domingo, 16 de julio de 2017

Un día de san Valentín en plenos carnavales


         JUEGO DE FECHAS

   Un recorte de periódico traía la noticia. Una fotografía, un titular y no más de seis líneas. A dos semanas para la ceremonia de los Oscar, un desconocido disfrazado del personaje del Zorro había irrumpido en el Duquesa, había golpeado a una joven y asestado cuatro puñaladas a su acompañante. La chica llevaba un disfraz de Catwoman y él iba disfrazado de John Snow, uno de los principales personajes de la popular serie "Juego de Tronos”. Más tarde se descubrió que se trataba del auténtico actor que encarnaba a Snow. ¿Qué hacía en una pequeña ciudad española como Huesca la noche del catorce de febrero del presente año? ¿Y quién y por qué querían matarlo?

            El actor llevaba meses en Sevilla, rodando la quinta temporada de la serie. Había aprendido algo de español y se había encaprichado de una de las chicas que participaban como extras en algunas de las escenas de la serie. La chica era una preciosidad y su forma de hablar había cautivado a la estrella televisiva. Una noche, entre copas, música de flamenco y palmas, la chica le había contado, medio en español, medio en inglés, que su única familia estaba en Huesca, a mil kilómetros de allí, y que nunca había tenido el valor de hacer ese viaje. Nunca habían aprobado la vida que ella llevaba en Sevilla y la habían apartado de su vida. La chica tenía una hermana a la que había estado muy unida siempre y ahora necesitaba verla.
            No le costó al actor de la serie americana convencer al equipo de rodaje de que necesitaba unos días para desconectar del estrés de algunas escenas. Preparó un viaje romántico a la ciudad del norte en donde iba a formar parte de ese reencuentro familiar tan deseado. A ella no se lo dijo hasta el día de antes y su alegría fue el maravilloso aldabonazo al plan de San Valentín que había proyectado. Tenía los billetes de AVE, una reserva de hotel en el Sancho Abarca y una cena para dos en el Duquesa. La chica, cuando hizo la maleta, no olvidó que ese fin de semana era el de carnavales. Claro, él había pensado en todo. Cuántas veces le había hablado de cómo disfrutaba desde niña de esos carnavales en su ciudad. Había metido en la maleta un traje de carnaval, que conservaba de cuando se disfrazaba con su hermana. Era increíble que fuera a reencontrarse con ella, en su querida Huesca. Y todo gracias a ese actor tan guapo que la volvía loca y al que amaba con toda su alma.

            En cuento el mundo del cine se enteró de la noticia, todos quisieron averiguar qué había ocurrido en aquel país y en aquella pequeña población aragonesa. Era la noche de san Valentín y habían asesinado a uno de los hombres más apuestos del panorama televisivo del momento. Estaba acompañado de una belleza española. 

Mientras gran parte de los medios seguía los pasos del actor mediático y de la atractiva joven que había conocido en Sevilla, un grupo de amigos de la ciudad de Huesca cogió el otro cabo de esta enmarañada historia. Los amigos descubrieron la otra cara de la moneda y se la pasaron por what´s app a uno de ellos, periodista, que fue el que acabó redactando la noticia.
            El que había apuñalado a sangre fría al extranjero era el primo de una amiga de uno de los del grupo de “Huescanos”. Por lo visto, era el marido de una encargada de la tienda de ropa “Pilar Prieto”. Esa noche, su mujer, a la que todos los miembros masculinos del grupo calificaban como espectacular, le había dicho que tenían un curso de escaparatistas en Zaragoza, y que no iba a llegar hasta el domingo por la noche a Huesca. El hombre había salido con sus amigos y, según otro miembro del grupo de Huescanos, se le había visto tomando una copa en el Da Vinci, una hora antes del incidente del Duquesa. Era la noche de san Valentín y había tenido que anular una reserva en el Lilas porque su mujer tenía un maldito cursillo. No tenía pinta de estar muy alegre, el hombre, había comentado el del grupo. El disfraz de Zorro, por cierto, se lo había pedido a uno de los del grupo de what´s app.

            Fue por un mensaje de móvil a través de otro grupo como se enteró aquel marido solitario de lo del Duquesa. Llevaba un buen rato recibiendo imágenes de gente disfrazada en la ciudad. Estaba aburrido de ver tanta estupidez a su alrededor. Era sábado de carnaval y todo el mundo se había empeñado en hacerse el original. Las imágenes eran de la cabalgata o desfile o lo que fuera de carnaval, de las primeras horas de la tarde en las calles y las últimas horas en los bares y restaurantes. Muchas fotos de la ciudad pero ni un mensaje de su esposa. Entonces llegó aquella foto.
            Mucho se habló de aquella imagen que le había llegado al marido por what´s app. En ella se veía a un tipo clavadito al de la serie “Game of Thrones” en actitud más que cariñosa con la mujer del desencajado marido. Estaban en el Duquesa y ella llevaba el disfraz de Catwoman que se había puesto los últimos carnavales, porque le recordaba los buenos momentos de un pasado que nunca se había atrevido a compartir con él. Su mujer le había pedido siempre que no le preguntara por aquello y él, como un auténtico idiota, había accedido a todos sus deseos. ¿Cómo era posible? Ese bar era el Duquesa, el marido no tenía ni un asomo de duda. Estaba aquí, en Huesca, con otro hombre. Antes de nada, aquel hombre disfrazado del Zorro llamó por teléfono a su esposa. No contestó nadie. Entonces, se levantó, pidió la cuenta a la camarera disfrazada de bolsa de palomitas y alargó el brazo detrás de la barra mientras le preparaban la cuenta. Nadie en el Da Vinci se percató de que había desparecido un cuchillo de cocina.

