lunes, 28 de noviembre de 2022

Juego de caderas

 

JUEGO DE CADERAS

 

            Un ligero hormigueo en la pierna derecha parece haber activado mi mente en esta noche oscura y desapacible. A pesar del movimiento que se está produciendo a mi alrededor, yo solamente me concentro en mis recuerdos, en ponerlos en fila y ordenarlos, como los chopos de este paseo urbano. Es como si toda esta actividad frenética de sirenas, maquinaria y ráfagas de luz no tuviera nada que ver conmigo.

Recuerdo a la perfección el momento cuando mi cabeza comenzó a ordenarlo todo. Un compañero de trabajo vino a verme a mi casa y me preguntó por mi convalecencia tras la operación. Mi mujer le había servido una cerveza de trigo y antes de que se diera cuenta, mi colega se vio sorprendido por mi exhibición con las muletas por el pasillo de mi casa. Había visto las fotos de las grapas y de la cicatriz en el móvil y no se podía creer mi narración de la operación. No me habían sedado completamente y yo le había descrito lo que había escuchado mientras el equipo de cirujanos del servicio de traumatología hacía su trabajo.

Mi compañero se quedó muy afectado con una frase que había rescatado yo de mi operación de prótesis de cadera. La había pronunciado el traumatólogo jefe del Hospital, poco antes de que se me llevaran al box de los quirófanos. Mi colega se marchó muy tocado y mi mujer y yo nos quedamos en silencio, digiriendo las palabras del cirujano.

“Y pensar que esta prótesis viene de donde viene y ha provocado semejante destrucción en el pasado; en fin, ya sabéis el origen de este juego de piezas con las que estamos trabajando últimamente.” Habían transcurrido quince días desde que el doctor Muñoz Marín pronunciara estas palabras delante de su equipo y entonces yo empezaba a comprender su verdadero significado.

 

La noche de la visita de mi compañero apenas pude conciliar el sueño. El recuerdo de lo que más tarde he llamado “los incidentes” comenzó a formarse bajo la sombra del insomnio. Esa misma noche me puse a recordar el primer episodio. Este se había producido apenas una semana después de mi salida del hospital.

No me había dado cuenta entonces, sin embargo, entre las sábanas y con la pierna operada que se me dormía a ratos, recordé aquella reacción y aquel gesto de estupor de los transeúntes durante mi paseo matinal de la primera semana de baja. La noche de mi duermevela, cuando se me presentaron como una aparición los rostros atemorizados de esos viandantes, lo reconocí por fin. Ese había sido, indudablemente, el primer incidente.

La segunda vez tampoco fui consciente en el momento del episodio. No fue hasta más tarde cuando recordé que la muchacha con la que compartía el ascensor aquella mañana de oficina había torcido el morro y había abierto los ojos como lo hacen las protagonistas de las historias gráficas. En la tercera y cuarta ocasiones yo ya estaba prevenido e identifiqué de forma instantánea que se trataba de dos episodios más del mismo acontecimiento fatal. Las manifestaciones de horror y sorpresa tanto de mis compañeros de fila en el supermercado como del resto de pacientes que asistían conmigo a la consulta de mi doctor de cabecera avalaban mis conclusiones.

Para el quinto y último de los incidentes, que acaba de ocurrir ahora, es inútil buscar excusas.

 

Han pasado un mes y diez días desde la operación. He venido esta misma tarde al Hospital, a la zona de consultas. He acudido a mi cita con el médico que me operó en la planta -1 de este recinto hospitalario. Hace unos cinco meses me descubrieron una artrosis severa en la cadera derecha. A pesar de que no llego a la cincuentena, la cirugía era altamente recomendable. Me puse en las manos del doctor. Todo fue maravillosamente bien y parece que la evolución de la pierna está siendo fantástica. Todo, salvo unos cuantos incidentes a los que no dejo de dar vueltas y más vueltas en los últimos minutos.

            El médico ha sido el que me ha hecho ver las cosas con claridad hace unas horas. Yo no le había comentado nada acerca de los incidentes. No estaba delante de un loquero y no creí oportuno plantearle desde la camilla las especiales circunstancias que se habían producido desde la operación. Al traumatólogo le interesaba la evolución de mis movimientos, el ajuste de la prótesis de mi cadera derecha, el aspecto de las grapas o la marcha de la cicatrización de mi pierna. Volvió a insistir en los movimientos y ángulos que debía evitar a toda costa y me animó a caminar con las muletas, a seguir saliendo a la calle…

 

            Al final de la visita, el doctor me ha enseñado en el ordenador la comparativa con las radiografías de antes y después de la cirugía. La cadera y su avanzada artrosis y la parte de hueso que había cortado para introducir la prótesis, con su vástago y su pieza de porcelana. Me escribió en un papel el modelo que me habían puesto y la fábrica de donde esa maravilla de pieza había salido. Aquí tengo el papel, en el bolsillo izquierdo del chándal. 

Casi se reía mientras me confirmaba, dándome una palmadita en la espalda, que la prótesis de mi cadera derecha procedía de material reciclado de los plásticos con los que se fabricaban armas de fuego en 3D. Por lo visto se habían requisado una cantidad considerable de ellas y un juez consideró que habían de ser utilizadas con un fin totalmente opuesto al que les habían dedicado originariamente. Mientras recogía mis cosas y me ponía en pie para dirigirme a la puerta de salida de la consulta, el dedo firme del traumatólogo recorría el perímetro de la pieza protésica proyectada sobre la pantalla de su ordenador. Así que esa pieza había sido en su origen un arma homicida…

 

            Cuando he abandonado la consulta del doctor Muñoz aún he tardado muchos minutos en sacarme su risa de la cabeza. En cuanto he podido zafarme de aquella banda sonora de película de terror de serie B, todos los acontecimientos de los últimos días empezaron a cobrar sentido en virtud de las últimas explicaciones del médico. Los rostros atribulados de aquellas personas se han perfilado en mi recuerdo mientras me he dirigido al aparcamiento del Centro Hospitalario. Allí me esperaba mi jefa, la mujer que no había parado hasta conseguir que accediera a tratar hoy mismo de un asunto de vida y muerte para nuestra empresa. Tanto había insistido que al final lo consiguió. Ella se acercaría al Hospital, me recogería en su vehículo personal y me llevaría hasta mi urbanización para dejarme en casa con mi mujer. Yo solamente tenía que escuchar lo que quería proponerme. Mi jefa estaba convencida de que yo no rechazaría su oferta.

            Mientras  bajaba a la planta baja del Hospital he recordado lo de la mujer de la limpieza. Había ocurrido hacía una semana. Era el segundo incidente, aquel que me había puesto sobre aviso, la pista que ya no me impidió descubrir los dos acontecimientos posteriores justo en el momento en que iban a producirse. La limpiadora, Marta creo que se llamaba, era una joven muy hermosa, muy recatada, extremadamente tímida.

 

Lo he recordado estando todavía dentro del edificio. Aquella mañana me subía al ascensor del bloque donde se ubicaban varias empresas de la ciudad, entre ellas la nuestra. Acababan de abandonar el elevador un par de ejecutivos que apestaban a tabaco. Desde el interior la chica de la limpieza me preguntó que a qué piso iba y se lo dije. Apretó el botón y cruzó los brazos, mientras su mano izquierda se enredaba en el cabello rizado, en un gesto claro de nerviosismo.

            Yo iba a introducir algún tema de conversación pero, de repente, mi cadera se volvió loca y me hizo dar un giro que consiguió que mi nariz aterrizara en el panel de mandos. Bloqueé el ascensor, que quedó detenido en ese momento. La chica dio un alarido y me miró con unos ojos que se salían de sus órbitas. Me gritó, me insultó, me dijo que tenía claustrofobia, que estaba sufriendo un ataque de pánico, que iba a morirse de un momento a otro. Yo traté de dar a los botones, de uno en uno, todos a la vez, con el dedo, la mano y con el puño. Por fin se reanudó el movimiento de la máquina y llegamos a la planta donde se encuentra la oficina.

Salí del ascensor envuelto en sudor, con las muletas haciendo movimientos de satélite fuera de órbita. Cuando volví el rostro descubrí, antes de que se cerraran las puertas metálicas, que la joven limpiadora yacía inconsciente, con media espalda apoyada en el espejo, como una yonqui plantada en mitad del túnel del metro. No se movía.

 

            El viento de esta tarde ha sido intenso. Al salir a la calle por la puerta de atrás del Hospital llegó a desvanecerse la imagen de aquella mañana aciaga en la oficina. El rostro de la joven, sus ojos sobre todo, se me habían clavado desde entonces. Esos mismos ojos me han llevado a pensar en lo que currió solamente tres días antes de mi aventura en el ascensor, lo que antes he llamado el primer incidente. Pensé en los ojos de aquellos viandantes que se me quedaron mirando, totalmente consternados, instantes antes de sufrir el brutal atropello. Su mirada, como la de la chica de la limpieza de la oficina, era una mezcla de desconcierto y fatalidad.

