sábado, 26 de agosto de 2017

50 aniversario

LUZ

–Cuéntanos otra vez la historia del hombre de los cartones, tía Mari Luz.
–Eso. Nos lo has prometido, tía.
–Bueno, pero solamente porque os habéis portado muy bien y me habéis hecho el mejor regalo de cumpleaños viniendo a verme al hospital.

La mujer, que cumplía ese mismo día los cincuenta, acababa de salir de una operación que había resultado muy bien. Le habían operado del túnel metacarpiano de su mano derecha y las molestias apenas aguantaban un asalto ante el ímpetu y la maravillosa impaciencia de esos sobrinos que no iban a callarse hasta que su tía les contara la historia. Ella se lo había prometido, aunque sabía que iba a terminar emocionándose, como le ocurría siempre que la nostalgia le traía la aventura que su madre le había contado por primera vez cuando tuvo edad para entenderla. A los niños les habían dejado entrar en la habitación de la planta de traumatología del Hospital San Jorge de Huesca. Su madre los había dejado allí con su hermana y había salido a hacer una llamada. No podía creerse que Luis se hubiera olvidado de venir a recoger a los niños con el coche. Lo iba a poner firme en cuanto apareciera, si es que se dignaba asomar por allí…
La tía Mari Luz pidió a los chicos que le acercaran su bolso, y el pequeño Juan se lo trajo ceremoniosamente, como si cargara un trofeo de Champions o el Sombrero Seleccionador de Hogwarts. Ana buscó las gafas y se las dio a su tía, y se puso a la cabecera de la cama del hospital. La tía les había dicho, antes de que la ingresaran, que la primera vez que había estado en aquel hospital fue el día que había venido al mundo y que había sido uno de los primeros bebés que lo habían hecho en ese centro hospitalario. Fue nada menos que en el año 1967, tal día como aquel. El hospital llevaba abierto apenas unas semanas y ella había sido una de las primeras en nacer entre aquellas paredes blancas. Es entonces cuando había ocurrido la historia del hombre de los cartones.

–Tía, ¿qué es ese pedazo de cartón que has sacado del bolso? –Juan no podía estarse quieto y ese silencio le estaba produciendo urticaria.
–Creo que tiene algo escrito –añadió Ana–, ¿podemos leerlo?
–A su debido tiempo. Dejadme primero que os hable del hombre que se lo entregó a mi madre. Y haz el favor de correr la cortina, Juan, que me está dando el sol en toda la cara –se quejó la tía Mari Luz. El cerro de san Jorge escondía un sol orondo y alparcero, brillante y majestuoso que, sin embargo, no iba a poder colar sus rayos entre aquella habitación donde estaba naciendo ya la historia. Juan se alejó de la ventana y se sentó a los pies de la cama. La tía Mari Luz había empezado a hablar.

–Mi madre estaba embarazada de mí y le llegó el tiempo de ingresar en este hospital. El mismo día de su ingreso, se había encontrado a un hombre que hablaba solo en la recepción. Parecía un indigente y ella se había asustado. El hombre la había sonreído y le había alargado un trozo de cartón, este que me habéis visto sacar del bolso hace un momento. Después, el hombre se había acercado más a mi madre y le había contado su historia. Justo en el momento en que llamaban a mi madre desde la recepción para terminar de rellenar los datos y proceder a su ingreso, el hombre se había despedido con una sonrisa en la cara y había vuelto a hablar en voz alta y a mirar hacia un lado, mientras salía del recinto hospitalario. Mi madre, que había escuchado a aquel hombre como quien oye en la radio su canción favorita, entendió, por fin, lo que allí pasaba, aunque ya no tuvo tiempo más que de guardar el trocito de cartón y prepararse para el nacimiento de su primera hija.
¿Queréis saber qué le contó aquel hombre? Estas fueron sus palabras, tal y como salieron de la boca de aquel individuo misterioso. Mi madre se las había aprendido de memoria y yo he terminado por hacer lo mismo.

“El trocito de cartón que le he entregado pertenece a una de las cajas desplegadas con las que me acurruco cada noche. No se asuste. No voy a hacerle daño. Solo quiero que lo conserve. Le traerá suerte para el quirófano. Mi cartón, que no envidia nada a las mejores mantas, había quedado inservible, sin embargo. La semana anterior había estado lloviendo y los jardineros del Parque la habían estado utilizando para apartar el barro que se había acumulado en la fuente de las Pajaritas. Así me encontré mi cartón esta mañana de diciembre. Húmedo, sucio y roto. Más o menos como yo me sentía últimamente. Pero todo podía arreglarse. Se acercaban las fiestas navideñas y con ellas los grandes regalos envueltos en vistosos papeles dentro de enormes paquetes, así que en unos días podría yo encontrar por toda la ciudad cientos de cajas de cartón con las que fabricarme un nuevo dormitorio. Por cierto, yo también había pedido mi regalo de Navidad. Lo había escrito en ese trozo de cartón que he estado utilizando para ocultar las sobras de la cena de estas últimas noches, un bote de champiñones en conserva del supermercado del barrio. No. Definitivamente no me preocupaba el estado lamentable de los cartones con los que me arropo cada noche. Ahora tenía otra inquietud que no me dejaba coger el sueño.

            Hace unas noches, una niña se había acercado hasta mi banco. Un hombre se había subido a las Pajaritas y me había despertado con sus juramentos. Habían salido de aquella boca de labios agrietados por el frío todos los insultos despedidos, como si hubieran abierto la tapa de la lavadora en pleno centrifugado, como si hubieran lanzado la traca final de las fiestas de san Lorenzo sin avisar, como si se hubieran puesto en marcha los aspersores del Alcoraz en mitad de un partido en el que te juegas la permanencia. Aquellos improperios y maldiciones que provenían de aquel lugar emblemático me sacaron de mis ensoñaciones de bocadillos y sopas calientes exquisitas. Había cenado aquellos champiñones de lata y me había costado dormirme más de la cuenta aquella noche. Lo que me despertó definitivamente fue esa mirada de desprecio que salía proyectada desde aquel escenario de la desgracia porque, según las palabras de aquel hombre desesperado, estaba más pelado que yo. Su mirada furiosa se fue por la puerta lateral del Parque y entonces  descubrí, junto a mi banco, a una niña que se había quedado allí, acobardada y frágil como la bandera de un córner de un campo de tercera regional.
Estaba claro en aquella noche oscura que el caballero se había dejado a su propia hija y no sirvió de nada salir de debajo de mis cartones, despojarme de mi manta descolorida y recorrer, con la chiquilla en brazos, la calle del Parque, llamándolo a voz en grito. Al día siguiente, pensé yo, iban a encontrar al hombre tirado en medio de la calle y lo llevarían a este hospital, que habían inaugurado a mitades de noviembre. Seguramente no recordaría nada de lo que le había ocurrido esa noche y lo iban a tener ingresado hasta que pudiera ocuparse de sí mismo fuera del hospital. Como puede apreciar, yo ya me había hecho mi película.

