lunes, 12 de diciembre de 2022

Sansón y Dalila

 

SANSÓN Y DALILA


            Nada es más fácil que jugar con un hombre. Esta imagen se la robé a mis padres de acogida, que tenían un puesto de comida en el parque de la ciudad. Los hombres son como los bocadillos. En cuanto los envolvemos podemos hacerles creer que contienen los más agradables sabores. Podemos hacer con ellos lo que se nos antoje. Y, por supuesto, podemos venderlos y sacar un beneficio nada desdeñable. Y los hombres que no entran por el aro no tenemos más que tirarlos a la basura y no volver a saber nunca más de ellos.

Le he dicho a la teniente que no nací robando ni engañando de esta manera, aunque tampoco le he ocultado que desde que se me cayó el primer diente algo se rebeló en mi interior, tan irritada estaba por no haber recibido ninguna visita nocturna, por no descubrir bajo la almohada ni una solitaria moneda. Mis padres no podían permitírselo y yo lo sabía. Por eso empecé a ayudarles a vender salchichas y bocadillos y a cambiar de vez en cuando los precios o devolver menos monedas a los clientes. Cuando mi padre contaba aquellas anécdotas a los compradores con los que congeniaba o mi madre explicaba sus recetas con una sonrisa que obligaba a asentir a los señores y a preguntar más a las señoras, yo me paseaba entre faldas, bolsos, bolsillos y pantalones y mis dedos hacían incursiones en territorios hasta entonces inexpugnables. La niña con coletas y de una belleza tan encantadora no podía significar ningún peligro para aquellos clientes confiados que, además, sonreían y me daban caramelos. Me espabilé muy rápido y mi cuerpo se desarrolló con igual velocidad. Yo ya me había dado cuenta de que los chicos de mi edad perdían el habla y se atragantaban sin necesidad de comer pipas de las que vendíamos en nuestro puesto. Muchos jóvenes recogían sus encargos con manos temblorosas y descubrí que los bocadillos acababan abandonados en papeleras cercanas. No venían con hambre sino con curiosidad, no miraban los precios ni los tipos de bocadillos porque no hacían más que jugar con sus ojos a delinear mi figura. 

No soy una mujer vanidosa más de lo que puedan serlo otras. En aquella época, tenía otras preocupaciones que las chicas de mi edad. No buscaba sentirme halagada por los chicos o envidiada por las chicas. Quería convertirme en una mujer libre alejada del maldito puesto de bocadillos y hamburguesas y para eso solamente necesitaba una cosa: dinero. Los chicos de mi edad, tan tiernos y llenos de sueños, tan románticos y exaltados en sus sentimientos, eran pobres como las ratas. Yo ya había vivido demasiados años entre ellas y me sobraban los corazones aventureros, la ternura ingenua y el futuro de ensueño de esos adolescentes.

Mi objetivo eran los hombres. Cuando un guiño, una sonrisa o una mirada penetrante pueden hacer temblar al más orgulloso y un movimiento de caderas, un gesto tan inocente como el de arreglarme el cabello o ajustarme la falda desencadenan todo un glosario de términos inventados para adorarme; cuando se vuelven y te miran cómo te alejas y hasta a ti te llega su plegaria de que te des la vuelta y sugieras que se aproximen; cuando los envuelves con tus encantos y los pierdes para siempre, aunque nunca lleguen a ser conscientes de que se encuentran pisotea- dos y amontonados dentro de un contenedor; entonces es cuando descubres que tienes la llave de su cámara secreta y que puedes usar su combinación y vaciar todo lo que me negaron los dos muertos de hambre que me criaron como pudieron.

 

La teniente me ha pedido que nos tomemos un descanso. No me ha ofrecido ni un vaso de agua ni un cigarro ni un asiento más cómodo pero no quiero que me escuche quejarme. Sé que ha sido intencionado que el interrogatorio lo lleve a cabo esta mujer seca e inflexible, que aprieta los dientes como si estuviera dominando con la boca las riendas de un caballo en pleno galope. Su desprecio no hace sino afear más sus rasgos faciales. El cabello es una lástima y bajo el uniforme su cuerpo ya ha recibido suficiente castigo. Enseguida vuelvo, me ha dicho, y ha esbozado una sonrisa que nadie catalogaría como tal. De todas formas, prefiero la corrección a la empalagosa imitación de los que fingen dárselas de educados. ¡Cuántas veces he renegado de la hipocresía de mi padre adoptivo al alabar los bocadillos de mi madre o su engañosa sonrisa cuando me prometía por las noches, junto a mi cama, que yo iba a conseguir lo mismo que las princesas de Disney y los héroes de los cómics juntos. Enseguida vuelvo, me ha dicho la teniente, y me ha dejado aquí sola, con mis pensamientos y mis pecados dándome mordiscos en el alma. Eso es lo que se imagina, seguramente. No me conoce ella. No me conocen ni mis propios padres.