 

            Aquel día estaba en la calle, en uno de mis primeros paseos en el exterior, todavía con muletas, poco después de que me hubieran hecho las dos primeras curas, antes de que me librara de las grapas que decoraban la parte superior de mi pierna derecha. Había llegado al semáforo a buen ritmo, contento de la evolución de mis movimientos. No estaba cansado. Podía dejar la manzana y cruzar hacia otra parte del barrio. Mi mujer se había convencido de que podía dejarme un ratito solo. Nunca debería haber cometido tal temeridad. El disco estaba en rojo para los peatones. Éramos cinco o seis personas las que esperábamos en la acera para cruzar por el paso de cebra. Yo sabía que aquel semáforo había dado problemas desde el principio y ya habían tenido que arreglarlo tres veces en los últimos dos meses. Me fijé en los peatones. Todos ellos miraban sus móviles o escuchaban música en sus cascos. Una señora arrastraba un andador y dos hombres ya mayores discutían acaloradamente.

            El semáforo se puso en verde. Los coches se habían detenido y el grupo de peatones comenzó a cruzar. En ese mismo instante mi pierna derecha me dio un calambrazo, haciéndome saltar sobre el botón del semáforo. Lo pulsé con la rodilla con fuerza y el color del monigote cambió a rojo. Un conductor despistado que hablaba por teléfono con el manos libres y miraba embobado al muñequito aceleró. Embistió a aquel grupo de personas que todavía estaban a mitad del paso de peatones. Algunos de ellos me dirigieron una mirada que yo no he podido borrar de mi mente.

 

            Todavía siento sus miradas. Voy a tratar de esquivarlas para poner fin a todos los recuerdos. ¿Qué ha pasado esta tarde después de alcanzar la calle? Después de salir al exterior había tenido que rodear el edificio del Hospital para llegar a los aparcamientos, pues la consulta del doctor Muñoz quedaba en la otra ala del edificio. Mientras caminaba hacia el aparcamiento no dejaba de dar vueltas sobre cada uno de los episodios. Tras los dos primeros, los otros incidentes se condensaron en el tiempo.

Después de la historia de la limpiadora de mi oficina, a la que no he vuelto a ver y de la que no he vuelto a saber nada más, llegó el tercero de los sucesos. Me encontraba esa tarde en el supermercado, ya con la compra hecha, esperando mi turno para pagar. Delante tenía una señora que había comprado una caja de leche y mantequilla, junto con una tarrina de crema de cacahuete. Detrás de mí tenía a un señor bastante obeso, con gafas y patillas, recién sacado de un despacho de abogados de medio pelo. Me fijé en que miraba la crema de cacahuete con verdadero desagrado. Hacía muecas ostensibles y torcía la boca. No dejaba de decir que qué asco, que lo retire ya el chico de la caja, que lo quite cuanto antes de su vista. Yo lo miré y entonces le escuché decir, como justificándose, que tenía una alergia mortal a los cacahuetes.

            Antes de que el chico de la caja, Pablo ponía en su credencial, tomara por fin la crema de cacahuete para pasarla por el lector de la caja, mi pierna derecha soltó un latigazo sobre la cinta, haciendo volcar el tarro de la crema. Cuando Pablo alargó el brazo para evitar que se manchara todo, un segundo golpe de mi pierna derecha mandó la crema de cacahuete contra la cara del picapleitos. El rostro de la señora, incapaz de abrir la bolsa de plástico que le había ofrecido el muchacho hacía ya cinco minutos y el semblante del chico me recordaron las miradas del grupo del atropello del paso de peatones y la expresión de la chica de la limpieza atrapada conmigo en el ascensor.

Yo, que solo llevaba pan bimbo y unos cogollos, dejé todo como estaba y salí disparado del supermercado. Los alaridos del hombre del bufete de abogados se escuchaban todavía en la calle. Mi esposa me declaró institucionalmente un inútil para el servicio doméstico.

 

            No había transcurrido un día desde los hechos ocurridos en el supermercado del barrio cuando me encontré de nuevo ante una situación que parecía repetirse y se empeñaba en acorralarme cada momento. Una cita rutinaria con mi médico de cabecera para que me hiciera las recetas de los medicamentos que necesitaba volvió a llevarme a una situación crítica. Estábamos en la sala de espera y a mi lado había un muchacho con mascarilla de color rosa palo que sujetaba entre sus manos un papel sobre el que pude leer algo así como un permiso para una prueba de coronavirus. A su lado había un matrimonio muy mayor, con todo el aspecto de estar bastante delicados de salud. Todos en la sala de consultas llevábamos nuestra mascarilla, por supuesto.

            De pronto, mi pierna derecha se flexionó y cayó sobre el rostro del chico de la prueba del Covid. Al zafarse de mí se quitó la mascarilla. Trató de ponerse de pie pero mi pierna derecha le propinó una segada de equipo de regional preferente. Sin poder evitarlo, cayó el chico de la mascarilla rosa sobre los dos ancianos, a los que arrancó de un zarpazo las mascarillas quirúrgicas azules. Estábamos nosotros solos en aquella sala gris de espera, así que nadie vino a tratar de levantar al chico de la prueba de Covid. Yo era el único que conservaba puesta la mascarilla ffp2 y debo reconocer que no me atreví a acercarme al grupo escultórico de aquellos tres personajes incapaces de desenredarse solos. Opté por pedir en el mostrador mis recetas al día siguiente y me marché para casa. Tres días después se hablaba de un brote en el Centro de Salud y del ingreso hospitalario de tres vecinos de la localidad en la UCI del Hospital.

 

            Con esos pensamientos había llegado al aparcamiento, sorteando recodos y bordillos, tránsito rodado y adolescentes en manadas. El día estaba nublado, aunque en mi mente todo está cada vez más despejado. Mi cabeza acababa de repasar los últimos acontecimientos en los que me había visto involucrado y en los que mi prótesis de cadera había vuelto a hacer de las suyas. ¿Cuándo se terminaría todo este infierno? La imagen de mi jefa, con el cabello al cierzo, un trajecito caro y un bolso bandolera de marca parecía querer convencerme de que la sucesión de tragedias no había acabado todavía. Mi pierna derecha se aceleró y las muletas golpearon el asfalto con firmeza hasta que me colocaron frente a la puerta del copiloto del coche de mi jefa.

            Ella había abierto la puerta y sonreía como un inspector de Hacienda o un dentista. Llevaba el traje impecable, unos pendientes de joyería cara y unos zapatos exclusivos con brillo de charol y piel. Yo sonreía también, más bien como el alumno que no acierta ni una en las respuestas. Ella quiso ayudar y se ofreció a acomodarme en el asiento del Mercedes. Le había pedido que si tenía algo para sujetar fuertemente la pierna, cuál va a ser, la operada, no, esa no, la derecha, pero ella se había reído con la ocurrencia. A mí no me ha hecho ninguna gracia.

 

            Todo ha ido bien en el trayecto hasta que hemos dejado el centro de la ciudad y nos hemos dirigido a la zona nueva, donde las urbanizaciones. Ella no hacía otra cosa que tratar de convencerme para que la ayudara a librarse de los indeseables de la empresa, que aunque estuviera yo de baja todavía tenía que apoyarla y elaborar los informes de despido, hablar con ellos, amedrentarlos si era necesario… En un momento dado me he vuelto hacia ella y le he dicho que no iba a hacerlo. Entonces ella se ha colocado en el carril derecho, ha aminorado la marcha mientras tomábamos la circunvalación y me ha descubierto su maquiavélico plan.

            Ella sabía que esta tarde no iba a conseguir convencerme, así que ya había actuado con antelación. Conocía perfectamente dónde guardaba yo en la oficina la copia de las llaves de mi coche. Con la operación de mi cadera sabía también que era mi mujer la que iba a conducir mi vehículo. Por eso había introducido una prenda de lencería roja suya en la guantera, aquella que había yo manoseado y me había puesto en la cabeza en el colofón de la pasada cena de empresa. Se trataba de su regalo del amigo invisible. Ahora reconocía mi jefa que se había hecho ese regalo a sí misma y que me lo había lanzado después de la cena y los brindis con toda la intención a mi mesa. Yo había actuado con aquellas braguitas de encaje como cualquier gañán de la oficina.

            Al oír aquello, mi pierna había empezado a temblar. Ya estábamos otra vez. No pude controlarla tampoco en esta ocasión. Mi cuerpo giró con fuerza y toda la pierna saltó sobre la conductora y bloqueó el volante. Ella no pudo hacer nada y puso esos mismos ojos que había visto en Marta, la chica de la limpieza, o Pablo, el cajero del supermercado. La misma mirada del grupo de peatones de la calle o de los pacientes de la sala de espera del Centro de Salud. El coche se ha salido de la carretera y se ha estampado contra un árbol del paseo que conduce a mi apartamento.

