domingo, 26 de mayo de 2024

2° Premio Relato "Tierra Vacía" 2024"

 LA MENGUA

“Venta de vino en Robres”


I


Me gusta viajar por tierras aragonesas y visitar nuestros pueblos. El otro día, en una de esas visitas, me entretuve observando las imágenes expuestas en el Monasterio de Veruela. Son fruto de los apuntes que los hermanos Bécquer tomaron en su año de estancia a los pies del Moncayo. Muchas de esas anotaciones presentan estampas y escenas llenas de colorido y de sabor, aunque estén dibujadas a lápiz o a carboncillo y no puedan degustarse con el vino de la tierra. Alcaldes, curas, autoridades, gentes sencillas y tipos peculiares se dejaban retratar por los dos artistas sevillanos que no pudieron resistirse a los encantos de las poblaciones de Aragón. 

Aquellas imágenes se me grabaron en el corazón, el auténtico tintero del que salen los trazos de estas letras apretadas como gavillas de trigo con las que enhebro todos mis relatos. Las imágenes de Valeriano y las glosas de Gustavo Adolfo Bécquer me embarcaron en ese viaje que la memoria nos concierta sin agencias y sin pagos por adelantado. Aquellas escenas y estampas, ciertamente, me trajeron el recuerdo de otra localidad aragonesa. En ese vídeo sin proyector ni pantalla que la memoria conserva sobre las baldas de nuestro cerebro, mi recuerdo del pueblo de Robres, en el corazón de los Monegros oscenses, se encendió de repente, trayéndome las imágenes del día de la venta de vino. 

Dicen que nuestros pueblos se están quedando sin gente y que la despoblación avanza aceleradamente. Tienen razón. También dicen que el pueblo transmite una paz, un sosiego y una tranquilidad que no puede encontrarse en las ciudades. Aquí se equivocan. Es verdad que la calma es la bandera que enarbolan los defensores de las pequeñas poblaciones, no sin razón. Sin embargo, esto no siempre es así. La escena que la memoria proyectó dentro de mi cabeza, durante mi visita a la exposición del monasterio de Veruela, así lo atestigua. 


Esa escena había transcurrido en Robres, en efecto. No voy a jugar a describirla como en un cuadro costumbrista ni a narrar los hechos con técnica y estilo de experto novelista. Mi intención es demostrar que se equivocan quienes pintan de sosiego nuestras localidades, que yerran del todo los que maquillan de aburrimiento nuestros pueblos, especialmente en invierno. Me propongo dejar que la estampa que mi recuerdo mantiene en mi cabeza hable por sí sola. ¿Cómo? Muy sencillo.

Voy a permitir que aquellos personajes que la protagonizaron interpreten su papel sin intermediarios. Solamente diré que yo fui testigo, que fue durante la primera mengua del año en curso y que todo sucedió en el cuartelillo de la Guardia Civil de Alcubierre. Voy a dejar que sean sus palabras las que den color y sabor a aquella estampa de finales de enero. No obstante, antes de dibujar la escena, me voy a permitir poner nombre a los protagonistas. Voy a fabricar el pie de fotografía que no faltaba en ninguna de esas imágenes expuestas en el interior del recinto cisterciense de Veruela.

¿Cuáles fueron los protagonistas de la escena? Os presento a José Antonio Mir, el dueño de la viña cuya vendimia se lleva a término desde la casa de Justa Brosed, vecina del pueblo monegrino. La hermana de José Antonio, Esther, y la madre de ambos, María Dolores, son las vendedoras del clarete almacenado en cuatro cubas desde la vendimia. ¿Los compradores? Leví, de Lanaja, el de Plan, los de Monzón, los catalanes, Jesús y Nicolás. Todos ellos repiten cada año y vienen a Robres con la primera mengua, a llevarse vino, desde hace décadas.