            Horas después del suceso, la mujer, desconsolada, estaba siendo atendida por una ambulancia. No tenía ni idea de quién era aquel tipo ni por qué había atacado al actor. Era todo tan confuso que no había manera de poner orden. Para colmo, había tanta gente disfrazada que no había manera de que la policía o los servicios médicos fueran tomados en serio. Se descubrieron más de cinco falsos policías y enfermeros que, metidos en su papel, interrogaron y tomaron el pulso a la mujer hasta que fueron descubiertos. En la dislocada noche oscense solamente una aparición pudo deshacer el ruido, la confusión, el caos y el disparate. Se trataba de una mujer que vestía uniforme de la firma Pilar Prieto y cargaba unas cuantas bolsas de ropa. Esta mujer se había acercado hasta la camilla del interior de la ambulancia y había acercado su rostro hasta el de la pobre víctima del ataque. Los dos rostros eran idénticos.


            La historia la terminó redactando uno de los periodistas locales, aficionado a la literatura y amigo también de gran parte del grupo de what´s app. Era el asunto típico de una novela bizantina. Se trataba de dos hermanas gemelas que habían vivido en Huesca con su familia hasta hacía unos diez años. Una de ellas se había marchado a la capital hispalense para trabajar en el mundo de la interpretación, en contra de los deseos de los padres, alejándose definitivamente de su querida hermana. La otra había continuado su vida en la ciudad de Huesca, había conocido a alguien y se había casado con él. La noche de San Valentín iba a ponerlas en contacto después de tantos años pero el azar había vuelto a interpretar el papel protagonista. El periodista terminaba su artículo con una pregunta que lanzaba a sus lectores. El Día de san Valentín había caído en el mismo sábado que lo había hecho el Día de Carnaval. ¿Cuándo tenía el destino planeada otra coincidencia fatal de fechas?

lunes, 24 de abril de 2017

Libros, autores, lectores

AUTORES DE LIBROS

                Soy autor de libros. No me importa reconocerlo. Durante todo el año los autores buscamos un rincón desde el que escribir nuestros artículos, ensayos y poemas. Todos los meses y todas las estaciones nos consagramos al oficio de contar, describir y profundizar en nuestro propio mundo. En verano, mientras los seres humanos se despojan de capas y capas de indumentaria, los escritores cubrimos de caracteres las páginas en blanco de archivos de ordenador y embarazamos cuadernos y carpetas con nuestras producciones.  En otoño se caen las hojas y nosotros, los que escribimos, las amontonamos y las cosemos con palabras. En invierno, el mundo animal se prepara para hibernar y no derrochar mucha energía. Nosotros, los autores, nos desgastamos creando fábulas y tramas, pintando personajes y estableciendo conexiones entre personajes que no existen fuera de la imaginación. En plena primavera, el día 23 de abril, florecen los lectores en las calles de nuestras ciudades y pueblos y los claveles y las rosas desfilan orgullosos y guardan los lomos y cubiertas de los libros que hemos dado a luz los autores de libros.  
                El 23 de abril vestimos nuestras mejores plumas y estilográficas y nos instalamos en una banqueta, detrás de una caseta, que ahora llaman “stand” porque todo lo extranjero suena siempre mejor que lo propio, y nos preparamos para ponernos delante del espejo de nuestros lectores del pasado, del presente y del futuro. Hablamos de nuestro trabajo, escuchamos, asentimos, aprendemos y nos emocionamos. Sin embargo, no quiero escribir aquí sobre pasiones de escritores y adoración de lectores. Como dijo Umbral, “yo no he venido a hablar de mi libro”, sino de las curiosas anécdotas que, desde nuestra muralla de libros y precios, vienen a aliviar nuestra jornada de ventas y rúbricas.

                Ayer fue 23 de abril. Desde el punto de la mañana plantaron editores y libreros sus ejemplares en los Porches. El libro es una planta de interior, que nace en rincones y no necesita de mucha luz para gestarse. El libro es una especie que oculta al ojo humano sus raíces, que reserva su fruto solamente a quien lo engulle, que está cubierto de hojas, cuyo número varía considerablemente entre sus clases. Suele plantarse a diferentes alturas, y a veces se seca, cuando no se airea suficientemente, y se cubre de polvo y de olvido. A pesar de ello, no le perjudica a esta curiosa planta la exposición al aire libre, al sol e incluso a lluvias y humedades. Suele aconsejarse, en días de Feria, trasplantar esos volúmenes y ubicarlos en plena calle, para admiración y deleite de la especie humana, especialmente de la raza lectora en general, o de esa subespecie que son los carroñeros de letras o devoradores de libros.
                Así ocurrió en la jornada de ayer. La ciudad amaneció vestida de páginas y prestó sus calles para ese desfile de modelos que no descansaron en ningún momento. Las grandes firmas de la Alta Lectura se dieron cita en el centro. Los libros se dejaron acariciar, los libreros se volcaron con sus clientes y los autores nos apostamos dispuestos a presentar en sociedad a nuestras criaturas, vestidas de domingo. Fue un día soleado, lleno de palabras y lecturas, en el que los escritores compartimos impresiones y estampamos firmas, fechas y deseos. No obstante, ya he dicho que no voy a convertir estas líneas en un canto a los libros o a la lectura. Podría convertir estas palabras en un postre empalagoso, del que siempre te acabas arrepintiendo, con lo bien que habías elegido hasta el momento con los platos… Aquí me interesa recoger algunos chascarrillos, alguna anécdota que, después de tantas horas metido en la caseta, tatúan en tu rostro una sonrisa de las que no se van fácilmente.
                En la caseta de la editorial Pirineo ocurre de todo. El Día del Libro en Huesca no nos privó de historias para guardar en la memoria. Este es el motivo de este escrito, el día después del Día de Autos en una Huesca sin ellos.
                Cristian me estaba contando una anécdota de una Feria del Libro en Zaragoza. Cristian Laglera es un autor de la editorial y sus historias no tienen desperdicio. A mí me gusta poner título a las anécdotas, y a esta historia se me ha ocurrido llamarla “El autor muerto”. El asunto es que el año pasado, una mañana, unas señoras se plantaron, como dos primeras ediciones, delante de un cartel que anunciaba que otro autor de la editorial, José Antonio Adell, firmaba libros esa misma tarde en la Feria del Libro de Zaragoza.
                –Chica, qué bien. ¿Igual vamos?
                –Pero cómo vamos a ir, mujer… Si el autor ya está muerto.
                Cristian, que asistía a aquel diálogo, no pudo menos que sonreírse. Él, que había pasado la tarde de ayer con José Antonio, acababa de presenciar el asesinato de un compañero. No sabía si poner los precios de sus libros –que no son pocos– a media asta o si dejar sus libros de despoblados y ermitas y escribir una novela al estilo de Delibes que llevara por título “Cinco horas con Adell”, recordando todas las conversaciones del día anterior. Aquella tarde, José Antonio no podía parar de reírse cuando se lo contó su compañero de firmas.
                Después de que Cristian me contara esta historia, sin darme tiempo a masticar con deleite las palabras de mi compañero, una señora se acercó para preguntar por un libro:
         ¿Tenéis el libro “Gladiolos”?
         ¿”Gladiolos”? Pues “Gladiolos” no, pero “Gladiator” sí.