 

He de reconocer que la teniente ha conseguido irritarme y sacarme de mis casillas. Acaba de volver y me ha traído algo. No es un cigarrito ni un poco de agua. La tía ha bajado al puesto de la esquina y se ha plantado delante de mí con su cara de entierro, su pelo ralo y descolorido y sus ojos apagados y me ha dejado sobre la mesa un bocadillo de tortilla con cebolla y una lata de refresco. Su táctica, por burda y simplona, es insultante. Como si las sensiblerías y el recuerdo de la infancia sirvieran de algo con alguien como yo, abandonada por sus verdaderos padres y condenada a un hogar ambulante y cochambroso. No echo de menos a mis padres adoptivos, ni añoro los juegos de mi padre ni las caricias de mi madre. Esta estirada que espera conseguir una declaración y una confesión hurgando entre mis muñecas remen- dadas se va a llevar un buen chasco.

¡Tendría que haber llevado el móvil a mano para sacar una foto e inmortalizar la cara que ha puesto la teniente del cabello descuidado o estropeado a propósito cuando he desenvuelto el bocadillo y se lo he arrojado a la cara! Algunos trozos de tortilla se han adherido a sus horribles quiebres y se me ha antojado que colgaban de su pelo los pinchos morunos que vendíamos en el puesto. Quizá este tratamiento haga justicia a su descuidada melena. Estoy por recomendarle un acondicionador. A lo mejor desconoce su existencia. Se acaba de soltar el pelo y está arrancándose a estirones los trozos de comida. Quizá le ofrezca un corte y un tratamiento antes de que sea demasiado tarde.

 

No trabajo mal y podría haberme ganado la vida en una peluquería si mis aspiraciones hubieran sido menos elevadas. Sé que hubiera llevado el negocio con garantías y que muchos clientes se hubieran peleado por conseguir cita. Las mujeres me hubieran contado sus secretos y los hombres no hubieran callado los suyos. Todo lo que silencian los que me encuentran de frente lo hubieran largado teniéndome a mí de espaldas y a mi imagen ceñida por una bata estampada justo delante de sus ojitos de deseo. Pero no quiero soñar despierta. Yo nunca monté un negocio de esas características ni me gané la vida barriendo y quitando pelos del cepillo de una escoba. ¿Por qué entonces se me ha acercado la teniente, ha vuelto a esbozar lo que parece creerse que es una sonrisa cómplice y me ha pedido que le eche un vistazo a su recalentado cuero cabelludo? No quiero regodearme en su aparente preocupación y me dispongo a buscar entre su cabeza la causa de tal dejadez y abandono. Tengo la tentación de cerrar mi puño y dar un tirón brutal, golpearla contra la mesa o aba- lanzarme sobre ella. En cambio, siento como algo parecido a la lástima me aprieta con fuerza las muñecas, sujeta mis manos con hilos invisibles y me encuentro de pronto acariciando sus manchadas greñas y desenredando ensimismada todo el historial de mi carrera delictiva.

 

            A Juan lo conocí en la cafetería. Tenía novia, con cara de palo y que no le hacía feliz, según me confesó enseguida, una maravillosa melena a dos vertientes y unos ojos confiados. Dejé que me invitara a un café y le hablé de mi peluquería de fábula. Era presumido y hacía más preguntas sobre chismes para el pelo de los que haría cualquiera de mis compañeras del colegio. Se veía a la legua que tenía dinero y, cuando cogí más confianza con él, le hablé de mi padre, preso político y luchador por la libertad. Estudiaba derecho pero no le atraía para nada ese tipo de accio- nes, así que cambié de táctica y convertí a mi madre en víctima de una señora para la que trabajaba y que abusaba de ella como si fuera una esclava. Al chico aquello no parecía impresionarle, así que tuve que echarme una tarde a llorar, untar con lágrimas su pecho depilado y obligarlo a prometer que me ayudaría y me guardaría el secreto que me había robado la felicidad. Necesitaba urgentemente un dinero para una operación, pues solamente la cirugía habría de ocultar una cicatriz horrenda que marcaba mi cuerpo desde la infancia. Por supuesto que no acepté enseñár- sela y él lo entendió perfectamente. Yo quería que, llegado el momento, mi cuerpo no presentara mancha alguna.
            Se lo tragó todo y me consiguió el dinero. El día que vino a entregármelo le había preparado una sorpresa. Le dije, con la voz más sensual que rescaté de miles de telenovelas, que a mí me gustaban mucho los chicos de pelito corto. Lo acomodé en un sillón frente al espejo y le lavé el pelo. Usé un producto especial y dejé que se adormeciera. A la mañana siguiente se despertó cubierto de trasquilones, sin cartera y sin noticias mías. Todo lo que pudo decir a las autoridades es que yo era encantadora y él un ingenuo.

            Me gustaba Juan pero me atraía más su dinero. 

            Era tal sensación la que me proporcionaba una cartera abultada que no la cambiaría por diez hombres dispuestos a partirse la cara por mí. El siguiente, ahora no me sale su nombre, no importa, no era muy atractivo y ni siquiera se había fijado en mí. Tuve que conquistarlo yo, fijar nuestras citas y elegir los restaurantes. Se había independizado y trabajaba por su cuenta, así que me las tuve que ingeniar para que se entendiera otra vez con sus padres, lo aceptaran de nuevo en casa y le devolvieran sus tarjetas de crédito. Sabía que merecía la pena. Le sonsaqué el número de las tarjetas y preparé una cena romántica en su piso, que aún seguía sin alquilarse. Un sillón muy cómodo, que se compró siguiendo mis indicaciones, fue colocado frente al espejo del baño. Se rio cuando le comenté lo mucho que me gustaban los hombres con el pelito corto y sucumbió a mis dedos juguetones sobre su cabeza y al acondicionador magnífico que no podía adquirirse en farma cias. 

