lunes, 4 de enero de 2016

Una historia en la terminal del aeropuerto



FLIGHT CONNECTION

            –Sé cómo te llamas y cuánto pesas. Lo sé todo sobre ti, preciosa. ¿Puedo invitarte a una copa?

            La chica del mostrador de facturación de Aerlingus estaba como el Santander. No daba crédito. ¿Quién se creía que era ese joven con un acento español tan marcado que sonaba a goleada fuera de casa? Llevaba una camiseta de Tom Brady y el cinturón a medio poner y la estaba mirando como quien consulta el catálogo de una tienda online. Era guapo, sí, y creído, como sus últimos novios, parejas, compañeros o cosas humanas con las que había salido… huyendo.

– ¿Una copita de vino? Venga, guapa, que lo estás deseando. Déjame que escoja para ti. Soy un experto. En vino y en mujeres.

Cada frase caía sobre la chica del mostrador de Aerlingus como un jarro de agua fría que, al final, hasta se agradece. Hoy iba a coger la chica ese vuelo a Boston y lo último que quería era pensar, darle más vueltas a su decisión de abandonarlo todo, de perder de vista para siempre aquel trabajo, de dejar por fin la terminal y empezar de cero. El muchacho tenía buena planta, aunque la mirara de perfil y no estuviera del todo calzado. Un ratito con él podría hacerle olvidar por un momento que su cerebro era una cinta de recogida de equipajes y que su último día en el aeropuerto había sido una auténtica pesadilla.

Las horas en el mostrador de facturación de la compañía irlandesa para la que trabajaba desde hacía cinco años habían sido horrorosas. Atendiendo, sonriendo, llevándose la mano al tocado que la empresa las obligaba a llevar y haciendo las mismas preguntas en varias lenguas y con la misma paciencia. Siempre de blanco y verde y con ese fular y esa faldita que solamente la podía haber diseñado un misógino. Sin embargo, lo peor era aguantar a los viajeros. La gente se ponía insoportable cuando viajaba y el día de hoy no había sido una excepción.
Recordaba aquella familia de primera hora, aquel matrimonio con dos hijos adolescentes que parecía sacada de unas negociaciones de paz de la ONU. El padre y la madre no paraban de insultarse y amenazarse, mientras las criaturas se mantenían neutrales, no mostrando ningún interés en propiciar una intervención o mediar en el conflicto. Después, una pareja que daba la impresión de que estaba cubierta de resina o de sirope de arce. No se despegaban ni un momento y los que estaban detrás de la cola habían tenido que empujarlos, a ellos y a sus maletas, para que avanzaran hacia el mostrador. Y luego estaba el niño que metía y sacaba cosas de la maleta, aprovechando que su pobre madre abría y cerraba sus bultos mientras calculaba el peso adecuado para evitarse tener que pagar un extra en la facturación.
En el mostrador de Aerlingus también había captado la chica algunas conversaciones entre los viajeros, como la de aquellos americanos que hablaban de política exterior o la de los dos españoles que hablaban de los políticos de interior y de la costa. Fuera ya del mostrador, la joven había observado en los pasillos a aquella azafata que taconeaba bien fuerte, por si todavía quedaba alguien en todo el aeropouerto que no se había percatado de lo mona que iba, y había contemplado también a un señor con su niña de tres o cuatro años, haciendo lo imposible para que su pequeña no descubriera los peluches de su serie favorita en la tienda de paso forzoso hacia las puertas de embarque.

No obstante, si había algo que la chica del mostrador de Aerlingus no podía soportar, eso era el control de seguridad. Esta vez había tenido que pasarlos ella misma, para poder coger su vuelo, y lo había vivido más de cerca que otras veces.
Al contrario que en los controles de la escuela, cuanto más estudias los avisos y escuchas con atención los anuncios de las autoridades aeroportuarias, más nervioso te pones. La gente entrega la documentación cuando les piden la tarjeta de embarque y siempre se olvidan de quitarse el reloj, el cinturón o los zapatos. Los hay tan abrumados que, cuando les toca recoger sus cosas, prueban a atarse los cordones del cinturón y a calzarse el reloj. Unos bajan los brazos cuando hay que levantarlos y, si oyen un pitido, enseguida confiesan faltas y delitos de la adolescencia delante del personal de seguridad.
Es tal la obsesión por no dejarse los objetos personales que los sujetos familiares pasan a un segundo plano. Puedes perder al niño durante varios minutos pero no tienes perdón si te dejas la pulsera o el monedero. Hay personas que tienen vocación de revisor de tren y miran su billete y pasaporte cuatro o cinco veces por minuto.

