jueves, 18 de enero de 2018

Homenaje a Stephen King

RELATO EN BAR HARBOR

            Necesitaba unos días para escribir mi historia. Había escogido una casita en el estado de Maine, en Bar Harbour, muy cerca de una de las entradas al Acadia National Park. Tenía un permiso de trabajo y había dejado a los niños con su madre y sus abuelos, como quien deja un paquete en la US Postal. No era el mejor momento porque mi esposa estaba esperando una niña y llevaba todo el embarazo echándome en cara lo poco que colaboraba. Yo sabía que con este viaje le estaba regalando una maleta llena de argumentos que abriría en cada sesión de discusiones posteriores. Sin embargo, tenía que escribir si quería seguir viviendo mi sueño. En el mundo sin pies ni cabeza del oficio de escritor, solamente se cumplen tus sueños si te olvidas de dormir. Y en estos seis días apenas he pegado ojo.
            No sé por dónde empezar. Puedo decir que la historia está prácticamente terminada. Una línea más y estará lista para enviársela a la editorial. Tengo abierto el correo electrónico y el mensaje escrito a falta de mostrar borrador y adjuntar el archivo definitivo. No acabo de decidirme. Hoy es mi último día en Maine y podría dar carpetazo a todo este asunto y dedicarme a pasear por la costa, beber una Allagash, saborear el lobster roll o probar el famoso clam chowder. Pero aquí sigo, delante del ordenador, con el cursor parpadeando y un silencio sepulcral amenazando con estallar si pulso las teclas. Estoy en modo pause desde el punto de la mañana y lo único que se me ha ocurrido es rescatar el bolígrafo del bolsillo de mi mejor camisa y garabatear estas líneas antes de decidirme a poner punto y final a mi relato. He colgado el teléfono hace un rato y…

No pretendo que alguien entienda lo que escribo. El relato doy por descontado que no pasará de ser otra historia curiosa y me atrevo a decir que estimulante. Original, sin duda. Esta carta puede que sea, además, mi testamento. Quizá legado suene menos serio, menos dramático. La voz de un escritor navega entre su imaginación y su experiencia y a veces no hay tabla que la salve del naufragio. Si esta historia consigue sobrevivir a las mareas podré sentirme afortunado. Hay quien ve al autor detrás del oleaje de sus frases y metáforas y hay quien nunca se plantea quién es el timonel del barco de una buena historia. Con esta carta y este relato no estoy más que creando un mar de tinta y no me toca a mí dilucidar si los borrones o las frases hechas o muy hechas son algo más que pura fantasía. Llevo seis días tratando de entenderlo y hoy, por fin, cuando escriba las últimas palabras, se acabarán sospechas y misterios.

Empezaré desde el principio. Nada más llegar al pueblo de Bar Harbor, en Maine, tuve una conversación de lo más extraña con la chica de la gasolinera. Me saludó como si me conociera de siempre y, sinceramente, soy culpable de no haberla sacado de su error. Era guapa y asustadiza y me recordó un poco a Hannah, mi esposa. Después de pagarle e insistir en que se quedara la propina, me dio esa especie de abrazo con velcro con el que se prodigan algunos americanos y me dijo que al final de la semana había música en directo en el Thirsty Whale, y que todos estarían allí. ¿Era posible que la preciosa mujer enfundada en el mono gris me hubiera confundido con un hombre de la zona? Mi acento de Bogotá convierte en imposible llegar a semejante conclusión. Lo dejé estar, aunque resolví dejarme caer por aquel bar aquella noche, dondequiera que se encontrase el garito. La invitación para el siguiente viernes había decidido considerarla muy seriamente. Pero era lunes todavía y aún tenía que llegar a la finca que había alquilado.
La casa era amplia y acogedora, los ventanales inmensos y la mesita en donde coloqué el portátil se ajustaba a la perfección a mis tres o cuatro manías de escritor. Encendí el ordenador y leí el correo. Tres mensajes de la editorial y un par de mi compañero de letras, instigándome a terminar el cuento que llevaba meses postergando. Me enfurecí y estuve a punto de tirar el florero que estaba sobre el escritorio. ¿Por qué no me dejaban en paz? ¿No estaba allí para cumplir con mi contrato? Estaba tan enfadado que me decidí a salir a conducir por el Parque, aunque había empezado a llover con fuerza y el viento, que no había parado en todo el día, sobrecogía un poco. En cuanto salí por la puerta vi a la vecina.

Era la chica de la gasolinera. No me lo podía creer. Se asustó un poco al ver la expresión de mi rostro y la brusquedad con la que había abierto la puerta. Me saludó otra vez y me pidió un juego de mesa. Le iba a contestar que yo no tenía ni idea si en aquella casa tenían algo parecido pero la chica entró como si estuviera en su propia casa y abrió un baúl repleto de barajas, juegos y cubiletes de dados. Yo no podía salir de mi asombro y, entonces, se acercó a mí, me cogió dulcemente de la mano y me besó en la mejilla. Abandoné la idea de salir de casa. El cabreo se había evaporado y solo tuve ganas de abrir una de las botellas de Malbec argentino que había traído y darme un baño. Ese día no escribí ni una sola línea.
El martes estuve todo el día organizando las fotos de familia que tenía en el ordenador. Quería darle una sorpresa a Hannah y a los niños y preparar una especie de álbum que abonara el terreno para la pequeña que venía en camino. También necesitaba hacer la compra, así que me fui al supermercado. Mientras hacía cola descubrí con horror que la chica de la caja era la misma rubia de la gasolinera, la misma vecinita cariñosa. ¿Me estaba volviendo loco? Volvió a estar excesivamente afectuosa conmigo y me recordó el concierto del sábado. No mencionó su cariñosa despedida en mi casa ni me dijo si iba a devolverme aquel juego o a invitarme a jugar aquella noche. Cuando deslicé la tarjeta para pagar las cuatro cosas que me llevaba del local, ella me arrebató la tarjeta de crédito y me indicó cómo debía colocarla. Me pellizcó suavemente en la mano y recorrió con su índice mis nudillos. Mencionó que el sábado no trabajaba y que ya sabía dónde se bebía la mejor cerveza de Bar Harbor.
Cuando llegué a la casa, abrí la otra botella de tinto y me senté delante del ordenador. Venía desde Western Mass con un montón de ideas sobre mi relato y traía apuntes sobre el narrador, los personajes, los ambientes y dos o tres tramas sorprendentes. Rompí aquellas notas y empecé a escribir mi historia sobre la desconocida muchacha rubia. Empecé a obsesionarme y, cuando me quise dar cuenta, estaba amarrado al Font du Vent, en la única playa de arena de Acadia. Estaba atardeciendo y no había más que unas sombras a lo lejos que paseaban chapoteando en las frías aguas del océano. Había estado escribiendo durante horas pero no era capaz de recordar ni una sola frase, situación o personaje. Me levanté, abandonando la botella vacía junto a unas rocas y empecé a subir los peldaños de aquella escalera. Una muchacha tiró de mi camiseta y descubrí, al volverme, a aquella atractiva mujer de Maine.