¿Cómo se fabricó la imagen de un sábado de finales de enero que se ha quedado marcada a fuego en mi recuerdo? A las doce y treinta y cinco, en medio del trasiego del vino y de la venta, alertados por el escándalo y el ajetreo, dos agentes de la Guardia Civil se personan en la casa de Justa Brosed, junto al Plegadero, y se llevan a todos al cuartelillo de la localidad cercana de Alcubierre. En la casa de Robres quedan María Dolores y Esther. Ellas, en el momento de la detención, se encontraban fuera del lugar del tumulto; la hija buscando en el corral vinagre para apañar una venta, la madre limpiando el baño de arriba. 

A la una menos cinco ya se encuentran todos en las dependencias de la Guardia Civil de Alcubierre. Ovidio y Belarmino son los dos agentes de la benemérita. Ovidio es un poco simple y Belarmino está resfriado y, por ese motivo, no oye bien. Aquí termina el pie de foto y comienza la escena…




II


–Estos son los de Plan, Belarmino –dice Ovidio, señalando a dos hombres del grupo.

– ¿Los del plan? Así que ustedes son los que lo tenían todo organizado… De modo que esta trifulca la llevaban ya planificada… Eso se llama premeditación, y es un agravante –el agente Belarmino se fija entonces en un señor mayor que no para de mirarlo.

–  ¿Y este quién es? –le pregunta al agente Ovidio.

–Es Dan

– ¿Qué Dan?

–Por aquí dan vino, si quieren ustedes catarlo –comenta Nicolás. Jesús, su compadre, ríe. El agente Ovidio los ignora y contesta al agente Belarmino.

–Dan Leví. Un señor de Lanaja –aclara el agente Ovidio.

– ¡Leví! –repite Belarmino.

– ¿Que le vio? ¿Dónde? Yo no lo había visto hasta hoy, pero se me ha presentado hace un momento. Por eso sé su nombre completo. –Belarmino no tiene tiempo para explicarse mejor delante de su compañero, pues el señor mayor se pone de pie y replica a los agentes. 

–Mi nombre es Dan Leví, y vengo todos los años para la mengua, agente, ya se lo he dicho al otro. Aunque este va a ser el último año. Eso se lo he comentado  al dueño.

– ¿A Mir? –pregunta el agente Belarmino

–A usted no, agente. Al dueño de la viña –aclara Leví de Lanaja.

–Me refiero a José Antonio Mir, el dueño de la viña. El del gorro y las tijeras de podar. El que está allí, al fondo de la sala –aclara Belarmino.

–Venga, que estos agentes se querrán echar… –habla desde el fondo el aludido– ¿hemos terminado ya o no?

–Podemos terminar si se callan todos de una vez –grita Belarmino.

– ¿Podemos? –Responde el dueño de la viña –Podemos pues, que así puedo estrenar estas tijeras que me regaló Marta de Uncastillo.

– ¿Las sacó de un castillo? 

–Uncastillo, el pueblo. Cerca de Tauste

– ¿Tauste seguro? Creo que Ejea queda más cerca…

–Seguro, seguro no hay nada en este mundo. 

–Basta ya. Silencio todo el mundo. –El agente Belarmino se está empezando a impacientar– Aquí no va a podar nadie.

–Aquí no va a poder nadie con nosotros, querrás decir… Belarmino, hay que hablar con propiedad –corrige Ovidio a su compañero.

–Yo solo le digo que estos se querrán echar, vamos, que hay que irse ya para casa… –insiste José Antonio.

–A ver si los encierro aquí mismo… –amenaza el agente Belarmino.

– ¿En cuarto menguante? Dicen que trae mala suerte –Ha hablado Jesús, el compadre de Nicolás.

– ¿De qué cuarto habla? –pregunta Nicolás.

–El cuarto de los detenidos. –aclara el agente Ovidio– No sabía que menguaba. Yo lo he visto siempre del mismo tamaño. 

–Se refiere a la fase lunar, merluzo –explica fuera de sí el agente Belarmino a su compañero–, ¡menguante!

