Esperaba que me lo pidierais, antes o después. Conmigo tendréis los enganches suficientes para medir y cortar el hilo, y os garantizo un traje de ceremonia de excepcional factura.
            – ¿Lo habéis oído? –Preguntó la “s” volviéndose hacia todas las letras, sin ocultar una sonrisa de satisfacción– ¡Con ella en el equipo vestiremos a la “y” como nunca nadie lo ha hecho!

            Una batería de aplausos, vítores y gritos de aprobación se oyeron por todo el valle. La “c” canturreaba cánticos de victoria mientras la “k” le hacía los coros y la “q” la segunda voz, más aguda. La “l” lanzaba hurras al cielo y la “d” recogía en su diana particular los gritos de la “g” y el jolgorio que armaba también la “j” y que la “c” se encargaba de disparar certeramente. Allí todas las letras chillaban y se atropellaban unas a otras, formaban un tropel de ruidos y de voces, de gritos y desorden que acallaba el natural ruido del agua de un río que pasaba totalmente inadvertido. Fue una pluma de búho que fue a parar al mismo lo que empujó al agua a levantar su voz sobre el caótico grupo de alborotadas letras. La “j” sirvió de anzuelo y atrapó una pluma de pálido color que todas reconocieron. Su dueño se posó sobre una gran piedra, en la orilla, y pidió silencio. Ese fue el momento que la angustiada “y” estaba esperando para escabullirse. Se deslizó hacia el bosque y se internó en él. La voz del búho dejó de oírla enseguida.

            Nada más internarse en el bosque, dos letras salieron a su encuentro. La “y” hizo como que no las había visto, y siguió sus pasos dejando atrás a la “o”. La “u” mucho más ágil, la alcanzó enseguida, y se puso delante de sus narices. No tuvo más remedio la huidiza grafía que hacer un alto y mirar a la insolente vocal.

            – ¿Se puede saber de qué huyes? ¿Y por qué nos ignoras? ¿Es que resulta que ahora ya no te interesamos? –La “u” se envalentonaba con cada pregunta– ¿No eres tú la misma que llevas un mes detrás de todas nosotras para que te admitamos en el grupo? ¿Ahora no te interesa? ¿Se puede saber a qué estás jugando?
            – ¡Eso! ¡Contesta a las preguntas! ¿Es que ya no estás interesada en ser como nosotras, en formar parte del selecto grupo de las vocales? Siempre has dicho que no te faltan cualidades… –La “o”, sofocada y llena de sudor, había podido alcanzar a las letras. La “y” estaba acorralada, pero se defendió.
            –Vale. Iba huyendo de todo el alboroto que se ha formado con lo de mi galardón, ya sabéis. Es un honor, pero no me están dejando disfrutarlo, con tanto preparativo y tanta atención. Por eso no os he hecho caso. Pero otra cosa bien distinta es que me haya olvidado de lo que me prometisteis. Porque lo prometisteis, ¿no es así? Me disteis vuestra palabra.
            –Nunca dudes de la palabra de una vocal. Estamos dispuestas a hacer realidad esa promesa, y antes de lo que tú te crees, ¿no es así, hermanas?

            De repente, de entre la tupida red de plantas bajas y arbustos emergieron la “a” y la “e”, que se colocaron muy cerca de la “u” justo cuando comenzaba su pregunta. Ya estaban allí todas las vocales, a excepción de la “i”, que todavía continuaba de charla con aquella despechada consonante que las asaltó con una petición muy particular.  Y aunque la “h” no la hubiera entretenido, tampoco sería descabellado que no se hubiera presentado ante la “y”. Al fin y al cabo, a pesar de las diferencias y los orígenes tan dispares de ambas, a las dos las llamaban por el mismo nombre, y esa era una afrenta que la “i latina” nunca podría perdonar. Por no mencionar la inaceptable y desproporcionada oferta que las vocales estaban a punto de realizar. Fue la “a” la que lo dijo abiertamente:

            –Queremos que seas una de nosotras. Has oído bien. Queremos que te conviertas en una de las vocales.
            – ¿Lo decís en serio? ¿No es broma? –La “y” miraba a un lado y a otro, estupefacta.
            –Tienes nuestra palabra. A partir de ahora vas a comportarte siempre como una vocal, hablar como una de nosotras y disfrutar de los privilegios del selecto grupo de las vocales. –La “a” no ocultaba un gesto grave y sentencioso, que solemnizaba el momento.
            – ¡No me lo puedo creer! Esto tengo que contárselo a todas mis amigas. Cuando se entere la “p”, que siempre pone peros para todo… –la “y” estaba ya dispuesta a salir a la carrera.
            – ¡No tan deprisa! –la “e” la cogió del cuello, y la soltó luego, muy, muy despacio–. Primero tienes que pasar unas pruebas. No entrañan, en realidad, gran dificultad, pero sí has de tomarte tu tiempo en cada una de ellas. Ser una vocal, en los tiempos que corren, comporta grandes sacrificios y, no en vano, se ha dicho que…

            Todo el discurso fue acompañando a una desconcertada “y”, que no sabía si podría soportar en un solo día otro de aquellos bombazos. Mientras la “e” la introducía por el bosque y le endulzaba los oídos con palabras y más palabras, y mientras llegaban hasta ella la respiración entrecortada de la “o” y las risitas mal disimuladas de las otras vocales, la letra “y” intentaba asimilar en su cabecita la elección como letra capital en un cuento, el cariño sobredimensionado de todas las letras y los arrumacos insospechados de las todopoderosas vocales del mundo en el que vivía. Ser una vocal era no sólo su sueño. Era el sueño de generaciones y generaciones…

IV

            – ¡Ha desaparecido!
            –Nadie sabe dónde se ha metido. ¡Y el cuento está a punto de empezar! Además todo el vestido, la tela, el adorno… todo está listo. ¿Qué vamos a hacer ahora?

            Las letras estaban desquiciadas. Corrían de un lado para otro, se atropellaban unas a otras. Las que habían caído tiraban a las que aún se mantenían en pie, y el traje, con un bordado precioso, no se rasgó de milagro.