Los cuatro días siguientes pasaron de largo como un pañuelo de estación. El ordenador seguía encendido y el relato estaba escrito. ¿Había inventado yo aquella historia? ¿Qué era lo que había trasladado a aquel documento de la esquina superior de la pantalla? ¿Por qué no me atrevía a abrirlo y despejar las dudas? Esa mañana me levanté y busqué la botella de Rioja. Había terminado con todas las que había traído y no quedaba ni gota del vino francés que había comprado en el pueblo. El último tique de compra era de la noche del día anterior y en él aparecían tres botellas. Las tres yacían desangradas sobre la pila del fregadero.
Ya estábamos a viernes, el día del concierto en el bar de moda de Bar Harbor. Tenía que ir, que descubrirla, que hablar con ella por fin. Desde que aquella mujer había hablado conmigo por primera vez, detrás del surtidor de gasolina, no recordaba haber tenido la valentía de hacerle la pregunta. Ella era siempre la que hablaba, la que me llevaba a su terreno, la que me adormecía con ese trato íntimo, con esas confidencias y esas miradas y cuchicheos que acababan perdiéndome en su cuerpo. Y luego nunca recordaba nada. Cada mañana me levantaba habiendo perdido un día y dos o tres botellas. Así que la noche del viernes iba a ser diferente.
Cuando entré en el Thirsty Whale no me sorprendió el saludo que me llegó desde la barra. La gente me saludaba allá donde iba y me invitaban o me preguntaban sobre mí. Entonces me senté en una de las mesitas y pedí mi cerveza. Estaba echando un vistazo a la carta cuando entró uno de los tipos que iban a dar el concerto. Llevaba un bajo y muchas prisas. El camarero salió de la barra y se vino con un barril de cerveza. Uno de los clientes del bar se me acercó extrañado, sorprendido de que no bebiera vino, como de costumbre. No entendía nada. En realidad llevaba casi una semana sin entender absolutamente nada de lo que ocurría a mi alrededor. En ese pueblo estaban mal de la cabeza o tenían un sentido del humor muy poco respetuoso con los foráneos. Me levanté y pagué la cuenta dejando una propina ridícula. A punto de salir de aquel bar, entró entonces la misteriosa mujer de Bar Harbor.
Recuerdo hacerle mil y una preguntas, pedirle otras tantas cervezas y llevarla a su casa en mi coche. En el desvío para llegar a la casa paré el coche, apagué el motor y le pedí por favor que me lo contara. No he visto una expresión más dulce, triste y esperanzada en toda mi vida. Me miró y abrió la puerta del coche. Y no pude reaccionar a tiempo. La chica salió del vehículo y se puso a correr entre los árboles. Fue inútil seguirla y perdí el sentido de la orientación. No supe encontrar el camino hacia la carretera y la aplicación de la linterna del móvil no consiguió sacarme de aquel bosque de trampas. Se me cruzó un ciervo más asustado que yo y tropecé con un bulto entre dos pinos majestuosos. Era un cuerpo. Descubrí horrorizado aquella chaqueta de punto que le había ayudado yo a quitarse en el bar, en la playa y en otros lugares del Parque. Comprobé angustiado que la figura que yacía boca abajo entre la maleza llevaba los vaqueros moda de los setenta que había visto alejarse de la casa la primera vez que vino a por aquel juego. Era ella. Y estaba muerta.

La policía me ha dicho que tengo que abandonar la casa cuanto antes. No saben quién me la ha alquilado y a quién se supone que pagué por la semana de vacaciones. En aquella casa vivía una pareja muy querida en el pueblo. La chica era encantadora y él un hombre sencillo. Pero esa casa llevaba cerrada quince años y el cuerpo que acababa de encontrar llevaba esos tres lustros bajo tierra. El policía que me tomó declaración se esforzó por no reírse cuando describí a aquel ángel de cabellos rubios, tan hermosa cuando le cerré los ojos bajo los pinos… Al final han cedido y me han acompañado a visitar la gasolinera, el bar, la playa y el supermercado. A la chica que jura que me atendió el día de mi llegada y me echó la gasolina más barata no la he visto en mi vida. Lo mismo que a la cajera, que asegura que estuvimos hablando de vinos españoles, franceses e italianos el rato largo que le costó a mi tarjeta entrar con buen pie por la ranura. No he vuelto a ver al camarero del bar ni a los clientes del Thirsty Whale. Al final, se ha concluido que encontré los restos de la muchacha por casualidad y que el destino quería que por fin los padres de la joven, ya ancianos, pudieran enterrar a su hija. Las sospechas recaen sobre su antiguo novio, claro, pero no se han vuelto a tener noticias de él desde que desapareció la muchacha.

Como se pueden imaginar, nada más volver de la comisaría de policía me he dirigido a casa para hacer las maletas y desaparecer de este lugar. He leído el documento del escritorio del ordenador y lo he encontrado en blanco. Me he puesto a escribir esta carta para no olvidar lo que he vivido durante estos días y es entonces cuando me ha sorprendido una llamada de teléfono. Se trata de un hombre. Asegura que ha firmado un contrato para alojarse en esta casa durante una semana y que está encantado con la localidad, que ha descubierto un par de sitios para comprar buen vino y que la gente parece ser de lo más agradable. Me llama desde un bar del pueblo, no sabe decirme el nombre. Reacciono como puedo y prefiero decirle que soy la persona de la agencia que le va a alquilar la casa. Intento zafarme de él pero insiste en facilitarme su carné de identidad y rellenar una ficha que facilitaban por Internet. Me la va a enviar al correo electrónico que yo le facilite. Le he dado mi correo personal en lugar de inventarme uno. No sé por qué lo he hecho. Ha colgado. Tengo que irme de aquí.
Tengo ya todo preparado. Las maletas ya están en el coche y la casa ha quedado recogida. He terminado la carta con prisas y ya pensaré qué hago con ella. Solamente me falta cerrar el ordenador y llevarlo al coche. Descubro que hay un mensaje de correo. Es la ficha del tipo de la llamada de antes. La abro por pura curiosidad. Cuando termino de leerla me he puesto a escribir la historia, esta historia. Después, he corrido hasta el coche y he arrancado. No pienso parar hasta que me encuentre en mi casa, a muchas millas de este lugar.