                En fin, de este tipo de anécdotas, que entran en la categoría de “preguntas peregrinas” hay a patadas. Quiero recoger ahora otra anécdota, que yo pude presenciar también, y la he bautizado como “la lectora disléxica”. Estábamos ya terminando la jornada y una señora se acercó a Cristian para que le cobrara un libro que quería llevarse. Se trataba de uno de sus libros, así que se ofreció para dedicárselo.
                –Pero cómo me lo vas a dedicar tú… Tendría que estar la autora para eso.
         ¿Perdone?
                –Sí, hombre. Cristina Laglera, la autora de los libros de los pueblos despoblados…

                Cristian Laglera intentó hacer que la buena mujer leyera despacio el nombre del autor para que se cerciorara de su error, pero la señora no estaba dispuesta a pasar por allí. De hecho, pretendía conocer a la tal Cristina. Yo solamente pude dar unos golpecitos en la espalda de mi amigo y compañero de firmas. No había nada que hacer. Y así terminó la jornada aquella.
                Lo he dicho desde el principio. Los autores de libros, como los ejemplares que escribimos, salimos muy de vez en cuando a las calles y nos exponemos al aire libre para darnos un baño de lectores muy gratificante. Durante esos encuentros con los lectores, aparte de firmar e intercambiar impresiones, podemos disfrutar de esas aventuras que nos arrancan más de una sonrisa. Son arañazos de placer, empujones de ánimo, golpes a nuestros silencios y a nuestras soledades. Y,  desde luego, se nos quedan impresos en la piel y los redescubrimos cada vez que nos juntamos para otra Feria, para una presentación, o Día del Libro. Esas historietas, chanzas o jerigonzas, esos chascarrillos o jacarandas de nuestros momentos de caseta editorial, no son pintadas ni maquillajes. Estas aventuras no se van ni con mil lavados, porque somos autores de libros y algo sabemos de contar y recordar historias.

                

domingo, 2 de abril de 2017

Un drama junto al teatro Romea

ÁRBOL GENEALÓGICO

                El café y la magdalena descansan intactos sobre la barra de la cafetería de la plaza del teatro. No hay más clientes en el local porque hoy he sido especialmente madrugador. Antes de que entre cualquier parroquiano por esa puerta tengo que terminar lo que he empezado. No es fácil. Es la primera vez que amordazo a alguien fuera de un escenario. Los actores de las comedias de enredo no se mueven tanto ni pesan como este camarero que ha estado a punto de mandarme al otro barrio. Tengo que pensar rápido porque no existe ningún guion al que abandonarme, porque no hay acotación que seguir al pie de la letra ni nota al margen que dicte cuál ha de ser mi siguiente movimiento. El camarero de la cafetería ya no se mueve. Es el momento de hacer mutis y prometerme a mí mismo que no volveré jamás a esta ciudad y a este lugar, que no volveré a pisar jamás este escenario. Cuando me subo al coche y salgo por fin de la ciudad caigo en la cuenta de que me he olvidado, junto al desayuno, el sobre que contiene mi árbol genealógico. Eso significa que darán conmigo y que la policía tendrá sobre la mesa todas las claves para entender por qué hay un hombre atado a una silla y por qué hay una magdalena y un café abandonados sobre la barra de la cafetería de la plaza del Teatro Romea de Murcia. Sinceramente, ya no me importa.
               
                Voy hacia el norte, de donde nunca tenía que haber salido. Seguiré la autovía hasta que ya no tenga fuerzas y buscaré un motel de carretera para descansar. Las últimas semanas han sido extenuantes y no me refiero solamente al trabajo. Es verdad que hemos tenido ensayos prácticamente todos los días y que el Ayuntamiento de la ciudad nos hizo un hijo de madera cuando nos adelantó el estreno un par de semanas, para hacerlo coincidir con las fiestas locales. Sin embargo, eso no ha sido lo que me ha colocado al límite de mis fuerzas. Ni mucho menos.
Desde que destiné mi vida a esta aventura de la interpretación he estado sometido a mil y una presiones, he sorteado obstáculos de todo tipo y bregado con infinidad de imprevistos. He soportado representantes, instituciones y críticos, he aguantado todo tipo de compañeros y directores, escenógrafos y productores y  he conocido aficionados de todas las clases. Y he continuado trabajando, sin perdonar una representación, sin romper un solo contrato, sin renunciar a una sola de las actuaciones a las que me había comprometido, sin quejarme nunca de los miles de kilómetros que me he metido entre pecho y espalda. No, definitivamente, la situación en la que me encuentro no tiene nada que ver con mi oficio como actor, no tiene absolutamente nada que ver con un trabajo al que llevo dedicándome más de veinticinco años. La culpa de todo la tiene el dichoso árbol genealógico.

