miércoles, 16 de agosto de 2017

Una historia de arañas

LA REDADA

– ¿Quién es la graciosa que ha apagado las luces? Así no hay manera de trabajar. Tenemos que tomar declaración a estos tres individuos antes de volver a comisaría y en estas condiciones va a ser imposible.
–Voy a echar un vistazo ahí fuera –contestó su compañera, la agente que había formado parte de la brigada arácnida especializada en altercados públicos y vigilancia del cumplimiento de la Ley               de Decibelios–, deja que me encargue yo. Tienes a estos tres inmovilizados y no van a darse a la fuga. He aplicado la nueva resina para hilo convencional que compró el Departamento.
–Está bien, pero date prisa. No quiero quedarme sola demasiado tiempo con estos tres y en estas condiciones de visibilidad.
La pareja de arañas llevaba tan solo un par de semanas trabajando juntas. Apenas había habido movimiento en todo ese tiempo, hasta que llegó, esta misma mañana, la llamada del Departamento. Ellas estaban por la zona y fueron las primeras en insectizarse en el lugar de los hechos.
Las arañas eran las encargadas de todas las redadas de la ciudad, por razones obvias. Se había dado aviso a la central de escándalo público en un terrario de guardería, que quedaba muy cerca de donde patrullaban las dos compañeras. A su llegada, muchos de los asistentes a la fiesta ilegal pudieron dispersarse, pero aquellos tres indocumentados no lo habían conseguido. Las dos arañas de policía lo habían impedido. Ahora, atrapados en una red pegajosa y muy resistente, un caracol, una lombriz de tierra y una culebra intentaban zafarse de aquellos hilos. Y, para su desgracia, alguien había venido a hacer la situación todavía más calamitosa. De golpe y porrazo se había ido toda la luz del recinto y se habían quedado todos casi a oscuras.
Se trataba de una fiesta de disfraces sin autorización y podían caerles penas a los responsables de hasta diez años. Eso es lo que decía el manual de la policía artrópoda que aquella agente repasaba mientras intentaba averiguar qué había pasado con las luces. Debido a los excesos que se habían producido en los últimos tiempos con las fiestas de disfraces, y muy especialmente debido a los casos de relaciones aberrantes entre animales de diferentes especies que la confusión carnavalesca había disparado, aquellas celebraciones festivas habían sido declaradas ilegales en todo el territorio.
Aquellos tres individuos que habían logrado atrapar los dos agentes de los Abdómenes y Quelíceros de Seguridad del Territorio iban a pagarlo muy caro. La fiesta era ilegal, el ruido que habían provocado se saltaba la nueva normativa y, para colmo, su actitud ante la policía había sido desafiante e irrespetuosa. Aunque solamente fuera por los disfraces  y los nombres con los que se habían atrevido a identificarse, tenían garantizada la condena en una de las prisiones de máxima seguridad de la corteza terrestre. Lo de los nombres, especialmente, tenía delito…
La araña se había quedado perpleja cuando su compañera, que ahora vigilaba allá abajo a aquellos tres cafres con pintas, les había pedido cortésmente que se identificaran para proceder a la detención. En primer lugar, ella misma había tenido que dibujarlas en la agenda para que todo el mundo pudiera comprender el alcance de la provocación que suponía su atuendo. Describir a aquellos tres detenidos no era fácil y la araña que continuaba buscando el origen de la oscuridad que había caído sobre aquel lugar se obligaba a decirlo en voz alta, porque no acababa de creérselo.
–La lombriz llevaba minifalda y una melena rubia. La culebra se había puesto una cinta en la cabeza y una muñequera en la cintura, y llevaba una especie de pelota de goma pegada en un extremo de su cuerpo. El caracol llevaba un sombrero australiano y se había pintado ojos y boca.
– ¿Se puede saber qué pasa ahí arriba? –La araña que continuaba vigilando a los tres detenidos se estaba impacientando. –Cada vez se ve menos aquí abajo y estos tres no dejan de forcejear y de empujarse.
Era cierto que, cuando habían irrumpido en aquel terrario, la luz del sol bañaba literalmente cada pedacito del terreno. Las dos arañas habían dado el alto a toda aquella comunidad de especies que bailaban como chinches con hiperactividad. Porque nada más escuchar las sirenas, los animales, envueltos  en sus disfraces,  habían huido en estampida. Entonces se veía perfectamente todo aquel escenario, y nadie se podría haber ocultado a los dieciséis ojos de las agentes de policía. Sin embargo, ahora, había sobrevenido una oscuridad tal que ni siquiera los tres animales cautivos podían verse su propio cuerpo.
–Todavía no he dado con el origen del apagón, compañera. –No era tan fácil descubrir aquel misterio. Además, la araña llevaba un buen rato suspendida sobre una especie de superficie con ranuras e islotes de goma que parecía haberse posado sobre aquel pedazo de tierra en el que se había producido la redada. –Tendrás que tener un poco de paciencia, porque no sabemos el terreno que pisamos…

La voz de la araña se apagó de repente. Su compañera no tuvo tiempo de volver a preguntar. Los tres animales arrestados ya no volvieron a moverse en su loco afán por deshacerse de aquellas telarañas. Una zapatilla de una niña de dos años acabó de un pisotón con la vida de todos los animales del terrario de guardería. Si a alguien le hubiera importado la vida de aquellos seres, habría podido leerse en su epitafio, junto a los de las dos arañas que habían muerto en acto de servicio, los tres curiosos nombres que habían usado la lombriz, la culebra y el caracol en su identificación.


Ya lo había anunciado una de las arañas. Lo de los nombres tenía delito. No puede imaginarse un epitafio con estos tres nombres: Caracol Kidman, Culebrón James y Lombrizney Spears . 

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