lunes, 11 de mayo de 2015

MEMORIAL DAY / VETERANS DAY



MEMORIAL DAY / VETERANS DAY


Yo no creo en casualidades ni coincidencias. Las cosas suceden por algún motivo y no está en nuestras manos evitar que pase lo que tenga que pasar. La media sonrisa de la enfermera, por ejemplo, va a conseguir que acabe pidiéndole el teléfono. Así de simple. Si nadie arregla el balcón de una de las habitaciones del ala este del edificio un día de estos, algún enfermo o trabajador de este  recinto será portada del periódico local y la tragedia ocupará al menos varias páginas durante una semana. Si el niño que tengo a mi derecha no deja el móvil tendrá serios problemas para rendir mejor en los estudios. Y si no hubiera sido yo el que hubiera desenterrado este tesoro, el libro y todas sus historias habrían acabado en un contenedor de papel. Y mi vida no habría sido la misma. Es así de sencillo.
Estoy en un hospital de veteranos en un pueblo perdido del oeste de Massachusetts, en una salita de espera, sentado entre familiares y voluntarios que han venido a hacer compañía a miembros del ejército de los Estados Unidos ingresados en hospitales militares. Hoy es Memorial Day y muchas familias visitan lugares como este. En realidad, yo no conozco aquí a nadie ni trabajo como voluntario ni nada parecido. Yo estoy aquí por una razón. Y para hablar de ese motivo he de remontarme al último día de este mes de abril. Empezaré por el principio.

Mi nombre es Óscar Cajeáis. Soy un profesor visitante en Massachusetts y doy clase de español en un distrito del oeste del estado. Este es mi primer año y, como todos los españoles que participamos de este programa, estoy dando clases en un instituto americano durante al menos un curso escolar. Soy de una ciudad pequeña del norte de España y hasta hace unos días pensaba que era el único de mi tierra que se había embarcado en  esta experiencia americana y que nadie en mi ciudad podría comprender mis sentimientos y mis impresiones de esta aventura transoceánica.
El último día de abril estaba yo cerca de las pistas de béisbol del colegio, dando un paseo después de un día agotador de clases. Muchos profesores ya se habían ido a sus casas y los autobuses amarillos habían desaparecido mucho antes. No había prácticas ni partidos en las instalaciones del high school, así que no había un alma por allí. Me decidí a descalzarme y pisar aquella hierba perfecta para el deporte. Entonces, uno de los dedos de mi pie se quedó enganchado a una especie de tira de color rojo que sobresalía. Después de jurar en arameo con acento español y deje americano, tiré de aquella cinta colorada y observé que estaba enganchada a una especie de piqueta o clavo. Tiré de aquello y salió una caja hortera con un montón de pegatinas y una cerradura que no me costó forzar en absoluto.


Era un Year Book de hacía unos diez años. Pertenecía a un tal Mr. De Meers. Tenía un montón de dedicatorias y, gracias a ellas, pude descubrir muchas cosas sorprendentes. Profesores y resto del personal le agradecían su simpatía y su arrojo al embarcarse en su aventura en Estados Unidos. Algún alumno le recordaba lo que le gustaban las historias que él contaba de Huesca, precisamente la ciudad de la que provengo. Había sido profesor de español y muchas de las palabras estaban escritas en mi lengua natal. Por lo visto, había estado dando clases en el Midle School y había dejado huella en los chavales. Sin embargo, lo más sorprendente es que, dentro del libro había una nota en la que anunciaba su intención de conseguir la Green Card y quedarse allí para siempre. Tenía que investigar sobre este paisano y lo primero era ver qué podía averiguar en la Secretaría.
A la mañana siguiente hablé con una de las de la Oficina y le pregunté por Mr. De Meers. Lu me dijo que hacía muchos años que había estado allí pero que se había marchado porque se le ocurrió alistarse en el ejército. ¿Americano? Sí, ni más ni menos. Por lo visto había estado esperando a que fuera ciudadano con pleno derecho para enrolarse. No era tan extraño, apostillaba Maureen, la otra chica de la Oficina. Bueno, de acuerdo, pero entonces, ¿no hay nada sobre él, ningún informe o una dirección…? A mí me apetecía profundizar en el asunto. Iba a cumplir mi primer año en el Distrito y haber descubierto que otro oscense había vivido la misma experiencia me había impresionado. ¿Cómo sería compartir esos recuerdos con aquel profesor que se había mimetizado con la cultura americana de aquella manera? ¿Cómo habrían sido sus primeros días en el país, sus gestiones, sus papeles, sus citas? Las dos mujeres de la oficina ya no me escuchaban porque me habían arrebatado el Year Book y estaban señalando fotos y haciendo comentarios, soltando carcajadas y trayendo recuerdos de hacía una década.
            Cuando me estaba dando la vuelta me llamaron y me dijeron que en la parte de atrás del Year Book había un sobre con algo dentro. Me hice con él y les dejé el libro para que siguieran disfrutando de su baño de espuma de recuerdos. Iban a estar ocupadas durante semanas.