 

            No sé el tiempo que ha transcurrido desde el accidente. Solo sé que, de pronto, un hilo de voz se ha ido acercando a mi oído y he comenzado a descubrir un revoltijo de frases que, poco a poco, comienzan a adquirir sentido. Ella estaba muerta, yo todavía respiraba. A los dos tenían que excarcelarnos. Mi pierna derecha, recién operada, estaba hecha añicos.

Llevo un tiempo sin escuchar nada. Un segundo, he vuelto a percibir algo. Ha regresado otra vez el hilo de voz, esta vez lo he sentido en un tono más preocupado. Ahora mi estado había empeorado, estaban tratando de reanimarme. Lo último que recuerdo es que uno de los bomberos le comentaba a un enfermero el tipo de prótesis que llevaba, pues había tenido acceso a mi ficha del hospital. Sería bueno aprovecharla, le insistía una y otra vez al bombero, antes de que la familia se hiciera cargo de los cadáveres. Una prótesis de semejante calidad podía venirle muy bien a algún paciente. Desde luego que esa pieza le cambiaría la vida a la persona que la recibiera.

Entonces el bombero manda callar al enfermero y le pide que se aparte para dejar trabajar a su equipo. La noche ya se había echado encima de la ciudad. Es una noche oscura y desangelada. Yo ya no veo nada. No escucho tampoco ninguna voz.

Solamente siento un leve cosquilleo en la cadera.

domingo, 13 de marzo de 2022

Concurso San Valero 2022

 

¿CUÁNTOS AÑOS CREES QUE ME CAEN?

 

            Hoy es mi cumpleaños. Desde luego que no era con esto con lo que soñaba cuando apenas era un chiquillo. Aquí no hay espejos, pero si me mirara ahora mismo en uno, no reconocería mi propia imagen.

            Los chicos se han empeñado en celebrar mi cumpleaños y han organizado una fiesta, con tarta y todo. ¿Por qué es tan importante? ¿Qué quiere demostrar toda esta panda de energúmenos, vestidos con la misma indumentaria, gritando las mismas consignas, abriendo la boca y adoptando la estúpida expresión de las viñetas de las tiras cómicas del Heraldo? Ya pueden seguir vociferando, que no voy a salir a celebrarlo con ellos.

 

            Cuando yo no era más que un niño del barrio de Las Fuentes, un mozo de la ciudad de Zaragoza, un crío de capital con más acento que vocabulario, tenía mis aspiraciones, mis fantasías y mis proyecciones a puerta cerrada y luces apagadas. Sobre la blanca pantalla de mis sueños, proyectaba yo jugadas de pizarra y goles de antología en La Romareda, notas impecables y felicitaciones, golpecitos en la espalda y cumplidos durante mis años de carrera en el Paraninfo, un puesto de trabajo envidiable, una esposa de ensueño…

En aquellas cintas de VHS y aquellos DVD que mi imaginación fabricaba como churros, aparecía yo siempre con una sonrisa triunfante y una mirada abierta al mundo. Yo era delantero del mejor Zaragoza de la historia,  investigador en un laboratorio de prestigio y actor y novelista de éxito. Y siempre sonreía y estrechaba manos y repartía abrazos como el que achica balones desde la portería.

Y en esos sueños todavía no había cumplido los cuarenta.

 

           No he salido de esta estancia y no voy a hacerlo. Cuarenta años. La vida me ha plantado aquí y me acaba de despertar esta mañana con un jarro de agua fría y una alarma que no hay manera de desconectar. No entiendo cómo todo el mundo está tan excitado ahí abajo. No comprendo a qué viene tanta histeria. Cuarenta años. Yo nunca pensé que me vería así con esta edad.

            Tengo las dos manos ocupadas y se me están agarrotando. No puedo soltarlas ahora. Estoy sudando y no me encuentro demasiado bien, como si mi cuerpo quisiera decirme en su lenguaje que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado, que todos mis huesos, mis músculos y mis nervios acaban de cumplir cuatro décadas.

 

            Recuerdo aquellos polos de los domingos, amarillos y anaranjados,  que se vendían a cinco pesetas en la heladería de la calle Don Jaime y que te duraban más de media hora. La lengua terminaba compitiendo con el papel de lija que nuestro profesor de Plástica o Pretecnología nos hacía comprar para aquellos trabajos de la escuela.

Los lengüetazos a mi polo de limón o de naranja fueron los precursores de las modernas baterías o de los cargadores de los móviles. Te sentabas en un banco de la plaza de La Seo y dejabas que la lengua se adormeciera sobre aquel trozo de hielo monocolor. Entonces, tu imaginación volaba y tus sueños te convertían en protagonista indiscutible. No necesitabas películas ni videojuegos. Te bastaba dejar que el polo se fuera consumiendo.

 

            Sin embargo, la vida vino a interponerse y desbaratar esa imagen que mi inocencia se encargaba de proyectar en mi cabeza.

 

Por eso estoy aquí, muy lejos de mis sueños, en la celda de esta prisión de Zuera, cumpliendo mi condena.

Por eso estoy aquí, con el cuchillo de la tarta en una mano y el cuello del alcaide en la otra, preguntándome cuántos años van a echarme el día de mi cuarenta cumpleaños.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Segundo Premio Tierra Vacía "La mujer en el mundo rural" de Albada

 

CARTAS EN EL CAJÓN

Por Fajuelo

 

Conchi espera en el rellano, con paciencia mal disimulada, a que Julián le abra la puerta de su domicilio. Nada, que no hay manera. Y le quedan todavía un par de repartos más en la ciudad. Los sábados no da abasto. La caja con la fruta no pesa demasiado, al menos. Julián le ha dicho, a través de las paredes de su casa, que enseguida le abre. Ha añadido algo de que su madre estaba terminando una carta. ¿Una carta? ¿La señora Suceso? ¿Se puede saber qué tiene que ver eso con dejarla a ella ahí tirada, entre el ascensor y la puerta de entrada, como un emparedado vegetal al que todo el mundo ignora y al que ningún cliente elige? ¿Qué carta ni qué ocho cuartos? Y encima Conchi sabe que ha dejado la furgoneta mal aparcada no, lo siguiente…

 

“Querida Milagros:

¿Qué te contaba en mi última carta? ¿Te puedes creer que no me acuerdo? Ya sabes que de un tiempo a esta parte mi cabeza no es lo que era. Con lo que yo he sido, hermana. Tú me lo recordabas siempre, cuando no podías concebir que tuviera el mapa del pueblo y el trazado de cada calle metidos en el cerebro. Es lo que tiene haber sido cartera, te decía yo, y te lo sigo diciendo. Aunque con buena memoria no bastaba. Yo tengo memorizado todo el pueblo y conozco cada casa y cada rincón. Tú te fuiste bien lejos pero seguro que no te has olvidado de muchos hogares de aquí.

Yo los recuerdo todos, aunque ya no puedo visitarlos, porque caminar para mí se ha convertido en una penitencia insufrible y ya no salgo de casa. Casi no salgo de mi habitación, que sigue como tú la dejaste al marchar a Barcelona. Pues aunque ya no ande de un lado para otro como antes; aunque no visite ni vengan a visitarme; yo conservo en mi cabeza todas las esquinas, las cuestas, las enrunas y los agujeros en el asfalto. Exactamente igual que cuando pateaba las calles del pueblo y llamaba a todas las puertas. Como cuando les entregaba una carta, un aviso o un paquete especial a los vecinos.

 

¿Te acuerdas de aquel mozo que me festejaba y que se adelantó como los almendros? Si no hubiera sido tan torpón y tan atropellado a lo mejor habría sonado otra música… Pero no, él quiso ir muy deprisa y se quedó a dos velas. ¿Cómo le decían los de su pueblo? Te quedaste sin novia y sin dinero, eso es lo que le decían, porque te volviste sin la cartera. ¿Te acuerdas, Milagros, de lo que me decía aquel mozo? Yo te refresco la memoria. Decía que yo era el humo de los poblados indios de las Montañas Rocosas de América, que yo era la electricidad del cableado de todas las poblaciones de España. No era pedante ni nada el mozo. Ese ya no volvió al pueblo. Sin embargo, no le faltaba razón.

Tú lo sabes bien, hermana. Yo he traído y llevado las alegrías y las penas por toda la comarca. He visto las lágrimas de la Casillera cuando recibió carta de la hija mayor, la que ya nunca pasa las Navidades en el pueblo. Como tú, Milagros. Yo he visto el tremendo alborozo del lechero cuando descubrió que estaba a punto de ser abuelo. También he sufrido incomodidades. Yo he viajado al pueblo vecino, mucho más grande que este, ya lo sabes bien, porque tenía que recoger aquellos paquetes que habían recibido ya dos avisos. Después de haber hecho las notificaciones en días distintos y horarios diferentes, no tenía guasa la cosa, me tocaba buscar la Oficina de Correos más cercana y aún tenía que aguantar las malas caras del vecino al que le obligaban a plantarse en el pueblo de al lado y hacer cola en Correos.