            Como ya habrá imaginado, la niña sigue conmigo y me acompaña a todas partes. En fin, cuando me levanté, al día siguiente, me la encontré junto a mí, agarrada a mi manta, con su cabecita reposando sobre mi pecho, su cuerpo hecho un ovillo. Entonces me levanté con mucho cuidado y salí en busca de algo para comer. Siempre tengo algunas monedas para comprar leche y en tienda más madrugadora de la ciudad. Me conocen desde hace tiempo y siempre me dejan llevarme algún extra para mi desayuno. Sé que Rosa, la chica de la caja, está extrañada. Nunca antes había comprado galletas de chocolate. Sabe que no me gusta el chocolate. Sin embargo, no me dice nada. Sonríe, me da el precio y añade descaradamente un paquete de caramelos o una pieza de fruta que nunca aparecen en el tique. La niña ya se había despertado cuando regresaba de la compra y me la he encontrado recogiendo con cuidado los cartones, doblando la manta y limpiándose la cara con uno de esos pañuelos suaves que me llevé un día del supermercado. Nada más llegar me dedica una sonrisa y se abraza a mi pierna, como si llevara toda la vida esperando para verme.

            Sabía que tenía que llevar a la niña a algún sitio. Su padre tiene derecho a estar con ella, aunque aún no consiga acordarse de su existencia, aunque fuera imperdonable que la dejara abandonada en el Parque durante la madrugada, aunque, por cómo me corresponde esta criatura, su padre no se prodigara que digamos en tratarla con afecto. Tenía que hablar con la policía o con los médicos del hospital. Podía parar a cualquiera en la calle y pedirle que se hiciera cargo de la niña. Sin embargo, no he dado ese paso. Tengo miedo a perderla para siempre. ¿Sabes cómo me siento ahora que ella está aquí conmigo? Ahora tengo de quién ocuparme y eso me obliga a no dejarme vencer por el sueño, a no abandonarme a la cerveza de oferta o al don Simón o al lingotazo. Con la niña he empezado a cuidarme, a pensar en mi aspecto, a hacer planes. Ya no me da lo mismo si se acaban mis días y se va todo al carajo. Ahora tengo que cuidar a esta niña y arrancarle una sonrisa. Tengo la obligación de alimentarla, de enseñarle a cepillarse los dientes en una de las fuentes del camino de la ermita de Salas, de frotar detrás de sus orejas. No puedo separarme de ella. No ahora. Al menos voy a esperar un día más para entregársela. Me conformo con un día más, me repetía a mí mismo.
            Es curioso. No me había dado cuenta antes. Hasta que apareció la niña en mi vida, nadie en la ciudad me dirigía la palabra, excepto Rosa, claro, la simpática cajera de la antigua tienda de ultramarinos. Durante el día me esquivaban los trabajadores y los niños que iban a la escuela. Por las tardes, ni siquiera la vendedora de castañas me dejaba acercarme hasta su caseta para calentarme un poco. Las señoras me evitaban y los hombres me sorteaban dejando en mi gabardina su hipocresía y su desprecio. Por las noches, antes de regresar al Parque, simplemente era invisible. Desde que tengo a la pequeña, desde que me aseo regularmente y saco a pasear una sonrisa nueva y llevo con más esmero mis ropas viejas, no dejo de recibir saludos y algún que otro gesto amable. Ayer mismo se me acercó una señora y, con una moneda, me deseó Felices Fiestas. Y esta tarde la castañera nos ha ofrecido un cucurucho de castañas y no ha dejado que se las pagara. Estoy cambiado, lo sé, y a veces me encuentro a mí mismo pensado en el futuro. Lo que oye, haciendo planes que van más allá de la próxima cena o el siguiente desayuno.

            Esta mañana he venido al hospital con la niña. Por eso estoy aquí en el edificio. La doctora dice que ha sido un milagro que haya venido. Aún están a tiempo de curarme. Me han hecho un lavado de estómago. Algo tomé hace unas noches que podría haber resultado mortal. Seguramente fueron aquellas setas crudas que me llevé a la boca y que compré porque estaban tan próximas a caducarse que no iban a cobrármelas al mismo precio. Por lo visto he estado a esto de palmarla. Estoy contento y con ganas de curarme y tomarme en serio eso de vivir. La enfermera dice que va a hacer una colecta navideña para que pueda pagar los medicamentos y aún me quede algo para empezar una nueva vida. Con eso y con la indemnización del supermercado tengo suficiente para pensar en el futuro. Mi sueño se ha hecho realidad y tengo mi regalo, aquello que había pedido para estas Navidades.

Hace un momento, cuando le ha dado las gracias a la enfermera y le he preguntado por la niña y por su padre sin memoria, ella se ha callado, ha movido a un lado y a otro la cabeza, ha cerrado los ojos y ha abandonado la habitación en la que estaba reposando de la operación. Se ha ido a buscar a un grupo de médicos y los he oído murmurar en el pasillo. Después, creyendo que yo estaba dormido, ha deslizado mi trocito de cartón y lo ha puesto debajo de la almohada. Cuando ha cerrado con suavidad estudiada la puerta de la habitación, he agarrado con firmeza el trocito de cartón en donde escribí mi deseo. Ha aparecido la niña junto a la cabecera de la cama y he sabido que había llegado el momento de marcharme. Ya se lo he dicho. Conserve ese cartón. Tengo que irme con la pequeña. No me ha querido decir su nombre. ¿Sabe cómo la he llamado? Luz. Adiós, creo que la están llamando…”

 – ¿Se llamaba como tú? –los dos sobrinos han interrumpido a la vez.
 –No he terminado todavía  –protestó su tía, ocultando de la vista de los muchachos la mano izquierda, temblorosa, que sujetaba el pedacito de cartón.  –Mi madre tuvo que atender a la chica de la recepción y ya no volvió a saber nada de aquel hombre. Sin embargo, cuando, ya en planta, la comadrona estaba examinándola, mi madre le preguntó por aquel paciente. Todo el personal del San Jorge estaba al tanto. Antes de que empezaran las contracciones fuertes y yo me convirtiera en la única protagonista de aquella escena, mi madre pudo escuchar, de labios de la comadrona, lo que había ocurrido en uno de los pasillos del hospital, antes de que el pobre hombre de los cartones hiciera mutis.

          “– ¿Sigue preguntando por la niña? –la doctora interroga con rostro severo a la enfermera de planta.
            –No se la quita de la cabeza. Ni tampoco deja de hablar del hombre del rincón de las Pajaritas del Parque que la dejó abandonada delante de sus cartones –contesta la muchacha.
            –Es un milagro que esté vivo y todavía no me explico que se haya presentado aquí con esta historia surrealista. De no ser por ello…
            –Nos lo habríamos encontrado muerto esta misma noche o mañana.
            –Hay una cosa más, doctora… –El que toma la palabra es un residente del hospital, aquel que estaba de guardia cuando apareció el desahuciado.
            –Le escucho.
            –El pobre hombre mencionó en el reconocimiento, justo antes de venirnos con el cuento de la niña invisible y el padre fantasma, que la víspera de la Navidad había pedido, para estas fiestas, un regalo especial. Él ha creído siempre que la aparición de la niña ha sido ese regalo. En esa noche descubrió al hombre de las Pajaritas y a la niña misteriosa.
–No es por nada, doctora, pero este pobre desgraciado se ha encontrado con el mejor regalo de su vida –irrumpe en la conversación un celador que lleva un rato apilando las bandejas con los restos de la cena y que ha escuchado toda la conversación.”