            – ¡Es culpa del búho! –La “l” lanzó su dedo acusador–. Si no hubiera venido a contarnos sus desdichas de educador frustrado no la habríamos perdido de vista. Estoy segura que fue entonces cuando desapareció.
            –No es justo acusar a nadie. Aquí no hay culpables. Todas nos hemos preocupado de todo menos de la protagonista. A ver ahora cómo lo apañamos… –la “k”quiso poner un poco de cordura en todo el asunto.
            – ¿Por qué no preparamos una expedición al bosque? –La “x” tenía ganas de aventuras–. Hagamos tres grupos. Uno irá en cada dirección. Los demás se quedarán aquí, que es donde sabe que tiene que acudir. Yo podría liderar uno de los grupos, y atravesaríamos el bosque por allí…

            Seguía y seguía hablando la letra mientras el resto del grupo se iba contagiando de una sorpresa mayúscula. Llevada en andas por todas las vocales, la “y” aparecía ya con un traje absolutamente espectacular, y entonaba un sonido que ponía los vellos de punta. No dejaron a la engalanada grafía en ningún momento. La llevaron hasta el lugar preparado para el comienzo del cuento. Cubrieron su traje con unas tiras del vestido confeccionado por las demás letras. Con una sonrisa, la letra pródiga agradeció a todas sus esmerada labor, y se colocó sobre el sitial en el que iba a dejarse oír. La “b”, cansada de estar de pie, cogió asiento. Detrás de ella todas las letras fueron ocupando sus improvisadas localidades para asistir al comienzo de uno de aquellos cuentos por los que estaban ellas en el mundo. Bajó la intensidad y la fuerza del río, el viento dejó de soplar y las nubes se aclararon sobre el escenario. Todos estaban expectantes por escuchar el primer sonido del nuevo relato cuando ocurrió lo que estaba destinado a suceder.

            En el momento en el que a la letra “y” le tocaba el turno para comenzar su cuento, aquella grafía que estaba sobre el trono de la elegida, que se había engalanado para la ocasión, ayudada por todas las letras y de modo muy especial por las vocales, aquella letra que se moría de ganas por entrar a formar parte de la historia, no pudo articular ningún sonido. Cogía el aire, lo distribuía por su organismo y lo expulsaba sin pronunciar absolutamente nada. Era incapaz de articular palabra. Fue tanto el sonrojo y la humillación, tanta la rabia y la insatisfacción, que se zarandeó desde allá arriba, provocó el desequilibrio entre las vocales y vino a dar al suelo. En el momento en el que se levantó todos los allí reunidos fueron conscientes del engaño. 
Fue la “h” la que se puso en pie, cuyo colorido rostro que antes había llamado la atención, había dejado en su lugar un semblante triste y cetrino. La “h” había conseguido engañarlos a todos. Se había puesto del revés, lo que había provocado ese engañoso sonrojo, y no había hecho otra cosa que caminar al revés, ayudada por las vocales y el traje que disimulaba en parte su figura. Ciertamente que había pasado perfectamente por la letra “y”. Todas las letras habían sido engañadas. Ninguna se había dado cuenta. Entonces, ¿por qué se había desmoronado todo en cuestión de segundos?

            El búho, que no dejaba de volar de uno a otro lugar del valle en aquella ajetreada mañana, había sorprendido, junto al Gran Roble, un movimiento inusual de las hojas de un endrino. Acercándose para observarlo mejor  había descubierto una letra amordazada y atada a una rama. Tuvo que ir a pedir ayuda para deshacer todos aquellos nudos. Al final, la “y”, casi sin aire para respirar, le había contado todo lo que habían tramado las malvadas vocales. Indignado, el anciano búho había sobrevolado el bosque con su Roble Centenario, el río y el valle y había logrado llegar hasta el Gran Libro del cual nacían, como por arte de magia, los cuentos. Sus doloridas palabras no habían caído en el olvido. Todo se dispuso para que, en el instante en el que la letra usurpadora sintiera llegado el momento de presentar sus ropajes y mostrar su voz, sufriera el más terrible de los males que puedan aquejar a las letras: carecer de sonido.

V

            Por eso, desde aquel día, la letra “h” ya no suena. Se le conoce como “h” muda, y ya nadie recuerda el sonido maravilloso que antes solía representar. Se le condenó también a que, en el caso de que quisiera juntarse con el resto de las letras, y colocarse en medio de las palabras, debería llevar siempre a un lado y a otro una vocal, como castigo por su participación en el engaño. En esos casos se le conoce como “h” intercalada. No se escaparon las vocales del castigo, puesto que, siempre que quieran expresar sus sentimientos con toda la fuerza de la que son capaces, las vocales tendrán que apoyarse en la “h”, aunque todo el esfuerzo habrá de recaer en ellas. Así es como suenan a partir de entonces las interjecciones.
            Y no podemos olvidarnos de lo que le ocurrió a la “y”. Mantuvo el privilegio de comportarse en determinados momentos como vocal, tal y como le habían prometido con engaños las vocales. Sigue llevándose mal con la “i”, aunque todavía lucha por separarse definitivamente de ella, y es posible que muy pronto le den un nuevo nombre. Un nombre que ya no la relacione con la aborrecible “i” latina.
           

           


           
           

martes, 24 de diciembre de 2019

Así nació el Sorteo de la Lotería de Navidad


EL SUEÑO DE LA LOTERÍA


            Cádiz. Invierno de 1812. El ministro de la Cámara de Indias se revuelve  inquieto en su cama. Lleva semanas intentando dar con una solución para paliar la terrible hambruna que azota al pueblo. El Gobierno constituido en las Cortes necesita una inyección económica urgente. Las epidemias no cesan y la guerra con los franceses continúa, a pesar de que la victoria en Arapiles los ha conseguido alejar de tierras andaluzas. Hay que acabar con esta situación definitivamente. Si las arcas públicas recibieran ingresos considerables, el Gobierno podría afrontar cualquier adversidad y el pueblo respiraría un poco. Pero, ¿cómo hacerlo sin asfixiar a los contribuyentes?