En el correo he descubierto que el tipo que llega hoy a la casa es escritor, de origen colombiano, casado y con dos niños. Su mujer espera una niña y su editor le está apretando las tuercas para que escriba un relato. No me resisto a echar mano a mi cartera y ver mi propio carné de identidad. No puedo creerlo. Por lo que aquí dice tengo quince años más de lo que pensaba. Ha empezado a llover y no veo muy bien. Cuando pongo el limpiaparabrisas el carné se cae al suelo e intento recuperarlo sin soltar el volante. Cuando vuelvo a colocar las dos manos sobre el volante y dejo la cartera sobre la guantera descubro que debajo del carné hay una fotografía. Es la chica rubia. Por detrás, una fecha de hace quince años y el nombre del lugar del que estoy huyendo. Un volantazo me lleva directamente hacia el cartel de despedida del estado de Maine.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Mi media "orange" es bastante "amena"

DISCULPE, ¿HABLO CON EL TITULAR DE LA LÍNEA?

            Acaba de levantarse. Ha ido al servicio. El camarero del Flor me ha hecho un guiño y he sonreído, mirando a mi alrededor absolutamente satisfecho. Me he servido más Somontano. Desde luego, el vino contribuye a que mi sonrisa sea incapaz de desdibujarse de mi rostro. Su voz todavía no quiere abandonar mi mente y se enrosca en mis oídos suave y delicadamente, tan dulcemente que no me va a hacer falta pedir postre. Cuando vuelva pienso atreverme a pedirle el teléfono y a insinuar que me encantaría que me acompañara a ver la última de Woody Allen a los Multicines.
            Ha vuelto a sentarse y me encanta cómo se coloca la servilleta sobre su falda. Es una preciosidad y su acento va a volverme loco. Ha pedido un café bombón y el cumplido no he podido callármelo. Le ha encantado y se ha ruborizado. Es el momento de atacar. Nuestra historia, si todo va bien, será para grabarla y reproducirla una y otra vez. Antes de la proposición que voy a hacerle, toda nuestra aventura se repite en mi interior. Es de película. El guion, de lo más simple.
            Chico está aburrido en casa. Chico coge el teléfono. Chica llama para ofrecer condiciones inmejorables de su aparato de telefonía móvil. Chico escucha atentamente y acepta todo lo que ella dispone. Chico asalta con pregunta sorprendente. Chica reacciona encantada y ambos quedan para cenar el sábado siguiente. La cena es un éxito y solamente falta poner la guinda al pastel. Eso es lo que toca ahora. Allá voy.
            – ¿Me darás tu número de teléfono? Así estamos en contacto y te invito a al cine un día de estos. Tengo pensada una película que te va a encantar. –Ya está. Ya lo he dicho.
            –No puedo darte mi número porque no tengo teléfono móvil –dice, mientras clava en mi mano izquierda una uña azul. Tengo que dejar de leer a Bécquer, lo sé.
            – ¿Me tomas el pelo? ¡Si te dedicas a eso! –replico, apartando bruscamente mi mano de sus dedos afilados.
            –Ya ves. Estas son nuestras condiciones laborales. –Ella parece abatida. Sé que le gusto y tengo que luchar. Me levanto y le hablo apasionadamente.
            -Vas a decirme quién te contrató e iré a hablar con él. La próxima vez que nos veamos tú tendrás un móvil de última generación y yo te escribiré los mensajes más hermosos que nunca hayas recibido.
            -Fue en una empresa de trabajo temporal. En la calle Zaragoza, me parece. Gracias. Me siento tan abochornada… -No ha terminado la frase porque ha huido a la velocidad de la banda ancha. Yo voy a pagar la cuenta y me iré a casa. Esto lo arreglo el mismo lunes.

            Lunes. Estoy en un banco orientado hacia ninguna parte en medio del Coso Alto. A mi derecha, un anciano en batería que suelen recoger cuando empieza a oscurecer. Lo he visto muchos días allí, solo o en compañía de otras personas mayores. A mi izquierda hay un macetero con una planta de no sé qué especie. No sé cuál es su fruto, pero dudo mucho de que deban florecer en ella vasos de plástico y cartones de tetra brick. Este es el famoso macetero contra el que se golpeó el paso de la Santa Cena en la procesión de Semana Santa. Desde entonces ha recuperado el nombre de Última Cena, porque ya no va a volver a salir el año que viene.
            Llevo aquí desde las dos de la tarde y no me quiero ir a casa. He perdido a la chica de mi vida, a mi media naranja, como dicen los cursis. La escena que he protagonizado esta mañana en la E.T.T. ha anulado todas mis esperanzas. Voy a quedarme aquí hasta que se me olvide todo. Todavía me martillea el alma aquella dichosa entrevista.
            –Disculpe, ¿es esta la empresa de trabajo temporal?
            –En efecto –dice un señor con bigote y cara de palo.
            –Entonces podrá atenderme –respondo esperanzado.
            –Tenía que haber venido unos minutos antes. Ya no trabajo aquí. Acaban de despedirme. Tendrá que acudir al nuevo o hablar directamente con el jefe de contrataciones, ese de ahí enfrente –dice, en voz baja, el señor de bigote. Me dirijo al caballero que está al mando y le pregunto por mi chica.
            –Lo siento mucho, joven –no se nota en absoluto ese sentimiento ni en sus gestos ni en sus palabras–, pero ya no estoy al mando de este departamento. Acaban de cambiarme de sección.

            Como me estaba volviendo loco, decidí marcharme y darme una vuelta por la ciudad hasta que he acabado sentándome en este banco. No puedo tirar la toalla y por eso he optado por una arriesgada maniobra. Voy a volver a llamar a la compañía telefónica para intentar preguntar por ella. Tengo que conseguir que me den su nombre y que me la pasen al teléfono. Ya he marcado.


            Tres horas después subo a casa derrotado. Llevo un menú del Burger King para ahogar mis penas en vacuno. Ahora dispongo de tarifa plana, van a instalarme el módem la semana que viene y tengo hasta tres paquetes de canales de televisión. Dispondré de internet en el móvil y me aplicarán un veinte por ciento de reducción en el precio los seis primeros meses. Sin embargo, no han hecho ni el amago de querer pasarme con ella. He perdido para siempre a la mujer que iba a hacerme feliz. No tengo novia, ni compromiso a la vista. Eso sí. Tengo un contrato de permanencia que me ata más que una hipoteca o que un matrimonio. Lo que faltaba. Se han vuelto a olvidar del ketchup.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Una comida en el Planetario

¡UNA ESTRELLA, MIGUELÍN!