             – ¿Queréis que os lea lo que dice el cartón?  –Los dos niños estaban tan callados que su tía empezaba a dudar de que fueran sus sobrinos.
             –¡¡¡¡Claro!!!!

             –Mi deseo es que, por fin, vea la luz del túnel  –dijo la mujer, con el cartón entre sus dedos, todavía cerrado, porque sabía desde hacía años lo que allí ponía. Antes de que un lagrimón lo emborronara todo, antes de que sus dos sobrinos se abalanzaran sobre ella para achucharla y antes de que Luis, su cuñado, entrara jugando con las llaves del coche en la mano, la mujer recordó las palabras que su madre le había dicho la primera vez que le había contado esta historia. “Tu padre y yo íbamos a ponerte María Asunción, por la abuela. Cuando me pidieron en el hospital el nombre que ibas a tener, tuve que decirles que te llamarías Mari Luz. A tu padre casi le da un soponcio.”

miércoles, 16 de agosto de 2017

Una historia de arañas

LA REDADA

– ¿Quién es la graciosa que ha apagado las luces? Así no hay manera de trabajar. Tenemos que tomar declaración a estos tres individuos antes de volver a comisaría y en estas condiciones va a ser imposible.
–Voy a echar un vistazo ahí fuera –contestó su compañera, la agente que había formado parte de la brigada arácnida especializada en altercados públicos y vigilancia del cumplimiento de la Ley               de Decibelios–, deja que me encargue yo. Tienes a estos tres inmovilizados y no van a darse a la fuga. He aplicado la nueva resina para hilo convencional que compró el Departamento.
–Está bien, pero date prisa. No quiero quedarme sola demasiado tiempo con estos tres y en estas condiciones de visibilidad.
La pareja de arañas llevaba tan solo un par de semanas trabajando juntas. Apenas había habido movimiento en todo ese tiempo, hasta que llegó, esta misma mañana, la llamada del Departamento. Ellas estaban por la zona y fueron las primeras en insectizarse en el lugar de los hechos.
Las arañas eran las encargadas de todas las redadas de la ciudad, por razones obvias. Se había dado aviso a la central de escándalo público en un terrario de guardería, que quedaba muy cerca de donde patrullaban las dos compañeras. A su llegada, muchos de los asistentes a la fiesta ilegal pudieron dispersarse, pero aquellos tres indocumentados no lo habían conseguido. Las dos arañas de policía lo habían impedido. Ahora, atrapados en una red pegajosa y muy resistente, un caracol, una lombriz de tierra y una culebra intentaban zafarse de aquellos hilos. Y, para su desgracia, alguien había venido a hacer la situación todavía más calamitosa. De golpe y porrazo se había ido toda la luz del recinto y se habían quedado todos casi a oscuras.
Se trataba de una fiesta de disfraces sin autorización y podían caerles penas a los responsables de hasta diez años. Eso es lo que decía el manual de la policía artrópoda que aquella agente repasaba mientras intentaba averiguar qué había pasado con las luces. Debido a los excesos que se habían producido en los últimos tiempos con las fiestas de disfraces, y muy especialmente debido a los casos de relaciones aberrantes entre animales de diferentes especies que la confusión carnavalesca había disparado, aquellas celebraciones festivas habían sido declaradas ilegales en todo el territorio.
Aquellos tres individuos que habían logrado atrapar los dos agentes de los Abdómenes y Quelíceros de Seguridad del Territorio iban a pagarlo muy caro. La fiesta era ilegal, el ruido que habían provocado se saltaba la nueva normativa y, para colmo, su actitud ante la policía había sido desafiante e irrespetuosa. Aunque solamente fuera por los disfraces  y los nombres con los que se habían atrevido a identificarse, tenían garantizada la condena en una de las prisiones de máxima seguridad de la corteza terrestre. Lo de los nombres, especialmente, tenía delito…
La araña se había quedado perpleja cuando su compañera, que ahora vigilaba allá abajo a aquellos tres cafres con pintas, les había pedido cortésmente que se identificaran para proceder a la detención. En primer lugar, ella misma había tenido que dibujarlas en la agenda para que todo el mundo pudiera comprender el alcance de la provocación que suponía su atuendo. Describir a aquellos tres detenidos no era fácil y la araña que continuaba buscando el origen de la oscuridad que había caído sobre aquel lugar se obligaba a decirlo en voz alta, porque no acababa de creérselo.
–La lombriz llevaba minifalda y una melena rubia. La culebra se había puesto una cinta en la cabeza y una muñequera en la cintura, y llevaba una especie de pelota de goma pegada en un extremo de su cuerpo. El caracol llevaba un sombrero australiano y se había pintado ojos y boca.
– ¿Se puede saber qué pasa ahí arriba? –La araña que continuaba vigilando a los tres detenidos se estaba impacientando. –Cada vez se ve menos aquí abajo y estos tres no dejan de forcejear y de empujarse.
Era cierto que, cuando habían irrumpido en aquel terrario, la luz del sol bañaba literalmente cada pedacito del terreno. Las dos arañas habían dado el alto a toda aquella comunidad de especies que bailaban como chinches con hiperactividad. Porque nada más escuchar las sirenas, los animales, envueltos  en sus disfraces,  habían huido en estampida. Entonces se veía perfectamente todo aquel escenario, y nadie se podría haber ocultado a los dieciséis ojos de las agentes de policía. Sin embargo, ahora, había sobrevenido una oscuridad tal que ni siquiera los tres animales cautivos podían verse su propio cuerpo.
–Todavía no he dado con el origen del apagón, compañera. –No era tan fácil descubrir aquel misterio. Además, la araña llevaba un buen rato suspendida sobre una especie de superficie con ranuras e islotes de goma que parecía haberse posado sobre aquel pedazo de tierra en el que se había producido la redada. –Tendrás que tener un poco de paciencia, porque no sabemos el terreno que pisamos…

La voz de la araña se apagó de repente. Su compañera no tuvo tiempo de volver a preguntar. Los tres animales arrestados ya no volvieron a moverse en su loco afán por deshacerse de aquellas telarañas. Una zapatilla de una niña de dos años acabó de un pisotón con la vida de todos los animales del terrario de guardería. Si a alguien le hubiera importado la vida de aquellos seres, habría podido leerse en su epitafio, junto a los de las dos arañas que habían muerto en acto de servicio, los tres curiosos nombres que habían usado la lombriz, la culebra y el caracol en su identificación.