            Ante el asombro de una nueva comisaría de policía, otro muchacho, sus mechones a medio cortar y los bolsillos vaciados a conciencia, se presentó ante las autoridades y reconoció en las caras de los agentes el ridículo espantoso que protagonizaba. Para entonces aquella fascinante mujer había desaparecido de su pueblo y no había manera de extraer de la declaración del boquiabierto y trasquilado caballero nada más revelador que “era muy hermosa y tenía una voz deliciosa”. Qué lástima que esta escena solamente podía imaginármela.


Y a esta escena le acompañaron unas cuantas más. Una de ellas, la del viejo filósofo al que engañé como a un niño, al que desplumé como a un pavo y le hice babear como a un cachorrito, debió de ser la que más lástima produjo entre la policía. A partir de entonces se redoblaron los esfuerzos por atraparme y la sociedad entera se predispuso en mi contra. El anciano había colaborado en un periódico local y, aunque su humor no inspiraba ninguna simpatía y sus ácidas críticas levantaban serias animadversiones entre los lectores, en el fondo traducía el sentir de la población ante los problemas reales con los que se enfrentaba. Era un hombre sincero, profundo y no carecía de medios económicos que a veces ponía a disposición de alguna obra social. Si el pobre diablo no hubiera estado forrado yo no me habría acercado ni a cien metros de su cuerpo decadente y arrugado. A este lo dejé como una bola de billar y su aspecto mientras me denunciaba no me lo hubiera perdido por nada del mundo. Sin embargo, lo más sensato era que huyera de aquellas gentes y buscara a otra víctima en una ciudad distinta. Después me enteré de que al viejo, que se entregó a la bebida con la misma pasión con la que se había rendido a mis pies, lo encontraron bajo las ruedas de un coche abandonado en una estación de servicio.

 

La teniente me está poniendo nerviosa. Tiene un as bajo la manga, algo mucho más sofisticado que el bocadillo de tortilla que ha probado en sus propias carnes. Está mirando constantemente a la pared, desde donde se supone que pueden vernos sus jefes y algunos curiosos. Estoy convencida de que, en un momento dado, se levantará o indicará a alguien que entre para que me acelere el pulso y consiga que lo confiese todo. Seguro que ya sabe que mi declaración puede cambiar los nombres, barajar las poblaciones o intercalar los hechos según me sople el aire. No tienen nada sólido para recluirme por mucho tiempo y eso le está poniendo más tensa a la infeliz que acaricia ahora su pelo con la habilidad de un simio amaestrado. Así jugaba con mis cabellos el hombre que, entre todas mis conquistas, estuvo más cerca de mi corazón. Por una simple razón: atesoraba muchísimo más dinero que todos los otros juntos.

 

Sansón era un deportista de élite. Yo no he vuelto a ver jamás a un hombre tan musculoso y ágil como él. No tenía nada que ver con los chicos de gimnasio, todos ellos iguales entre sí y a los que a mí me hubiera gustado meter al mogollón en una bolsa gigante de Monchitos y hacer que mis padres los vendieran a granel. Sansón tenía un cuerpo trabajado por el ejercicio y la práctica, no por la química y el espejo. Además, curraba de preparador de actores y presentadores de televisión y tenía una lista de clientes que era la envidia de la ciudad. Quedar con él era de lo más complicado hasta que se impuso mi sonrisa y el natural movimiento de mi cuerpo. Sé que lo volvía loco y que no entendía cómo sin haber hecho deporte en toda mi vida podía tener el aspecto espectacular que lo arrebataba. Entonces me cambió el rostro, brotaron mis lágrimas y temblé como una hoja. Mi cuerpo era un espejismo y la enfermedad estaba a punto de horadarlo como un gusano agujerea la fresca y carnosa manzana. 


Me apretó contra su pecho, limpió con sus besos mis lágrimas de pega y me estrechó cariñosamente contra su cuerpo vigoroso. Me sentí comprendida, querida. Por un momento incluso llegué a olvidarme de que todo eran mentiras y que alguien así no podría nunca llegar a amarme. Me repuse enseguida, no obstante. Le hablé de los plazos de la enfermedad, de la necesidad de un trata- miento carísimo en una clínica norteamericana y de la urgencia de ingresar ese dinero en una cuenta extranjera. También le hablé de lo mucho que me gustan los chicos con el pelito corto y de la sensación relajante que tanta actividad física necesitaba desde hacía mucho tiempo. Busqué un buen sitio para que estuviera cómodo, manipulé su precioso cabello rizado y, cuando empecé a aplicarle el acondicionador, irrumpieron en el apartamento amenazas, gritos y una cara cenicienta y mustia que me obligaba a desprenderme de mi bote, que aterrizó brutalmente en el suelo, y a juntar las manos detrás de mi espalda. Sansón me observaba a través del espejo con su pelo moreno ensortijado, sus ojos claros y sus disculpas por haber dado la vuelta a la tortilla.