Así son los pueblos como el nuestro, donde las incomodidades aumentan en la misma proporción que desciende la población. No obstante, Milagros, yo me quedo con el pueblo. ¿Sabes la de veces que he entregado carta y me han hecho pasar al interior para probar el vino, las pastas o para cargarme con unas borrajas, unos tomates, morcilla, bola o longaniza? A veces abrían las cartas delante de mí porque necesitaban mi aliento o mi consuelo, o porque aquellas noticias que yo introducía en sus zaguanes requerían besos y abrazos que no soportarían una retransmisión en diferido.

 

Es verdad que cada vez somos menos. ¡A quién se lo voy a contar! De las casas ya solo me voy quedando con la etiqueta, casa Orencio, casa El Esquilador, casa Bardachín, y con los recuerdos vividos en ellas y que yo guardo en mi interior. Pero esas imágenes se me han quedado desprovistas de sonido. Por cierto, ¿sabes lo que se me ocurrió el otro día? Como ya no salgo apenas, quería cumplir con la misión del alcalde. Ya te lo conté, que me dejó al cargo de la megafonía nada más jubilarme, porque al alguacil no lo entendían ni las vacas. Pues bien, como mi nieto tiene uno de esos aparatos móviles que graban mensajes, he decidido hacer los anuncios grabados. ¿A qué es buena idea? Así no tengo que desplazarme hasta el Ayuntamiento…

Volviendo a lo de los pueblos que se están quedando en nada, como el sofrito del arroz cuando te despistabas en la cocina, en el pueblo nos sucede como en los países africanos. Lo que pasa es que las pateras aquí tienen la forma de cajas de pino o de coches de mudanza con el depósito lleno y una matrícula de una gran ciudad, como tu Barcelona.

Bueno, que soy una pesada, Milagros. Como me decía siempre padre, Suceso, eres un caso. Y se reía hasta que le entraba el ataque de tos. Tú también te reías. Pues eso, que seguiré contándote las novedades, como me hiciste prometer, para que nuestro pueblo puedas sentirlo siempre cerca. Voy a darle al chico estas cuartillas para que me ponga sobre y sello y lo entregue en la Oficina de Correos. Ahora lo llamaré y se llevará tu carta. En la próxima te cuento más.

Un besico, Suceso.”

 

–Le dejo, pues, la fruta donde siempre. –Por fin le han abierto la puerta y Conchi, que se conoce muy bien la casa, ha conseguido colocar la caja sobre la mesa de la cocina, donde ha descubierto la carta–. No me entretengo, que tengo la furgo en doble fila. ¿Esta carta es para Correos? Lo digo porque yo voy a estar por ahí esta tarde. Si quiere, puedo echársela. A mi hijo le encanta dárselas al león para que coma. Desde que el Centro es peatonal nos hemos abonado al Coso.

–No se moleste, Conchi. –Contesta Julián–. Se agradece el ofrecimiento. Esta carta no va a ningún sitio. Aunque vea el sello y una dirección en Barcelona, la destinataria, mi tía Milagros, falleció hace ya años.

–No lo entiendo, Julián.

–Mi madre tiene demencia –explica él, con una sonrisa que parece que se la han grapado a traición–, y los últimos años de su vida se han desvanecido sin dejar rastro. Ella se cree que sigue en su casa del pueblo, que desapareció hace un par de décadas. Le hemos conservado la habitación tal y como la tenía allá. Mi madre, que hizo una promesa a su hermana para ponerle al día de las cosas del pueblo, sigue escribiéndole cartas. Nos pide que las enviemos a la ciudad a la que la tía Milagros se marchó cuando abandonó el pueblo, allá por los años ochenta. Luego murió, pero eso mi madre ya no lo recuerda.

–Pobrecita…

–Tiene tan vivos sus recuerdos de entonces –continúa Julián–, que nos los cuenta también a nosotros, como si el pueblo nunca nos hubiera dicho adiós. ¿Se encuentra bien, Conchi? ¿Le ocurre algo?

–Me acuerdo mucho del pueblo de mis abuelos… –La voz de la frutera se ahoga bajo la tierra, como un tubérculo.

–Vamos, mujer –trata de consolarla Julián–. A todos nos sucede lo mismo. Mi madre fue la cartera del pueblo y compartió todo con todos, conocía todas las casas y todos la adoraban. Todo el que la ve así ahora se marcha con el pensamiento puesto en su propio pueblo. ¿Sabe qué le pidió mi madre a su nieto hace unas semanas? Descubrió que con los móviles se pueden grabar mensajes y siempre que viene a verla le pide al chico que le grabe los anuncios de la megafonía del pueblo. Como cuando se jubiló de cartera sustituyó al alguacil con los avisos…

–Esto que me cuenta es… No tengo palabras… –La frutera se ahoga y busca con la mirada la puerta de la entrada, que está medio abierta.

–Pues mi madre está llena de ellas. Palabras que consigna en las cartas a su hermana Milagros; palabras que deja grabadas en el móvil de mi hijo y que hablan de negocios, afiladores, vendedores ambulantes y nuevas de un pueblo que solo conserva las pocas letras que forman su nombre; palabras que… ¡Conchi, mujer, no se vaya, que todavía no hemos arreglado cuentas! ¿Será posible?

 

Miles de recuerdos amontonados en la cabeza de la frutera la empujan fuera de la casa. Son recuerdos del pueblo de los abuelos los que la precipitan escaleras abajo y la hacen desaparecer, como un azucarillo que se disuelve en medio del ajetreo de la ciudad.

En ese momento, Julián cierra la puerta y se lleva la carta al cajón de la cómoda de su habitación para ponerla con las otras.

 

 

 

 

martes, 28 de julio de 2020

La historia del señor Opaco

OTRO CUENTO DE NAVIDAD


La calle está atiborrada de gente. La zapatería, la tienda de juguetes, la de ropa, el quiosco de la esquina y hasta las cuatro maderas que atrincheran a la vendedora de castañas. El niño menudo abre los ojos ante una enésima versión del juego de siempre de la Play Station, mientras su padre se esfuerza por cerrárselos a toda costa. La niña mimada no le quita el ojo a la niña repelente que salía del probador con una falda desdoblada y que –parece- va a dejar entre un montón de ropa que no se llevará. El pequeño de dos años coge con gracia un peluche morado, mientras el de cinco, que ya hace tres años abandonó ese comportamiento tan infantil, estudia el mecanismo de un circuito de carreras.
En esta noche del año nadie está desocupado. Siempre hay una cena que terminar de preparar, un regalo por encargar, algo, lo que sea, por lo que hay que esforzarse para no olvidar. En esa noche las parejas emparejan aún más sus manos, los saludos son sobreactuadamente efusivos y las sonrisas duran más de la cuenta, según el sistema métrico de la cortesía, de dudosa exactitud. En esta noche hay comportamientos que en cualquier otra serían inadmisibles.
Los transeúntes hacen de todo menos transitar. Se paran en cualquier escaparate y obstruyen a otros viandantes que tienen que dejar su vía para evitar atropellos. Los agentes de policía no persiguen a nadie y no intervienen. Están ahí, a sus cosas. Ellos sabrán. Y en los hospitales los pacientes escupen a los cuatro vientos su impaciencia porque no llega, porque no viene y porque no hay derecho a que no se recibiera el alta.
La ciudad entera está vuelta del revés y tan afanada en vivir una noche distinta a todas las noches que se olvida de alguna de sus almas, con su remolque de experiencias y su carga de sentimientos. A esa alma vamos a llamarla Señor Opaco. Todos los sentimientos, pesares, alegrías o tristezas que soporta los vamos a conocer muy pronto… Si nos deja.

El señor Opaco lleva un abrigo negro, de un negro muy negro. No usa guantes ni bufanda, pero sí una boina elegante. De color negro, evidentemente. Ha salido bien pertrechado de su casa y no tiene pizca de frío. Tiene algo de prisa porque nunca llega tarde. No tiene nada que ver con hacer esperar a la otra. Él nunca llega tarde.
Su mujer está preparando la cena y él le ha dicho que había algo que tenía que hacer. Enseguida se le ha iluminado la cara a su esposa, incapaz de imaginar el engaño, mientras miraba de soslayo a su pequeña de diez años que estaba entretenida con una muñeca. ¡Claro, qué tonta! Ve, ve, –le ha dicho– y ahí está, en la calle, justo doblando la caseta de la vendedora de castañas.
Si el señor Opaco hubiera pedido un cucurucho en ese momento se habría dado cuenta de lo frías que estaban. La mujer de la caseta había perdido la pala de mano que usa para sacarlas del fuego y solo el contacto de sus manos congeladas con las castañas recién asadas les arrebata todo su calor.
Porque hace mucho frío, aunque al señor Opaco no le afecte lo más mínimo. Lleva un buen abrigo. Un abrigo negro. El frío que desprenden las castañas o la cara triste de la vendedora no lo atraviesa. Apenas lo roza. Él sigue caminando.