Ya lo había anunciado una de las arañas. Lo de los nombres tenía delito. No puede imaginarse un epitafio con estos tres nombres: Caracol Kidman, Culebrón James y Lombrizney Spears . 

viernes, 4 de agosto de 2017

900 años de historia

La bailarina y el arpista o las últimas palabras del Rey de Aragón

                – ¿Quería verme? –el Rey Monje cambió de postura y se acodó sobre su lecho.
                El maestro escultor atravesó la estancia, sobria y sin adornos, y se sentó junto a la cama. El Rey Ramiro llevaba recluido en aquella celda del Monasterio de san Pedro de Huesca cuatro lustros y no era ningún secreto que su tiempo se agotaba.
                –Estoy al tanto de sus trabajos en el Reino –rompió el silencio el monarca, con una voz que ya nada se parecía a la que dictara órdenes y atajara revueltas–, y quiero que se encargue de las obras del claustro. Vivimos tiempos convulsos y solamente la serenidad que ansiamos habremos de encontrarla en la quietud de la piedra.
                Al escultor no le pasó desapercibido el brillo que iluminó los ojos del Rey. El artista había hecho del rayo de inteligencia que los seres humanos demostraban en ocasiones, la seña de identidad de sus talleres. Sus tallas representaban figuras de cabeza desproporcionada y ojos globulosos, remarcados por la curva que se suspendía sobre las cejas. Así dotaba de inteligencia a las figuras humanas que colgaba de capiteles y que servían de modelo a aprendices y artistas.
                –La música y el movimiento son la verdadera amenaza de nuestros anhelos de paz –concluyó el monarca, dejando pensativo al maestro, que abandonó la estancia.


                Esa noche, mientras el artista dibujaba el boceto de Salomé y el arpista para uno de los capiteles del claustro, el corazón del Rey dejó de sonar, parándose completamente.

domingo, 16 de julio de 2017

Un día de san Valentín en plenos carnavales


         JUEGO DE FECHAS

   Un recorte de periódico traía la noticia. Una fotografía, un titular y no más de seis líneas. A dos semanas para la ceremonia de los Oscar, un desconocido disfrazado del personaje del Zorro había irrumpido en el Duquesa, había golpeado a una joven y asestado cuatro puñaladas a su acompañante. La chica llevaba un disfraz de Catwoman y él iba disfrazado de John Snow, uno de los principales personajes de la popular serie "Juego de Tronos”. Más tarde se descubrió que se trataba del auténtico actor que encarnaba a Snow. ¿Qué hacía en una pequeña ciudad española como Huesca la noche del catorce de febrero del presente año? ¿Y quién y por qué querían matarlo?

            El actor llevaba meses en Sevilla, rodando la quinta temporada de la serie. Había aprendido algo de español y se había encaprichado de una de las chicas que participaban como extras en algunas de las escenas de la serie. La chica era una preciosidad y su forma de hablar había cautivado a la estrella televisiva. Una noche, entre copas, música de flamenco y palmas, la chica le había contado, medio en español, medio en inglés, que su única familia estaba en Huesca, a mil kilómetros de allí, y que nunca había tenido el valor de hacer ese viaje. Nunca habían aprobado la vida que ella llevaba en Sevilla y la habían apartado de su vida. La chica tenía una hermana a la que había estado muy unida siempre y ahora necesitaba verla.
            No le costó al actor de la serie americana convencer al equipo de rodaje de que necesitaba unos días para desconectar del estrés de algunas escenas. Preparó un viaje romántico a la ciudad del norte en donde iba a formar parte de ese reencuentro familiar tan deseado. A ella no se lo dijo hasta el día de antes y su alegría fue el maravilloso aldabonazo al plan de San Valentín que había proyectado. Tenía los billetes de AVE, una reserva de hotel en el Sancho Abarca y una cena para dos en el Duquesa. La chica, cuando hizo la maleta, no olvidó que ese fin de semana era el de carnavales. Claro, él había pensado en todo. Cuántas veces le había hablado de cómo disfrutaba desde niña de esos carnavales en su ciudad. Había metido en la maleta un traje de carnaval, que conservaba de cuando se disfrazaba con su hermana. Era increíble que fuera a reencontrarse con ella, en su querida Huesca. Y todo gracias a ese actor tan guapo que la volvía loca y al que amaba con toda su alma.

            En cuento el mundo del cine se enteró de la noticia, todos quisieron averiguar qué había ocurrido en aquel país y en aquella pequeña población aragonesa. Era la noche de san Valentín y habían asesinado a uno de los hombres más apuestos del panorama televisivo del momento. Estaba acompañado de una belleza española. 

Mientras gran parte de los medios seguía los pasos del actor mediático y de la atractiva joven que había conocido en Sevilla, un grupo de amigos de la ciudad de Huesca cogió el otro cabo de esta enmarañada historia. Los amigos descubrieron la otra cara de la moneda y se la pasaron por what´s app a uno de ellos, periodista, que fue el que acabó redactando la noticia.
            El que había apuñalado a sangre fría al extranjero era el primo de una amiga de uno de los del grupo de “Huescanos”. Por lo visto, era el marido de una encargada de la tienda de ropa “Pilar Prieto”. Esa noche, su mujer, a la que todos los miembros masculinos del grupo calificaban como espectacular, le había dicho que tenían un curso de escaparatistas en Zaragoza, y que no iba a llegar hasta el domingo por la noche a Huesca. El hombre había salido con sus amigos y, según otro miembro del grupo de Huescanos, se le había visto tomando una copa en el Da Vinci, una hora antes del incidente del Duquesa. Era la noche de san Valentín y había tenido que anular una reserva en el Lilas porque su mujer tenía un maldito cursillo. No tenía pinta de estar muy alegre, el hombre, había comentado el del grupo. El disfraz de Zorro, por cierto, se lo había pedido a uno de los del grupo de what´s app.

            Fue por un mensaje de móvil a través de otro grupo como se enteró aquel marido solitario de lo del Duquesa. Llevaba un buen rato recibiendo imágenes de gente disfrazada en la ciudad. Estaba aburrido de ver tanta estupidez a su alrededor. Era sábado de carnaval y todo el mundo se había empeñado en hacerse el original. Las imágenes eran de la cabalgata o desfile o lo que fuera de carnaval, de las primeras horas de la tarde en las calles y las últimas horas en los bares y restaurantes. Muchas fotos de la ciudad pero ni un mensaje de su esposa. Entonces llegó aquella foto.
            Mucho se habló de aquella imagen que le había llegado al marido por what´s app. En ella se veía a un tipo clavadito al de la serie “Game of Thrones” en actitud más que cariñosa con la mujer del desencajado marido. Estaban en el Duquesa y ella llevaba el disfraz de Catwoman que se había puesto los últimos carnavales, porque le recordaba los buenos momentos de un pasado que nunca se había atrevido a compartir con él. Su mujer le había pedido siempre que no le preguntara por aquello y él, como un auténtico idiota, había accedido a todos sus deseos. ¿Cómo era posible? Ese bar era el Duquesa, el marido no tenía ni un asomo de duda. Estaba aquí, en Huesca, con otro hombre. Antes de nada, aquel hombre disfrazado del Zorro llamó por teléfono a su esposa. No contestó nadie. Entonces, se levantó, pidió la cuenta a la camarera disfrazada de bolsa de palomitas y alargó el brazo detrás de la barra mientras le preparaban la cuenta. Nadie en el Da Vinci se percató de que había desparecido un cuchillo de cocina.