Hace tres semanas fue mi cumpleaños. Cumplía cincuenta. Yo ya no lo recordaba, pero un buen amigo, al que todos hemos llamado siempre JL, me refrescó la memoria cuando me lo contó por teléfono. JL es un aficionado a la genealogía, un auténtico devorador de documentos y archivos, un amante de la búsqueda de ancestros. Antes de embarcarme en la gira de la compañía por tierras levantinas y murcianas, él me había pedido que le diera todos los apellidos que yo recordara y yo había tenido que escribirle, accediendo a sus ruegos, para contarle las historias que mi abuela me había relatado sobre sus antecesores. JL estaba convencido de que encontraría algo interesante. Su propia familia conservaba un documento de un pariente que había formado parte de un proceso del inquisidor general de Zaragoza, hacia el siglo XV, e insistía en que conmigo podría encontrar también alguna curiosidad de similar calado.
Pues bien, aquella noche de mi cincuenta cumpleaños, tras felicitarme y preguntarme acerca de mi próxima representación, me dio la noticia. Indagando sobre mis ancestros, mi amigo  había llegado a dar con un actor de teatro del siglo XVIII, que había emigrado a Francia cuando la guerra de la Independencia, porque su madre era francesa y temía por la integridad de su prole. El actor había rehecho su vida en el país vecino y se había convertido en un actor de primera fila de la comedia francesa. Una de sus hijas se había marchado de vuelta a España, para casarse con un joven barcelonés que había sido político en el Principado y que había tenido un papel destacado en los años convulsos de la primera guerra carlista. Yo ya conocía aquella historia del diputado catalán, pero no había oído hablar en mi vida de esa madre suya ni de ese abuelo de cierta fama en el mundo de la farándula.
Mi amigo percibió el interés mío sobre estos datos que me revelaba  a través del teléfono y me anunció que lo mejor estaba por venir. Sin preocuparse por omitir todos los detalles de sus búsquedas en internet y las dificultades que hubo que salvar y las pistas falsas que tuvo que abandonar en más de una ocasión, JL me reconoció, por fin, que con sus investigaciones había llegado a un hecho que le había puesto los pelos de punta. Resulta que mi antecesor, el brillante actor de la escena gala, el causante quizá de que por mis venas corriera sangre interpretativa, al llegar a los cincuenta años, había terminado sus días sobre las tablas, muerto por envenenamiento, durante la representación de una comedia del gran Molière. Me dijo que me enviaba el documento de prensa que recogía la noticia del funesto suceso y que había contactado con un colega suyo francés para que se lo tradujera. Después colgó y yo encendí mi portátil. Aquella noche apenas pegué ojo.
Yo nunca me he tenido por supersticioso y todo aquello del determinismo biológico me ha parecido siempre un cuento chino. Sin embargo, aquella noticia del diario francés de hacía un par de siglos me afectó profundamente. Aquel hombre del que yo supuestamente provenía y que me había precedido en el arte de la interpretación actoral, había sido eliminado de la escena antes de terminar el acto. Con el francés que yo había aprendido de una semana veraneando en Colliure y Carcassonne, pude leer en aquel documento de hemeroteca que, cuando levantaron el telón, tuvieron que levantar allí mismo el acta de defunción del malogrado comediante. El redactor de la noticia y crítico teatral del periódico no escondía las sospechas hacia el establecimiento en el que el actor solía desayunar cada mañana. Mi antepasado era hombre de costumbres y no perdonaba ni un solo día el café con leche con un tierno cruasán recién hecho.

Desde aquel día dejé de pedir el cruasán y empecé a cambiar de bollería. A veces magdalenas, a veces bollos suizos o fritos, a veces tostadas o churros. Empecé a percibir cierto dolor en el estómago, que nunca  había sentido antes, y dejé de dar propinas al camarero de la cafetería en la que he estado desayunando todas estas semanas. Murcia era la última ciudad de la gira y el último acto de nuestro programa. Toda la compañía estaba volcada en cerrar nuestras representaciones con un broche de oro y los éxitos de Andalucía y Extremadura nos habían preparado el terreno. Todo estaba yendo sobre ruedas y la venta de entradas nos auguraba una recaudación antológica. El optimismo llenaba los ensayos y las risas flotaban sobre nuestras cabezas en cafés y copas de los sitios con más solera de la capital murciana.  Hasta el director de la compañía podía decirse que se había vuelto más simpático. Sin embargo, yo empecé a sentirme mal, a tener dolores estomacales y a experimentar ardor de estómago, mareos y sensaciones de vómito.
Empecé a sospechar del camarero que me ponía el café con leche todas las mañanas en la cafetería que da al Teatro Romea. Tal es así, que un día me llevé un botecito de una farmacia y le llevé las muestras de la leche para que las analizaran. Llegué incluso a pedir permiso a nuestro director para ausentarme en un par de ensayos y así hacerme unos análisis completos en el Centro de Salud más cercano. Llegué a perder el apetito y con ello la fama de buen comedor que me había ganado dentro de la compañía durante años.
Una tarde, esperé a que el camarero saliera del trabajo y le robé la cartera. Apunté sus apellidos y se los envié a mi amigo JL para que investigara. Estaba yo convencido de que, atando ciertos cabos, aquel camarero murciano resultaría estar emparentado con el hostelero que había envenenado a mi antecesor. Mi amigo me falló, pues no hizo más que hablarme de una conexión más que evidente de aquel individuo al que yo investigaba con una familia morisca del valle de Ricote. JL insistía en la importancia de la situación de los moriscos en la España del siglo XVI y yo dejé caer el teléfono y me fui a vomitar al baño de mi habitación del hotel. Ya no le devolví ninguna llamada.
Ayer por la noche tuve una conversación con nuestro director. Me ha dicho que toda la compañía está preocupada conmigo. Dicen que quieren ayudarme pero que no saben cómo. Yo le comenté que todo se iba a arreglar al día siguiente, que yo me iba a encargar de todo. El director se fue más consternado y con peor cara que cuando había aparecido en el hotel. Resulta que me trajo también una noticia. Para la temporada que viene pensaba comenzar con El enfermo imaginario de Molière, y yo tenía todas las papeletas para protagonizarla. Ese papel, se atrevió a decirme, me sentaba como un guante. Aquello ya era demasiado.