            El ministro del Consejo y Cámara de Indias abandona el lecho, envuelto en sudor.  Abre una de las ventanas enrejadas que dan a la calle. Hace frío. En la calle, una muchacha vestida totalmente de negro yace tumbada sobre la acera. A su lado, un chiquillo de tez oscura. La escena le impacta al funcionario público. El pequeño le lanza una pregunta desde la fría calzada. Le pregunta si sabe quién es la muchacha que agoniza sobre la áspera acera. Desde la ventana de su dormitorio, el político enmudece. El niño escupe la respuesta. Se trata de su madre, una gitana del barrio de La Viña, a la que todo Cádiz conoce como “La Suerte”.

            El ministro, don Ciriaco González Carvajal, no puede explicarse qué le lleva a envolverse en una bata de seda y calzarse unas alpargatas forradas de lana y, de esa guisa, abandonar su habitación y salir a la calle. El pequeño le toma de la mano al ministro y este se deja llevar. El niño tiene una mirada tan llena de ilusión y de esperanza que al ministro no le cuesta ningún esfuerzo acompañarlo.


Don Ciriaco González Carvajal reconoce la puerta del Convento de los Dominicos. La puerta se abre de repente y una figura emerge de las sombras del edificio. Se trata de una religiosa. La monja dice llamarse sor Teodora de la Inmaculada Concepción y anuncia al estupefacto hombre de la bata de seda que los niños lo están esperando.

Don Ciriaco no sale de su asombro. Sor Teo, como la buena mujer insiste en que la llame, despide al pequeño. La mujer le dice al ministro que no se preocupe, que el niño llegará después. La religiosa conduce al ministro hasta la capilla y le pide que espere. Al rato, un grupito de niños se coloca  delante del aturdido ministro y comienza a cantar un villancico de Navidad. Sus voces son maravillosas y el ministro no puede esconder una lágrima de emoción. ¿Qué tienen estos pequeños en sus miradas?

Después de este número musical, los niños se colocan formando una fila. El ministro los cuenta. Octavo, noveno y décimo. El último de ellos, de hecho, se aproxima hasta donde está don Ciriaco. Es un niño más bien obeso. Le da un pequeño tirón en la bata. ¿Por qué le ha tocado? No le ha pedido nada y no quiere nada. En ese momento regresa la religiosa. Obliga al ministro a elegir los mejores números musicales, aunque le aconseja premiar a todos los que han participado. En ese instante, aparece el niño que lo había traído hasta allí y vuelve a tomarlo de la mano, sin dejar de mirarlo y sonreír. Los niños le despiden también con esa mirada que a don Ciriaco le alivia tanto.

El ministro se encuentra, de repente, sin bata, descalzo y metido en su propia cama. La ventana está cerrada y, al asomarse, no descubre a nadie en la calle. ¿Ha sido todo un sueño? Posiblemente. Entonces, ¿qué significa?


Cuando Ciriaco González Carvajal habló delante de las instituciones a la mañana siguiente, todo el mundo aplaudió sus palabras y la ilusión se contagió por todas partes. El ministro estaba proponiendo la celebración de un Sorteo de Lotería Nacional. En su discurso, el ministro había utilizado un trozo de papel con unas palabras escritas nada más despertarse aquella mañana. Todavía recordaba el orador las miradas de esos niños mientras las escribía...

“La Suerte está echada. Sor Teo y los números de Navidad. Números cantados por los niños. Hay que premiar también las Participaciones. Me ha tocado el Décimo. El Gordo me ha tocado. El Niño llegará después.”

lunes, 9 de julio de 2018

El examen


SUSPENSO


            La voz del profesor sonaba lejana, distante. Iba perdiendo su entidad, su esencia de voz humana articulada, con un tono grave y distorsionado, e iba convirtiéndose en un eco profundo, que no venía de ningún sitio porque no pertenecía a ningún lugar. Mientras, yo desaparecía y me perdía por los pasillos, salía por la puerta y me encontraba en plena calle, dejando el instituto con sus pupitres, sus pizarras –no faltaban las digitales–, sus taquillas… Iba dejando atrás también los cuadernos, las carteras y los estuches, las sombras de alumnos y profesores. Mis compañeros de clase seguían en la clase de sociales, el conserje en secretaría y la de matemáticas, de guardia, en la sala de profesores.
Llegaba yo al semáforo y me tuve que parar. Estaba verde, pero me detuve. Una señora cruzó hacia mí y me miró sorprendida y preocupada. Continué andando y una furgoneta por poco no me alcanza. Tenía que recomponerme. Era una asignatura. Un examen nada más. ¿Es que un examen podía significar tanto? Volví a detenerme y saqué el examen de la cartera. Miré la nota por enésima vez. De tanto mirarla parecía que fuera a borrarla con la vista. Estaba cerca de un contenedor de vidrio. Me entraron ganas de echar el examen por el agujero. No. Tenía que afrontar la realidad. Llené el pecho de aire, destensé mis brazos, me eché la mochila al hombro y reanudé el paso.