            Horas después del suceso, la mujer, desconsolada, estaba siendo atendida por una ambulancia. No tenía ni idea de quién era aquel tipo ni por qué había atacado al actor. Era todo tan confuso que no había manera de poner orden. Para colmo, había tanta gente disfrazada que no había manera de que la policía o los servicios médicos fueran tomados en serio. Se descubrieron más de cinco falsos policías y enfermeros que, metidos en su papel, interrogaron y tomaron el pulso a la mujer hasta que fueron descubiertos. En la dislocada noche oscense solamente una aparición pudo deshacer el ruido, la confusión, el caos y el disparate. Se trataba de una mujer que vestía uniforme de la firma Pilar Prieto y cargaba unas cuantas bolsas de ropa. Esta mujer se había acercado hasta la camilla del interior de la ambulancia y había acercado su rostro hasta el de la pobre víctima del ataque. Los dos rostros eran idénticos.


            La historia la terminó redactando uno de los periodistas locales, aficionado a la literatura y amigo también de gran parte del grupo de what´s app. Era el asunto típico de una novela bizantina. Se trataba de dos hermanas gemelas que habían vivido en Huesca con su familia hasta hacía unos diez años. Una de ellas se había marchado a la capital hispalense para trabajar en el mundo de la interpretación, en contra de los deseos de los padres, alejándose definitivamente de su querida hermana. La otra había continuado su vida en la ciudad de Huesca, había conocido a alguien y se había casado con él. La noche de San Valentín iba a ponerlas en contacto después de tantos años pero el azar había vuelto a interpretar el papel protagonista. El periodista terminaba su artículo con una pregunta que lanzaba a sus lectores. El Día de san Valentín había caído en el mismo sábado que lo había hecho el Día de Carnaval. ¿Cuándo tenía el destino planeada otra coincidencia fatal de fechas?

lunes, 24 de abril de 2017

Libros, autores, lectores

AUTORES DE LIBROS

                Soy autor de libros. No me importa reconocerlo. Durante todo el año los autores buscamos un rincón desde el que escribir nuestros artículos, ensayos y poemas. Todos los meses y todas las estaciones nos consagramos al oficio de contar, describir y profundizar en nuestro propio mundo. En verano, mientras los seres humanos se despojan de capas y capas de indumentaria, los escritores cubrimos de caracteres las páginas en blanco de archivos de ordenador y embarazamos cuadernos y carpetas con nuestras producciones.  En otoño se caen las hojas y nosotros, los que escribimos, las amontonamos y las cosemos con palabras. En invierno, el mundo animal se prepara para hibernar y no derrochar mucha energía. Nosotros, los autores, nos desgastamos creando fábulas y tramas, pintando personajes y estableciendo conexiones entre personajes que no existen fuera de la imaginación. En plena primavera, el día 23 de abril, florecen los lectores en las calles de nuestras ciudades y pueblos y los claveles y las rosas desfilan orgullosos y guardan los lomos y cubiertas de los libros que hemos dado a luz los autores de libros.  
                El 23 de abril vestimos nuestras mejores plumas y estilográficas y nos instalamos en una banqueta, detrás de una caseta, que ahora llaman “stand” porque todo lo extranjero suena siempre mejor que lo propio, y nos preparamos para ponernos delante del espejo de nuestros lectores del pasado, del presente y del futuro. Hablamos de nuestro trabajo, escuchamos, asentimos, aprendemos y nos emocionamos. Sin embargo, no quiero escribir aquí sobre pasiones de escritores y adoración de lectores. Como dijo Umbral, “yo no he venido a hablar de mi libro”, sino de las curiosas anécdotas que, desde nuestra muralla de libros y precios, vienen a aliviar nuestra jornada de ventas y rúbricas.

                Ayer fue 23 de abril. Desde el punto de la mañana plantaron editores y libreros sus ejemplares en los Porches. El libro es una planta de interior, que nace en rincones y no necesita de mucha luz para gestarse. El libro es una especie que oculta al ojo humano sus raíces, que reserva su fruto solamente a quien lo engulle, que está cubierto de hojas, cuyo número varía considerablemente entre sus clases. Suele plantarse a diferentes alturas, y a veces se seca, cuando no se airea suficientemente, y se cubre de polvo y de olvido. A pesar de ello, no le perjudica a esta curiosa planta la exposición al aire libre, al sol e incluso a lluvias y humedades. Suele aconsejarse, en días de Feria, trasplantar esos volúmenes y ubicarlos en plena calle, para admiración y deleite de la especie humana, especialmente de la raza lectora en general, o de esa subespecie que son los carroñeros de letras o devoradores de libros.
                Así ocurrió en la jornada de ayer. La ciudad amaneció vestida de páginas y prestó sus calles para ese desfile de modelos que no descansaron en ningún momento. Las grandes firmas de la Alta Lectura se dieron cita en el centro. Los libros se dejaron acariciar, los libreros se volcaron con sus clientes y los autores nos apostamos dispuestos a presentar en sociedad a nuestras criaturas, vestidas de domingo. Fue un día soleado, lleno de palabras y lecturas, en el que los escritores compartimos impresiones y estampamos firmas, fechas y deseos. No obstante, ya he dicho que no voy a convertir estas líneas en un canto a los libros o a la lectura. Podría convertir estas palabras en un postre empalagoso, del que siempre te acabas arrepintiendo, con lo bien que habías elegido hasta el momento con los platos… Aquí me interesa recoger algunos chascarrillos, alguna anécdota que, después de tantas horas metido en la caseta, tatúan en tu rostro una sonrisa de las que no se van fácilmente.
                En la caseta de la editorial Pirineo ocurre de todo. El Día del Libro en Huesca no nos privó de historias para guardar en la memoria. Este es el motivo de este escrito, el día después del Día de Autos en una Huesca sin ellos.
                Cristian me estaba contando una anécdota de una Feria del Libro en Zaragoza. Cristian Laglera es un autor de la editorial y sus historias no tienen desperdicio. A mí me gusta poner título a las anécdotas, y a esta historia se me ha ocurrido llamarla “El autor muerto”. El asunto es que el año pasado, una mañana, unas señoras se plantaron, como dos primeras ediciones, delante de un cartel que anunciaba que otro autor de la editorial, José Antonio Adell, firmaba libros esa misma tarde en la Feria del Libro de Zaragoza.
                –Chica, qué bien. ¿Igual vamos?
                –Pero cómo vamos a ir, mujer… Si el autor ya está muerto.
                Cristian, que asistía a aquel diálogo, no pudo menos que sonreírse. Él, que había pasado la tarde de ayer con José Antonio, acababa de presenciar el asesinato de un compañero. No sabía si poner los precios de sus libros –que no son pocos– a media asta o si dejar sus libros de despoblados y ermitas y escribir una novela al estilo de Delibes que llevara por título “Cinco horas con Adell”, recordando todas las conversaciones del día anterior. Aquella tarde, José Antonio no podía parar de reírse cuando se lo contó su compañero de firmas.
                Después de que Cristian me contara esta historia, sin darme tiempo a masticar con deleite las palabras de mi compañero, una señora se acercó para preguntar por un libro:
         ¿Tenéis el libro “Gladiolos”?
         ¿”Gladiolos”? Pues “Gladiolos” no, pero “Gladiator” sí.