 

Fue la primera vez que escuché la voz de la teniente y la última que sentí la mirada traicionera del agente infiltrado en mi carrera criminal. No pudieron hacer nada cuando lo de las otras víctimas y no había consumado aún mi delito con aquel hombre perfecto, cuyo nombre real nunca me revelaron, así que no tenían con qué acusarme. Ahora no pueden mirarme a la cara sin que descubra la expresión de impotencia que está devorando a la teniente. ¿Por qué sonríe entonces? ¿Qué está haciendo ahora? La puerta se está abriendo y un par de agentes están cargando con un sillón reclinable. Otro porta un espejo y un cuarto lleva un delantal y una maleta de productos que conozco demasiado bien. Uno de ellos se ha acercado a la teniente y le ha estampado un beso. Al darse la vuelta lo he visto de refilón. Es Juan, el estudiante de Derecho, el de la novia seca y rancia. Un latigazo ha electrizado mi entendimiento. Es un poco tarde, pero empiezo a comprenderlo todo. 


¿Es Sansón el que agita mi acondicionador casero, abollado desde el día de mi arresto, pero que mantiene intactas sus propiedades somníferas? ¿Quién me está sujetando por detrás y me inmoviliza obligándome a tomar asiento y a alzar la barbilla hasta mirar el pánico de mi doble frente al espejo? Si no son policías, ¿quiénes han urdido semejante venganza? Mientras mi cuerpo se relaja y mi mente se entrega a un sopor artificial, el acondicionador se extiende sobre mi cabello y las manos de Sansón me acarician y sus labios se acercan a mi oído: me dice que mis padres me van a preparar un bocadillo, que van a presentarme a algunos chicos, seguro que me van a encantar, pues tienen todos el pelo cortito, como a mí me gusta, y que van a llamarme por mi nombre, el que me pusieron mis padres biológicos, no los que he ido inventándome durante estos años. Ahora entiendo por qué él mismo se había presentado bajo el suyo.


Sansón aparta de mi cabeza sus labios cuando estos terminan de pronunciar mi verdadero nombre, ese nombre que tiene la culpa de todo, que está detrás de mi desgracia y que me ha convertido en la infeliz que, cuando despierte, se irá corriendo a comprar una peluca y no volverá nunca a mirar a la cara a ningún hombre. Sí, los padres que nunca conocí me bautizaron con el nombre de Dalila y entonces les debió de parecer lo más ingenioso que habían dicho en toda su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 28 de noviembre de 2022

Juego de caderas

 

JUEGO DE CADERAS

 

            Un ligero hormigueo en la pierna derecha parece haber activado mi mente en esta noche oscura y desapacible. A pesar del movimiento que se está produciendo a mi alrededor, yo solamente me concentro en mis recuerdos, en ponerlos en fila y ordenarlos, como los chopos de este paseo urbano. Es como si toda esta actividad frenética de sirenas, maquinaria y ráfagas de luz no tuviera nada que ver conmigo.

Recuerdo a la perfección el momento cuando mi cabeza comenzó a ordenarlo todo. Un compañero de trabajo vino a verme a mi casa y me preguntó por mi convalecencia tras la operación. Mi mujer le había servido una cerveza de trigo y antes de que se diera cuenta, mi colega se vio sorprendido por mi exhibición con las muletas por el pasillo de mi casa. Había visto las fotos de las grapas y de la cicatriz en el móvil y no se podía creer mi narración de la operación. No me habían sedado completamente y yo le había descrito lo que había escuchado mientras el equipo de cirujanos del servicio de traumatología hacía su trabajo.

Mi compañero se quedó muy afectado con una frase que había rescatado yo de mi operación de prótesis de cadera. La había pronunciado el traumatólogo jefe del Hospital, poco antes de que se me llevaran al box de los quirófanos. Mi colega se marchó muy tocado y mi mujer y yo nos quedamos en silencio, digiriendo las palabras del cirujano.

“Y pensar que esta prótesis viene de donde viene y ha provocado semejante destrucción en el pasado; en fin, ya sabéis el origen de este juego de piezas con las que estamos trabajando últimamente.” Habían transcurrido quince días desde que el doctor Muñoz Marín pronunciara estas palabras delante de su equipo y entonces yo empezaba a comprender su verdadero significado.

 

La noche de la visita de mi compañero apenas pude conciliar el sueño. El recuerdo de lo que más tarde he llamado “los incidentes” comenzó a formarse bajo la sombra del insomnio. Esa misma noche me puse a recordar el primer episodio. Este se había producido apenas una semana después de mi salida del hospital.

No me había dado cuenta entonces, sin embargo, entre las sábanas y con la pierna operada que se me dormía a ratos, recordé aquella reacción y aquel gesto de estupor de los transeúntes durante mi paseo matinal de la primera semana de baja. La noche de mi duermevela, cuando se me presentaron como una aparición los rostros atemorizados de esos viandantes, lo reconocí por fin. Ese había sido, indudablemente, el primer incidente.