            La enfermera sigue sonriéndome y yo tengo ya preparadas las palabras para que le sea imposible negarse a darme su número. Nunca dejo una conversación con una mujer guapa a la improvisación. Planifico perfectamente todo, como las Lesson Plans. Eso lo he aprendido en este país, como tantas otras cosas. Me pregunto si ahora, cuando por fin vea a Mr. De Meers, él será enteramente americano y habrá olvidado sus raíces. Me pregunto, mientras la guapa enfermera me indica que entre al fin en la habitación y yo le deslizo mis frases ensayadas, me pregunto, entonces, si el hombre con el que voy a entrevistarme tendrá todavía acento de Huesca. Porque siguiendo la pista de aquel volumen enterrado pude dar con él, con el dueño del Year Book, y descubrí que al fin está en un hospital militar, recuperándose de una herida grave en Afganistán. Por lo visto, soy la primera visita que tiene y aún no le he dicho que somos del mismo pueblo, como suele decirse.
Entro en la habitación y le saludo tímidamente. En cuanto abre la boca me parece estar en mitad del Coso Alto, con las campanas de la Compañía de fondo y la mujer de las castañas removiendo las brasas con su rasera. Tiene un acento aragonés maravilloso y enseguida nos ponemos a hablar.


Cuando la enfermera viene a avisarme de que ya se ha acabado el horario de visitas, cuando desliza un papelito en mi mano con un nombre y un número de teléfono y cuando su sonrisa me dice adiós desde la ventanilla de la recepción del hospital, entonces me doy cuenta de lo afortunado que soy. Mr. De Meers me ha recordado aquella hojita que encontré en el sobre del Year Book y en la que venían anotadas unas cuantas palabras y expresiones mezcladas en español y en inglés. Lo que antes era un sinsentido ahora se ha convertido en el mejor compendio de sensaciones que puede tener uno de Huesca en los Estados Unidos de América. Con la conversación se ha descifrado el código enterrado en aquel sobre, en aquel libro, en aquel campo de béisbol del High School.
No puedo sino paladear estos sabores que se han mezclado en la conversación, en esta cata de momentos y experiencias con la que el bueno de Mr. De Meers me ha deleitado esta tarde. Aquí dejo su aroma que irá ganando en fuerza y en cuerpo con el paso de los años. Ahora sé que, cuando termine esta aventura americana, esta tarde del Memorial Day será la mejor carta de presentación de todos mis recuerdos. Y lo será ya para el resto de mi vida. Me estoy poniendo sentimental. Mejor voy al grano. Reproduzco como si fueran entradas de un diario las claves culturales de un oscense en Nueva Inglaterra. De la cita con la enfermera (date más que appointment, tengo que decir), ya habrá ocasión de contaros más adelante.