–Nos está llamando mangantes –los catalanes, que hablaban catalán bajito y no se habían metido en la conversación, intervienen ahora–, a eso no hay derecho. Encima de querer meternos presos políticos nos tacha de ladrones. Esto es el colmo

– ¿Colmo dice? –Rabia de ira el agente Belarmino.

– ¡Y encima sordo! –Esto es intolerable. –Los catalanes hablan todos a la vez, pero sus voces se armonizan a la perfección. Han estado probando todas las cubas más de cinco veces cada una y no parecen tristes. 

– ¿Han estado ustedes bebiendo toda la mañana? –Belarmino interpela a los catalanes. Luego se dirige a su compañero– A ver, Ovidio, acércame el vino confiscado. ¿Cómo es ese recipiente del que has tomado la muestra?

–Como una cuba, compañero. –Ovidio ha hablado bajito, pero Nicolás lo ha oído con claridad, se siente aludido y no le sientan nada bien esas palabras del guardia civil. 

–Un poco de respeto. Además, apenas lo he catado. –Nicolás se siente ofendido. Se sienta ofendido, porque el agente Belarmino le ha obligado a sentarse. Por fin, Ovidio acerca a Belarmino la muestra del preciado elixir de la casa de Justa Brosed.

– ¿Cómo llaman a este vino? –inquiere Belarmino.

–El vino de Robres. –El agente Ovidio ha contestado mientras obligaba a sentarse también a Jesús, el compadre de Nicolás. 

– ¿Quién vino de Robres?  ¿Él? –El agente Belarmino señala a Nicolás, que lo mira desafiante.

– ¡Achús! –Estornuda con fuerza Leví.

–Jesús. –Contesta Ovidio.

– ¿Jesús vino de Robres? –pregunta desconcertado Belarmino.

–No. Estos dos vienen de Huesca. A Robres han venido a por el vino. 

–Nosotros hemos venido de Monzón  –dicen dos de los detenidos.

–Hay que ver  cuánta gente viene aquí a por vino  –murmura Belarmino.

–Ummm… Monzón…. –Ovidio está pensativo. Si no lo conociéramos nos creeríamos que está pensando.

– ¿Un montón has dicho? –Insiste Belarmino–. Y parece que vienen todos los años. 

–Y otros años han venido desde un santuario de Leciñena.

¿Cuántos?

–Magallón.

– ¿Un mogollón? –Pero bueno… ¿qué tiene este vino pues? 

–No me mire a mí, agente, que yo apenas lo he probado –contesta Nicolás.

– ¡Achús! –Leví ha vuelto a estornudar.

– ¿Quién puede contestarme entonces? –insiste Belarmino

–Jesús –dice educadamente el agente Ovidio apiadándose del resfriado del señor de Lanaja.

–Gracias.

– ¿Jesús? ¿Usted? Pues venga, explíquese usted, Jesús. –Interroga el agente Belarmino a uno de los dos sentados por la fuerza.

– ¡Oiga! Yo no soy ningún borracho, que apenas he probado el vino. Además, es la segunda vez que vengo. Y con la de galletas con las que me ha atiborrado la muchacha tan simpática de la casa es imposible que se me haya subido a la cabeza.

– ¿Qué muchacha?

–Esther, mi hermana –contesta desde el fondo José Antonio.

– ¿Dónde está la chica, Ovidio?

–Se ha quedado en la casa. Con Dolores –responde el agente.

– ¿Estaba enferma?

–No. Dolores es su madre. –Nicolás ha contestado con malos modos.

–A ver si nos aclaramos… ¿Alguien puede decirnos a qué sabe el vino? –El agente Ovidio dirige su mirada a José Antonio Mir, el dueño de la viña. No obstante, quien contesta es uno de los de Plan.

–A clarete.

–Aclárate tú. Yo sé muy bien lo que hago –estalla el agente Belarmino.