            El año había sido malo para mis padres. Papá era autónomo. Tenía una tienda de bicicletas. Una tienda muy chiquita y un taller, más grande, en donde arreglaba y suministraba piezas y recambios. Nunca se habían vendido demasiadas bicicletas. El negocio no se vio afectado por aquel lado. El problema era la disminución espeluznante de clientes que tenían las bicis averiadas. Mi padre tenía un chico que le ayudaba en el taller. Había tenido que prescindir de sus servicios. En Navidades y en las semanas previas al verano, contrataba a otro chico que se encargaba de las ventas y de las cuentas. Ahora ya no se movía dinero. El otro chico tampoco hacía falta.
Yo quería echar una mano a mi padre, pero nunca dejaba que le ayudara. Siempre me decía lo mismo, que estudiara, que la mayor alegría que podía darle era que superara las asignaturas y aprovechara la escuela, y que siguiera con los estudios y me preparara lo mejor posible. Yo agachaba la cabeza y me daba media vuelta. Mi madre sonreía. Siempre sonreía. Hasta este último mes.
            El mes de mayo salió esplendoroso. Mejor tiempo no lo habíamos tenido nunca en la ciudad. Pero el clima no podía arreglar la economía familiar. Mi madre, en estos días tan buenos, solía preparar unos helados de ensueño, unas naranjadas jugosísimas y unos postres fríos que mis amigos envidiaban. Ahora nos contentábamos con unos polos de congelador que no sabían a nada y que te daban más sed todavía. Mamá, en vista de que las cosas no marchaban bien, había vuelto a trabajar. Entró en casa de una familia del vecindario. Limpiaba la casa y atendía a dos niñas preciosas. Tan lindas como poco cuidadosas. Por la tarde se ganaba un extra remendando ropa que le traía don Miguel, el cura de la parroquia, para dársela a los más pobres. Las noches, en casa se volvieron insufribles. Papá llegaba con mil preocupaciones y una mueca de fastidio. Mamá, que antes conseguía con una sonrisa y una voz dulcísima templarle y serenarle, no tenía fuerzas para ello, y se desplomaba en el sillón, agriando también el gesto. Yo salía de la habitación y, ante tal panorama, me escapaba de casa sin decir nada.

            Es verdad que no era la actitud más valiente. Salía de casa, me iba al parque y me encendía un canuto. Con el buen tiempo apetecía subirse a un banco, encima del respaldo y apoyar los pies en el asiento. Yo sentía que en mi casa había un ambiente que me oprimía, y no era capaz de cambiarlo. No sabía. ¿Qué podía hacer? En clase no tenía confianza para contar una cosa así. Además, en el momento en que hubiera abierto la boca para hacerlo, me hubiera echado a llorar. Decir en voz alta la situación de mi familia la hacía más real y tangible. Inmensamente más dolorosa. Fuera del instituto no tenía amigos. Claudia se había marchado el año pasado, dejando un bloc de notas y un número de teléfono que no me atrevía a marcar. El parque solitario, el rincón oscuro del banco y mi peta eran mi compañía y mi desahogo. Constituían un paréntesis en el día a día de mi vida, y, desgraciadamente, todas las noches tenía que cerrar ese paréntesis. La ortografía del mundo así lo exigía. Cuando volvía a casa, dos preguntas y ninguna respuesta:

–¿Se puede saber a dónde te vas todos los santos días?
            –Anda, ven a cenar. No fumas, ¿verdad?

            A finales de mayo mi padre empezó a quedarse en casa. Mi madre llegaba cada vez más tarde y a mí me tocó hacer la cena. Papá había decidido encontrar otro empleo, y, mientras tanto, había contratado al hijo vago de un vecino para que atendiera las cuatro llamadas que se recibían al día. La búsqueda de trabajo de papá comenzó siendo muy afanosa. Peleaba con el periódico armado con un rotulador rojo que yo le había dejado. Se afeitaba, salía de casa bien perfumado y enchaquetado. Volvía con alguna esperanza. Sin embargo, tres semanas después abandonó toda ilusión y dejó de afeitarse y echarse colonia. Además, me devolvió el rotulador. Mamá, muy comprensiva al principio, acabó estallando. Fue como abrir una lata agitada de coca cola. A partir de entonces tuvimos bronca todos los días.
A mí me alcanzaba muchas veces. La única manera de salvarme era mi visita al parque. Pero unos niñatos me quitaron mi banco y ya dejó de apetecerme salir por la noche. Así que me tragué todo tipo de reproches que mis padres se habían guardado durante años. Las cosas se estaban complicando y no veía ninguna solución. Lo peor fue que, no sé cómo, mi padre, cada vez que salía yo en la discusión, o sea, casi siempre, lo arreglaba diciendo que, al menos, me estaba labrando un porvenir, y no acabaría vendiendo porquerías o fregando suelos. Y allí mi madre me lanzaba una de esas miradas tan suyas que venían a decir: “en eso estamos los dos de acuerdo. Tú estudia que es nuestra única satisfacción”.

            La mochila pesaba más y más y se me fatigaban los hombros y las piernas.  Reflexionando en esas palabras de mi madre, viéndolas escritas en su mirada, se me estaba poniendo también un dolor intenso y agudo debajo de la boca del estómago. Me estaba entrando una sensación tan triste que me iba a devorar. Todo se me revolvía, dentro y fuera de mí. Necesitaba aprobar esa asignatura. Si no era capaz de hacerlo, el suspenso se sumaría a los dos que ya eran inevitables, y el título de secundaria nunca llegaría a mi casa. Mis notas eran las únicas que parecían salvar el matrimonio de mis padres. Lo único que compartían era su fe en mi estudio. Si suspendía, se acababa todo. Y la nota no había dios quien la remontara.
Atravesé el parque para alargar el camino. Un jardinero arreglaba un seto sin demasiado arte. Pasé a su lado y me echó una mirada despectiva. Dos ancianas gesticulaban y asentían. Supuse que ninguna de las dos podía oír nada que no fuera su propia conciencia. Una mujer en chándal trotaba muy lentamente, maquillada como para salir de copas. Cada paso que daba me encontraba con más personas, pero cuanta más gente salía a mi encuentro en el parque, más me daba la impresión de que estábamos solos. Muy solos.
            Llegué por fin a casa. Mamá estaba fuera. Papá, tirado en el sofá. Dormido. Tres latas de cerveza decoraban la mesita. Las recogí. Iba a ir a mi cuarto, pero observé que una cuña de queso se secaba donde habían estado las cervezas. Fue al cerrar la nevera cuando vi la nota que había dejado mi madre.
“No aguanto más. Me voy. Lejos. Dile al niño que lo veré para celebrar cuando titule”. Se me hizo un nudo en la garganta. Empecé a temblar, intenté hablar. Fue inútil. Me estaba ahogando. Me costaba respirar. Llegó un momento en el que no oía nada a mi alrededor. Un silencio espantoso, que me estaba haciendo enloquecer. Y, entre ese silencio, como emergiendo de la nada, un timbre hueco, sonoro. Una voz profunda, grave, al principio ininteligible. De ese fondo iba naciendo alguna que otra palabra, se formaban entonces las frases y apareció un mensaje que puede entender, con una nitidez abrumadora:

            –Gómez, si no es capaz de estar despierto en clase, absténgase de venir.