Un cartel de la autovía me anuncia que hay una estación de servicio a catorce kilómetros. Necesito descansar un poco porque anoche, en cuanto se marchó el director,  tampoco fui capaz de dormir. Como le había prometido, esta mañana he dejado todo bien atado, especialmente al camarero. No he probado nada de lo que me ha servido sobre la barra de la cafetería, para que la policía científica pueda identificar todas las pruebas. El descuido de abandonar junto al desayuno el árbol genealógico que JL me había enviado y que yo imprimí en una copistería de la Universidad, podrá agilizar la resolución del caso. Ese hombre al que he amordazado esta mañana ya no se va a salir con la suya. No es tan fácil atentar contra la vida de un actor de ralea, de un intérprete que desciende de uno de los más grandes, de un cómico de una saga admirada en todo el mundo del que ya no va a reírse nadie. Buenos somos los actores de nuestra familia. 

martes, 24 de enero de 2017

El origen mítico del juego del ajedrez

MAGNUS Y EL AJEDREZ

I

                El Reino del Mediodía estaba enfrentado con el Reino de la Medianoche. Llevaban así muchos años. Las batallas se sucedían año tras año, sin embargo, la victoria nunca se decantaba totalmente por ninguno de los dos bandos. Los otros Reinos de Iberia estaban hartos de esperar que un vencedor se levantara orgulloso de aquellas guerras interminables, de aquellas escaramuzas sin término, de aquellos enfrentamientos infinitos. Lo habían intentado todo para poner fin a ese asunto. Hasta habían enviado consejeros y sabios para mediar en el conflicto. Fue inútil. Al final, tuvo que intervenir una vieja hechicera, una mujer de origen persa que se había instalado en la península y vivía sola con su hijo. Acompañada de este, ambos realizaron un viaje hasta un castillo que se encontraba a igual distancia de los ejércitos de aquellos reinos enemigos. Una representación de ambos reinos se dio cita en el Castillo para llegar a un acuerdo y escuchar las palabras de aquella dama. Aquella mujer los recibió en un salón real, junto a su hijo, un niño ciego que cargaba a los hombros una bolsa abultada que su madre había traído consigo desde tierras persas. Nadie sabía qué contenía aquella tela enrollada. Se decía que era parte de un legado que se remontaba a muchas generaciones de una familia emparentada con el mítico Perseo.

                La ocurrencia de la dama de los Reinos Crepusculares y del Alba, como se hizo llamar aquella bruja, fue enseguida motivo de burla por parte de los integrantes de la expedición del Reino del Mediodía. El rey y su esposa, la reina, los soldados de a pie y los caballeros, los centinelas de las torres y los obispos estallaron en carcajadas desaforadas. Ataviados con sus túnicas blancas y sus armaduras plateadas, se reían a armadura batiente, sin ninguna consideración hacia la dama y su criatura. Sus acérrimos enemigos, los componentes del Reino de la Medianoche, de estandartes negros e insignias luctuosas, debido a la muerte reciente de la madre del rey, no se quedaron atrás en su mofa. Todos ellos se colocaron frente a sus enemigos y rivalizaron en su afán por hacer escarnio y befa de la mujer y del pobre muchacho ciego.

                La hechicera, sorda ante tanta humillación, se levantó de su trono y dispuso que todos los presentes se colocaran sobre las baldosas del majestuoso salón del castillo. Primero se dirigió a los miembros del cortejo del Reino de la Medianoche. Hizo que el rey y la reina fueran protegidos por caballeros, obispos y centinelas de las torres defensivas. En una línea más adelantada, ordenó a los soldados de a pie que defendieran a todos los cortesanos. Cada uno ocupaba una baldosa distinta y la bruja los obligó a esperar justo en el extremo de la sala. Nadie sabe por qué aquellos caballeros altaneros, aquellos obispos esquivos y peones rudos, aquellos centinelas toscos y aquellos reyes soberbios del Reino de la Medianoche obedecieron a la gran dama. Tampoco se supo nunca la razón por la que todos los orgullosos miembros del séquito real del Mediodía cedieron de igual modo sin oponer resistencia ante ella y ocuparon así mismo sus respectivos puestos en el otro término del gran salón del castillo.

                La mujer había propuesto un juego en el que todos ellos debían comprometerse a participar. A los pretenciosos soldados y a los engreídos nobles les hizo gracia la ocurrencia. A los reyes les pareció una invención placentera. Colocados como estaban, rey y reina parapetados por cortesanos y protegidos todos ellos por una muralla de soldados, los dos ejércitos debían imitar los movimientos de aquellos iguales que ocuparan las baldosas equivalentes del otro lado del salón. Cada caballero había de imitar el movimiento del caballero del otro extremo de la estancia, cada soldado había de ejecutar el mismo ejercicio que el peón que tenía enfrente. El rey estaría obligado a remedar la postura del rey enemigo y las reinas debían compaginar sus movimientos con el mismo porte y elegancia que observaran en la dama rival. Era el juego del espejo y una sola partida podría terminar con aquella guerra para siempre. Eso había prometido la dama a todos los reinos de Iberia.


II


                ¿Quién debía empezar el juego? Esta fue la pregunta que la concurrencia, desde sus baldosas, lanzó ante la mujer que había propuesto aquel curioso modo de esparcimiento cortesano. La reina de la túnica blanca, sin moverse de su lugar, propuso que fuera su séquito  el que iniciara el baile de movimientos que los componentes del otro extremo del gran salón tenían que atreverse a imitar con pericia y destreza. La primera que replicó fue la reina del velo e insignias negras como la oscuridad. No concebía la Reina de la Medianoche que nadie realizara un movimiento antes que ella, por muy esposa del Rey del Mediodía que fuera. Habló también el rey de la Medianoche, su esposo, mucho más pausado y menos impulsivo, pero enseguida le quitó la palabra el Rey del Mediodía. Los caballeros empezaron a dejar claras sus prerrogativas en el juego, los obispos se enzarzaron en una guerra verbal y los soldados y centinelas se arrojaron gritos e insultos como si se trataran de flechas envenenadas que recorrían la estancia del castillo de un extremo a otro. Entre tanto griterío, la hechicera posó su mano derecha sobre el hombro de su hijo.

