viernes, 5 de junio de 2020

Cuando llegó el WhatsApp a nuestras vidas


El día que estrené el WhatsApp

I

            Me muevo extraordinariamente bien entre la oscuridad. Desde que era un renacuajo que no levantaba dos palmos del suelo, siempre me he creído capaz de intuir cualquier obstáculo y esquivarlo sin ninguna complicación, por muy vendados que lleve los ojos o por muchas luces apagadas que me rodeen. En mi infancia, nada tierna, el escondite, la gallinita ciega y todas las versiones que puedan ocurrirse de esta clase de juegos infantiles no eran sino el escenario de mis triunfos. Los ganaba a todos, incluso a aquellos que se consideraban mayores para jugar con niños menores de su edad. Ya no soy ningún niño y pocos me considerarían joven, pero sigo siendo igual de habilidoso. Tan diestro y tan ágil como una gacela o un corzo entre las piedras que se apostan en la pendiente de un ribazo. Sin embargo, esta noche la torpeza se había adueñado de mi cuerpo y mi mente navegaba por océanos imprevisibles. La culpa era del what´s app.

            Laura y yo llevábamos saliendo solamente unos meses. Apenas nos habíamos contado nada el uno del otro pero estábamos tan bien juntos que cuando a mí se me ocurrió la idea de que se viniera a mi piso no nos costó más de día y medio llevar a término el traslado. Ciertamente, con lo del móvil había sucedido algo parecido. Fue ella la que me comentó esta misma tarde que era una tontería que me cerrara ante lo inevitable. Le di la razón e inmediatamente le entregué el teléfono móvil. Bajó la aplicación en unos segundos y dejó instalado el whatsApp sin apenas pestañear. Recuerdo haber visto bailar esos dedos suyos sobre la pantalla táctil como si el joven Travolta estuviera echando un duelo coreográfico al mismísimo Elvis. Recogí de sus expertas manos el Samsung Galaxy Ace que ella misma me había regalado para mi cumpleaños y volví a introducirlo en mi bolsillo. Fue justo antes de salir de casa para venir al trabajo.
           
            Por eso mismo se me hace tan incomprensible su comportamiento de esta noche.  Laura sabía perfectamente desde hacía tiempo que cuando me toca trabajar soy una persona absolutamente entregada. Me considero un maniático de mi profesión y no concibo que nadie, sea quien sea, se plantee la posibilidad de interrumpirme o distraerme. Ella sabía mejor que nadie que la noche iba a ser larga, pues conocía de sobra que cuando le avisaba de algún horario nocturno no debía molestarse en preguntar nada. Cuando el trabajo estuviera terminado ya me encargaba yo de hacérselo saber. Se ponía contentísima, he de reconocerlo, y no solamente por el regalito que acompañaba mi regreso a nuestro nido. De verdad notaba en sus miradas y en su reacción el verdadero semblante de un amor sincero. Ella me quería y yo lo supe desde el principio.

            No obstante, apenas me había despedido de ella en el distribuidor humilde de nuestra casa, sonaba ya aquella pequeña piedra caída en el lago que algún listillo había considerado una melodía genial para el aviso de mensaje. Sonó justo cuando estaba saliendo de mi edificio. De hecho, llegué a pensar que el estómago del vecino le jugaba una mala pasada mientras me abría educadamente la puerta de la calle. Volvió a sonar unos minutos después, cuando salía del coche y me dirigía al bloque de pisos en donde me tocaba trabajar. Por supuesto decidí ignorarlo también.
En un cuarto de hora ya estaba aparcando prácticamente en la mismísima puerta de mi destino, y un par de minutos después me encontraba en el ascensor, señalando con el dedo el 5º C. Me acompañaba ahí dentro una señora bastante impertinente que observaba sin ningún disimulo mi facha y mis movimientos. Recuerdo que se quedó mirando el botón que había apretado nada más subir, como si algo la inquietara. Cuando por fin abandoné a la mujer, que me había pedido que presionara el botón del ático con una voz peor engrasada que las compuertas del mismísimo ascensor, el ruidito de mi bolsillo volvió a sonar. Dos veces seguidas. Todo tenía un límite.