                En fin, de este tipo de anécdotas, que entran en la categoría de “preguntas peregrinas” hay a patadas. Quiero recoger ahora otra anécdota, que yo pude presenciar también, y la he bautizado como “la lectora disléxica”. Estábamos ya terminando la jornada y una señora se acercó a Cristian para que le cobrara un libro que quería llevarse. Se trataba de uno de sus libros, así que se ofreció para dedicárselo.
                –Pero cómo me lo vas a dedicar tú… Tendría que estar la autora para eso.
         ¿Perdone?
                –Sí, hombre. Cristina Laglera, la autora de los libros de los pueblos despoblados…

                Cristian Laglera intentó hacer que la buena mujer leyera despacio el nombre del autor para que se cerciorara de su error, pero la señora no estaba dispuesta a pasar por allí. De hecho, pretendía conocer a la tal Cristina. Yo solamente pude dar unos golpecitos en la espalda de mi amigo y compañero de firmas. No había nada que hacer. Y así terminó la jornada aquella.
                Lo he dicho desde el principio. Los autores de libros, como los ejemplares que escribimos, salimos muy de vez en cuando a las calles y nos exponemos al aire libre para darnos un baño de lectores muy gratificante. Durante esos encuentros con los lectores, aparte de firmar e intercambiar impresiones, podemos disfrutar de esas aventuras que nos arrancan más de una sonrisa. Son arañazos de placer, empujones de ánimo, golpes a nuestros silencios y a nuestras soledades. Y,  desde luego, se nos quedan impresos en la piel y los redescubrimos cada vez que nos juntamos para otra Feria, para una presentación, o Día del Libro. Esas historietas, chanzas o jerigonzas, esos chascarrillos o jacarandas de nuestros momentos de caseta editorial, no son pintadas ni maquillajes. Estas aventuras no se van ni con mil lavados, porque somos autores de libros y algo sabemos de contar y recordar historias.

                

domingo, 2 de abril de 2017

Un drama junto al teatro Romea

ÁRBOL GENEALÓGICO

                El café y la magdalena descansan intactos sobre la barra de la cafetería de la plaza del teatro. No hay más clientes en el local porque hoy he sido especialmente madrugador. Antes de que entre cualquier parroquiano por esa puerta tengo que terminar lo que he empezado. No es fácil. Es la primera vez que amordazo a alguien fuera de un escenario. Los actores de las comedias de enredo no se mueven tanto ni pesan como este camarero que ha estado a punto de mandarme al otro barrio. Tengo que pensar rápido porque no existe ningún guion al que abandonarme, porque no hay acotación que seguir al pie de la letra ni nota al margen que dicte cuál ha de ser mi siguiente movimiento. El camarero de la cafetería ya no se mueve. Es el momento de hacer mutis y prometerme a mí mismo que no volveré jamás a esta ciudad y a este lugar, que no volveré a pisar jamás este escenario. Cuando me subo al coche y salgo por fin de la ciudad caigo en la cuenta de que me he olvidado, junto al desayuno, el sobre que contiene mi árbol genealógico. Eso significa que darán conmigo y que la policía tendrá sobre la mesa todas las claves para entender por qué hay un hombre atado a una silla y por qué hay una magdalena y un café abandonados sobre la barra de la cafetería de la plaza del Teatro Romea de Murcia. Sinceramente, ya no me importa.
               
                Voy hacia el norte, de donde nunca tenía que haber salido. Seguiré la autovía hasta que ya no tenga fuerzas y buscaré un motel de carretera para descansar. Las últimas semanas han sido extenuantes y no me refiero solamente al trabajo. Es verdad que hemos tenido ensayos prácticamente todos los días y que el Ayuntamiento de la ciudad nos hizo un hijo de madera cuando nos adelantó el estreno un par de semanas, para hacerlo coincidir con las fiestas locales. Sin embargo, eso no ha sido lo que me ha colocado al límite de mis fuerzas. Ni mucho menos.
Desde que destiné mi vida a esta aventura de la interpretación he estado sometido a mil y una presiones, he sorteado obstáculos de todo tipo y bregado con infinidad de imprevistos. He soportado representantes, instituciones y críticos, he aguantado todo tipo de compañeros y directores, escenógrafos y productores y  he conocido aficionados de todas las clases. Y he continuado trabajando, sin perdonar una representación, sin romper un solo contrato, sin renunciar a una sola de las actuaciones a las que me había comprometido, sin quejarme nunca de los miles de kilómetros que me he metido entre pecho y espalda. No, definitivamente, la situación en la que me encuentro no tiene nada que ver con mi oficio como actor, no tiene absolutamente nada que ver con un trabajo al que llevo dedicándome más de veinticinco años. La culpa de todo la tiene el dichoso árbol genealógico.

Hace tres semanas fue mi cumpleaños. Cumplía cincuenta. Yo ya no lo recordaba, pero un buen amigo, al que todos hemos llamado siempre JL, me refrescó la memoria cuando me lo contó por teléfono. JL es un aficionado a la genealogía, un auténtico devorador de documentos y archivos, un amante de la búsqueda de ancestros. Antes de embarcarme en la gira de la compañía por tierras levantinas y murcianas, él me había pedido que le diera todos los apellidos que yo recordara y yo había tenido que escribirle, accediendo a sus ruegos, para contarle las historias que mi abuela me había relatado sobre sus antecesores. JL estaba convencido de que encontraría algo interesante. Su propia familia conservaba un documento de un pariente que había formado parte de un proceso del inquisidor general de Zaragoza, hacia el siglo XV, e insistía en que conmigo podría encontrar también alguna curiosidad de similar calado.
Pues bien, aquella noche de mi cincuenta cumpleaños, tras felicitarme y preguntarme acerca de mi próxima representación, me dio la noticia. Indagando sobre mis ancestros, mi amigo  había llegado a dar con un actor de teatro del siglo XVIII, que había emigrado a Francia cuando la guerra de la Independencia, porque su madre era francesa y temía por la integridad de su prole. El actor había rehecho su vida en el país vecino y se había convertido en un actor de primera fila de la comedia francesa. Una de sus hijas se había marchado de vuelta a España, para casarse con un joven barcelonés que había sido político en el Principado y que había tenido un papel destacado en los años convulsos de la primera guerra carlista. Yo ya conocía aquella historia del diputado catalán, pero no había oído hablar en mi vida de esa madre suya ni de ese abuelo de cierta fama en el mundo de la farándula.
Mi amigo percibió el interés mío sobre estos datos que me revelaba  a través del teléfono y me anunció que lo mejor estaba por venir. Sin preocuparse por omitir todos los detalles de sus búsquedas en internet y las dificultades que hubo que salvar y las pistas falsas que tuvo que abandonar en más de una ocasión, JL me reconoció, por fin, que con sus investigaciones había llegado a un hecho que le había puesto los pelos de punta. Resulta que mi antecesor, el brillante actor de la escena gala, el causante quizá de que por mis venas corriera sangre interpretativa, al llegar a los cincuenta años, había terminado sus días sobre las tablas, muerto por envenenamiento, durante la representación de una comedia del gran Molière. Me dijo que me enviaba el documento de prensa que recogía la noticia del funesto suceso y que había contactado con un colega suyo francés para que se lo tradujera. Después colgó y yo encendí mi portátil. Aquella noche apenas pegué ojo.
Yo nunca me he tenido por supersticioso y todo aquello del determinismo biológico me ha parecido siempre un cuento chino. Sin embargo, aquella noticia del diario francés de hacía un par de siglos me afectó profundamente. Aquel hombre del que yo supuestamente provenía y que me había precedido en el arte de la interpretación actoral, había sido eliminado de la escena antes de terminar el acto. Con el francés que yo había aprendido de una semana veraneando en Colliure y Carcassonne, pude leer en aquel documento de hemeroteca que, cuando levantaron el telón, tuvieron que levantar allí mismo el acta de defunción del malogrado comediante. El redactor de la noticia y crítico teatral del periódico no escondía las sospechas hacia el establecimiento en el que el actor solía desayunar cada mañana. Mi antepasado era hombre de costumbres y no perdonaba ni un solo día el café con leche con un tierno cruasán recién hecho.