– ¿Podría usted dejarme pasar?
– ¿Perdón?
–Está impidiendo que entre en la tienda, y necesito…

Un señor calvo, con gafas y una frente sudorosa, que lleva no sabemos cuántas cajas encima, está delante del señor Opaco, y este no hace nada por apartarse. Lo está mirando y lee “cuidado: fracasado” en cada uno de los cartones. No se lee en su frente, a lo mejor porque el sudor ha hecho correr la tinta. Ese individuo con esas maneras de libro de gramática inglesa está desperdiciando su vida. Posiblemente no soñó con esto veinte años antes. Su mundo se encierra ahora en una inmensa caja de cartón. Quizá tirando un poco de esta parte…

– ¿Se puede saber qué…?
–Creo que se le ha caído una caja. Bueno, dos. Tres…

Una tras otra caen a plomo en mitad de la acera hasta ocho cajas. La más grande sobre un perrillo que casi muere del susto. El señor Opaco se sonríe por la travesura. El tipo se ha quedado con cara de memo. Aunque no sabría decir si la cara de memo la traía puesta antes de perder el cargamento. Con el incidente se ha acalorado un poco. Se desabrocha un botón del abrigo. Una chiquilla pasa corriendo a su lado. Se detiene a unos pasos de él. Busca algo. Llama a sus padres. Su hermano también ayudará en la búsqueda. El señor Opaco se detiene ante el semáforo.
En el borde de la acera brilla una pulsera roja con un fino hilo color dorado. Es mayor para agacharse a recogerla. No es que sea un vejo. Al contrario, incluso ofrece un aspecto atlético. Pero agacharse así, de sopetón, no es un ejercicio recomendable. El ambiente es frío y, aunque él personalmente no lo note, sus músculos sí se iban a resentir. El semáforo cambia de color. Lo único que queda rojo en el paso de peatones es ese accesorio brillante que ya nunca volverá a adornar la muñeca de una preciosa y consternada niña de ocho años.

Para llegar a la Costanilla del Relincho hay que atravesar todavía parte del ensanche de la ciudad. No está lejos, pero el paseo ya se está haciendo un poco pesado. Otra noche del año no habría tantísimo ajetreo por las calles. Los niños han crecido esta noche como hongos, y el orden de los viandantes se ha modificado enormemente. De hecho no hay orden alguno. Por eso es dificultoso andar por las aceras, cruzar las calles y caminar despreocupadamente. Y no hay que olvidar que todos los comercios están abiertos. Y no solo abiertos. Están llenos de gente.
Los vendedores se confunden con los compradores y los compradores con los peatones. Los peatones, a su vez, entran en las tiendas y salen de ellas, cuando no saludan a los conductores, que llegan incluso a parar en doble o triple fila para que la conversación fluya como no lo hace el tráfico. Hoy todo el mundo tiene un afán ridículo de hacerse el simpático con todo el mundo. La amabilidad sobrevuela la ciudad. Y la dichosa callecita no acaba de aparecer. Sí, hay mucha, muchísima gente en las calles. Pero eso no es lo que más molesta al señor Opaco.

Por cada alma que ocupa, viene, va y se para y vuelve a ponerse en marcha, por cada cuerpo que adelanta, se retrasa, vuelve a rebasar y frena en seco ante cada escaparate hay una boca, unos labios de los que sale un gorgoteo de sonidos incomprensibles, un murmullo que no llega a hacerse frase, un balbuceo incalificable, ruido, en definitiva, ruido que es rumiar y masticar sin escupir nada coherente. El señor Opaco podría adivinar qué hay detrás de esos sonidos. Si tuviera algún interés en hacerlo. Si no le molestara hacer ese pequeño esfuerzo.

–Qué bien le quedará…
–Grande. Sublime…
–Mi pobre… Se me ocurrirá algo. Seguro…
–Uno menos. La lista se reduce...
–Nada, nada. Siga usted...
–Cuando quieras. Mi mujer, encantada.
–Bombones. No. Pastelitos…
–Pobrecito. Sí, muy triste.

Los metros de acera iban dejando atrás a una joven prometida, con su ilusión tirando dulcemente de ella. Al doblar una esquina, un padre con el pensamiento en sus niños y en su boca abierta cuando contemplaran los regalos. Más arriba, al comenzar la cuesta, junto a la mercería, la señora de la casa y el postre que cerraría una cena maravillosa. Y más y más historias. Y un sentimiento de lástima y comprensión que hace vibrar corazones y un saludo y una invitación sincera. Ahí juntas, frente a la pastelería. Un rinconcito de cada corazón se iluminaba, y la calle, en una noche oscura como todas las noches, podía haber sufrido un apagón en todo el alumbrado.
Porque esas idas y venidas despedían ráfagas de luces que se contagiaban unas a otras. Sin embargo, donde un sentimiento gozoso nacía, una mueca de fastidio, un mohín despreciativo, un gesto torcido y una mirada inquieta a su reloj de pulsera ahogaban las risas de la nueva criatura. El señor Opaco se estaba impacientando. Con tanto ruido ininteligible y muecas y aspavientos y tanto imbécil suelto, iba a llegar tarde. Y no quería echar por tierra su reputación de impecable puntualidad y caballeroso dominio del tiempo. En cuanto se terminara la cuesta, todo aquel mundo se habría quedado atrás. Tan solo unos metros y el silencio, el único lenguaje que en realidad comprendía, lo envolvería en su manto negro como la noche, como una noche cualquiera. Negro como el abrigo que volvía a abotonarse al sentir un viento sin murmullos.
¿Silencio? ¿Soledad? Casi podría decirse que no había gente. Desde luego no había gente pisándose unos a otros, hablando de una acera a la de enfrente, pensando en voz alta y en voz alta pidiendo paso, este o aquel regalo, o un taxi que los llevaran aprisa a sus hogares. Pero decir que había silencio, lo que se dice silencio… Al final de la cuesta empedrada había una plaza, y en la plaza una fuente con un amorcillo manco y un tubo oxidado que salía de su boca, del que casi nadie recordaba haber visto que emanara agua. Las palomas habían extendido no se sabe cuántas capas de pintura sobre él. La fuente era octogonal, y el borde estaba muy desgastado. Al lado de la fuente, haciendo guardia, un pino enclenque se inclinaba hacia el angelote como si lo consolara, y cada año se retorcía más y más. Parecía que el pobre angelillo necesitase cada vez más palabras de consuelo. O simplemente se hacía más y más sordo con los años.

En fin. Ya está aquí el señor Opaco. El trayecto está llegando a su fin. Cruzar la plaza dejando atrás la fuente y llamar al telefonillo del edificio 6. Arreglarse el abrigo, entrar en el ascensor y marcar el número 3. Avanzar un trecho por el pasillo. Tocar el timbre. Sonreír. Mentir.
Pero no esta noche. No precisamente esta noche. Porque el señor Opaco, antes de rebasar el angelito de piedra, descubre un sollozo acompasado en uno de los ángulos del la fuente. Es un niño. Junto a él, inclinándose sobre el desconsolado que llora, otro niño. El primer niño no llega a los diez años. El segundo es más pequeño. Es evidente que son hermanos. Y es chocante lo mucho que se parecen los dos críos a la otra, que ya se estará impacientando…
No van mal vestidos ni sucios. No son criaturas dejadas de las manos de Dios que holgazanean por las calles. El pequeño, de pie, mira sorprendido al hermano quien, derrumbado, no puede ni hablar, ni incorporarse, ni levantar el rostro.
Con paciencia ilimitada, el hermano pequeño espera una mirada del mayor, para comunicarse con él, aunque no sea con palabras. No es el único que espera. El señor Opaco sigue ahí, en el mismo ángulo de la fuente, con sus pantalones de pinzas rozando el borde desvaído y oxidado. Si se hubiera tratado de dos niños harapientos ya se habría marchado hacía tiempo. Pero los chiquillos están bien peinados, llevan buenas ropas –el reloj del mayor es de muy bella factura– y se adivinan modales de familia bien. Y tienen sus ojos y el mismo color de sus cabellos. Extrañado, sorprendido e intrigado, el señor Opaco no abandona la escena. Se queda allí, junto a las criaturas y al ángel de piedra. Ahí. A la espera. Por fin, una conversación.

–No estoy llorando.
–Sí lloras. ¿Por qué?
–Estoy triste. ¿Tú no?
–Sí, pero no lloro. ¿Sabes por qué?
–Me lo vas a decir…
–Porque vamos a cuidar de mamá. Porque ella no va a sentirse mal nunca más. Porque tú y yo vamos a portarnos bien y mamá no va a estar triste tampoco.
–Ya sé que vamos a estar bien con mamá. Ella no me preocupa. Bueno, un poco. Y tú y yo vamos a ser buenos y estar bien.
–Entonces… ¿Es por papá?
–Sí.
–Mamá es fuerte. La ayudaremos aunque no esté papá. Y nosotros haremos lo que no pueda ella. También somos fuertes.
–No va por ahí. A mí quien me preocupa es papá. Papá ya nunca va a ser feliz. Estoy triste por papá.