           Vengo de comer en el Planetario, de una degustación de alta cocina. Alta tenía que ser, porque hemos comido bajo el firmamento. Chica, yo estoy alunizada. Alucinada, quiero decir. He probado lo que denominan “cocina de autor”. Desde luego que lo es, porque en estos tiempos no eres buen cocinero si no publicas un libro de recetas. Aunque peque de antigua, he decidido ponerte unas líneas para contártelo. Desde que empezamos con Internet y nos enmarañamos en las redes sociales, las cartas se han quedado exclusivamente para los restaurantes. Porque parece que es solo en la hostelería, entre la gente que se dedica a la restauración, en donde hoy puede una leer una carta. La restauración es como se le llama ahora al que lleva una fonda, una venta o un restaurante. Antes la Restauración era la vuelta de la monarquía. Ahora estos reyes no llevan corona, sino un gorro de cocina y un concurso de televisión a sus espaldas.

            No sé cómo describírtelo, porque en el restaurante había muy poca luz. El techo simulaba la bóveda celeste y cada mesa llevaba el nombre de una constelación. Para apreciarlo, los comensales hemos tenido que comer casi a oscuras. Si alguna vez me preguntan, ya puedo decir que he tenido una cita a ciegas a mis sesenta años. Yo había venido con Miguel, un señor que me tira los tejos cuando juego a la petanca, porque es un hombre muy tradicional en cuanto a sus aficiones. Quería sorprenderme y por eso estábamos allí. Lo que pasa es que ya está mayor y no ve demasiado. Nada más empezar los entrantes, el pobre no se acordaba de que ya me había servido el agua y  volvió a verter la botella en mi copa. Tuvieron que cambiar el mantel y retirar los cubiertos con unas toallas. Los de la constelación de al lado han bautizado el trozo de suelo que separa nuestras mesas como la Vía Láctea. Qué mala leche tienen algunos.

Tengo que reconocer que desde que empezamos a comer no habíamos  parado de hablar. Él me había dicho tres veces que me encontraba muy guapa. Con lo poco que se veía no sé cómo tomarme el cumplido. A lo mejor se pensaba que estoy sorda, que todo puede ser. Este hombre es incorregible. Cuando nos han traído el pan y la mantequilla ha querido tener la delicadeza de servirme una rebanada. Como no veía, ha untado la mantequilla sobre la servilleta, anudada en forma de planeta enano. Ha tenido que venir otro camarero a retirársela. Este ha sido el que nos ha alcanzado la carta para que decidiéramos lo que íbamos a comer.

No me importa repetirlo. Si quieres leer cartas ya no te queda más que el restaurante. Otra cosa es entenderlas. A mí no me saques de primero, segundo y postre. Todo lo demás está en otro idioma. Cuando he leído los nombres de los platos se me han salido los ojos de las órbitas. Supongo que es normal cuando estás en el Planetario. No entendía nada, no sabía ni el tipo de alimento ni la guarnición ni la salsa que llevaba. Para mí que los nombres de los segundos platos pegaban más con las comidas de los primeros. Y lo de los postres no tenía nombre. No, en serio. Estoy siendo literal. Había una sucesión de números y así es como se pedían fruta, helados, yogures y tartas. Te ponías a escuchar a los clientes pidiendo el postre y parecía que estaban llamando a la compañía de móvil para autentificarse como los titulares de la línea.

Si yo he pasado penas y sinsabores para elegir entre lo que me ofrecía la carta, no te quiero ni contar lo que ha sufrido mi compañero de mesa. Cuando le han preguntado si quería acompañamiento para la carne se ha puesto como una fiera. Yo estaba en el baño en ese momento. Me había guiado el camarero, que llevaba una linterna para que no me tropezara con las mesas y diera con la puerta correcta. Como yo no estaba allí, mi buen amigo se ha sentido ofendido con la pregunta. Pues claro que quería acompañamiento para la carne. Él tenía la intención de comer acompañado toda la velada. A ver si se iban a pensar en el Planetario que aquella señora con la que había entrado iba a dejarlo tirado como un meteorito a la deriva. Cuando he vuelto a la mesa he necesitado casi todo el primer plato para convencerlo de que no debía alterarse de esa manera. La verdad es que el pobre era todo rabia y constelación. Consternación quería decir. Menos mal que ya estaban viniendo los segundos y tenían una pinta exquisita.
El segundo plato lo habíamos estado viendo cocinar antes de entrar al comedor. Y, con deconstrucción o sin ella, te diré que estaba muy rico. Se trataba de una conjunción planetaria y una sinergia de sabores tal que yo me estaba quedando sinestésica. Mi compañero había olvidado ya el berrinche anterior y no hacía más que pedir vino. El camarero había aprendido y no dejaba que mi amigo sirviera las copas. Y entonces llegó el postre.

Ya he dicho antes que lo que hacías era pedir un número, como en Correos o en la estación de tren. Como el número tenía más de cinco cifras, ninguno de los dos nos acordábamos de lo que habíamos pedido, así que nos contentamos con lo que nos puso delante nuestro camarero. No importaba lo que te pidieras. Todo llevaba una bengala para simular la luz de los cuerpos celestes, lo mismo si te pedías la tradicional tarta de queso como si te habías decantado por una naranja de la huerta valenciana. En ese momento me di cuenta de lo mayor que era mi amigo y me pareció mucho más feo de lo que me había imaginado al principio de la comida. Claro que no dije nada pero solo tenía ganas de terminar mi cuajada y volver a mi casita, que es donde tiene que estar una viuda ya entrada en años, dicho sea de paso. Para mí que mi compañero me miraba con otros ojos y se me encendieron todas las señales de alerta. Dejé que pagara él, como es natural. La cifra era astronómica, como no podía ser de otra manera. Me llevó a casa y él se marchó como un cohete, porque no había ido al baño en toda la comida.


Voy a tener que dejarte, que ya va siendo hora de cenar. Esta noche me he preparado una ensalada. Cuando he abierto la nevera y he visto la lechuga y los tomates del huerto, me ha dado un no sé qué y le he plantado un beso al cajón de la fruta. Esta noche cenaré menudillo de cebolla picada y tomate en icosaedro con mil hojas de lechuga de exterior cultivado a la antigua y lo haré en la terraza. Estoy convencida de que voy a ver mucho más que en el interior del restaurante del Planetario, aunque hoy esté nublado y no se vean bien las estrellas.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Regalo de aniversario

LA PUJA

                Él la quiere. La adora. Por eso lleva un buen rato metido en internet en el trabajo, en el ordenador de un compañero, tratando de superar a ese dichoso comprador que sigue aumentando el precio y le obliga a hacer otro tanto para conseguir la puja más alta. A veces, mientras teclea las cantidades en su portátil, su anillo de casado se mete en la conversación económica y emite algún que otro ruido seco al chocar contra el teclado. Él todavía no se ha acostumbrado a la alianza, porque lleva muy poco tiempo casado. Sin embargo, el viaje de novios que nunca pudieron realizar le obliga a hacerle a su esposa un regalo que esté a la altura de su amor. El precio sigue subiendo, de todas formas. No sabe el muchacho hasta cuánto va a poder aguantar.
                El chico ha ido un momento al baño y a su regreso la pantalla del ordenador le ha reservado una sorpresa mayúscula, en cursiva y en negrita. La cantidad es astrológica, porque el sorprendido muchacho no se lo puede creer. ¿De dónde va a sacar él tanto dinero?, ¿cómo va a subir la apuesta que le llega desde el otro lado de la red? Es imposible superar esa cifra… a no ser que…