            En mi pupitre, boca abajo, el profesor de sociales acababa de dejar mi examen.
           

sábado, 9 de junio de 2018

Insomnio de una noche de verano


EL COLCHÓN


Me ha preguntado mi compañero de celda que cómo he dormido. No sé si tenía más preguntas que hacerme porque se lo han llevado corriendo a la enfermería. Todavía hay algún funcionario de prisiones con cara de no entender nada. Supongo que será nuevo aquí. No se ha atrevido a acercarse a mí y ha tenido que ser un veterano el que me ha sacado de mi celda. Este otro funcionario ya no me habla, de forma que he caminado en silencio por el pasillo. No creo que vuelvan a dejarme salir al patio en un tiempo. Ya ni me acuerdo de esa sensación del aire envolviendo todo mi cuerpo durante mis largos paseos alrededor de la ciudad, tras los cuales volvía a casa con el cansancio a cuestas y lo arrastraba hasta que lo arrojaba dentro de la cesta de la ropa sucia, justo antes de ducharme. Después venía la cena, el ratito con la televisión y el sueño de lamparilla y techo plano decorado con tres manchas de humedad de nuestro dormitorio.
            La culpa de que todo esto haya pasado –y no me refiero únicamente a la agresión de esta mañana y al castigo que se me avecina- la tiene mi señora. Aunque pueda parecer lo contrario, no es esta una frase hecha ni el leitmotiv de un sesentón al uso. Mi esposa, que no ha vuelto a venir desde que el bruto de la celda de al lado le destripara a voces los planes románticos que para ella maquinaba; mi querida Rosa, a quien reconozco que echo de menos más bien poco; mi mujer, en definitiva, fue sin duda la que comenzó todo el jaleo. No me duelen prendas mostrarme así de tajante, a pesar de que se me pueda acusar de ser un monstruo sin conciencia. Lo repito, por si a alguien no le entra en la mollera: la culpa la tuvo Rosa.

            Bien claro le dije a mi esposa que no era necesario cambiar de colchón. El nuestro había aguantado más de treinta años de casados y sus ruidos e irregularidades eran parte de nuestra intimidad como matrimonio. Tampoco había necesidad de gastarnos ese dineral en aquellas tonterías que se tragaba en la teletienda. Pero los anuncios de la televisión tenían más influencia en mi Rosa que los sermones del cura en la parroquia. De hecho, me había dado a mí por denominarlos “anuncios apostólicos”, por aquello de que ante sus eminencias ella acataba sumisa cualquier sugerencia de compra.
            Efectivamente, diez días después de que salieran los primeros espacios publicitarios sobre aquellos magníficos colchones, mi mujer me despertaba de la siesta con la emoción de una quinceañera sobre una esterilla en mitad de la cola de un concierto o de un casting de talentos. Despegué los ojos y la miré de arriba abajo, preguntándome si sería posible que todavía me revolviera en sueños cuando, tras un zarandeo de todo menos cariñoso, me pidió la cartera. El precio era tan desorbitado que me resistí a complacerla. No sé para qué tomaba a veces aquella actitud, cuando ambos éramos conscientes de que años de concesiones no ofrecían ni la más remota tentativa de negarme a sus requerimientos. Cuando se fue el muchacho sonriente con el dinero de mi bolsillo y las gracias de mi esposa, había un nuevo inquilino en nuestro modesto piso, un colchón sin estrenar sobre nuestro somier de siempre.

            En este momento, en la soledad de mi celda, mi recuerdo es un reclamo que me obliga a mirar el camastro que esta prisión me adjudicó el día de mi ingreso. La habitación que me reservaron hace exactamente un mes, antes doble y ahora de uso individual, sin baño y con vistas a volverme loco, es más bien  diminuta y el catre tiene una pinta que espanta, como todo lo que hay en este complejo penitenciario. Aunque de complejo no tiene nada, porque aquí todo es muy simple, desde la comida hasta los funcionarios, por no hablar de los reclusos y sus proyectos para cuando salgan. Este colchón de mi celda, descubro ahora con asombro, tiene un aire a aquel que mi mujer se empeñó en tirar a la basura. Tendrá los mismos años, si bien bastante menos de la mitad de su tamaño. Sé de lo que hablo porque a mí me tocó sacar nuestro viejo colchón del piso y dejarlo entre los contenedores. Mi esposa se puso cariñosa aquella noche sobre el elástico visitante pero yo no pude pensar en otra cosa que en la curiosa manera que tenía el recién llegado de convertir tu cuerpo en un bajorrelieve. A la mañana siguiente me tuvo que ayudar mi Rosa a despegarme de las garras del resistente colchón. Aquella mañana todo el vecindario se hizo eco del último grito en colchones. Eso sí, el colchón se quedó tan ancho, mi mujer tan pancha y yo tan afónico que me costó más de tres días volver a hacerme entender con palabras.
            Ahora nadie me cree, desde luego, pero cuando dejé esa primera noche en la acera de la calle nuestro viejo colchón, que nos había regalado una de mis cuñadas cuando nos casamos, me invadió una sensación de amenaza y de presagio que entonces no pude concretar ni interpretar. Hoy miro este color raído y esta tela agujereada y amarillenta del colchón de mi celda y creo percibir los mismos sentimientos. Quizá es el color o la textura, que tanto me recuerdan a nuestro familiar regalo de bodas. Puede ser que, simple y llanamente, ahora me hago cargo de que el destino tiene a veces una forma de hacer premoniciones que, de sutil, se pasa cinco pueblos. No cambio la realidad ni invento nada si afirmo rotundamente que la noche que subí la escalera del edificio hasta nuestro piso, sacudiéndome las manos después del esfuerzo y el último adiós al colchón de la cuñada,  mi vida se había ido, con el colchón aquel, nada menos que a la mismísima mierda, y que yo empezaba a ser muy consciente de lo funesto de aquel presagio, de lo inevitable de aquella amenaza.