–Que no te dice a ti, hombre –aclara el agente Ovidio.

– ¿Es a Mir? –ha preguntado Nicolás.

–No, a ti no, al dueño de la viña, el de las tijeras de podar. –Ovidio cree que a su compañero Belarmino está a punto de darle algo.

–Oye Ovidio, tienes que recoger punto por punto todo lo que aquí se diga, porque esto que estamos escuchando aquí no es ni medio normal. Así que apunta…

–El arma está cargada, Belarmino. Es peligroso…

–Me refiero a que tomes nota, botarate…

–Con la venia… –Nicolás acaba de levantarse, no sin dificultad. Con mucho cuidado y haciendo esfuerzos por mantenerse en equilibrio, intenta dar testimonio y aclarar los hechos. 

–Proceda, proceda –se sienta por fin Belarmino, exhausto. 

–Yo creo que puedo explicarles a ustedes todo este asunto. Nosotros estábamos probando y llenando las garrafas cuando estos de Monzón han querido colarse y no ha habido manera de ponerse de acuerdo. Verán, que en dos palabritas les explico yo a ustedes todo lo quieran…


III


Nicolás abrió la boca y no la volvió a cerrar. Les dijo a los agentes quién era él y quien era Jesús, su compadre. Les habló de su intención de comprar vino con la mengua. Les explicó a los agentes quiénes eran los de la venta del vino, quiénes eran los compradores y quiénes los del pueblo. Les habló hasta de la concentración de tierras de Robres.

Finalmente, los agentes largaron a todos a sus casas y se quedaron con la muestra de vino. Estaba delicioso. Yo pude observar toda la escena y hasta eché un tiento al vino de Robres. Como para que luego digan que nuestros pueblos están sepultados en el aburrimiento y que en ellos nunca pasa nada… 






lunes, 6 de marzo de 2023

El viaje

 EL VIAJE

 

Lo encontré en el fondo de la vieja maleta, en el trastero de la casa de mis padres en General Mayandía. Buscaba una maleta con ruedas y con las medidas perfectas para viajar dentro del avión. Entonces, di con ella.

La vieja maleta de viaje estaba sepultada bajo almohadas, cajas con apuntes y juegos de sábanas. Era una áspera maleta marrón, desgastada y rígida, como una institutriz de la campiña inglesa, como una tía abuela que te lijaba la cara cuando te besaba.

En el interior de la maleta, de aquella oda a la incomodidad de entonces, había quedado atrapado, como un recuerdo obstinado, un cuaderno de anillas sin cubierta y con más de la mitad de las hojas arrancadas. Enseguida reconocí mi propia letra, el trazo inconfundible de aquel niño que era yo hace treinta años.

Saqué aquel cuaderno de anillas y empecé a leer mis propios pensamientos. Estaban cosidos a aquellas hojas que todavía olían a pueblo.  Transpiraban cierzo y rumor de chopos susurrando. La lectura de aquellas frases se reprodujo en mi interior con la voz del niño que se buscaba a sí mismo entre las hojas cuadriculadas del cuaderno. En ellas, mi madre apuntaba las compras y los gastos de todo el verano.

 

Durante los meses en el valle, mis hermanos y yo nos peleábamos por ver quién subiría el cántaro de leche a la tía Carmen, quién pediría permiso para jugar al ping pong en el garaje del tío Manolo o quién llegaría primero al cuarto donde mis tíos guardaban aquellas lecturas. Alguna vez era yo el privilegiado que accedía a las habitaciones de arriba para bucear entre los libros y los tebeos de los tíos.

¿Qué le ocurriría al hombre enmascarado? ¿Qué nueva aventura le esperaba al Príncipe Valiente o a Roberto Alcázar y Pedrín? ¿Qué nuevos amigos haría Caperucita Encarnada?