La segunda vez tampoco fui consciente en el momento del episodio. No fue hasta más tarde cuando recordé que la muchacha con la que compartía el ascensor aquella mañana de oficina había torcido el morro y había abierto los ojos como lo hacen las protagonistas de las historias gráficas. En la tercera y cuarta ocasiones yo ya estaba prevenido e identifiqué de forma instantánea que se trataba de dos episodios más del mismo acontecimiento fatal. Las manifestaciones de horror y sorpresa tanto de mis compañeros de fila en el supermercado como del resto de pacientes que asistían conmigo a la consulta de mi doctor de cabecera avalaban mis conclusiones.

Para el quinto y último de los incidentes, que acaba de ocurrir ahora, es inútil buscar excusas.

 

Han pasado un mes y diez días desde la operación. He venido esta misma tarde al Hospital, a la zona de consultas. He acudido a mi cita con el médico que me operó en la planta -1 de este recinto hospitalario. Hace unos cinco meses me descubrieron una artrosis severa en la cadera derecha. A pesar de que no llego a la cincuentena, la cirugía era altamente recomendable. Me puse en las manos del doctor. Todo fue maravillosamente bien y parece que la evolución de la pierna está siendo fantástica. Todo, salvo unos cuantos incidentes a los que no dejo de dar vueltas y más vueltas en los últimos minutos.

            El médico ha sido el que me ha hecho ver las cosas con claridad hace unas horas. Yo no le había comentado nada acerca de los incidentes. No estaba delante de un loquero y no creí oportuno plantearle desde la camilla las especiales circunstancias que se habían producido desde la operación. Al traumatólogo le interesaba la evolución de mis movimientos, el ajuste de la prótesis de mi cadera derecha, el aspecto de las grapas o la marcha de la cicatrización de mi pierna. Volvió a insistir en los movimientos y ángulos que debía evitar a toda costa y me animó a caminar con las muletas, a seguir saliendo a la calle…

 

            Al final de la visita, el doctor me ha enseñado en el ordenador la comparativa con las radiografías de antes y después de la cirugía. La cadera y su avanzada artrosis y la parte de hueso que había cortado para introducir la prótesis, con su vástago y su pieza de porcelana. Me escribió en un papel el modelo que me habían puesto y la fábrica de donde esa maravilla de pieza había salido. Aquí tengo el papel, en el bolsillo izquierdo del chándal. 

Casi se reía mientras me confirmaba, dándome una palmadita en la espalda, que la prótesis de mi cadera derecha procedía de material reciclado de los plásticos con los que se fabricaban armas de fuego en 3D. Por lo visto se habían requisado una cantidad considerable de ellas y un juez consideró que habían de ser utilizadas con un fin totalmente opuesto al que les habían dedicado originariamente. Mientras recogía mis cosas y me ponía en pie para dirigirme a la puerta de salida de la consulta, el dedo firme del traumatólogo recorría el perímetro de la pieza protésica proyectada sobre la pantalla de su ordenador. Así que esa pieza había sido en su origen un arma homicida…

 

            Cuando he abandonado la consulta del doctor Muñoz aún he tardado muchos minutos en sacarme su risa de la cabeza. En cuanto he podido zafarme de aquella banda sonora de película de terror de serie B, todos los acontecimientos de los últimos días empezaron a cobrar sentido en virtud de las últimas explicaciones del médico. Los rostros atribulados de aquellas personas se han perfilado en mi recuerdo mientras me he dirigido al aparcamiento del Centro Hospitalario. Allí me esperaba mi jefa, la mujer que no había parado hasta conseguir que accediera a tratar hoy mismo de un asunto de vida y muerte para nuestra empresa. Tanto había insistido que al final lo consiguió. Ella se acercaría al Hospital, me recogería en su vehículo personal y me llevaría hasta mi urbanización para dejarme en casa con mi mujer. Yo solamente tenía que escuchar lo que quería proponerme. Mi jefa estaba convencida de que yo no rechazaría su oferta.

            Mientras  bajaba a la planta baja del Hospital he recordado lo de la mujer de la limpieza. Había ocurrido hacía una semana. Era el segundo incidente, aquel que me había puesto sobre aviso, la pista que ya no me impidió descubrir los dos acontecimientos posteriores justo en el momento en que iban a producirse. La limpiadora, Marta creo que se llamaba, era una joven muy hermosa, muy recatada, extremadamente tímida.

 

Lo he recordado estando todavía dentro del edificio. Aquella mañana me subía al ascensor del bloque donde se ubicaban varias empresas de la ciudad, entre ellas la nuestra. Acababan de abandonar el elevador un par de ejecutivos que apestaban a tabaco. Desde el interior la chica de la limpieza me preguntó que a qué piso iba y se lo dije. Apretó el botón y cruzó los brazos, mientras su mano izquierda se enredaba en el cabello rizado, en un gesto claro de nerviosismo.

            Yo iba a introducir algún tema de conversación pero, de repente, mi cadera se volvió loca y me hizo dar un giro que consiguió que mi nariz aterrizara en el panel de mandos. Bloqueé el ascensor, que quedó detenido en ese momento. La chica dio un alarido y me miró con unos ojos que se salían de sus órbitas. Me gritó, me insultó, me dijo que tenía claustrofobia, que estaba sufriendo un ataque de pánico, que iba a morirse de un momento a otro. Yo traté de dar a los botones, de uno en uno, todos a la vez, con el dedo, la mano y con el puño. Por fin se reanudó el movimiento de la máquina y llegamos a la planta donde se encuentra la oficina.