                Él sabía lo que tenía que hacer. Su madre le había dicho que estuviera preparado, que sujetara con fuerza aquella bolsa en la que había escondido la mujer la cabeza de la hija menor de las Gorgonas. Con aquel simple tacto de la mano de su madre, el muchacho abrió la bolsa y Medusa fue entonces liberada de la oscuridad de aquel saco que cubría sus cabellos de serpiente y sus ojos. Entonces, todos aquellos encendidos guerreros, aquellos poderosos enfrascados en gritos e improperios, posaron sus ojos en aquella horrible cabeza y no pudieron evitar ser la diana de su mirada aterradora. Todos quedaron convertidos en piedra.


                Lo que ocurrió después ha llegado hasta nosotros de forma confusa. Sabemos que el niño ciego, Magnus, intentó mover aquellas estatuas de piedra. Lo probó con los soldados de a pie. Solamente pudo moverlos hacia adelante. Curiosamente, sus celadas eran tan grandes que les tapaban medio rostro. Esa era la razón por la que comían de lado cuando descansaban en el campo de batalla. No pudo hacer que se movieran más que hacia adelante, excepto cuando encontraban a algún enemigo en su diagonal. Magnus probó después con los centinelas de las torres almenadas. Situados en los vértices de aquel salón del castillo, aquellos guerreros no se dejaban desplazar si no era en vertical u horizontal. Se dice que aquellos centinelas, acostumbrados a las guardias nocturnas en las murallas de sus fortalezas, se habían acostumbrado a pasar el rato realizando crucigramas y ya no eran capaces de moverse de otra forma.

                Al contrario que los habitantes de las torres de vigilancia, los obispos de ambos ejércitos no tenían la habilidad de andar de frente. Solamente conocían el camino oblicuo y esquivo, la senda torticera y ladina. No pudo el joven Magnus conseguir que se movieran directamente hacia el ejército enemigo o hacia los laterales de la gran sala. Con los caballeros fue todavía más desesperante. Acostumbrados a sus cabalgaduras, los caballeros no podían dar ni un solo paso sin vagar erráticos por la sala. Era como si nunca hubieran abandonado sus caballos y caminaran como si tuvieran agujetas en las posaderas. Daban unos saltos combinando las baldosas a su antojo: un salto grande hacia adelante y un paso hacia el lateral, o un salto hacia las paredes y un pasito al frente. Aquello era desquiciante, no obstante, aún era peor con los monarcas. Las reinas estaban poseídas y se movían hacia cualquier lado y a toda velocidad. Sus esposos, los reyes, también se desplazaban en todas direcciones, aunque con la parsimonia y lentitud que los había caracterizado en vida. Magnus levantó la cabeza y dirigió el rostro hacia el trono donde todavía aguardaba su madre. Le preguntó por todo aquello. No obtuvo respuesta.

                Su madre también había sido convertida en piedra. El niño ciego, rodeado de todas aquellas figuras de tamaño natural, tenía todo el tiempo del mundo para dedicarse a lo que se dedican los niños. Su madre le había prometido un pasatiempo. Ella había querido que los habitantes ilustres de aquellos dos reinos jugaran a un juego para evitar sus disputas. Ahora él tenía la oportunidad de inventar ese juego. Esos dos Reinos habían dejado de hacerse la guerra. Era el momento de que Magnus inventara el juego que su madre le había prometido. Dos reyes en un tablero y solamente uno debía quedar en pie. Tenía todo el tiempo del mundo para inventarse las reglas.


III


                Años después, otro rey, Alfonso X de Castilla, escribió su Libro del Ajedrez. Se llegó a decir que otra de sus obras, Las Partidas, fueron originariamente las jugadas que Magnus, el niño ciego, ensayó en aquella sala principal de un castillo ubicado entre dos reinos que desaparecieron. Desde entonces, se ha jugado mucho al ajedrez. Hoy en día, cuando se disputan torneos y se suceden partidas de ajedrez, se tiene la sensación de que el tiempo se congela. Es como si una mano misteriosa liberara de nuevo a Medusa, impidiendo que jugadores y público siquiera se atrevan a pestañear. 

sábado, 14 de enero de 2017

La mujer que perdió un tren y encontró un pen

LA MUJER QUE PERDIÓ UN TREN Y ENCONTRÓ UN PEN

                Soy profesor de judo desde hace un par de décadas. En el barrio me conocen como “el cerrajero”, pues no hay nadie que conozca más llaves que yo. Sin embargo, no he venido aquí a contar mis proezas o a publicitar mis clases. Clases que podéis recibir sin ningún coste durante el primer mes en el gimnasio de detrás de la Parroquia de san José. Estamos que lo tiramos al tatami, vamos, como El Corte Inglés, cinturones de todos los colores y a mitad de precio. Trato exquisito y caídas higiénicas, o sea, muy limpias. Aunque ya digo que no es mi objetivo convenceros de las ventajas de mi oficio. He escrito esta carta al periódico porque hay historias que merecen la pena ser contadas.

                Hace unas semanas, mi mujer y yo estuvimos de viaje en el Sur del país. Habíamos ido a Sevilla y nos volvíamos en el AVE para Zaragoza. En una de las estaciones de paso, asistimos a un espectáculo digno de pagar entrada de palco. El tren paró en Córdoba unos minutos y yo me decidí a salir para respirar aire fresco. Cuando llevas un rato sentado en un coche metálico con calefacción y todo tipo de comodidades, llegas a echar de menos un poco de fresco y libertad de movimientos. Por eso, aunque mi mujer se descompuso cono una reacción química reversible, me levanté de mi asiento 1C y salí del coche 5 de nuestro tren.

Entonces, mis narinas se dieron de bruces con una mujer de medidas perfectas y formas alucinantes. Era Xena, la princesa guerrera, tan bien proporcionada que, cuando me choqué con ella, me desviaron de su trayectoria sus cosenos y a punto estuve de salirme por la tangente. Era una mujer trigonométrica. Con solo mirarla podías tender al infinito y tu mente te despejaba hasta la equis. Tendría la edad de mi esposa. Me quedé tan obnubilado que a punto estuve de perder el tren. Porque, si no llego a estar atento, me quedo en la estación. Mi mujer me esperaba en el asiento 1D con la expresión “te lo dije” tatuada en la frente. Las puertas del tren empezaron a cerrarse. Fue entonces cuando la descubrí.