Los personajes de la estantería de la casa de mis tíos eran de otra época y no salían por la televisión, no me los encontraba en las librerías ni me los recomendaban los maestros de la escuela. Eran mis héroes y heroínas del verano, de ese tiempo apretujado por las clases del Joaquín Costa, esas que me saludaban cada septiembre y me despedían todos los junios.  

El estío, entonces, era largo y duradero. Cuando terminaba, algo moría con él y ni siquiera te explicabas esa tristeza de línea de carretera intermitente que se arrastraba contigo a Zaragoza.

 

Durante aquellos veranos saboreábamos cada momento, los palotes de la piscina municipal y los Colajet con el premio escrito en el palo, los partidos en el campo de Altahoja, las incursiones en el huerto de la de Campaneta, los baños en las pozas del río, heladas como el adiós a la tía y a la abuela y, sobre todo, los momentos de lectura en el cuarto de arriba de la casa de la tía Carmen.

Eran libros enormes, de tapas duras, encuadernados a conciencia. Pesaban una barbaridad y eran de todo menos manejables. Acababa con los brazos doloridos después de la lectura, pero eso no importaba. Después del verano volvía más alto, más fuerte y con la imaginación en plena forma.

Debió de ser entonces cuando garabateé, en aquel cuaderno de la compra que le sisé a mi madre en la cocina, alguna que otra aventura de mi cosecha.

 

Es curioso. Mañana me voy de viaje en avión. No obstante, no creo que sea comparable a ese viaje que mi imaginación realizaba todos aquellos veranos, o al que acabo de hacer, sentado en el suelo del trastero, delante de un simple cuaderno de anillas.

 

sábado, 18 de febrero de 2023

El obstáculo o cómo el amor puede con todo

 

EL OBSTÁCULO


            El plan era perfecto. El objetivo estaba bien definido. El amor, me habían enseñado siempre, es capaz de deshacerse de cualquier obstáculo. Por muchas dificultades que encuentren en el camino dos almas que se quieren terminarán uniéndose para siempre. Y sabes que te quiero con locura. Por eso nada podía interponerse entre nosotros y por eso me había procurado aquel  atuendo que haría las delicias de tu altanera esposa. Me había vestido así para la entrevista y la mirada de ella mostraba que estaba encantada. Mi actitud servil y apocada la hacían parecer superior y con mi humillación crecían las posibilidades de que me ofreciera el puesto. Tú no hacías más que reírte y taparte el rostro con las manos y eso me ponía cada vez más nerviosa. Tu mujer podía sospechar y tú no hacías sino darle argumentos. Me  sugeriste que me faltaba una cofia y un plumero y entonces ella te miró con extrañeza. Imité aquel acento colombiano que habíamos  ensayado y puse esa sonrisa fabulosa que me hacía parecer imbécil y no pudiste reprimir la carcajada. Ella se creyó que te reías de mis orígenes y te puso en su sitio. A pesar de su hipocresía, tu   mujer es una mujer de carácter, no lo niego. Y entiendo por qué le tienes miedo. Cuando se marchó para hacer unas compras y nos dejó con el viejo a los dos solos, pude quitarme el dichoso delantalito.

Ya estaba contratada. La representación había sido un éxito pero aún no había acabado todo. Ahora íbamos a pasar mucho tiempo juntos y siempre que tu esposa desapareciera de casa estaríamos en condiciones de entregarnos y matarnos de amor. Te dije que nuestro destino era estar juntos y que encontraría la manera de hacerlo realidad. No he cambiado de opinión y te repito esto mismo ahora, susurrándotelo al oído, para que no lo olvides nunca. Porque, en el fondo, tu mujer no es más que una criatura maquillada de buenas palabras y forrada de exquisitas telas. Ella no es cariñosa contigo, no te quiere y ni siquiera es hermosa. No la he visto sonreír ni una sola vez desde que la conozco y tampoco creo que tú le hayas arrancado nunca una sonrisa. Sin embargo, tiene un atractivo que no le discuto, con ese lenguaje fino y esos andares y esos movimientos de danza clásica que parece que la van a envolver a una y van a hacer que acabe alabándole el gusto, llevándole la corriente y lanzándole miradas de aprobación incondicionales.