El niño mira a su hermano con lágrimas en los ojos y sufre con cada sílaba que está pronunciando. Ahora el más pequeño se pone también a llorar. Va a desplomarse. El mayor lo coge con ambas manos y se lleva el antebrazo a la cara. El otro lo imita. Esconden las lágrimas. Les queda infancia para jugar al escondite sin que mamá se entere. Es tarde. Han bajado a por unas castañas asadas y mamá se va a inquietar. Además, ya tienen que estar congeladas.

Los dos muchachos van a cruzar la calle. Antes de entrar en el bloque ven una silueta negra, de un color negro, muy negro que abandona la plaza a toda velocidad. Antes de que desaparezca su imagen, un pañuelo blanco pegado a su rostro parece decirles adiós, mientras baja la Costanilla del Relincho en dirección a su casa, a su esposa, a su niña de diez años…
Todavía está a tiempo de comprarle un regalo a la pequeña, si consigue contener unas lágrimas que llevaban años encerradas en la oscuridad de su abrigo.


martes, 21 de julio de 2020

Un verano bajo el sol de los Monegros


LA CIGÜEÑA DE ROBRES

I
                El verano rescata en nuestros pueblos mil y un sonidos que aletargan con sus combinaciones al perezoso silencio. Entre esos ruidos, hay un efecto sonoro que se repite de un extremo a otro del territorio.  Durante el periodo estival, todo el país se convierte en un intrincado cable de telégrafos. En cada población se escucha un martilleo incesante que no deja de transmitir un mensaje tras otro. Cada pedanía tiene asignada una cabina, una central de comunicación. Desde un pueblo a otro se escucha el pico que golpea intermitentemente, el sonido que imita el castañeo de dientes de una criatura humana recién salida del agua de la piscina en un día con cierzo.
                Las telefonistas que codifican e interpretan todas esas transmisiones trabajan siempre desde las alturas, donde está visto que existe la mejor cobertura. El sonido llega mucho más nítido desde sus nidos, construidos siempre en espadañas y campanarios, sobre cúpulas y tejados, encima de las torres que destacan sobre las panorámicas de los núcleos rurales y urbanos de nuestro territorio.
En sus puestos de trabajo, las aves del cable se alzan vigilantes, concentradas. Mañana y noche producen sus mensajes con una disciplina inquebrantable. Su perseverancia es tal que no hay ser vivo que no reconozca su labor, incluyéndose, desde luego, a la especie humana.

Las agentes de transmisiones mantienen en contacto unos pueblos con otros y crean en los seres humanos la misma sensación que el olor a tierra recién cosechada o las nubes de mosquitos o las cajas de botellines de cerveza dándose un baño de sol junto a la puerta de atrás del bar: es la sugerente sensación de la llegada del buen tiempo, la vuelta al pueblo, la maravillosa percepción de paz pegajosa que solamente un altercado inesperado podría deshacer.
Aunque, la mayor parte de las veces, los mensajes que se transmiten viajan narcotizados, sin sobresaltos, subidos en el tren de un monótono repiqueteo de picos que se golpean, en alguna ocasión, las operadoras de altos vuelos reproducen historias que se salen de la tediosa e insípida rutina veraniega.
Esto es lo que ha ocurrido precisamente ahora con la historia que nos disponemos a arrebatarle a este verano indefenso.

Es bien conocido por todos que los seres humanos han tratado siempre de acercarse a la eficacia comunicativa de aquellos seres con pico y plumas. Sin embargo, nunca han sido capaces de alcanzar su nivel. Están las cigüeñas muy por encima de la especie humana. Los humanos no han llegado en todo este tiempo hasta tan alto, a pesar de haberlo intentado casi todo. Ni el repicar constante de las campanas de la iglesia, ni el repetitivo mensaje de la megafonía desde cualquier ayuntamiento, ni la plantación de antenas o repetidores a mansalva han podido jamás competir con el orquestado y eficaz golpeteo de los picos de estas telegrafistas aladas.
Prueba de ello es lo que ha llegado hoy mismo hasta nosotros. En uno de nuestros pueblos se transmitió una vez la historia que acaba de llegar hasta nuestros oídos con el sonido certero del pico de una cigüeña. En la Comarca de Monegros, según nos cuenta esta transmisión recién capturada y descodificada, tuvo su origen este incidente, este altercado que interrumpió, por un momento, la calma sin noticias de un verano como otro cualquiera.
Cada episodio de esta historia que hoy nos ha visitado, cada escena de esta anécdota ha venido acompañada del movimiento incansable del pico de las cigüeñas. Acunada entre el ritmo del sonido hueco que viene desde las alturas, esta aventura empieza a desenvolverse ahora mismo, como el hatillo anudado que recogía a los recién nacidos que siempre se ha dicho que traía la cigüeña. Estamos a punto de conocer esta aventura que todavía se encuentra entre pañales.
Silencio. El sonido parece que se escucha cada vez más próximo y necesitamos de toda nuestra atención para interpretar el mensaje que lleva en su interior la historia que nos trasladan nuestras emplumadas trabajadoras del cable…

II
Es verano en Monegros. El calor es un hincha que no desfallece, que no abandona el campo hasta el pitido final, es un aficionado que se queda en su asiento alentando a su equipo y animando a los jugadores, a pesar de que la remontada es imposible y la victoria inalcanzable. El calor es el último que se levanta de la butaca y se oculta en las sombras, el último que abandona las gradas.
La tierra entera desprende olor a hierbajo seco, a chasquido de caracol blanco recién pisoteado, a polvo que compra entradas para tumbar por KO toda saliva. Es difícil soportar estas temperaturas y no volverse loco con la gira comarcal de grillos y chicharras, que se retan sin descanso, que compiten sin variar una sola canción del repertorio. Los insectos llevan haciendo bolos por todas las poblaciones de la Comarca desde los primeros veranos del mundo.
Es verano y la tarde agoniza, como un Prometeo que exhibe sus entrañas ocres y se deja vencer por esa criminal redonda y blanca que miente más que alumbra.
                Una salamanquesa está esperando oculta a que caiga finalmente la noche. Conoce la pared donde va a pernoctar en pocos minutos y ha calculado los mosquitos que figurarán en el menú de su cena. Esta vez no piensa compartirla con sus primas. Tras las tapias cercanas, los perros ladran como los trovadores medievales, llorando sus cuitas sin necesidad de público, probando una octava más alta y una nota más sostenida. Cuando creen que tienen ya la letra y la melodía, otros camaradas emiten sus creaciones y lanzan al aire inmóvil y seco sus plantos y elegías. El ladrido del crepúsculo, como un cantar anónimo, no tiene nombre propio.
Al mismo tiempo, los mosquitos zumban y planean, como esas alarmas que soportan ahítas de paciencia que una y otra vez se les posponga de un manotazo, mientras el resto del vecindario asesina mentalmente al dueño de aquel aparato endiablado. Tal vez la vecina de al lado no pueda contenerse y sea incapaz de posponer más sus instintos de venganza.
Con el paso de las horas, aquellos sonidos van ensombreciéndose y la atmósfera de la localidad se convierte en un galimatías, en un programa de televisión matutino cuyo moderador se encuentra amordazado; en un reality que recicla imágenes de otros formatos y llena de subtítulos el caos de voces que juegan con la audiencia como en el patio del colegio; el fin de la jornada se transforma en un concierto de música de cámara en el que todos desafinan y se descompasan,  se convierte en una  supuesta  sesión de control al gobierno. Todo descontrol. Todo desgobierno.

                Es verano y ya es de noche en Robres. No corre una gota de aire. En las casas se busca el frío, el suave soplo de la televisión y del ordenador de mesa. Los vecinos prueban a hacer tertulia en las calles del pueblo y sacan la silla al tranco de la puerta o riegan tiestos y jardineras, buscando el frescor que no han tenido en toda la jornada. Todo ello para mentirse a sí mismos, para convencerse de que es posible combatir contra un verano crudo y sin domesticar. Los más mayores se tumban sobre sus camas y rezan para que amanezca. Y los más jóvenes, que antes soñaban y escalaban torres almenadas, ahora pierden el sueño mirando ansiosos la pantalla de su móvil para no perderse lo último de Instagram.
Cae la noche. En la oscuridad de las habitaciones se apuestan las luciérnagas de la modernidad, aquellas que solo se alimentan de datos cuando no hay wifi donde chupar.
                De vez en cuando se oye el motor de un coche, se pintan carcajadas a brochazos o sale un nuevo chisme de la tele, sin tiempo para que el mando a distancia pueda ensordecerlo o suavizarlo. Sin embargo, es el silencio el gran protagonista de esta noche calurosa del verano, de una noche estival que es prácticamente idéntica a la anterior y que no diferirá demasiado de la noche próxima.

El silencio se adueña de la escena, se dispone a arrullar una conversación que aletea sobre los hogares del pueblo, que se eleva sobre casas y granjas, viñas y almendreras. El sonido de esa charla es como una nana que todo bicho viviente simula escuchar con atención. La voz parece provenir del punto más alto de la iglesia.
                Hasta nosotros llega el contenido de ese diálogo. Las cosas que se observan desde arriba no dejan de sorprendernos. Cuando en los pueblos se toman las cosas con perspectiva parece que llegan con más autoridad. No ha de extrañarnos que nosotros, que escuchamos a estas horas de la noche la voz autorizada que baja hasta la carretera del pueblo, sintamos en nuestro interior el deseo irrefrenable de obviar los otros ruidos.