Salí del ascensor envuelto en sudor, con las muletas haciendo movimientos de satélite fuera de órbita. Cuando volví el rostro descubrí, antes de que se cerraran las puertas metálicas, que la joven limpiadora yacía inconsciente, con media espalda apoyada en el espejo, como una yonqui plantada en mitad del túnel del metro. No se movía.

 

            El viento de esta tarde ha sido intenso. Al salir a la calle por la puerta de atrás del Hospital llegó a desvanecerse la imagen de aquella mañana aciaga en la oficina. El rostro de la joven, sus ojos sobre todo, se me habían clavado desde entonces. Esos mismos ojos me han llevado a pensar en lo que currió solamente tres días antes de mi aventura en el ascensor, lo que antes he llamado el primer incidente. Pensé en los ojos de aquellos viandantes que se me quedaron mirando, totalmente consternados, instantes antes de sufrir el brutal atropello. Su mirada, como la de la chica de la limpieza de la oficina, era una mezcla de desconcierto y fatalidad.

 

            Aquel día estaba en la calle, en uno de mis primeros paseos en el exterior, todavía con muletas, poco después de que me hubieran hecho las dos primeras curas, antes de que me librara de las grapas que decoraban la parte superior de mi pierna derecha. Había llegado al semáforo a buen ritmo, contento de la evolución de mis movimientos. No estaba cansado. Podía dejar la manzana y cruzar hacia otra parte del barrio. Mi mujer se había convencido de que podía dejarme un ratito solo. Nunca debería haber cometido tal temeridad. El disco estaba en rojo para los peatones. Éramos cinco o seis personas las que esperábamos en la acera para cruzar por el paso de cebra. Yo sabía que aquel semáforo había dado problemas desde el principio y ya habían tenido que arreglarlo tres veces en los últimos dos meses. Me fijé en los peatones. Todos ellos miraban sus móviles o escuchaban música en sus cascos. Una señora arrastraba un andador y dos hombres ya mayores discutían acaloradamente.

            El semáforo se puso en verde. Los coches se habían detenido y el grupo de peatones comenzó a cruzar. En ese mismo instante mi pierna derecha me dio un calambrazo, haciéndome saltar sobre el botón del semáforo. Lo pulsé con la rodilla con fuerza y el color del monigote cambió a rojo. Un conductor despistado que hablaba por teléfono con el manos libres y miraba embobado al muñequito aceleró. Embistió a aquel grupo de personas que todavía estaban a mitad del paso de peatones. Algunos de ellos me dirigieron una mirada que yo no he podido borrar de mi mente.

 

            Todavía siento sus miradas. Voy a tratar de esquivarlas para poner fin a todos los recuerdos. ¿Qué ha pasado esta tarde después de alcanzar la calle? Después de salir al exterior había tenido que rodear el edificio del Hospital para llegar a los aparcamientos, pues la consulta del doctor Muñoz quedaba en la otra ala del edificio. Mientras caminaba hacia el aparcamiento no dejaba de dar vueltas sobre cada uno de los episodios. Tras los dos primeros, los otros incidentes se condensaron en el tiempo.

Después de la historia de la limpiadora de mi oficina, a la que no he vuelto a ver y de la que no he vuelto a saber nada más, llegó el tercero de los sucesos. Me encontraba esa tarde en el supermercado, ya con la compra hecha, esperando mi turno para pagar. Delante tenía una señora que había comprado una caja de leche y mantequilla, junto con una tarrina de crema de cacahuete. Detrás de mí tenía a un señor bastante obeso, con gafas y patillas, recién sacado de un despacho de abogados de medio pelo. Me fijé en que miraba la crema de cacahuete con verdadero desagrado. Hacía muecas ostensibles y torcía la boca. No dejaba de decir que qué asco, que lo retire ya el chico de la caja, que lo quite cuanto antes de su vista. Yo lo miré y entonces le escuché decir, como justificándose, que tenía una alergia mortal a los cacahuetes.

            Antes de que el chico de la caja, Pablo ponía en su credencial, tomara por fin la crema de cacahuete para pasarla por el lector de la caja, mi pierna derecha soltó un latigazo sobre la cinta, haciendo volcar el tarro de la crema. Cuando Pablo alargó el brazo para evitar que se manchara todo, un segundo golpe de mi pierna derecha mandó la crema de cacahuete contra la cara del picapleitos. El rostro de la señora, incapaz de abrir la bolsa de plástico que le había ofrecido el muchacho hacía ya cinco minutos y el semblante del chico me recordaron las miradas del grupo del atropello del paso de peatones y la expresión de la chica de la limpieza atrapada conmigo en el ascensor.

Yo, que solo llevaba pan bimbo y unos cogollos, dejé todo como estaba y salí disparado del supermercado. Los alaridos del hombre del bufete de abogados se escuchaban todavía en la calle. Mi esposa me declaró institucionalmente un inútil para el servicio doméstico.