            ¿Te acuerdas de cómo me senté en este sillón del saloncito  y me quité aquellos zapatos negros que me hacían un daño espantoso? Las medias negras no me dejaban respirar y el vestido,  que había elegido en una tienda de costura a la que llevaba a mi  madre, me venía muy justo. Estaba loca por ponerme mis vaque ros anchos y mi blusa pero no podíamos arriesgarnos. Ella podía  regresar en cualquier momento. me habías dicho que era muy  caprichosa y absolutamente imprevisible. ¿Y si se cansaba en la primera tienda y volvía furiosa a casa? Yo tenía que estar en mi puesto, con mi uniforme, aunque el tacón de los zapatos y las mangas del vestido negro me estuvieran asfixiando. A ti te encantaban, lo sé, todas estas prendas y me pellizcabas y me ponías ojitos de  deseo. Pero no había tiempo para juegos y debíamos, en primer lugar, ocuparnos de tu suegro.

El hombre estaba impedido desde hacía treinta años. Estaba atado a una silla de ruedas. De cintura para abajo no  era más que una maceta cubierta de tierra. Sin embargo, no me inspiraba el viejo ninguna lástima. En primer lugar porque era el padre de aquella arpía y, por ello, culpable de su existencia y de su indolente carácter. En segundo lugar por cómo te trataba a ti. No te perdonaba una y se reía desde su trono de ruedas de cada humillación que te regalaba su pérfida hija. Y luego estaba esa costumbre suya de esconderlo todo, de hacer desaparecer las cosas, volviéndonos a todos locos. Yo ya te lo había dicho, quizá  con otras palabras. A lo mejor no le iba a hacer tanta gracia que fuéramos tú y yo los que hiciéramos desaparecer lo que él más apreciaba en el mundo…



Desde el principio de nuestra relación consideramos ineludible eliminar de la ecuación a tu esposa. Para lo cual –me encantó cómo concluiste el símil matemático que encerraba mi propuesta– no había otra alternativa que despejar al anciano. Si yo entraba a cuidarlo como asistenta y me hacía pasar por extranjera, cobrando una miseria y sonriendo como una tonta, tu mujer tendría alguien más sobre quien ejercer su dominio y su altivez y tu suegro ya no alentaría ese estado de alerta y desconfianza que su cuidado había provocado en ella. Porque tu mujer, lo sabes bien, desde que os habíais hecho cargo del anciano, había estrangulado tu felicidad. Controlaba todo lo que  hacías y vigilaba tus pasos, hasta que te escapaste aquella noche  a respirar el humo libre del tabaco a escondidas y las copas de estraperlo. Sé muy bien cómo te encontré en aquel restaurante, fumando un cigarro tras otro, bebiendo de aquel vino de la casa con el que intentabas inútilmente emborracharte. Tu tristeza despertó mi vida y tu historia agitó mi conciencia desarmada.



Te quiero. No me importa que lo que íbamos a hacer fuera reprobable. Mi corazón, que latía por inercia antes de aquella noche, tenía su caducidad pegada al tuyo, y para que pudiera vivir necesitaba que aquella bruja se evaporara de nuestras vidas. Por eso preparé el veneno, lo metí en una petaquita muy mona que me habías regalado en uno de tus viajes con ella, jugándote la vida para que no te sorprendiera en el Duty Free del aeropuerto, y la  llevé al piso oculta entre el vestido negro de doncella decimonónica. Me habías hablado de su costumbre de tomarse un anís a media mañana, como aquellas señoronas de las series de época y no iba a resultar difícil verter el contenido de la petaca en su copa. ¿Quién me iba a decir que el anciano se había levantado esa mañana con ánimo suficiente como para pegarse un lingotazo a la salud de todos nosotros?