Segunda quincena de agosto: El capazo o cómo hacer un “nice to see you”

Cuando llegas a Estados Unidos y conoces a alguien tienes que saludarlo y mostrarte encantado de hacerlo. Ese es el siempre sonriente “nice to meet you”. En Huesca, cuando conoces a alguien y te lo encuentras por la calle, es habitual pararte en medio de donde sea, si estorbas mejor, y ponerte a hablar. Allí se llama coger un capazo. Vas de capazos cuando de un sitio a otro de la ciudad tienes varias de estas paradas. En Estados Unidos, cuando te paras a hablar con alguien, lo cual es harto complicado, dado que vas a todos sitios en coche y no es habitual ver gente caminando, haces lo que sería el equivalente a coger un capazo: hacer un “nice to see you”.

Septiembre: “Dime cómo toses y te diré God bless you”

La primera vez me asusté. Cuando alguien va a estornudar o necesita toser, no se lleva la mano a la boca, como hacemos en Huesca, ya sea en formato puño o mano tipo cuenco o bowl. En Estados Unidos lo hacen en el codo, como los embozados del siglo XVII o los padres de Luis Mejía y Juan Tenorio en la Hostería del Laurel. Como don Mendo y don Pero en la escena del robo con la escala en la almena para ver a Magdalena.

Octubre: Las mil y una opciones del menú.

Una camarera se me acercó para atenderme. Muy sonriente y muy agradable. Con lo que cuesta decidirse por lo que vas a tomar luego llegan las múltiples opciones de sides o acompañamientos. Creí entender algo así como super salad y me dije: a por ello. Una ensalada enorme seguro que es deliciosa. Contesté que sí, super salad. La camarera volvió a decirme “Soup or salad”. No sé por qué pero al final pedí la sopa.

Noviembre: Cómo jugar al frontón y dar los buenos días.

Nada más ver a alguien en el trabajo o cuando te toca el turno en la fila de la caja de un supermercado viene el momento del “How are you”. Es como el rudimentario y antiguo juego de las maquinetas: dos barras en los dos extremos de la pantalla y una pelotita a la que golpear para evitar que toque el fondo. Tú dices “how are you” y la otra persona responde “not bad”, “good”, “pretty good” y entonces te manda un “how are you” que no ha de pillarte desprevenido. Al principio contaba alguna cosa que había hecho, sobre todo tras el fin de semana. Luego me di cuenta que con un “thank you” “me lo quitaba”.

Diciembre: El tiempo y las condiciones climáticas.

Mis alumnos no acaban de cogerlo. Cuando tienen frío no hay problema pero cuando me quieren decir que hace calor en el aula y se quejan con razón, encontramos un pequeño escollo que cuesta mucho sortear. El problema es el de siempre: el verbo “to be”, como no podía ser de otra manera. No es la primera vez que un alumno se me acerca a la mesa de la clase y me dice “estoy muy caliente”. Por suerte se han acabado las pesadillas.

Enero: El automóvil

Aquí tienes que coger el coche para todo. De hecho, hay actividades que solo en este país las puedes hacer también desde el coche. Algunas se dan en ambos sitios. En Huesca puedes pedir en un Mc Donalds desde el coche, como en América. Sin embargo, hay otras gestiones que solo en Estados Unidos puedes hacer sin salir del coche. Ir al cine, sacar dinero del cajero, retirar productos de una farmacia o sacarte un cafelito. Es curioso pero en algún estado (no precisamente sobrio) puedes sacarte una bebida alcohólica para consumir en el interior de tu vehículo.

Febrero: El invierno está de okupa

Yo creía que, al ser de Huesca, uno era con pleno derecho un chicarrón del Norte. ¿Frío? Por supuesto, qué te voy a contar… He descubierto el significado de no poder estar en la calle de puro frío, de caminar entre nieve y sobre hielo y convertir un paseo por la ciudad en una gymkhana de supervivencia. He aprendido a usar la pala para el driveway y el rascador para el coche. Ya nunca olvido guantes y gorro cuando salgo por la puerta. Cuando estás bajo cero Fahrenheit durante todo un mes aprendes a valorar aquel tiempo en el que disfrutabas del mundo exterior porque aquí los bebés aprenden antes a patinar que a andar.