                Desde que empezaron su noviazgo, hace ya bastantes años,  él y su ahora radiante esposa han estado engrosando una cuenta conjunta con el objetivo de que ambos ahorraran para la compra de un apartamento. Ese dinero es intocable y nunca se les ha ocurrido rozarlo siquiera. Ahora, no obstante, se trata de una emergencia. El regalo que ha pensado para celebrar todo el tiempo que llevan juntos, diez años desde que se conocieron, bien lo merece. Llevan tiempo viviendo de alquiler y, hoy en día, es lo más sensato que pueden hacer.  Está claro, piensa el marido, y sin mirar las teclas, forma la cifra y la envía al ciberespacio.

                Está a punto de anochecer y el marido regresa a casa. Ella ha estado toda la tarde en la biblioteca y ha regresado un poco antes que él. Está muy nerviosa y bastante decepcionada. Mientras el marido guarda el maletín y el portafolios entre sus cosas del trabajo y se mete en el cuarto de baño, ella esconde en el bolso el justificante que le han dado en la oficina. Mañana es su décimo aniversario y, aunque tenía en mente otra cosa, al final ha podido preparar un regalo que esté a la altura. Su chico se lo merece y el sacrificio había que hacerlo, especialmente después de haber renunciado al viaje de novios.

                El marido está tardando demasiado. ¿Se encontrará mal? Por lo visto necesita estar un rato a solas y preparar un poco lo que va a decirle al día siguiente, cuando celebren su aniversario. Se lo explicará despacio, tomándola de las manos, mirando esos ojazos que le siguen volviendo loco, sonriendo como si la felicidad jugara con él al tú la llevas. Ha tenido que echar mano de la cuenta, pero era necesario,…

                Mientras su chico sigue en el aseo, la esposa intenta serenarse. Es verdad que fue imposible no claudicar ante aquel internauta. No hubo manera de superar aquella cifra última que echó por tierra todo el proyecto, todas las esperanzas que ella había puesto en el regalo perfecto para su maridito. Quería aquella bañera de hidromasaje que encajaba a la perfección en el piso que los dos habían mirado meses atrás. Era carísima, pero era una manera de empezar a construir un piso juntos… La casa por el hidromasaje, en lugar del tejado. Sonaba bien…
                La muchacha sacude violentamente la cabeza y vuelve a ponerse de pie, cerca de la puerta del baño. No es cuestión de mortificarse. Al final se le han adelantado, pero ella se ha lanzado y, en un arrebato, se había ido hasta la oficina inmobiliaria y había reservado la entrada para el piso. Era un paso importante, y no se lo había consultado a su esposo, aunque ella estaba segura de que mañana, en la cena de aniversario, le iba a encantar la idea en cuanto se lo contara. Qué susto acaba de llevarse la chica. La puerta del baño se ha abierto de golpe…

                El chico da un respingo. No se esperaba a su mujercita haciendo guardia en la puerta del aseo. Le encanta verla allí, y la atrae con sus brazos hacia sí. Tiene tantas ganas de decírselo… ¿Será capaz de esperar hasta mañana por la noche, cuando estén los dos en el restaurante? ¿Qué cara va a poner ella cuando le diga lo que acaba de pagar por internet, cuando le cuente que su regalo de aniversario es aquella bañera de hidromasaje de la que se enamoraron ambos hace unos pocos meses?

Lo que todavía no tiene muy claro el muchacho, enredado con el cabello y los labios de su esposa, es cómo le va soltar que para el pago del regalo ha tenido que dejar limpia la cuenta que reservaban para comprarse el piso…

sábado, 26 de agosto de 2017

50 aniversario

LUZ

–Cuéntanos otra vez la historia del hombre de los cartones, tía Mari Luz.
–Eso. Nos lo has prometido, tía.
–Bueno, pero solamente porque os habéis portado muy bien y me habéis hecho el mejor regalo de cumpleaños viniendo a verme al hospital.

La mujer, que cumplía ese mismo día los cincuenta, acababa de salir de una operación que había resultado muy bien. Le habían operado del túnel metacarpiano de su mano derecha y las molestias apenas aguantaban un asalto ante el ímpetu y la maravillosa impaciencia de esos sobrinos que no iban a callarse hasta que su tía les contara la historia. Ella se lo había prometido, aunque sabía que iba a terminar emocionándose, como le ocurría siempre que la nostalgia le traía la aventura que su madre le había contado por primera vez cuando tuvo edad para entenderla. A los niños les habían dejado entrar en la habitación de la planta de traumatología del Hospital San Jorge de Huesca. Su madre los había dejado allí con su hermana y había salido a hacer una llamada. No podía creerse que Luis se hubiera olvidado de venir a recoger a los niños con el coche. Lo iba a poner firme en cuanto apareciera, si es que se dignaba asomar por allí…
La tía Mari Luz pidió a los chicos que le acercaran su bolso, y el pequeño Juan se lo trajo ceremoniosamente, como si cargara un trofeo de Champions o el Sombrero Seleccionador de Hogwarts. Ana buscó las gafas y se las dio a su tía, y se puso a la cabecera de la cama del hospital. La tía les había dicho, antes de que la ingresaran, que la primera vez que había estado en aquel hospital fue el día que había venido al mundo y que había sido uno de los primeros bebés que lo habían hecho en ese centro hospitalario. Fue nada menos que en el año 1967, tal día como aquel. El hospital llevaba abierto apenas unas semanas y ella había sido una de las primeras en nacer entre aquellas paredes blancas. Es entonces cuando había ocurrido la historia del hombre de los cartones.

–Tía, ¿qué es ese pedazo de cartón que has sacado del bolso? –Juan no podía estarse quieto y ese silencio le estaba produciendo urticaria.
–Creo que tiene algo escrito –añadió Ana–, ¿podemos leerlo?
–A su debido tiempo. Dejadme primero que os hable del hombre que se lo entregó a mi madre. Y haz el favor de correr la cortina, Juan, que me está dando el sol en toda la cara –se quejó la tía Mari Luz. El cerro de san Jorge escondía un sol orondo y alparcero, brillante y majestuoso que, sin embargo, no iba a poder colar sus rayos entre aquella habitación donde estaba naciendo ya la historia. Juan se alejó de la ventana y se sentó a los pies de la cama. La tía Mari Luz había empezado a hablar.