            Ya he recordado la primera noche en aquella recién estrenada tabla de tortura. Las siguientes no fueron menos incómodas. Rosa, sin embargo, estaba encantada. Para ella la espalda había dejado de darle problemas y las piernas ya no se le inflamaban. El flamante colchón le había practicado un exorcismo y todos sus achaques, con sus versiones radiadas de mañana, mediodía y tarde, habían desaparecido tras el bálsamo reparador de unas cuantas noches de colchón “última novedad”. Podía ser su elasticidad, proporcionada por el núcleo de látex natural de veinte centímetros de grosor y un tejido viscosa con tacto aseado y mayor suavidad en el descanso; podían ser las siete zonas de descanso que se diferenciaban, además, incluso dándole la vuelta; podía ser el proceso de confección y cerrado, llevado a cabo por profesionales cualificados y con la intervención de la tecnología más avanzada; podía ser, sin más gaitas, que el poder de sugestión de la teletienda hubiera convertido a mi abducida esposa en una creyente que se pasaba durmiendo religiosamente toda la puñetera noche.
            En vista del envidiable descanso de mi Rosa, dejé de quejarme a los pocos días, pues llegué a creerme que era yo el que me inventaba mis penurias, mis luchas a cama y espalda con aquel intruso de alcoba. Seguía pareciéndome imposible conciliar el sueño hasta que el cansancio me noqueaba ya de madrugada. La sensación del cuerpo hundido en aquel lodazal, con mi silueta tan perfilada como los contornos amarillos de tiza de las víctimas de homicidio de las series policíacas que echan por la tele, me la tuve que callar delante de mi esposa. Pero reconozco que cuando veíamos CSI Nueva York, Miami, Las Vegas o Las que fueran, flaqueaban mis caballerosas intenciones de evitar levantarme del sillón, agarrar aquel maldito huésped por una de las asas laterales, fabricadas para una mejor manipulación, y embestir a mi descansada esposa con el suave tacto de ese tejido ligero, fresco, resistente y cómodo que, con su capacidad de absorción, podía haber absorbido igualmente el impacto contra el cuerpo de mi Rosa.

            No quiero dar la impresión equivocada. Entiendo que el lugar en el que tengo ahora mi residencia puede encaminar a cualquiera hacia conclusiones erróneas. Quizá me he dejado llevar por la violencia de los pensamientos y el recuerdo de aquellos primeros días con nuestro invitado de látex esté contaminado por la escena que acabo de protagonizar con mi antiguo compañero de celda. Por cierto, me han comunicado que él está bien y que ha pedido voluntariamente su aislamiento. A mí me van a hacer más pruebas con otra loquera, como si sirviera para algo. Lo que quiero decir es que todo es más sencillo y, para no desviarme del tema, voy a sentarme en el camastro de mi celda –la otra cama no han tardado nada en retirarla-, voy a obligarme a concentrarme y a procurar inspirarme rozando con la palma de la mano este asqueroso y áspero colchón reciclado con vete a saber qué clase de desechos.

            Pasaron dos semanas desde nuestra compra. Yo estaba cada vez más cansado y la intranquilidad me visitaba los pocos momentos en que mi cuerpo se relajaba y me sumía en el sueño. En aquel material endemoniado que habíamos metido entre las cuatro paredes de nuestro cuarto no había manera de menearse, lo cual era más chocante todavía, pues en mis sueños me revolvía como si tuviera treinta años menos y hubiera perdido kilos por docenas. Mientras el mullido descanso tonteaba con Rosa y le daba masajes invisibles, a mí me sacudía internamente un parkinson de fase avanzada, que me agitaba durante mi duermevela. Entonces fue cuando llegaron los nuevos vecinos. Eran un matrimonio encantador y vinieron con un perro. Se instalaron en el piso de arriba y allí siguen. Las noticias que me trajo Rosa, el día que me visitó por última vez, antes de salir escandalizada y atemorizada a causa del degenerado de la celda contigua, fueron que les habían cubierto de honores y de dinero y que al perro se lo habían llevado para adiestrarlo o para terminar mejor su entrenamiento. Ya no siento rabia ni ira ni rencores. Me resbala un poco todo, pues lo que pasó desde la llegada del animalito tenía que suceder de un modo u otro.
            Se habían instalado los nuevos vecinos en el piso de arriba y yo escuchaba cada noche cómo el chucho se arrastraba por el suelo, como una mopa pesada que recorría toda la superficie que se suspendía sobre nuestro dormitorio. Rosa no escuchaba nada y dormía plácidamente, pero yo nunca tenía sueño y mi imaginación volaba poniendo voz e imágenes a aquel ruido nocturno. El primer día, cuando el matrimonio joven se plantó sobre nuestras cabezas, llevaba ya dos semanas durmiendo a saltos. Desde entonces los sueños se multiplicaron y el espacio de vigilia aumentó considerablemente. Empecé a tener miedo de meterme en la cama y me obsesioné con retrasar todo lo que podía el momento exacto de retirarme a nuestra habitación. Rosa no decía nada y pensaba que eran nuevas manías de viejo contra las que el mejor remedio era la indiferencia. De los vecinos de arriba, por supuesto, mi esposa no entendía ni mis reparos ni mis reticencias. Simplemente pensaba que eran adorables y  el perro una monada.