Nos enteramos de que su nombre era Noelia. Fue imposible no quedarse con su nombre después de aquellos alaridos. No, no me refiero al monumento de antes, a la mujer de formas maravillosas a la que todo el pasaje acababa de declarar Bien de Interés Cultural. Se trataba de otra muchacha, una chica joven que golpeaba con gracia andaluza y despecho cántabro la ventanilla de nuestro vagón. Con abrigo largo negro y un mechero en una de sus manos, hacía lo imposible por volver de nuevo al tren del que se había apeado para fumar un cigarrillo. Los de dentro intentamos abrir pero nuestros esfuerzos se quedaron en el banquillo. El partido estaba perdido y las reglas del Ave no conocen qué es eso del tiempo añadido. Para ellos el descuento solo tiene claves económicas. La situación era desesperada. Un hombre, con una criatura en brazos, daba golpes desde el interior del vagón y llamaba a gritos al revisor, para que evitaran lo que ya no tenía remedio. La máquina echó a andar y la muchacha nos persiguió con movimientos de ballet clásico, diciéndole a su marido que lo vería luego y a su hija que algún día le explicaría, cuando fuera mayor, por qué mamá hizo transbordo en una estación de Córdoba.


Pero esto no es todo. Mi mujer y yo volvimos a Huesca y, después de arrastrar las maletas por la calle y ponerle banda sonora a la noche desde la acera, mi esposa frenó en seco, sin intermitentes ni nada, y yo me clavé en la espinilla los bajos de su equipaje. Había descubierto, junto al portal de nuestra casa, una memoria USB. Recogió el pen y me lo alargó, como si estuviera dentro de mis competencias. Alguien lo había perdido y nosotros podíamos encontrar al desgraciado, lo que para mi esposa significaba que yo tenía que ocuparme de todo.
Sin esperar a deshacer las maletas, encendí el ordenador e introduje el lápiz. Busqué algún documento que me revelara al dueño de tanta información. Había un curriculum vitae y pude apuntar el número de teléfono. Su nombre respondía a una tal Noelia. No me lo podía creer. Qué casualidad. Enseguida envíe un mensaje de texto a aquella mujer y le comuniqué el hallazgo. Ella no podía dar crédito, como un banco con un cliente con trabajo temporal. Tenía acento andaluz y estaba agradecidísima.

Me enteré más tarde de que aquella Noelia era la misma que había perdido el tren en Córdoba. También me dijo ella misma que ese pen había desaparecido hacía cinco años y era otro el que andaba buscando. La vida no deja de sorprendernos. Ya decía yo que esa elegante mujer que vino al gimnasio a recoger el lápiz de memoria no podía ser la niña que trabajaba de cajera en el Eroski, y que esa fotografía del documento que había inspeccionado desde casa, esa imagen de una muchacha mascando chicle, con un par de coletas y una mirada desafiante, no tenía ya mucho que ver con la de la profesora de instituto que me relató toda esta aventura.

Yo no sé si los periódicos siguen publicando este tipo de noticias. Ni siquiera me he molestado en averiguar si aquella sección que tanta gracia me ha hecho siempre, la de “cartas al director” continúa existiendo. De lo que estoy seguro es de que, con el dinero que había puesto para mi último anuncio del gimnasio en este periódico de la ciudad, me daba todavía para publicar una historia que, sin querer enmendar la plana a nadie, aunque sea la primera plana, confío en que la titulen “La mujer que perdió un tren y encontró un pen”.


                

domingo, 25 de diciembre de 2016

La Suerte está echada: el Sorteo Extraordinario de Navidad

EL ORIGEN DEL SORTEO DE NAVIDAD

                Cádiz. Invierno de 1812. El ministro de la Cámara de Indias se revolvía inquieto en su cama. Llevaba semanas intentando dar con una solución para paliar la terrible hambruna que azotaba al pueblo. El Gobierno constituido en las Cortes necesitaba una inyección económica urgente. Había reformas que hacer y agujeros que tapar. Las epidemias no cesaban y la guerra con los franceses continuaba, a pesar de que la victoria en Arapiles los había conseguido alejar de tierras andaluzas. Había que acabar con esa situación definitivamente. Si las arcas públicas recibían ingresos considerables, el Gobierno podría afrontar cualquier adversidad y el pueblo respiraría un poco. Pero, ¿cómo hacerlo sin asfixiar a los contribuyentes?

                El ministro del Consejo y Cámara de Indias se levantó de su cama. Estaba sudando mucho. Abrió una de las ventanas enrejadas que daban a la calle. Hacía frío. En la calle, una muchacha vestida totalmente de negro yacía tumbada sobre la acera. A su lado, un enorme cirio se consumía junto al cuerpo. Lo sujetaban dos muchachos de tez oscura. La escena le impactó al funcionario público. Uno de los niños le preguntó si sabía quién era aquella muchacha que agonizaba sobre la fría acera. Al ministro no le dio tiempo siquiera a mover la cabeza de un lado para otro, a encogerse de hombros o a preguntar por su nombre. El otro niño que sostenía el gigantesco cirio escupió la respuesta. Se trataba de la madre de ambos, una gitana del barrio de La Viña, a la que todo Cádiz conocía como “La Suerte”.


                El ministro, don Ciriaco González Carvajal, no pudo explicarse qué le llevó a envolverse en una bata de seda y calzarse unas alpargatas forradas de lana y, de esa guisa, abandonar su habitación y salir a la calle. Junto a los dos niños de la vela y al cuerpo de su madre moribunda, aparecieron vecinos y familiares. Todos querían consolar a los pequeños y besar a la pobre mujer. Voces resonaban por la fría ciudad, carreras se sucedían entre los callejones y algún que otro grito y llanto desconsolado se arremolinaban en torno a la escena de duelo de la que el ministro ya formaba parte.
El descomunal cirio seguía ardiendo y el frío se colaba dentro del ministro, que temblaba y se sacudía con espasmos de epilepsia avanzada. En uno de aquellos movimientos un brazo se le disparó al hombre e hizo caerse al suelo a un muchacho harapiento con pintas de seta deshidratada. El ministro se arrodilló ante él y lo puso en pie. El chico, sin dejar de sonreír, agarró con fuerza la mano del caballero y tiró de él. El ministro entendió que quería que lo acompañase y no se resistió. La noche estaba siendo de lo más extraña. Qué importaba ya… Estuviera despierto o soñando, tenía el buen hombre la certeza de que encontraría el sentido de este rompecabezas.