–Mi madre estaba embarazada de mí y le llegó el tiempo de ingresar en este hospital. El mismo día de su ingreso, se había encontrado a un hombre que hablaba solo en la recepción. Parecía un indigente y ella se había asustado. El hombre la había sonreído y le había alargado un trozo de cartón, este que me habéis visto sacar del bolso hace un momento. Después, el hombre se había acercado más a mi madre y le había contado su historia. Justo en el momento en que llamaban a mi madre desde la recepción para terminar de rellenar los datos y proceder a su ingreso, el hombre se había despedido con una sonrisa en la cara y había vuelto a hablar en voz alta y a mirar hacia un lado, mientras salía del recinto hospitalario. Mi madre, que había escuchado a aquel hombre como quien oye en la radio su canción favorita, entendió, por fin, lo que allí pasaba, aunque ya no tuvo tiempo más que de guardar el trocito de cartón y prepararse para el nacimiento de su primera hija.
¿Queréis saber qué le contó aquel hombre? Estas fueron sus palabras, tal y como salieron de la boca de aquel individuo misterioso. Mi madre se las había aprendido de memoria y yo he terminado por hacer lo mismo.

“El trocito de cartón que le he entregado pertenece a una de las cajas desplegadas con las que me acurruco cada noche. No se asuste. No voy a hacerle daño. Solo quiero que lo conserve. Le traerá suerte para el quirófano. Mi cartón, que no envidia nada a las mejores mantas, había quedado inservible, sin embargo. La semana anterior había estado lloviendo y los jardineros del Parque la habían estado utilizando para apartar el barro que se había acumulado en la fuente de las Pajaritas. Así me encontré mi cartón esta mañana de diciembre. Húmedo, sucio y roto. Más o menos como yo me sentía últimamente. Pero todo podía arreglarse. Se acercaban las fiestas navideñas y con ellas los grandes regalos envueltos en vistosos papeles dentro de enormes paquetes, así que en unos días podría yo encontrar por toda la ciudad cientos de cajas de cartón con las que fabricarme un nuevo dormitorio. Por cierto, yo también había pedido mi regalo de Navidad. Lo había escrito en ese trozo de cartón que he estado utilizando para ocultar las sobras de la cena de estas últimas noches, un bote de champiñones en conserva del supermercado del barrio. No. Definitivamente no me preocupaba el estado lamentable de los cartones con los que me arropo cada noche. Ahora tenía otra inquietud que no me dejaba coger el sueño.

            Hace unas noches, una niña se había acercado hasta mi banco. Un hombre se había subido a las Pajaritas y me había despertado con sus juramentos. Habían salido de aquella boca de labios agrietados por el frío todos los insultos despedidos, como si hubieran abierto la tapa de la lavadora en pleno centrifugado, como si hubieran lanzado la traca final de las fiestas de san Lorenzo sin avisar, como si se hubieran puesto en marcha los aspersores del Alcoraz en mitad de un partido en el que te juegas la permanencia. Aquellos improperios y maldiciones que provenían de aquel lugar emblemático me sacaron de mis ensoñaciones de bocadillos y sopas calientes exquisitas. Había cenado aquellos champiñones de lata y me había costado dormirme más de la cuenta aquella noche. Lo que me despertó definitivamente fue esa mirada de desprecio que salía proyectada desde aquel escenario de la desgracia porque, según las palabras de aquel hombre desesperado, estaba más pelado que yo. Su mirada furiosa se fue por la puerta lateral del Parque y entonces  descubrí, junto a mi banco, a una niña que se había quedado allí, acobardada y frágil como la bandera de un córner de un campo de tercera regional.
Estaba claro en aquella noche oscura que el caballero se había dejado a su propia hija y no sirvió de nada salir de debajo de mis cartones, despojarme de mi manta descolorida y recorrer, con la chiquilla en brazos, la calle del Parque, llamándolo a voz en grito. Al día siguiente, pensé yo, iban a encontrar al hombre tirado en medio de la calle y lo llevarían a este hospital, que habían inaugurado a mitades de noviembre. Seguramente no recordaría nada de lo que le había ocurrido esa noche y lo iban a tener ingresado hasta que pudiera ocuparse de sí mismo fuera del hospital. Como puede apreciar, yo ya me había hecho mi película.

            Como ya habrá imaginado, la niña sigue conmigo y me acompaña a todas partes. En fin, cuando me levanté, al día siguiente, me la encontré junto a mí, agarrada a mi manta, con su cabecita reposando sobre mi pecho, su cuerpo hecho un ovillo. Entonces me levanté con mucho cuidado y salí en busca de algo para comer. Siempre tengo algunas monedas para comprar leche y en tienda más madrugadora de la ciudad. Me conocen desde hace tiempo y siempre me dejan llevarme algún extra para mi desayuno. Sé que Rosa, la chica de la caja, está extrañada. Nunca antes había comprado galletas de chocolate. Sabe que no me gusta el chocolate. Sin embargo, no me dice nada. Sonríe, me da el precio y añade descaradamente un paquete de caramelos o una pieza de fruta que nunca aparecen en el tique. La niña ya se había despertado cuando regresaba de la compra y me la he encontrado recogiendo con cuidado los cartones, doblando la manta y limpiándose la cara con uno de esos pañuelos suaves que me llevé un día del supermercado. Nada más llegar me dedica una sonrisa y se abraza a mi pierna, como si llevara toda la vida esperando para verme.