            Entonces, una noche, el perro dejó de arrastrarse. Yo sentí un alivio indescriptible que me caló tan hondo que no pude dormir de la alegría. Tenía tanta excitación que mi mujer creyó que me había tomado varios lingotazos y hasta se enfadó conmigo. Me mandó al sofá, como hace veinte años, y me condenó a la tele con sus sanadores, sus brujas y la teletienda. Después de ver cinco veces el mismo anuncio de una máquina de hacer abdominales y un mismo número de teléfono multiplicado por todos los rincones de la pantalla, llegué a la conclusión de que tenía que acabar con la pesadilla que se había instaurado en casa con la llegada del siniestro colchón. Él tenía la culpa de que no durmiera y de que, cuando lo hacía, mis sueños arrebataran mi paz y extinguieran mi vida. Quité el sonido de la tele y mi cerebro, instigado por la oscuridad, la madrugada y el silencio, dio rienda suelta a una voz en off que expresó por fin mi determinación. Dormí muy poco en el sofá aquella noche pero no hacía falta mucho descanso para reunir todas mis fuerzas y  actuar como me había propuesto.
            Todo sucedió con rapidez. A la mañana siguiente, Rosa se fue a hacer la compra. Me encargué de añadir a su lista los artículos más dispares y los ingredientes más peregrinos. Estaría fuera mucho tiempo y yo tendría tiempo de afilar mi navaja suiza y acercarme sigilosamente hasta donde estaba aquel perturbador de látex y clavar mi acero en ambas platabandas de tejido acolchado. Estaba disfrutando con aquel destrozo, que humillaba enormemente la estética envidiable del símbolo del descanso que mi mujer había metido en mi propia casa, con tan mala fortuna que tardé un rato en atender el sonido de los ladridos y el rasgueo de las patas del perro deslizándose y arañando la puerta de mi vivienda. Dejé aquello como estaba, la hoja clavada hasta la empuñadura, y pegué el oído a la plancha de metal que cerraba nuestro hogar. Al otro lado de la puerta, el perro se puso como loco y sus ladridos aumentaron indefiniblemente. Pero nada podía echarme atrás. Me armé de valor y sujeté el colchón por una de sus asas, lo arrastré hasta el vestíbulo y abrí la puerta de golpe. Con perro o sin él tenía que bajarlo hasta los contenedores. Mi esposa llegaría en menos de una hora y la política de hechos consumados era la única que había contemplado mi estrategia nocturna, cuya voz seguía susurrándome instrucciones.
            El perro no se callaba, el colchón se entretenía en cada recoveco de la escalera, retrasando la operación, la puerta del edificio se me cerraba cada vez que intentaba colocarme convenientemente para sacar de un empujón a aquel intruso blanco que se había apoderado de mi felicidad. No obstante, nada podía detenerme. A los ladridos me acostumbré enseguida y de las zancadillas del colchón apenas hice caso. Salí por fin del piso y encaré los pocos metros que separan mi portal del ejército de contenedores que hacen guardia en nuestra calle. Faltaba dejar un espacio entre ellos y encasquetarles al maravilloso Látex cien por cien natural. Lo más difícil ya estaba hecho. La sonrisa de dos policías de barrio y un grupo de vecinos pegados a ellos como el queso fundido a los bordes de una sandwichera me hizo reparar en mi delicada situación. El perro no había dejado de ladrar, varios vecinos habían molestado a las autoridades con sus llamadas noctámbulas  y algunos de ellos sostenían entre sus manos unas bolsitas blancas que debían de haber recogido en algunos peldaños de la escalera comunitaria por donde acabábamos de bajar, el colchón y yo, como dos recién casados, entre pellizcos y achuchones.
A Rosa no la vi hasta mucho más tarde. Vino a buscarme hasta comisaría y no me ayudó mucho. La droga que habían encontrado en el interior del colchón era tan pura que no supieron descubrir el origen de la misma. Me preguntaron que quién era yo y hasta dónde se extendían mis redes y contactos. Yo no supe qué contestar y mi silencio los volvió desconfiados. En muy poquito tiempo me encontré entre estos muros. Es verdad que estoy privado de libertad y que mi vida ha cambiado mucho más de lo que nos prometía el viaje del INSERSO que ya nunca haremos Rosa y yo. También es cierto que ya no he permitido que mi esposa venga a este lugar y que transcurrirán semanas hasta que me asegure de que no vuelven a molestarla. Sin embargo, este viejo colchón en el que estoy sentado, cuyo tacto repele la piel menos sensible y que no disfruta, ciertamente, de una estética envidiable, como el otro, estoy convencido de que acabará consiguiendo que yo duerma del tirón por las noches.

            Esa esperanza es la que me anima para que mañana, cuando venga la nueva loquera y me pregunte, como ya hicieran sus colegas, que qué tal me encuentro, tenga que ser sincero una vez más y contestarle que no he estado mejor en toda mi vida. Y cuando me interrogue sobre el desafortunado encuentro con mi antiguo compañero de celda… Sinceramente, ha tenido suerte de que me confiscaran mi navaja suiza el día que me metieron aquí porque hay que reconocer que su pregunta no ha llegado en el mejor momento, esta mañana, nada más levantarme de la cama, sin haber desayunado todavía. Además, precisamente el día que se cumple un mes desde que mi esposa se encaprichó del colchón ideal para aquellos que desearan incorporar en su descanso productos totalmente naturales. ¡Que se lo digan a los dos tipos de narcóticos que terminaron de abrir en canal  aquel invento del demonio!

sábado, 12 de mayo de 2018

Un relato escalofriante para Halloween / A spooky story for Halloween



HALLOWEEN (Relato en español)