                –Haz el favor de cerrar el pico y atenderme, que quiero que mi sacrificio quede bien explicado a toda nuestra comunidad.
                –Es una locura, hermana. Vas a lanzarte contra la veleta de la iglesia para demostrar que en este pueblo nadie hace nada. El suicidio como argumento incontestable. Llevas con esa teoría más de un año y medio. Me cansas…
                –Ahora tengo la oportunidad y el móvil. En pleno verano, todo el mundo está ocioso. No hay excusa para no retirar mi cuerpo del tejado. Llevo toda mi vida filosofando sobre la dejadez de la especie humana. Este va a ser el experimento final.
                – ¿Por qué  no dejas caer algún animal ya muerto? ¿O alguna cosa de valor? Qué manía has cogido con exhibirte tú allá en la torre…
                –La especie humana está muy concienciada con los animales. Fíjate que hasta nos han hecho a nosotras unos áticos en varios pueblos que el canal  bordea. Pues ya verás que ni aun así van a ocuparse de mí. Esto va a reforzar mi teoría, y tú la convertirás en ley universal.
                – ¿Yo? Estás tú buena… Voy a tener suficiente con tratar de explicar a la familia lo que vas a hacer. Pero no he perdido la esperanza de disuadirte. Tienes que entrar en razón. Descansa un rato y mañana lo verás con otros ojos…
                –Lo tengo todo decidido. Y va a ser esta noche. Te he puesto algo en las lombrices. Vas a caer rendida en unos segundos. Y después, nadie me impedirá volar hasta la gloria científica.

                Todo bicho viviente ha escuchado a las dos cigüeñas sobre la torre de la iglesia. ¿Será verdad lo que está planeando una de ellas? Una gata parda, que ya ha perdido tres criaturas en la carretera, sabe lo que es velar a un hijo sin poder retirar su cuerpo del asfalto, verlo descomponerse a base de pisadas brutales de caucho, verse obligada a ocultar a la familia la crueldad salvaje de las máquinas de los humanos.
                Los bichos más pequeños han escuchado también aquella conversación. Ahora ven alejarse a la gata, sin embargo, no pueden prestar atención a aquellas voces. Hay unos cuantos críos empeñados en convertirlos en el objetivo de sus juegos. En esa calle ya no hay sitio para las cucarachas y los saltamontes. Por eso, las chinches y los grillos no han podido darse cuenta de que ya no son dos voces las que vienen desde uno de los tejados de la iglesia. Solamente quedan dos ojos abiertos sobre sus cabezas, dos ojos que escrutan el horizonte y calculan velocidad de vuelo y coordenadas exactas para el impacto.
                La voz de la cigüeña, la que no ha sido adormecida por la droga, se apaga también. Ahora no le queda más que esperar hasta que todo quede en calma. El silencio de la noche se extiende como la mantequilla sobre la tostada. Un coche atraviesa la carretera que cruza el pueblo y se aleja llevándose consigo el ruido de un motor que se apagará en La Plana, que no volverá a escucharse hasta unos tragos más tarde. La noche veraniega se aparea con un pueblo que se deja hacer, callado e inerme. Las luces de las casas se han ido apagando y las televisiones son solo pantallas negras con un punto de luz que nadie mira.

                Es la hora. La cigüeña abandona su nido y echa un último vistazo a su compañera de fatigas, que duerme plácidamente. Confía en no haberse excedido con la sustancia. No han sido más que tres lombrices. Mañana por la mañana estará fresca como una lechuga. Está bien. No puede perder un momento. Inicia el vuelo y llega hasta las granjas. Los puercos duermen. Nadie va a notar nada. No hay luces en las casas ni movimiento en los campos ni en los huertos.
                No hay marcha atrás. Todo está decidido desde hace tiempo. Planea una vez más y sobrevuela el hueco sobre el que se asienta el pueblo, su pueblo. Se despide de todo su mundo y empieza a coger velocidad. Las piscinas, el campo de fútbol, el Pimendón, las viñas, los trigales, el parque de san Blas y, en medio de todo, la iglesia de la Asunción, con su torre y con la  veleta puntiaguda a la que se está aproximando a un ritmo cada vez más vertiginoso.
                Nadie puede detenerla, nadie puede frenar el ritmo de su vuelo presto hacia ese hierro afilado que va a ensartarla como un espeto. El pico tiembla y las alas se abren cuando, a una velocidad de vértigo, el ave se lanza hacia su destino y el cuello hace un amago por evitar un final que ya nadie puede modificar.
Ya está hecho. Los animales de la noche han preferido no mirar. La mañana despertará con un adorno colgando de la veleta de la torre de la iglesia. Todo el mundo se preguntará qué ha podido ocurrir y qué es lo que hace allí aquella pobre cigüeña y por qué nadie la quita de aquel lugar.

III
                Unas semanas después del incidente, la cigüeña que no supo evitar la tragedia se llevará a la familia hasta los apartamentos-estacas de Poleñino. Le resulta insoportable descubrir cómo su hermana tenía más razón que una rapaz. En todos esos días no ha habido un alma que se haya acercado para arrancar su cuerpo del hierro de la iglesia y devolverlo a la tierra para alimentar los campos.  Se hace irresistible contemplar un espectáculo que aguanta en cartel más tiempo  que un éxito  del Teatro de Robres. Aunque las cigüeñas no mirasen hacia lo alto de la iglesia, las murmuraciones y habladurías se les habían hecho igual de insoportables. Por eso había decidido emigrar con toda la familia a ese otro pueblo de la Comarca.

                Varios meses después se dieron los permisos y se levantó la grúa que recogería lo que quedaba de la obstinada cigüeña de Robres. Los humanos no se ponían de acuerdo. Protección animal necesitaba un técnico que estudiara cómo causar el menor impacto en las especies. El Ayuntamiento tenía que confirmar el visto bueno del Seprona. El obispado quería que aquel espectáculo se terminara cuanto antes. Los operarios necesitaban justificar el trabajo fuera de unos horarios que no les correspondían. Unos por otros, la demba sin escobar. Hasta que todo pudo arreglarse y los trabajos de retirada del pobre animal  terminaron por llevarse a cabo. Habían pasado seis meses desde el incidente.
No obstante, los murmullos no iban a cesar tan pronto. En Robres seguían preguntándose por la causa de aquella imagen que aún tardaría en difuminarse y disiparse de su memoria… Solamente había una cigüeña que conocía la respuesta a aquel enigma. Sin embargo, nunca iban a volver a verla por allí. Su familia, que siguió creciendo, nunca más iba a regresar a su pueblo de origen.

Transcurrió un año desde aquel episodio. Al verano siguiente, en una noche fresca, se levantó una nube de polvo en aquella otra localidad monegrina. Un remolino removió la curiosidad de dos crías de cigüeña. ¿Cómo que papá y mamá no habían nacido en Poleñino? ¿Podía ser eso posible? Sus padres se vieron en la obligación de contar la verdad.
Las generaciones de aquella familia de cigüeñas van a seguir preguntando siempre por aquella noche que lo había cambiado todo. Querrán saber por qué nunca volvieron a sus orígenes, se preguntarán todavía por su antepasado más famoso, por su gesta y por su sacrificio. Entonces descubrirán lo que ya casi nadie recuerda. Entre el ruido de la noche, la historia de la cigüeña de Robres mitigará, en las cálidas noches veraniegas, los otros ruidos, las otras penas que el sol de los Monegros va acumulando durante la jornada.
Ningún animal se acuerda del calor que ha soportado durante el día cuando una buena historia silba certera sobre sus oídos en medio de la noche, especialmente si esa historia sigue el vuelo de la primera cigüeña que se atrevió a desafiar a toda la especie humana; especialmente, además, si esa historia llega a sus oídos a través del entrechocar majestuoso del pico de las cigüeñas.


miércoles, 1 de julio de 2020

Pero qué comediante que eres...


ÁRBOL GENEALÓGICO

                El café y la magdalena descansan intactos sobre la barra de la cafetería de la plaza del teatro. No hay más clientes en el local porque hoy he sido especialmente madrugador. Antes de que entre cualquier parroquiano por esa puerta tengo que terminar lo que he empezado. No es fácil. Es la primera vez que amordazo a alguien fuera de un escenario. Los actores de las comedias de enredo no se mueven tanto ni pesan como este camarero que ha estado a punto de mandarme al otro barrio. Tengo que pensar rápido porque no existe ningún guion al que abandonarme, porque no hay acotación que seguir al pie de la letra ni nota al margen que dicte cuál ha de ser mi siguiente movimiento. El camarero de la cafetería ya no se mueve. Es el momento de hacer mutis y prometerme a mí mismo que no volveré jamás a esta ciudad y a este lugar, que no volveré a pisar jamás este escenario. Cuando me subo al coche y salgo por fin de la ciudad caigo en la cuenta de que me he olvidado, junto al desayuno, el sobre que contiene mi árbol genealógico. Eso significa que darán conmigo y que la policía tendrá sobre la mesa todas las claves para entender por qué hay un hombre atado a una silla y por qué hay una magdalena y un café abandonados sobre la barra de la cafetería de la plaza del Teatro Romea de Murcia. Sinceramente, ya no me importa.
               