Don Ciriaco González Carvajal no reconocía algunas de las calles por las que aquella criatura cubierta de harapos lo estaba conduciendo. Sin embargo, no tuvo la menor duda de dónde estaba cuando llegaron a la puerta del Convento  de los Dominicos. La puerta se abrió de repente y una figura emergió de las sombras del edificio. Se trataba de una religiosa, que esbozó una sonrisa acogedora y acompañó al sorprendido ministro hasta el interior del templo. La monja dijo llamarse sor Teodora de la Inmaculada Concepción y anunció al estupefacto hombre de la bata de seda que los niños lo estaban esperando.

Don Ciriaco no salía de su asombro. Sor Teo, como la buena mujer insistía en que la llamase, ofreció un trozo de pan al pequeño, que desapareció como por encanto. La mujer le dijo al ministro que no se preocupara, que luego llegaría el niño de dondequiera que se había refugiado para comerse aquel mendrugo de pan. La religiosa llevó al ministro hasta la capilla y le pidió que esperara. Al rato, una docena de niños se colocaron delante del aturdido ministro y comenzaron a cantar un villancico de Navidad. Sus voces eran maravillosas y el ministro no pudo esconder una lágrima de emoción. Después de este número musical, los niños se colocaron formando una fila. Eran doce muchachos. La monja no aparecía por ninguna parte y el ministro no entendía qué es lo que hacía él allí.

Hubo otros números musicales. El Romance del Ciego consiguió traer al buen ministro miles de recuerdos de la infancia. Contó de nuevo a los niños. Faltaban dos, pues solamente pudo llegar hasta el décimo. El último de ellos, de hecho, se aproximó a donde estaba don Ciriaco. Era un niño más bien obeso, quien, con unos deditos gordezuelos estiró con suavidad de su bata. No sabía el caballero a santo de qué le había tocado aquel chiquillo orondo. No pedía nada ni quería nada. En ese momento entró la religiosa. Obligó al ministro a elegir los mejores números musicales, aunque le aconsejó premiar a todos los que habían participado. Don Ciriaco no salía de su asombro, aunque hizo como le sugirió la mujer. La religiosa volvió a pedirle que la acompañara. Sin apenas darse cuenta, el ministro volvía a estar delante de la puerta de su domicilio.

El cirio seguía allí, junto a los niños y a la gitana echada sobre la acera. Seguían acercándose familiares hasta la chica y comentaban sobre “La Suerte” y los niños, que si qué tragedia, Madre mía, ahí, tirada y echada en la calle, ahí, con sus dos criaturas y ese cirio enorme, pedazo de cirio, un ciriaco descomunal y portentoso.  El ministro, entonces, sintió que caía sobre él todo el cansancio de golpe y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Pero estaba ya sin bata, descalzo y metido en su propia cama. Tampoco sabía cómo había vuelto a su habitación y a sus sábanas. La ventana estaba cerrada y, al asomarse, no descubrió a nadie en la calle. ¿Había sido todo un sueño? Posiblemente. Entonces, ¿qué significaba?


Cuando Ciriaco González Carvajal, ministro de la Cámara de Indias, habló delante de las instituciones a la mañana siguiente, todo el mundo aplaudió sus palabras. El ministro estaba proponiendo la celebración de un Sorteo de Lotería Nacional, Lotería Moderna, Lotería de Navidad. La iniciativa iba a llevarse a la práctica enseguida. No quedó constancia nunca de su discurso completo, sin embargo, las palabras que quedaron recogidas en sus notas, que le sirvieron de guía e inspiración para armar su argumentación, sí pudieron conservarse. Los que escucharon de sus labios la relación de su aventura nocturna pudieron dar sentido a esos apuntes. En aquella hojita de papel quedaron para siempre expresiones y nombres que forman parte de nuestra historia, aunque nunca antes hubiéramos conocido estas líneas que acabas de leer. ¿Qué había en aquella nota? Las palabras que el señor ministro apuntó en un trozo de papel nada más despertarse al día siguiente, y que solamente ahora pueden encontrar sentido.


“La Suerte está echada. Ciriaco junto a ella. Sor Teo y los números de Navidad. Números cantados por los niños. Hay que premiar también las Participaciones. Me ha tocado el Décimo. El Gordo me ha tocado. El Niño llegará después.”

martes, 20 de diciembre de 2016

Enrique de Meer escribe...

EL BOTÍN

Sonó el pitido de cada mañana, el de todas las mañanas desde hace 30 años, y se agarró a los barrotes esperando ansiosamente que se abrieran. Sólo le quedaba un día para salir de prisión. Salió corriendo de su celda, recorrió el pasillo hacia la sala común como si le fuera la vida en ello y cogió el Altoaragón de la pila de periódicos. Buscó la información local rompiendo las páginas al pasarlas bruscamentey cuando vio la noticia lanzó el diario contra la pared, casi acertándole a un funcionario de prisiones. ¡Qué más daba un mes más o menos! Todo se había acabado.

¿Cómo podía imaginarse aquella noche de hace tres décadas, cuando se escondió en el parque con la bolsa de dinero que acababa de robar de un banco del Coso Alto, que años más tarde iban a volver a levantar el monumento de Las Pajaritas otra vez para reparar el mecanismo de la fuente? ¿Quién hubiera sido capaz de predecir que el dichoso aparato volvería a fallar justo ahora? ¿Cómo saber, mientras lo detenían después de haber escondido el dinero bajo la fuente en obras, que había un mendigo durmiendo en el cajero donde estampó el coche para entrar al banco? ¿30 años no eran suficiente condena por matar a un hombre como para que, por un día, no pudiera recoger al menos su botín?


Salió al patio y pensó en qué haría ahora que iba a ser libre y pobre el resto de su vida…