Desde aquel día dejé de pedir el cruasán y empecé a cambiar de bollería. A veces magdalenas, a veces bollos suizos o fritos, a veces tostadas o churros. Empecé a percibir cierto dolor en el estómago, que nunca  había sentido antes, y dejé de dar propinas al camarero de la cafetería en la que he estado desayunando todas estas semanas. Murcia era la última ciudad de la gira y el último acto de nuestro programa. Toda la compañía estaba volcada en cerrar nuestras representaciones con un broche de oro y los éxitos de Andalucía y Extremadura nos habían preparado el terreno. Todo estaba yendo sobre ruedas y la venta de entradas nos auguraba una recaudación antológica. El optimismo llenaba los ensayos y las risas flotaban sobre nuestras cabezas en cafés y copas de los sitios con más solera de la capital murciana.  Hasta el director de la compañía podía decirse que se había vuelto más simpático. Sin embargo, yo empecé a sentirme mal, a tener dolores estomacales y a experimentar ardor de estómago, mareos y sensaciones de vómito.
Empecé a sospechar del camarero que me ponía el café con leche todas las mañanas en la cafetería que da al Teatro Romea. Tal es así, que un día me llevé un botecito de una farmacia y le llevé las muestras de la leche para que las analizaran. Llegué incluso a pedir permiso a nuestro director para ausentarme en un par de ensayos y así hacerme unos análisis completos en el Centro de Salud más cercano. Llegué a perder el apetito y con ello la fama de buen comedor que me había ganado dentro de la compañía durante años.
Una tarde, esperé a que el camarero saliera del trabajo y le robé la cartera. Apunté sus apellidos y se los envié a mi amigo JL para que investigara. Estaba yo convencido de que, atando ciertos cabos, aquel camarero murciano resultaría estar emparentado con el hostelero que había envenenado a mi antecesor. Mi amigo me falló, pues no hizo más que hablarme de una conexión más que evidente de aquel individuo al que yo investigaba con una familia morisca del valle de Ricote. JL insistía en la importancia de la situación de los moriscos en la España del siglo XVI y yo dejé caer el teléfono y me fui a vomitar al baño de mi habitación del hotel. Ya no le devolví ninguna llamada.
Ayer por la noche tuve una conversación con nuestro director. Me ha dicho que toda la compañía está preocupada conmigo. Dicen que quieren ayudarme pero que no saben cómo. Yo le comenté que todo se iba a arreglar al día siguiente, que yo me iba a encargar de todo. El director se fue más consternado y con peor cara que cuando había aparecido en el hotel. Resulta que me trajo también una noticia. Para la temporada que viene pensaba comenzar con El enfermo imaginario de Molière, y yo tenía todas las papeletas para protagonizarla. Ese papel, se atrevió a decirme, me sentaba como un guante. Aquello ya era demasiado.


Un cartel de la autovía me anuncia que hay una estación de servicio a catorce kilómetros. Necesito descansar un poco porque anoche, en cuanto se marchó el director,  tampoco fui capaz de dormir. Como le había prometido, esta mañana he dejado todo bien atado, especialmente al camarero. No he probado nada de lo que me ha servido sobre la barra de la cafetería, para que la policía científica pueda identificar todas las pruebas. El descuido de abandonar junto al desayuno el árbol genealógico que JL me había enviado y que yo imprimí en una copistería de la Universidad, podrá agilizar la resolución del caso. Ese hombre al que he amordazado esta mañana ya no se va a salir con la suya. No es tan fácil atentar contra la vida de un actor de ralea, de un intérprete que desciende de uno de los más grandes, de un cómico de una saga admirada en todo el mundo del que ya no va a reírse nadie. Buenos somos los actores de nuestra familia. 

martes, 24 de enero de 2017

El origen mítico del juego del ajedrez

MAGNUS Y EL AJEDREZ

I

                El Reino del Mediodía estaba enfrentado con el Reino de la Medianoche. Llevaban así muchos años. Las batallas se sucedían año tras año, sin embargo, la victoria nunca se decantaba totalmente por ninguno de los dos bandos. Los otros Reinos de Iberia estaban hartos de esperar que un vencedor se levantara orgulloso de aquellas guerras interminables, de aquellas escaramuzas sin término, de aquellos enfrentamientos infinitos. Lo habían intentado todo para poner fin a ese asunto. Hasta habían enviado consejeros y sabios para mediar en el conflicto. Fue inútil. Al final, tuvo que intervenir una vieja hechicera, una mujer de origen persa que se había instalado en la península y vivía sola con su hijo. Acompañada de este, ambos realizaron un viaje hasta un castillo que se encontraba a igual distancia de los ejércitos de aquellos reinos enemigos. Una representación de ambos reinos se dio cita en el Castillo para llegar a un acuerdo y escuchar las palabras de aquella dama. Aquella mujer los recibió en un salón real, junto a su hijo, un niño ciego que cargaba a los hombros una bolsa abultada que su madre había traído consigo desde tierras persas. Nadie sabía qué contenía aquella tela enrollada. Se decía que era parte de un legado que se remontaba a muchas generaciones de una familia emparentada con el mítico Perseo.

                La ocurrencia de la dama de los Reinos Crepusculares y del Alba, como se hizo llamar aquella bruja, fue enseguida motivo de burla por parte de los integrantes de la expedición del Reino del Mediodía. El rey y su esposa, la reina, los soldados de a pie y los caballeros, los centinelas de las torres y los obispos estallaron en carcajadas desaforadas. Ataviados con sus túnicas blancas y sus armaduras plateadas, se reían a armadura batiente, sin ninguna consideración hacia la dama y su criatura. Sus acérrimos enemigos, los componentes del Reino de la Medianoche, de estandartes negros e insignias luctuosas, debido a la muerte reciente de la madre del rey, no se quedaron atrás en su mofa. Todos ellos se colocaron frente a sus enemigos y rivalizaron en su afán por hacer escarnio y befa de la mujer y del pobre muchacho ciego.