            Me quité el guante para manejar el móvil con más comodidad. Todos los mensajes eran de ella. Incrédulo todavía, decidí leerlos. Laura me enviaba una foto de la caja de herramientas, que había dejado en mitad del pasillo, a medio abrir. Había un comentario muy suyo, que no me hizo maldita gracia. “Siempre tan ordenado”. Y alguna chanza más. ¿Qué demonios le pasaba? Iba a volver a guardar el teléfono cuando llegó otro mensaje. Me sorprendió que no fuera otra bromita de mi novia, que ya me había dejado constancia en el último wasap de mi tremendo descuido. Había olvidado la linterna que ella misma me ayudó a elegir hacía unas semanas en nuestra visita mensual al Lidl. Aquello no me hacía ni pizca de gracia. Me estaba haciendo mayor y Laura, tan jovencita todavía, no parecía demostrar ni una gota de sensibilidad en ese asunto. Pensé en que, al menos, el propio teléfono móvil me iba a sacar del apuro. Conocía la aplicación. Eso bastaría. Siempre y cuando se interrumpieran los dichosos mensajitos.
            Porque el mensaje que descubría ahora en el aparato no era, precisamente de la guasona de mi novia. Ni de lejos. Se trataba de un antiguo colega de cuando trabajé en la capital, que me daba la bienvenida a la era electrónica como si yo fuera un troglodita de una subespecie menos avanzada. El mensaje no podía ser más socarrón ni su mensajero más indeseable.

Levanté la vista en aquel pasillo mal iluminado y conté hasta tres. Me calmé. Entonces la luz se encendió, pero no vi a nadie. Esperé a que se apagaran por sí solas. Sabía exactamente cuánto tardarían y funcionaron al milímetro. No era la primera vez que trabajaba en el edificio. Iba a volver a lo mío cuando los pensamientos que todavía no habían abandonado mi cerebro le dieron al botón de rellamada. Las gracias de Laura y el latigazo de mi antiguo compañero de curro resonaban en mi conciencia.

            No suelo perder los nervios bajo ninguna circunstancia y siempre me he caracterizado por alejar de mis obligaciones cualquier atisbo de preocupación personal o de cualquier índole. Pero esta noche no pude controlarlo todo. Con los dos últimos mensajes punzándome el orgullo, las dos réplicas elegantes que se me ocurrieron en ese preciso momento, envuelto en la oscuridad artificial de la quinta planta, habían tomado unas posiciones que iba a ser difícil desbaratar.
Si no hubiera hecho un verdadero esfuerzo de dominio personal, habría hecho estallar una carga de insultos y reproches envenenados a los artífices de aquella bromita de conversación incompleta. Me salvó entonces mi profesionalidad y el autocontrol, que es marca de la casa. Prueba de ello es que, impasible, decidí ignorar el móvil, a Laura y al gracioso de Andrés “el informático” y concentrarme en mi trabajo.

II

            Ya estaba dentro cuando volvió a sonar el ruidito dichoso de la piedra zambulléndose. Otro amigo había decidido unirse a la fiesta. ¿Qué aparato maléfico me había regalado Laura? Lo más curioso es que Pedro “el invisible”no se dirigía a mí sino que le soltaba una pulla a Andrés, hincha feroz del Madrid. Quise apagar el móvil pero contaba con el haz de luz que este podía proporcionarme. De todas formas, tenía muy claro que no iba a contestar a ninguna de las idioteces que estaba leyendo a través del teléfono. Tampoco me planteé responder a Laura, que me había mandado un montón de iconos que a ella debían de resultarle muy graciosos, pero que no tenían ningún significado para mí. Considero inútil siquiera describirlos y admito que los más de veinte caracteres animados todavía golpean a las puertas de mi cabeza buscando una interpretación que ya no llegará nunca.  

            Debía de llevar más de treinta minutos trabajando cuando el móvil pareció volverse loco. Despertó de su letargo y se vio aquejado de violentísimas sacudidas. Evidentemente, las piedras con vocación de suicidas volvieron a chapotear a mi alrededor. Me llegaron cinco mensajes prácticamente seguidos. El Barça y el Madrid eran objeto de dardos envenenados con apariencia de caracteres de pantalla táctil. Las ligas, las copas, los astros y sus familias venían a irrumpir en mi jornada y a aumentar la tensión que de por sí exige el oficio. Mis dos ex compañeros de faena se encendían en una discusión acalorada y perdían enseguida los papeles, si es que así puede expresarse en esta fastidiosa era digital, para acabar diciéndose de todo a través de las ondas. Había insultos, imágenes obscenas y muchos iconos denigrantes que no tenía la menor idea de dónde los habían sacado. Perdí la concentración y me juré no volver a usar nunca la dichosa maquinita que, no voy a negarlo, iluminaba a las mil maravillas. Quise comprobar si era posible desactivar la jodida aplicación o, por lo menos, evitar sus continuas interrupciones. 
            No había manera de silenciar aquello. A la enterada de mi mujer se le podía haber ocurrido explicarme cómo eliminar aquel tono de aviso o al menos cómo desconectarme del WhatsApp infernal. Mis dedos comenzaron a ofrecer muestras de nerviosismo y mi serenidad empezó a resquebrajarse, pues más de dos veces estuve tentado de lanzar el móvil contra el suelo o arrancar la batería de sus mismas entrañas. Entonces me llegó otro mensaje. Leí atónito el de de una pareja de amigos de Laura, todo sonrisas y convenciones, detalles y comprensión empalagosa, explicando un plan que les parecía divino proponernos, a nosotros y a otras tres parejas más. Enviaban una fotografía de una casita rural en un pueblo encantador con un nombre que de por sí evocaba ríos y montañas, un atractivo sendero y unas vistas de ensueño. A la imagen le faltaba un lacito en una esquina y unas palabras del concejal de turismo. Lo que me faltaba. Ya era suficiente. Necesitaba concentrarme en lo mío y el móvil había pasado de fútil distracción a adquirir categoría de estorbo innegable.