                Voy hacia el norte, de donde nunca tenía que haber salido. Seguiré la autovía hasta que ya no tenga fuerzas y buscaré un motel de carretera para descansar. Las últimas semanas han sido extenuantes y no me refiero solamente al trabajo. Es verdad que hemos tenido ensayos prácticamente todos los días y que el Ayuntamiento de la ciudad nos hizo un hijo de madera cuando nos adelantó el estreno un par de semanas, para hacerlo coincidir con las fiestas locales. Sin embargo, eso no ha sido lo que me ha colocado al límite de mis fuerzas. Ni mucho menos.
Desde que destiné mi vida a esta aventura de la interpretación he estado sometido a mil y una presiones, he sorteado obstáculos de todo tipo y bregado con infinidad de imprevistos. He soportado representantes, instituciones y críticos, he aguantado todo tipo de compañeros y directores, escenógrafos y productores y  he conocido aficionados de todas las clases. Y he continuado trabajando, sin perdonar una representación, sin romper un solo contrato, sin renunciar a una sola de las actuaciones a las que me había comprometido, sin quejarme nunca de los miles de kilómetros que me he metido entre pecho y espalda. No, definitivamente, la situación en la que me encuentro no tiene nada que ver con mi oficio como actor, no tiene absolutamente nada que ver con un trabajo al que llevo dedicándome más de veinticinco años. La culpa de todo la tiene el dichoso árbol genealógico.

Hace tres semanas fue mi cumpleaños. Cumplía cincuenta. Yo ya no lo recordaba, pero un buen amigo, al que todos hemos llamado siempre JL, me refrescó la memoria cuando me lo contó por teléfono. JL es un aficionado a la genealogía, un auténtico devorador de documentos y archivos, un amante de la búsqueda de ancestros. Antes de embarcarme en la gira de la compañía por tierras levantinas y murcianas, él me había pedido que le diera todos los apellidos que yo recordara y yo había tenido que escribirle, accediendo a sus ruegos, para contarle las historias que mi abuela me había relatado sobre sus antecesores. JL estaba convencido de que encontraría algo interesante. Su propia familia conservaba un documento de un pariente que había formado parte de un proceso del inquisidor general de Zaragoza, hacia el siglo XV, e insistía en que conmigo podría encontrar también alguna curiosidad de similar calado.
Pues bien, aquella noche de mi cincuenta cumpleaños, tras felicitarme y preguntarme acerca de mi próxima representación, me dio la noticia. Indagando sobre mis ancestros, mi amigo  había llegado a dar con un actor de teatro del siglo XVIII, que había emigrado a Francia cuando la guerra de la Independencia, porque su madre era francesa y temía por la integridad de su prole. El actor había rehecho su vida en el país vecino y se había convertido en un actor de primera fila de la comedia francesa. Una de sus hijas se había marchado de vuelta a España, para casarse con un joven barcelonés que había sido político en el Principado y que había tenido un papel destacado en los años convulsos de la primera guerra carlista. Yo ya conocía aquella historia del diputado catalán, pero no había oído hablar en mi vida de esa madre suya ni de ese abuelo de cierta fama en el mundo de la farándula.
Mi amigo percibió el interés mío sobre estos datos que me revelaba  a través del teléfono y me anunció que lo mejor estaba por venir. Sin preocuparse por omitir todos los detalles de sus búsquedas en internet y las dificultades que hubo que salvar y las pistas falsas que tuvo que abandonar en más de una ocasión, JL me reconoció, por fin, que con sus investigaciones había llegado a un hecho que le había puesto los pelos de punta. Resulta que mi antecesor, el brillante actor de la escena gala, el causante quizá de que por mis venas corriera sangre interpretativa, al llegar a los cincuenta años, había terminado sus días sobre las tablas, muerto por envenenamiento, durante la representación de una comedia del gran Molière. Me dijo que me enviaba el documento de prensa que recogía la noticia del funesto suceso y que había contactado con un colega suyo francés para que se lo tradujera. Después colgó y yo encendí mi portátil. Aquella noche apenas pegué ojo.
Yo nunca me he tenido por supersticioso y todo aquello del determinismo biológico me ha parecido siempre un cuento chino. Sin embargo, aquella noticia del diario francés de hacía un par de siglos me afectó profundamente. Aquel hombre del que yo supuestamente provenía y que me había precedido en el arte de la interpretación actoral, había sido eliminado de la escena antes de terminar el acto. Con el francés que yo había aprendido de una semana veraneando en Colliure y Carcassonne, pude leer en aquel documento de hemeroteca que, cuando levantaron el telón, tuvieron que levantar allí mismo el acta de defunción del malogrado comediante. El redactor de la noticia y crítico teatral del periódico no escondía las sospechas hacia el establecimiento en el que el actor solía desayunar cada mañana. Mi antepasado era hombre de costumbres y no perdonaba ni un solo día el café con leche con un tierno cruasán recién hecho.

Desde aquel día dejé de pedir el cruasán y empecé a cambiar de bollería. A veces magdalenas, a veces bollos suizos o fritos, a veces tostadas o churros. Empecé a percibir cierto dolor en el estómago, que nunca  había sentido antes, y dejé de dar propinas al camarero de la cafetería en la que he estado desayunando todas estas semanas. Murcia era la última ciudad de la gira y el último acto de nuestro programa. Toda la compañía estaba volcada en cerrar nuestras representaciones con un broche de oro y los éxitos de Andalucía y Extremadura nos habían preparado el terreno. Todo estaba yendo sobre ruedas y la venta de entradas nos auguraba una recaudación antológica. El optimismo llenaba los ensayos y las risas flotaban sobre nuestras cabezas en cafés y copas de los sitios con más solera de la capital murciana.  Hasta el director de la compañía podía decirse que se había vuelto más simpático. Sin embargo, yo empecé a sentirme mal, a tener dolores estomacales y a experimentar ardor de estómago, mareos y sensaciones de vómito.
Empecé a sospechar del camarero que me ponía el café con leche todas las mañanas en la cafetería que da al Teatro Romea. Tal es así, que un día me llevé un botecito de una farmacia y le llevé las muestras de la leche para que las analizaran. Llegué incluso a pedir permiso a nuestro director para ausentarme en un par de ensayos y así hacerme unos análisis completos en el Centro de Salud más cercano. Llegué a perder el apetito y con ello la fama de buen comedor que me había ganado dentro de la compañía durante años.
Una tarde, esperé a que el camarero saliera del trabajo y le robé la cartera. Apunté sus apellidos y se los envié a mi amigo JL para que investigara. Estaba yo convencido de que, atando ciertos cabos, aquel camarero murciano resultaría estar emparentado con el hostelero que había envenenado a mi antecesor. Mi amigo me falló, pues no hizo más que hablarme de una conexión más que evidente de aquel individuo al que yo investigaba con una familia morisca del valle de Ricote. JL insistía en la importancia de la situación de los moriscos en la España del siglo XVI y yo dejé caer el teléfono y me fui a vomitar al baño de mi habitación del hotel. Ya no le devolví ninguna llamada.
Ayer por la noche tuve una conversación con nuestro director. Me ha dicho que toda la compañía está preocupada conmigo. Dicen que quieren ayudarme pero que no saben cómo. Yo le comenté que todo se iba a arreglar al día siguiente, que yo me iba a encargar de todo. El director se fue más consternado y con peor cara que cuando había aparecido en el hotel. Resulta que me trajo también una noticia. Para la temporada que viene pensaba comenzar con El enfermo imaginario de Molière, y que yo tenía todas las papeletas para protagonizarla. Ese papel, se atrevió a decirme, me sentaba como un guante. Aquello ya era demasiado.

Un cartel de la autovía me anuncia que hay una estación de servicio a catorce kilómetros. Necesito descansar un poco porque anoche, en cuanto se marchó el director,  tampoco fui capaz de dormir. Como le había prometido, esta mañana he dejado todo bien atado, especialmente al camarero. No he probado nada de lo que me ha servido sobre la barra de la cafetería, para que la policía científica pueda identificar todas las pruebas. El descuido de abandonar junto al desayuno el árbol genealógico que JL me había enviado y que yo imprimí en una copistería de la Universidad, podrá agilizar la resolución del caso. Ese hombre al que he amordazado esta mañana ya no se va a salir con la suya. No es tan fácil atentar contra la vida de un actor de ralea, de un intérprete que desciende de uno de los más grandes, de un cómico de una saga admirada en todo el mundo del que ya no va a reírse nadie. Buenos somos los actores de nuestra familia.