                La hechicera, sorda ante tanta humillación, se levantó de su trono y dispuso que todos los presentes se colocaran sobre las baldosas del majestuoso salón del castillo. Primero se dirigió a los miembros del cortejo del Reino de la Medianoche. Hizo que el rey y la reina fueran protegidos por caballeros, obispos y centinelas de las torres defensivas. En una línea más adelantada, ordenó a los soldados de a pie que defendieran a todos los cortesanos. Cada uno ocupaba una baldosa distinta y la bruja los obligó a esperar justo en el extremo de la sala. Nadie sabe por qué aquellos caballeros altaneros, aquellos obispos esquivos y peones rudos, aquellos centinelas toscos y aquellos reyes soberbios del Reino de la Medianoche obedecieron a la gran dama. Tampoco se supo nunca la razón por la que todos los orgullosos miembros del séquito real del Mediodía cedieron de igual modo sin oponer resistencia ante ella y ocuparon así mismo sus respectivos puestos en el otro término del gran salón del castillo.

                La mujer había propuesto un juego en el que todos ellos debían comprometerse a participar. A los pretenciosos soldados y a los engreídos nobles les hizo gracia la ocurrencia. A los reyes les pareció una invención placentera. Colocados como estaban, rey y reina parapetados por cortesanos y protegidos todos ellos por una muralla de soldados, los dos ejércitos debían imitar los movimientos de aquellos iguales que ocuparan las baldosas equivalentes del otro lado del salón. Cada caballero había de imitar el movimiento del caballero del otro extremo de la estancia, cada soldado había de ejecutar el mismo ejercicio que el peón que tenía enfrente. El rey estaría obligado a remedar la postura del rey enemigo y las reinas debían compaginar sus movimientos con el mismo porte y elegancia que observaran en la dama rival. Era el juego del espejo y una sola partida podría terminar con aquella guerra para siempre. Eso había prometido la dama a todos los reinos de Iberia.


II


                ¿Quién debía empezar el juego? Esta fue la pregunta que la concurrencia, desde sus baldosas, lanzó ante la mujer que había propuesto aquel curioso modo de esparcimiento cortesano. La reina de la túnica blanca, sin moverse de su lugar, propuso que fuera su séquito  el que iniciara el baile de movimientos que los componentes del otro extremo del gran salón tenían que atreverse a imitar con pericia y destreza. La primera que replicó fue la reina del velo e insignias negras como la oscuridad. No concebía la Reina de la Medianoche que nadie realizara un movimiento antes que ella, por muy esposa del Rey del Mediodía que fuera. Habló también el rey de la Medianoche, su esposo, mucho más pausado y menos impulsivo, pero enseguida le quitó la palabra el Rey del Mediodía. Los caballeros empezaron a dejar claras sus prerrogativas en el juego, los obispos se enzarzaron en una guerra verbal y los soldados y centinelas se arrojaron gritos e insultos como si se trataran de flechas envenenadas que recorrían la estancia del castillo de un extremo a otro. Entre tanto griterío, la hechicera posó su mano derecha sobre el hombro de su hijo.

                Él sabía lo que tenía que hacer. Su madre le había dicho que estuviera preparado, que sujetara con fuerza aquella bolsa en la que había escondido la mujer la cabeza de la hija menor de las Gorgonas. Con aquel simple tacto de la mano de su madre, el muchacho abrió la bolsa y Medusa fue entonces liberada de la oscuridad de aquel saco que cubría sus cabellos de serpiente y sus ojos. Entonces, todos aquellos encendidos guerreros, aquellos poderosos enfrascados en gritos e improperios, posaron sus ojos en aquella horrible cabeza y no pudieron evitar ser la diana de su mirada aterradora. Todos quedaron convertidos en piedra.


                Lo que ocurrió después ha llegado hasta nosotros de forma confusa. Sabemos que el niño ciego, Magnus, intentó mover aquellas estatuas de piedra. Lo probó con los soldados de a pie. Solamente pudo moverlos hacia adelante. Curiosamente, sus celadas eran tan grandes que les tapaban medio rostro. Esa era la razón por la que comían de lado cuando descansaban en el campo de batalla. No pudo hacer que se movieran más que hacia adelante, excepto cuando encontraban a algún enemigo en su diagonal. Magnus probó después con los centinelas de las torres almenadas. Situados en los vértices de aquel salón del castillo, aquellos guerreros no se dejaban desplazar si no era en vertical u horizontal. Se dice que aquellos centinelas, acostumbrados a las guardias nocturnas en las murallas de sus fortalezas, se habían acostumbrado a pasar el rato realizando crucigramas y ya no eran capaces de moverse de otra forma.

                Al contrario que los habitantes de las torres de vigilancia, los obispos de ambos ejércitos no tenían la habilidad de andar de frente. Solamente conocían el camino oblicuo y esquivo, la senda torticera y ladina. No pudo el joven Magnus conseguir que se movieran directamente hacia el ejército enemigo o hacia los laterales de la gran sala. Con los caballeros fue todavía más desesperante. Acostumbrados a sus cabalgaduras, los caballeros no podían dar ni un solo paso sin vagar erráticos por la sala. Era como si nunca hubieran abandonado sus caballos y caminaran como si tuvieran agujetas en las posaderas. Daban unos saltos combinando las baldosas a su antojo: un salto grande hacia adelante y un paso hacia el lateral, o un salto hacia las paredes y un pasito al frente. Aquello era desquiciante, no obstante, aún era peor con los monarcas. Las reinas estaban poseídas y se movían hacia cualquier lado y a toda velocidad. Sus esposos, los reyes, también se desplazaban en todas direcciones, aunque con la parsimonia y lentitud que los había caracterizado en vida. Magnus levantó la cabeza y dirigió el rostro hacia el trono donde todavía aguardaba su madre. Le preguntó por todo aquello. No obtuvo respuesta.

                Su madre también había sido convertida en piedra. El niño ciego, rodeado de todas aquellas figuras de tamaño natural, tenía todo el tiempo del mundo para dedicarse a lo que se dedican los niños. Su madre le había prometido un pasatiempo. Ella había querido que los habitantes ilustres de aquellos dos reinos jugaran a un juego para evitar sus disputas. Ahora él tenía la oportunidad de inventar ese juego. Esos dos Reinos habían dejado de hacerse la guerra. Era el momento de que Magnus inventara el juego que su madre le había prometido. Dos reyes en un tablero y solamente uno debía quedar en pie. Tenía todo el tiempo del mundo para inventarse las reglas.


III


                Años después, otro rey, Alfonso X de Castilla, escribió su Libro del Ajedrez. Se llegó a decir que otra de sus obras, Las Partidas, fueron originariamente las jugadas que Magnus, el niño ciego, ensayó en aquella sala principal de un castillo ubicado entre dos reinos que desaparecieron. Desde entonces, se ha jugado mucho al ajedrez. Hoy en día, cuando se disputan torneos y se suceden partidas de ajedrez, se tiene la sensación de que el tiempo se congela. Es como si una mano misteriosa liberara de nuevo a Medusa, impidiendo que jugadores y público siquiera se atrevan a pestañear.