            No creo en Halloween. Nunca lo he entendido y no estoy seguro de que llegue a compartir esa fiebre americana por todo lo que rodea a esta curiosa fiesta del 31 de octubre. Mi familia y yo vinimos a los Estados Unidos hace cinco años, cuando yo solamente tenía ocho. En el colegio nos contaban historias de terror y nos traían caramelos. En el barrio nos aconsejaban decorar nuestras casas y adornar la puerta principal con todo tipo de artilugios fantasmagóricos. Tuvimos que aprender a vaciar una calabaza y agujerearla. En fin, yo no quise parecer raro o aislarme del resto de la clase y también formé parte de toda esa locura de disfraces, bromas, sustos e historias de miedo. Hasta este año.
            Ayer decidí que este año no iba a celebrar Halloween. Ocurrió de forma natural. Estaba paseando cerca del lago que rodea el pueblo y allí tomé la resolución. No sé si fue antes o después de leer los carteles que habían puesto por todo el sendero que rodea el lago y que anunciaban el peligro de las aguas y el lodazal que se había formado en las primeras semanas de octubre. El caso es que se me vino esta idea a la cabeza, como un cartel luminoso que venía a inspirarme. Halloween es una solemne tontería. Nadie va a convencerme de que Halloween es importante. Pienso discutir si hace falta con toda mi familia, con toda la escuela, con todo el barrio. Eso fue lo que pensé. Me acuerdo perfectamente. Hasta recuerdo que llevaba puesta mi camiseta del Barça y me había llevado una linterna por si se me hacía de noche antes de lo previsto. Mis paseos pueden durar una eternidad cuando me entretengo ordenando ideas en mi cabeza.
            Cuando regresé a casa ni mi padre, ni mi madre ni mi hermana pequeña quisieron hacerme caso. Tenía argumentos de sobra para defender mi postura. Halloween apesta. Halloween no aporta nada. Es absurdo que lo celebremos. No querían escucharme y yo tuve que encerrarme en mi habitación. Por la noche, oí como mamá hablaba con papá entre susurros y ambos salían de casa precipitadamente. Como no me habían querido dirigir la palabra y me habían ignorado por completo, no quise saber nada del asunto. Me dormí con la intención de esgrimir mi argumentación delante de toda la clase, del colegio entero.
            Fue decepcionante. Mi grupo de amigos parecía no notar mi presencia y el profesor más entusiasta, el máximo defensor de toda esta historia de Halloween hizo como que no me veía. De pronto, sonó la alarma. Era un simulacro de incendios y todos tuvimos que salir del edificio con nuestros profesores. Lo curioso fue que nos mandaron a todos a nuestras casas y ese día las clases terminaron cuando estaban empezando. No encontré a mis padres en casa y mi hermana no daba señales de vida. Paseé por el barrio y descubrí la decoración de las casas de nuestra calle. Había calabazas, fantasmas, niñas del exorcista columpiándose o esqueletos balanceándose desde un gancho de la puerta. Había miembros amputados con gotitas de sangre y más calabazas. Me irritó tanto ese espectáculo que volví a casa.

            Llevo dos horas delante de la puerta de mi casa. Está vacía. Está anocheciendo y no se oyen más que silbatos, ladridos de perros y gente gritando el nombre de alguien, no llego a distinguir de quién. Mi casa también está decorada y eso me está poniendo de los nervios. Creo que voy a coger la dichosa calabaza con esa sonrisita imperfecta que ha tenido que dibujar mi hermana y la voy a aventar hacia el bosque. Pero entonces descubro un trozo de papel que alguien ha colgado de la puerta. En él hay una fotografía de un chico de trece años que lleva una camiseta del Barça. Me parece que necesito dar un paseo y digerir todo esto. Quizá me acerque otra vez al lago. Es allí donde se aclaran mejor mis ideas. Me he incorporado bruscamente y he oído un chasquido, como un ruido de cristal roto. Me llevo la mano al bolsillo trasero del pantalón y saco mi vieja linterna. Está rota, empapada y cubierta de barro.



HALLOWEEN (English version)

            I do not believe in Halloween. I have never understood it and I'm not sure I could ever share that American fever for everything that surrounds this curious party on October 31st. My family and I came to the United States five years ago when I was just eight. In the school they used to tell us horror stories and bring us a lot of candies. In the neighborhood we were encouraged to decorate our homes and the front door with all kinds of ghostly gadgets. It was also the same stuff, every single year. We had to learn to empty a pumpkin and carve it. I was forced to do it. I did not want to seem weird. I did not want to isolate myself from the rest of the class. I promise I never had the chance to avoid that madness of disguises, jokes, scares and spooky stories. Except for this year.

           It was precisely yesterday when I decided not to celebrate Halloween. It happened naturally. I was walking near the pond that surrounds my small town when I resolved myself to get rid of it. Whether it was before or after reading the posters placed throughout the trail around the pound, the signs announcing the danger of water and mud for the first rains of October, I would never say. Anyway, this idea came to me at the top, like a neon sign that came to inspire me. Halloween is absolute nonsense. Nobody is going to convince me that Halloween is important. I needed to discuss it with my family, with all the school, with the entire neighborhood. That's what I thought during my walk in the pound. I remember it perfectly. I remember wearing my Barça shirt and bringing with me a flashlight in case it gets dark. My walks can last an eternity when I entertain myself ordering ideas in my head.

            When I returned home neither my father, my mother nor my little sister wanted to listen to me. I had plenty of arguments to defend my thesis. Halloween sucks. Halloween brings nothing to us. It is absurd that we celebrate Halloween. They did not listen to me and I had to lock myself in my room. At night, I heard Mom and Dad talking in whispers and the next minute both left the house abruptly. As they had not wanted me to say any words and I had been completely ignored, I resolved not to guess anything about it. I was upset and angry with them. I slept with the intention to wield my argument in front of the whole class, the whole school, the day after. Today.
            It has been disappointing this morning. My group of friends seemed not to notice my presence and the most enthusiastic teacher, the greatest defender of all this Halloween stuff, pretended not to see me. Suddenly, in the middle of the first period in the morning, the alarm sounded. It was a fire drill and everyone had to leave the building with our teachers. The funny thing was that they sent us all to our homes and the school day ended when classes were starting. I have not found my parents and my sister at home. I have been walking around the neighborhood and I have found the decoration of the houses on our street. There are pumpkins, ghosts, possessed swinging girls or skeletons dangling from a hook on doors. There are members of bodies with droplets of blood and more pumpkins. I was so irritated that I have decided to come back home.

            I have been standing for two hours in front of my house. It is empty. It is dark and the only thing I can hear comes from outside. Whistles, dogs barking and people yelling someone's name, I fail to distinguish who. My house is also decorated and it's getting on my nerves. I think I am going to take this happy pumpkin with its imperfect smile that my sister drew and I am going to throw it away into the woods or maybe I am going to throw it and sink it under the pound... But then, I discover a piece of paper that someone has hung on the door. It is a picture of a thirteen year old boy wearing a Barcelona shirt. I guess I need to go on a walk and digest it all. Maybe I address to the pound again. This is my favorite place, the only place where my ideas are better clarified. I stand up and I hear a pop, like the sound of broken glasses. I put my hand to my back pocket and pull out my old lantern. It is broken, soaked and covered in mud.