            Sabía que tenía que llevar a la niña a algún sitio. Su padre tiene derecho a estar con ella, aunque aún no consiga acordarse de su existencia, aunque fuera imperdonable que la dejara abandonada en el Parque durante la madrugada, aunque, por cómo me corresponde esta criatura, su padre no se prodigara que digamos en tratarla con afecto. Tenía que hablar con la policía o con los médicos del hospital. Podía parar a cualquiera en la calle y pedirle que se hiciera cargo de la niña. Sin embargo, no he dado ese paso. Tengo miedo a perderla para siempre. ¿Sabes cómo me siento ahora que ella está aquí conmigo? Ahora tengo de quién ocuparme y eso me obliga a no dejarme vencer por el sueño, a no abandonarme a la cerveza de oferta o al don Simón o al lingotazo. Con la niña he empezado a cuidarme, a pensar en mi aspecto, a hacer planes. Ya no me da lo mismo si se acaban mis días y se va todo al carajo. Ahora tengo que cuidar a esta niña y arrancarle una sonrisa. Tengo la obligación de alimentarla, de enseñarle a cepillarse los dientes en una de las fuentes del camino de la ermita de Salas, de frotar detrás de sus orejas. No puedo separarme de ella. No ahora. Al menos voy a esperar un día más para entregársela. Me conformo con un día más, me repetía a mí mismo.
            Es curioso. No me había dado cuenta antes. Hasta que apareció la niña en mi vida, nadie en la ciudad me dirigía la palabra, excepto Rosa, claro, la simpática cajera de la antigua tienda de ultramarinos. Durante el día me esquivaban los trabajadores y los niños que iban a la escuela. Por las tardes, ni siquiera la vendedora de castañas me dejaba acercarme hasta su caseta para calentarme un poco. Las señoras me evitaban y los hombres me sorteaban dejando en mi gabardina su hipocresía y su desprecio. Por las noches, antes de regresar al Parque, simplemente era invisible. Desde que tengo a la pequeña, desde que me aseo regularmente y saco a pasear una sonrisa nueva y llevo con más esmero mis ropas viejas, no dejo de recibir saludos y algún que otro gesto amable. Ayer mismo se me acercó una señora y, con una moneda, me deseó Felices Fiestas. Y esta tarde la castañera nos ha ofrecido un cucurucho de castañas y no ha dejado que se las pagara. Estoy cambiado, lo sé, y a veces me encuentro a mí mismo pensado en el futuro. Lo que oye, haciendo planes que van más allá de la próxima cena o el siguiente desayuno.

            Esta mañana he venido al hospital con la niña. Por eso estoy aquí en el edificio. La doctora dice que ha sido un milagro que haya venido. Aún están a tiempo de curarme. Me han hecho un lavado de estómago. Algo tomé hace unas noches que podría haber resultado mortal. Seguramente fueron aquellas setas crudas que me llevé a la boca y que compré porque estaban tan próximas a caducarse que no iban a cobrármelas al mismo precio. Por lo visto he estado a esto de palmarla. Estoy contento y con ganas de curarme y tomarme en serio eso de vivir. La enfermera dice que va a hacer una colecta navideña para que pueda pagar los medicamentos y aún me quede algo para empezar una nueva vida. Con eso y con la indemnización del supermercado tengo suficiente para pensar en el futuro. Mi sueño se ha hecho realidad y tengo mi regalo, aquello que había pedido para estas Navidades.

Hace un momento, cuando le ha dado las gracias a la enfermera y le he preguntado por la niña y por su padre sin memoria, ella se ha callado, ha movido a un lado y a otro la cabeza, ha cerrado los ojos y ha abandonado la habitación en la que estaba reposando de la operación. Se ha ido a buscar a un grupo de médicos y los he oído murmurar en el pasillo. Después, creyendo que yo estaba dormido, ha deslizado mi trocito de cartón y lo ha puesto debajo de la almohada. Cuando ha cerrado con suavidad estudiada la puerta de la habitación, he agarrado con firmeza el trocito de cartón en donde escribí mi deseo. Ha aparecido la niña junto a la cabecera de la cama y he sabido que había llegado el momento de marcharme. Ya se lo he dicho. Conserve ese cartón. Tengo que irme con la pequeña. No me ha querido decir su nombre. ¿Sabe cómo la he llamado? Luz. Adiós, creo que la están llamando…”

 – ¿Se llamaba como tú? –los dos sobrinos han interrumpido a la vez.
 –No he terminado todavía  –protestó su tía, ocultando de la vista de los muchachos la mano izquierda, temblorosa, que sujetaba el pedacito de cartón.  –Mi madre tuvo que atender a la chica de la recepción y ya no volvió a saber nada de aquel hombre. Sin embargo, cuando, ya en planta, la comadrona estaba examinándola, mi madre le preguntó por aquel paciente. Todo el personal del San Jorge estaba al tanto. Antes de que empezaran las contracciones fuertes y yo me convirtiera en la única protagonista de aquella escena, mi madre pudo escuchar, de labios de la comadrona, lo que había ocurrido en uno de los pasillos del hospital, antes de que el pobre hombre de los cartones hiciera mutis.

          “– ¿Sigue preguntando por la niña? –la doctora interroga con rostro severo a la enfermera de planta.
            –No se la quita de la cabeza. Ni tampoco deja de hablar del hombre del rincón de las Pajaritas del Parque que la dejó abandonada delante de sus cartones –contesta la muchacha.
            –Es un milagro que esté vivo y todavía no me explico que se haya presentado aquí con esta historia surrealista. De no ser por ello…
            –Nos lo habríamos encontrado muerto esta misma noche o mañana.
            –Hay una cosa más, doctora… –El que toma la palabra es un residente del hospital, aquel que estaba de guardia cuando apareció el desahuciado.
            –Le escucho.
            –El pobre hombre mencionó en el reconocimiento, justo antes de venirnos con el cuento de la niña invisible y el padre fantasma, que la víspera de la Navidad había pedido, para estas fiestas, un regalo especial. Él ha creído siempre que la aparición de la niña ha sido ese regalo. En esa noche descubrió al hombre de las Pajaritas y a la niña misteriosa.
–No es por nada, doctora, pero este pobre desgraciado se ha encontrado con el mejor regalo de su vida –irrumpe en la conversación un celador que lleva un rato apilando las bandejas con los restos de la cena y que ha escuchado toda la conversación.”

             – ¿Queréis que os lea lo que dice el cartón?  –Los dos niños estaban tan callados que su tía empezaba a dudar de que fueran sus sobrinos.
             –¡¡¡¡Claro!!!!

             –Mi deseo es que, por fin, vea la luz del túnel  –dijo la mujer, con el cartón entre sus dedos, todavía cerrado, porque sabía desde hacía años lo que allí ponía. Antes de que un lagrimón lo emborronara todo, antes de que sus dos sobrinos se abalanzaran sobre ella para achucharla y antes de que Luis, su cuñado, entrara jugando con las llaves del coche en la mano, la mujer recordó las palabras que su madre le había dicho la primera vez que le había contado esta historia. “Tu padre y yo íbamos a ponerte María Asunción, por la abuela. Cuando me pidieron en el hospital el nombre que ibas a tener, tuve que decirles que te llamarías Mari Luz. A tu padre casi le da un soponcio.”