 

            No había transcurrido un día desde los hechos ocurridos en el supermercado del barrio cuando me encontré de nuevo ante una situación que parecía repetirse y se empeñaba en acorralarme cada momento. Una cita rutinaria con mi médico de cabecera para que me hiciera las recetas de los medicamentos que necesitaba volvió a llevarme a una situación crítica. Estábamos en la sala de espera y a mi lado había un muchacho con mascarilla de color rosa palo que sujetaba entre sus manos un papel sobre el que pude leer algo así como un permiso para una prueba de coronavirus. A su lado había un matrimonio muy mayor, con todo el aspecto de estar bastante delicados de salud. Todos en la sala de consultas llevábamos nuestra mascarilla, por supuesto.

            De pronto, mi pierna derecha se flexionó y cayó sobre el rostro del chico de la prueba del Covid. Al zafarse de mí se quitó la mascarilla. Trató de ponerse de pie pero mi pierna derecha le propinó una segada de equipo de regional preferente. Sin poder evitarlo, cayó el chico de la mascarilla rosa sobre los dos ancianos, a los que arrancó de un zarpazo las mascarillas quirúrgicas azules. Estábamos nosotros solos en aquella sala gris de espera, así que nadie vino a tratar de levantar al chico de la prueba de Covid. Yo era el único que conservaba puesta la mascarilla ffp2 y debo reconocer que no me atreví a acercarme al grupo escultórico de aquellos tres personajes incapaces de desenredarse solos. Opté por pedir en el mostrador mis recetas al día siguiente y me marché para casa. Tres días después se hablaba de un brote en el Centro de Salud y del ingreso hospitalario de tres vecinos de la localidad en la UCI del Hospital.

 

            Con esos pensamientos había llegado al aparcamiento, sorteando recodos y bordillos, tránsito rodado y adolescentes en manadas. El día estaba nublado, aunque en mi mente todo está cada vez más despejado. Mi cabeza acababa de repasar los últimos acontecimientos en los que me había visto involucrado y en los que mi prótesis de cadera había vuelto a hacer de las suyas. ¿Cuándo se terminaría todo este infierno? La imagen de mi jefa, con el cabello al cierzo, un trajecito caro y un bolso bandolera de marca parecía querer convencerme de que la sucesión de tragedias no había acabado todavía. Mi pierna derecha se aceleró y las muletas golpearon el asfalto con firmeza hasta que me colocaron frente a la puerta del copiloto del coche de mi jefa.

            Ella había abierto la puerta y sonreía como un inspector de Hacienda o un dentista. Llevaba el traje impecable, unos pendientes de joyería cara y unos zapatos exclusivos con brillo de charol y piel. Yo sonreía también, más bien como el alumno que no acierta ni una en las respuestas. Ella quiso ayudar y se ofreció a acomodarme en el asiento del Mercedes. Le había pedido que si tenía algo para sujetar fuertemente la pierna, cuál va a ser, la operada, no, esa no, la derecha, pero ella se había reído con la ocurrencia. A mí no me ha hecho ninguna gracia.

 

            Todo ha ido bien en el trayecto hasta que hemos dejado el centro de la ciudad y nos hemos dirigido a la zona nueva, donde las urbanizaciones. Ella no hacía otra cosa que tratar de convencerme para que la ayudara a librarse de los indeseables de la empresa, que aunque estuviera yo de baja todavía tenía que apoyarla y elaborar los informes de despido, hablar con ellos, amedrentarlos si era necesario… En un momento dado me he vuelto hacia ella y le he dicho que no iba a hacerlo. Entonces ella se ha colocado en el carril derecho, ha aminorado la marcha mientras tomábamos la circunvalación y me ha descubierto su maquiavélico plan.

            Ella sabía que esta tarde no iba a conseguir convencerme, así que ya había actuado con antelación. Conocía perfectamente dónde guardaba yo en la oficina la copia de las llaves de mi coche. Con la operación de mi cadera sabía también que era mi mujer la que iba a conducir mi vehículo. Por eso había introducido una prenda de lencería roja suya en la guantera, aquella que había yo manoseado y me había puesto en la cabeza en el colofón de la pasada cena de empresa. Se trataba de su regalo del amigo invisible. Ahora reconocía mi jefa que se había hecho ese regalo a sí misma y que me lo había lanzado después de la cena y los brindis con toda la intención a mi mesa. Yo había actuado con aquellas braguitas de encaje como cualquier gañán de la oficina.

            Al oír aquello, mi pierna había empezado a temblar. Ya estábamos otra vez. No pude controlarla tampoco en esta ocasión. Mi cuerpo giró con fuerza y toda la pierna saltó sobre la conductora y bloqueó el volante. Ella no pudo hacer nada y puso esos mismos ojos que había visto en Marta, la chica de la limpieza, o Pablo, el cajero del supermercado. La misma mirada del grupo de peatones de la calle o de los pacientes de la sala de espera del Centro de Salud. El coche se ha salido de la carretera y se ha estampado contra un árbol del paseo que conduce a mi apartamento.