             El viejo había visto la petaca y sus ojos empujaron sus pensamientos y su maltrecho cuerpo hasta allí. No me di cuenta porque en ese momento yo me entretenía haciendo su cama. Si ella veía el cuarto de su papá sin hacer descargaría toda su insatisfacción contra mí y ese disgusto le agriaría el carácter y podría hacerle cambiar de idea, dejar su costumbre de la copita  mañanera y dedicar la mejor de sus broncas y la más horrible de sus muecas para la sudamericana descuidada que había metido en casa por caridad. Ya me había tragado más de una amonestación y sabía que cuando empezaba no era capaz de parar. Cuando salí de la habitación de tu suegro, tras estirar las sábanas y golpear con fuerza su almohada, descubrí con horror la petaca vacía sobre el suelo del salón. ¿Qué había hecho el insensato? Fue imposible salvarlo. Un ataque al corazón camuflaría la verdadera causa de la muerte porque un anciano en ese estado no iba a levantar sospechas ni aunque el mismo Poirot hubiera supervisado su autopsia.


            Fue una sorpresa que tu mujer no me echara a la calle. Se había encariñado conmigo, con mi presencia en vuestro hogar, reconocía que la limpieza y el orden que había puesto en él me convertían en una persona imprescindible para la casa. Quería que siguiera a su servicio –todavía usaba expresiones de principios de siglo, como si así pudiera recuperar una conciencia de clase a la que le hubiera encantado pertenecer– y me encargara  de las tareas domésticas, con más dedicación que antes, ahora que su padre faltaba. No podía soportar esos arrebatos sentimentales que representaba frente a mí cada vez que nombraba a su difunto padre. Mi mala conciencia tampoco. Cada vez me era más  odiosa y tú estabas de acuerdo conmigo en que su presencia era  un obstáculo que no iba a desaparecer si solamente tratábamos de evitarlo.


            Te miro ahora y aprieto contra ti mi pecho. Busco tu mirada   perdida y llevo mis labios a los tuyos. ¿No sientes como yo que nuestros corazones se buscan y sus pilas deberían durar eternamente? Yo lo había preparado todo. Aquella mañana ella estaba  de buen humor y leí en sus ojos que era el día perfecto para  que disfrutara de su copita de anís. No había abandonado esta costumbre la señora y eso alentó que repitiera mi intentona. Es verdad que no te dije nada a ti, cariño. Iba a ser una sorpresa y el  beso con el que te contaría todo me hubiera perdonado el que te lo   ocultara. ¿Cómo iba a suponer que haberla visto así de contenta  te iba a animar de esa manera? ¿Cómo podía imaginarme que tú  la acompañarías en esa copita y que ibas a escoger precisamente  la que acababa de llenar con el veneno?


Tu mujer ha salido disparada a buscar un médico. ¿Acaso te quiere todavía? Yo me he quedado aquí contigo y todavía siento algo de calor en tu cuerpo. que es una ilusión porque el veneno está actuando igual de rápido que la última vez, cuando tu suegro le cambió el billete en el viaje a ninguna parte en el que ella nunca termina de embarcarse. Tu esposa aún no ha vuelto o a lo mejor es la que lleva llamando al timbre desde hace un buen rato. Yo no puedo moverme de aquí porque quiero disfrutar de los últimos momentos de nuestra vida en los que vamos a estar los dos solos, sin viejos que incomoden ni brujas que nos  desprecien. 



Te quiero. Te lo he dicho ya. Te he contado esta historia por si la recuerdas cuando nos volvamos a ver. Ahora parece que aporrean la puerta. Van a entrar. no te muevas. Me pondré  delante de ti y me convertiré en un obstáculo para ella. Estoy convencida de que si intenta quitarme de en medio le ocurrirá como nosotros y acabará siendo tu viuda la que se borre ella misma del  mapa, la que nos dirá adiós desde la ventanilla del vuelo sin destino que reservamos y yo para ella con demasiada antelación.