–Oye, nena, te veo un poco despistada. ¿Un Riojilla pues?

La chica del mostrador de facturación de Aerlingus piensa que el chico es un poco impaciente, y no puede dejar de verlo como cliente, aunque en el día de hoy ambos no sean más que un par de viajeros perdidos en tierra de nadie. Tampoco es tan guapo como le había parecido antes. Sin embargo, a veces es más cómodo dejarse llevar y, por eso, la chica señala el vino más caro de la carta del mostrador-restaurante de la zona de embarque. El pobre muchacho se ha puesto colorado tirando a tempranillo, pero la guapa irlandesa, se dice a sí mismo el chico, ha aceptado por fin su invitación y, antes de que sea demasiado tarde y la chica se arrepienta, habla con la camarera asiática y pide dos copas en un inglés tartamudo. La irlandesa le ha sonreído y al chico español se le ha iluminado la cara. Esta chica es preciosa, ha pensado en un español acelerado.

El chico español lo ha dejado todo por buscar trabajo en el extranjero. Ha dejado hasta de fumar. Ahora masca chicle a todas horas y no para de hacer flexiones con los carrillos. Hace un momento, cuando ha visto a la chica de Aerlingus acercarse a la barra-restaurante, ha tirado el chicle de nicotina al suelo y se ha limpiado con una de las trescientas servilletas que se había afanado en el Burger King donde ha comido, justo al salir de los controles. La servilleta se le ha quedado pegada a los dedos, así que ha decidido no saludar a la chica, por si acaso.
El chico español está nervioso porque la muchacha irlandesa no le presta atención. A lo mejor es sueca. El caso es que la chica está absorta en sus pensamientos. Él desconoce que la muchacha, que es americana, se vuelve hoy para su país porque ha cogido unas vacaciones de las que quizás no regrese.
El muchacho español no sabe que está la pobre harta de sinvergüenzas y de escucharse de todo en el trabajo. En el aeropuerto la gente se cree con derecho a levantar la voz en lugar de la maleta y ella taparía más de una boca con el papel adhesivo con el que marca el equipaje, como si fuera ganado. Algunos la emprenden con ella como si tuviera la culpa de los retrasos y de las cancelaciones de los vuelos. Otros la desnudan con la mirada, como si se cobraran en ella sus fracasos sentimentales. Trabajar en el mostrador de una compañía aérea es como hacer aeróbicos: el jefe te pone firme y el cliente quiere que te inclines  ante él. Por eso este chico se va a tener que dejar el sueldo que no tiene en la gracia de invitar a una chica solitaria. Y bien sola, por cierto. Es otra de las paradojas del curro en un aeropuerto: trabajas para una compañía aérea pero eres la persona más sola de la tierra.

–Mira, creo que voy a dejarte sola. No te preocupes, que la cuenta está pagada. Lamento que no hayas querido ni despegar los labios. Mi avión sí que va a despegar sin mí como no me marche. Confío en que no te haya molestado demasiado. No soy tan idiota como para no reconocer cuando sobro en un sitio.

La chica no ha dejado que el muchacho, atado a la barra de aquel restaurante, se siga flagelando con más frases cosidas con despecho. Él tiene razón y esa mirada suya de animal herido la ha cautivado profundamente. Ya no está tan claro quién es el cazador y quién la presa. La chica del mostrador de Aerlingus ha puesto su mano en el antebrazo del muchacho, como si fuera un click de Playmobil, y ha abierto la boca por primera vez desde que el español la abordó hace un rato para invitarla a una copa. El chico se ha vuelto a sentar y siente otro escalofrío, esta vez  por todo el cuerpo. La chica no le ha soltado el brazo y él la ha escuchado decir, como si fuera música celestial, que van a empezar desde el principio, que cómo es que él sabe cómo se llama ella y cuál es su peso exacto.  

–Tu nombre es Allison. Lo dice tu placa de identificación de Aerlingus. Sé cuánto pesas porque para sentarte en tu mostrador tienes que pisar la cinta en donde depositamos las maletas. Lo hacéis todos los empleados. Mi nombre es Fernando y, aunque aún no ha salido mi vuelo, creo que me encuentro ya en el mismísimo cielo.

La sonrisa de la chica del mostrador de Aerlingus no ha necesitado de traducción. El vino no se le ha subido aún a la cabeza, pero está claro que aquellos dos, el muchacho de la camiseta de los Patriots y la chica de la blusa blanca y verde de Aerlingus, subirán juntos a ese avión rumbo a Boston.

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