miércoles, 16 de agosto de 2017

Una historia de arañas

LA REDADA

– ¿Quién es la graciosa que ha apagado las luces? Así no hay manera de trabajar. Tenemos que tomar declaración a estos tres individuos antes de volver a comisaría y en estas condiciones va a ser imposible.
–Voy a echar un vistazo ahí fuera –contestó su compañera, la agente que había formado parte de la brigada arácnida especializada en altercados públicos y vigilancia del cumplimiento de la Ley               de Decibelios–, deja que me encargue yo. Tienes a estos tres inmovilizados y no van a darse a la fuga. He aplicado la nueva resina para hilo convencional que compró el Departamento.
–Está bien, pero date prisa. No quiero quedarme sola demasiado tiempo con estos tres y en estas condiciones de visibilidad.
La pareja de arañas llevaba tan solo un par de semanas trabajando juntas. Apenas había habido movimiento en todo ese tiempo, hasta que llegó, esta misma mañana, la llamada del Departamento. Ellas estaban por la zona y fueron las primeras en insectizarse en el lugar de los hechos.
Las arañas eran las encargadas de todas las redadas de la ciudad, por razones obvias. Se había dado aviso a la central de escándalo público en un terrario de guardería, que quedaba muy cerca de donde patrullaban las dos compañeras. A su llegada, muchos de los asistentes a la fiesta ilegal pudieron dispersarse, pero aquellos tres indocumentados no lo habían conseguido. Las dos arañas de policía lo habían impedido. Ahora, atrapados en una red pegajosa y muy resistente, un caracol, una lombriz de tierra y una culebra intentaban zafarse de aquellos hilos. Y, para su desgracia, alguien había venido a hacer la situación todavía más calamitosa. De golpe y porrazo se había ido toda la luz del recinto y se habían quedado todos casi a oscuras.
Se trataba de una fiesta de disfraces sin autorización y podían caerles penas a los responsables de hasta diez años. Eso es lo que decía el manual de la policía artrópoda que aquella agente repasaba mientras intentaba averiguar qué había pasado con las luces. Debido a los excesos que se habían producido en los últimos tiempos con las fiestas de disfraces, y muy especialmente debido a los casos de relaciones aberrantes entre animales de diferentes especies que la confusión carnavalesca había disparado, aquellas celebraciones festivas habían sido declaradas ilegales en todo el territorio.
Aquellos tres individuos que habían logrado atrapar los dos agentes de los Abdómenes y Quelíceros de Seguridad del Territorio iban a pagarlo muy caro. La fiesta era ilegal, el ruido que habían provocado se saltaba la nueva normativa y, para colmo, su actitud ante la policía había sido desafiante e irrespetuosa. Aunque solamente fuera por los disfraces  y los nombres con los que se habían atrevido a identificarse, tenían garantizada la condena en una de las prisiones de máxima seguridad de la corteza terrestre. Lo de los nombres, especialmente, tenía delito…
La araña se había quedado perpleja cuando su compañera, que ahora vigilaba allá abajo a aquellos tres cafres con pintas, les había pedido cortésmente que se identificaran para proceder a la detención. En primer lugar, ella misma había tenido que dibujarlas en la agenda para que todo el mundo pudiera comprender el alcance de la provocación que suponía su atuendo. Describir a aquellos tres detenidos no era fácil y la araña que continuaba buscando el origen de la oscuridad que había caído sobre aquel lugar se obligaba a decirlo en voz alta, porque no acababa de creérselo.
–La lombriz llevaba minifalda y una melena rubia. La culebra se había puesto una cinta en la cabeza y una muñequera en la cintura, y llevaba una especie de pelota de goma pegada en un extremo de su cuerpo. El caracol llevaba un sombrero australiano y se había pintado ojos y boca.
– ¿Se puede saber qué pasa ahí arriba? –La araña que continuaba vigilando a los tres detenidos se estaba impacientando. –Cada vez se ve menos aquí abajo y estos tres no dejan de forcejear y de empujarse.
Era cierto que, cuando habían irrumpido en aquel terrario, la luz del sol bañaba literalmente cada pedacito del terreno. Las dos arañas habían dado el alto a toda aquella comunidad de especies que bailaban como chinches con hiperactividad. Porque nada más escuchar las sirenas, los animales, envueltos  en sus disfraces,  habían huido en estampida. Entonces se veía perfectamente todo aquel escenario, y nadie se podría haber ocultado a los dieciséis ojos de las agentes de policía. Sin embargo, ahora, había sobrevenido una oscuridad tal que ni siquiera los tres animales cautivos podían verse su propio cuerpo.
–Todavía no he dado con el origen del apagón, compañera. –No era tan fácil descubrir aquel misterio. Además, la araña llevaba un buen rato suspendida sobre una especie de superficie con ranuras e islotes de goma que parecía haberse posado sobre aquel pedazo de tierra en el que se había producido la redada. –Tendrás que tener un poco de paciencia, porque no sabemos el terreno que pisamos…

La voz de la araña se apagó de repente. Su compañera no tuvo tiempo de volver a preguntar. Los tres animales arrestados ya no volvieron a moverse en su loco afán por deshacerse de aquellas telarañas. Una zapatilla de una niña de dos años acabó de un pisotón con la vida de todos los animales del terrario de guardería. Si a alguien le hubiera importado la vida de aquellos seres, habría podido leerse en su epitafio, junto a los de las dos arañas que habían muerto en acto de servicio, los tres curiosos nombres que habían usado la lombriz, la culebra y el caracol en su identificación.


Ya lo había anunciado una de las arañas. Lo de los nombres tenía delito. No puede imaginarse un epitafio con estos tres nombres: Caracol Kidman, Culebrón James y Lombrizney Spears . 

viernes, 4 de agosto de 2017

900 años de historia

La bailarina y el arpista o las últimas palabras del Rey de Aragón

                – ¿Quería verme? –el Rey Monje cambió de postura y se acodó sobre su lecho.
                El maestro escultor atravesó la estancia, sobria y sin adornos, y se sentó junto a la cama. El Rey Ramiro llevaba recluido en aquella celda del Monasterio de san Pedro de Huesca cuatro lustros y no era ningún secreto que su tiempo se agotaba.
                –Estoy al tanto de sus trabajos en el Reino –rompió el silencio el monarca, con una voz que ya nada se parecía a la que dictara órdenes y atajara revueltas–, y quiero que se encargue de las obras del claustro. Vivimos tiempos convulsos y solamente la serenidad que ansiamos habremos de encontrarla en la quietud de la piedra.
                Al escultor no le pasó desapercibido el brillo que iluminó los ojos del Rey. El artista había hecho del rayo de inteligencia que los seres humanos demostraban en ocasiones, la seña de identidad de sus talleres. Sus tallas representaban figuras de cabeza desproporcionada y ojos globulosos, remarcados por la curva que se suspendía sobre las cejas. Así dotaba de inteligencia a las figuras humanas que colgaba de capiteles y que servían de modelo a aprendices y artistas.
                –La música y el movimiento son la verdadera amenaza de nuestros anhelos de paz –concluyó el monarca, dejando pensativo al maestro, que abandonó la estancia.


                Esa noche, mientras el artista dibujaba el boceto de Salomé y el arpista para uno de los capiteles del claustro, el corazón del Rey dejó de sonar, parándose completamente.