 

            No sé el tiempo que ha transcurrido desde el accidente. Solo sé que, de pronto, un hilo de voz se ha ido acercando a mi oído y he comenzado a descubrir un revoltijo de frases que, poco a poco, comienzan a adquirir sentido. Ella estaba muerta, yo todavía respiraba. A los dos tenían que excarcelarnos. Mi pierna derecha, recién operada, estaba hecha añicos.

Llevo un tiempo sin escuchar nada. Un segundo, he vuelto a percibir algo. Ha regresado otra vez el hilo de voz, esta vez lo he sentido en un tono más preocupado. Ahora mi estado había empeorado, estaban tratando de reanimarme. Lo último que recuerdo es que uno de los bomberos le comentaba a un enfermero el tipo de prótesis que llevaba, pues había tenido acceso a mi ficha del hospital. Sería bueno aprovecharla, le insistía una y otra vez al bombero, antes de que la familia se hiciera cargo de los cadáveres. Una prótesis de semejante calidad podía venirle muy bien a algún paciente. Desde luego que esa pieza le cambiaría la vida a la persona que la recibiera.

Entonces el bombero manda callar al enfermero y le pide que se aparte para dejar trabajar a su equipo. La noche ya se había echado encima de la ciudad. Es una noche oscura y desangelada. Yo ya no veo nada. No escucho tampoco ninguna voz.

Solamente siento un leve cosquilleo en la cadera.

domingo, 13 de marzo de 2022

Concurso San Valero 2022

 

¿CUÁNTOS AÑOS CREES QUE ME CAEN?

 

            Hoy es mi cumpleaños. Desde luego que no era con esto con lo que soñaba cuando apenas era un chiquillo. Aquí no hay espejos, pero si me mirara ahora mismo en uno, no reconocería mi propia imagen.

            Los chicos se han empeñado en celebrar mi cumpleaños y han organizado una fiesta, con tarta y todo. ¿Por qué es tan importante? ¿Qué quiere demostrar toda esta panda de energúmenos, vestidos con la misma indumentaria, gritando las mismas consignas, abriendo la boca y adoptando la estúpida expresión de las viñetas de las tiras cómicas del Heraldo? Ya pueden seguir vociferando, que no voy a salir a celebrarlo con ellos.

 

            Cuando yo no era más que un niño del barrio de Las Fuentes, un mozo de la ciudad de Zaragoza, un crío de capital con más acento que vocabulario, tenía mis aspiraciones, mis fantasías y mis proyecciones a puerta cerrada y luces apagadas. Sobre la blanca pantalla de mis sueños, proyectaba yo jugadas de pizarra y goles de antología en La Romareda, notas impecables y felicitaciones, golpecitos en la espalda y cumplidos durante mis años de carrera en el Paraninfo, un puesto de trabajo envidiable, una esposa de ensueño…

En aquellas cintas de VHS y aquellos DVD que mi imaginación fabricaba como churros, aparecía yo siempre con una sonrisa triunfante y una mirada abierta al mundo. Yo era delantero del mejor Zaragoza de la historia,  investigador en un laboratorio de prestigio y actor y novelista de éxito. Y siempre sonreía y estrechaba manos y repartía abrazos como el que achica balones desde la portería.

Y en esos sueños todavía no había cumplido los cuarenta.

 

           No he salido de esta estancia y no voy a hacerlo. Cuarenta años. La vida me ha plantado aquí y me acaba de despertar esta mañana con un jarro de agua fría y una alarma que no hay manera de desconectar. No entiendo cómo todo el mundo está tan excitado ahí abajo. No comprendo a qué viene tanta histeria. Cuarenta años. Yo nunca pensé que me vería así con esta edad.

            Tengo las dos manos ocupadas y se me están agarrotando. No puedo soltarlas ahora. Estoy sudando y no me encuentro demasiado bien, como si mi cuerpo quisiera decirme en su lenguaje que ya está bien, que hasta aquí hemos llegado, que todos mis huesos, mis músculos y mis nervios acaban de cumplir cuatro décadas.

 

            Recuerdo aquellos polos de los domingos, amarillos y anaranjados,  que se vendían a cinco pesetas en la heladería de la calle Don Jaime y que te duraban más de media hora. La lengua terminaba compitiendo con el papel de lija que nuestro profesor de Plástica o Pretecnología nos hacía comprar para aquellos trabajos de la escuela.

Los lengüetazos a mi polo de limón o de naranja fueron los precursores de las modernas baterías o de los cargadores de los móviles. Te sentabas en un banco de la plaza de La Seo y dejabas que la lengua se adormeciera sobre aquel trozo de hielo monocolor. Entonces, tu imaginación volaba y tus sueños te convertían en protagonista indiscutible. No necesitabas películas ni videojuegos. Te bastaba dejar que el polo se fuera consumiendo.

 

            Sin embargo, la vida vino a interponerse y desbaratar esa imagen que mi inocencia se encargaba de proyectar en mi cabeza.

 

Por eso estoy aquí, muy lejos de mis sueños, en la celda de esta prisión de Zuera, cumpliendo mi condena.

Por eso estoy aquí, con el cuchillo de la tarta en una mano y el cuello del alcaide en la otra, preguntándome cuántos años van a echarme el día de mi cuarenta cumpleaños.