Marzo: Huso horario

Cuando en Huesca son las doce del mediodía aquí son las seis de la mañana. Algún domingo me levantaba yo, tras salir por el tubo hasta las tantas, a eso de las doce. Y pensar que a esa hora – a veces un poco antes–  la gente se suele levantar para ir al trabajo…
Es de locos. Aquí a las dos de la mañana se cierran los bares mientras que en Huesca a esas horas hay gente que lo que está cerrando es la puerta de su casa para sumergirse en la noche oscense. Aquí no hay comida con mesa y mantel. Hay lunch variado en veinte minutillos y mucho es. Se cena a las seis o a las siete de la tarde y no se merienda, se pica. Los pinchos de tortilla y las bolas de patata de mis almuerzos en Huesca se han convertido en unos cafés de mil sabores del Dunkin Donuts. Tengo un jet lag crónico en mi aparato digestivo que no sé cómo se curará.

Abril: ¿Quién me ha robado el mes de abril?

Tenía razón Sabina. Hemos pasado del invierno al verano de la noche a la mañana. Cuando te acabas de quitar el gorro, los guantes, el abrigo y las botas te das cuenta de que te apetece quitártelo todo. Lo peor no es el calor. Es la humedad. Yo ya no distingo quién está nervioso o azorado. Aquí todo el mundo suda sin pensar y no se puede soportar ese sol. Me quejaba yo de que el sol se ponía a las cuatro y cuarto de la tarde en pleno invierno. En este mes de abril el sol se ha plantado como el pobre frente a al iglesia y parece que no va a irse nunca.

Mayo: Buscando los orígenes

Hay una verdadera obsesión en este país por buscar los ancestros, antecesores, orígenes e historia familiar. El árbol que más abunda por toda Nueva Inglaterra es el genealógico. Si tienes una tatarabuela italiana que viajó a Sudamérica y, finalmente, entró en esta región de Norteamérica ya eres feliz. Está bien eso de buscar y conocer tus orígenes. Aquí todos viven su vida y quieren dirigir su propia precuela. En Huesca nos importa la familia, pero con los primos del pueblo ya no necesitamos remontarnos más, a ver si nos van a reivindicar los cuatro almendros…

Junio: La fiesta de promoción

La prom es un clásico para los jóvenes de Estados Unidos. La verdad es que la primera vez que asistí a una, como profesor del instituto, me sentí un poco extraño. No se sirven bebidas alcohólicas, así que tiras de ponche o soda. Como la cena empezaba a las seis y la juerga se terminaba a las once, no daba tiempo para lamentar no encontrar ni siquiera una cerveza. Aunque he de decir que fue un día muy especial y los adolescentes bailaron y disfrutaron mucho. No había ron cola ni gin tonics. Una resaca menos.

Julio: Un año más es un año menos

Y llegó el fin de curso. A los que antes les alargabas la mano y apretabas con más o menos fuerza, ahora te los llevas al pecho y los acomodas un rato mientras les das una palmada en la espalda. Es el momento de decir adiós al curso escolar y de coger ese avión que dejará la tierra de las oportunidades y aterrizará en la tierra de toda la vida. Habrá que olvidarse que en rojo puedes saltarte el semáforo si vas a la derecha y que el verde, a la izquierda, significa que hay que ceder el paso si te viene un coche de frente. A ver si la vamos a liar en una de las quinientas rotondas de la ciudad. Y no sé yo si voy a acostumbrarme a que Huesca es ya peatonal. Tendré que hacerme un coso y coger capazos… No sé si me acordaré.

3 comentarios:

  1. Bien, Mariano, me ha gustado la historia. Estoy con tu tía Mercedes y al hablar de ti, te he buscado y encontrado tu blog.Buscaré el libro. Largo recorrido desde pino montano. Un abrazo de parte de Amalia y otro mío. Antonio Ortiz

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  2. Bien, Mariano, me ha gustado la historia. Estoy con tu tía Mercedes y al hablar de ti, te he buscado y encontrado tu blog.Buscaré el libro. Largo recorrido desde pino montano. Un abrazo de parte de Amalia y otro mío. Antonio Ortiz

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    1. Hola, Antonio. Recuerdo con mucho cariño esa etapa "sevillana" y esos ratos tan agradables con Amalia y contigo. Un fortísimo abrazo!!!

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