            Cuando iba a apagar el teléfono descubrí el temblor en los dedos de la mano derecha. Normalmente cualquier imprevisto en mi trabajo recibe de mi parte una respuesta proporcionada y llena de cautela. Este ligero temblor no era un buen presagio. Estaba más que desconcentrado y el nerviosismo se había atrincherado en mis posiciones y ademanes, pues por poco había tirado al suelo una lamparilla que adornaba una mesita baja.
Estaba claro que lo que el sentido común dictaba era abandonar aquel lugar y olvidarme de seguir con el curro. Tenía que volver a casa y retomar la tarea pendiente en una ocasión más propicia. Sin más miramientos. La ambición fatua nunca me ha caracterizado y no iba yo a abandonar aquel lugar con el espíritu de aquellos conductores obsesionados con su propio vehículo, que miran y remiran, provocándose casi un esguince en el cuello, temerosos de perder de vista aquello que idolatran. Sencillamente, dirigiría mis pasos hasta la puerta de entrada y me volvería a mi casa.

            De repente volvieron a la carga los wasaps. El Barça daba mala gana, el Madrid daba más pena todavía y la casa tenía una pinta estupenda. La parejita de Teruel, que yo ni siquiera conocía, no tenía planes para ese fin de semana y confirmaba su asistencia mientras que mi novia, pasando olímpicamente de lo que yo pudiera opinar, nos apuntaba a ambos y felicitaba a los organizadores por la iniciativa. Entre las amistades a los que se les proponía el maravilloso fin de semana rural había un tipo que nunca he podido tragar y que, eso fue lo más irritante, mandaba una imagen del escudo del Barça y un lema que ponía a los del equipo rival a caer de un burro. Entre mis manos, cada vez más temblorosas, la piedra se zambullía tantas veces que parecía que un ser superior le estaba haciendo ahogadillas desde las alturas.

            No sé por qué lo hice. Sigo dándole vueltas y no me reconozco en aquella reacción tan alejada de mis habituales decisiones taimadas y sopesadas. Lo más razonable habría sido apagar el móvil, salir de allí y bajar sin levantar sospechas por las escaleras o directamente por el ascensor. No hubiera tenido ninguna dificultad en llegar al coche y volver a mi casa, saludar a Laura, no sin cierta frialdad en el semblante, y envolver su precioso regalo con tarifa plana de internet en una linda bolsa de basura, no sin antes hacerla renegar de amistades y planecitos cursilones e idílicos. Todo lo que hubiera sacado de esta triste noche hubiera sido un agarrón de la chica y dos o tres días de mutismo incómodo que habríamos arreglado como se arreglan siempre estas cosas. Ahora no tiene remedio, pero habría sido tan fácil evitar que esta horrible noche no hubiera concluido como lo ha hecho…

            El caso es que todo se torció. Entré al trapo. Me puse de los nervios. Arranqué con un mensaje que envié a todos los contactos de la agenda, que eran más de cien, y defendí a mi equipo, ataqué al contrario, insulté a bastantes y dejé propinas para todos. Que nos dejaran en paz los abogados de los planes para otros y que nos respetaran los hinchas aburridos y enteradillos. A Laura le ponía que la quería, solamente que ciento cincuenta y pico caracteres después de haberla llamado pesada e inoportuna, protagonista y portavoz sin voto previo, regaladora de objetos absolutamente despreciables. Entretanto, mis perlas también se sumergían en ese mar de receptores sin vida propia y llegaban a mi Samsung Galaxy Ace las respuestas airadas o sorprendidas de un grupo cada vez más nutrido de contactos descontentos. Nada podía frenarme. Los mensajes que más me costó responder son los que Laura me enviaba. Podía imaginar tan vívida su cara y sus labios fruncidos, tan reales sus brazos como aspas agitadas que quería concentrarme en las palabras y pensar mucho el contenido de los what´s app a ella dirigidos. A todo esto, culés y merengues soltaban una barbaridad tras otra, y entre tantas pedradas comunicativas lanzaba yo mi honda y hería a varios de vez.

            Tan ensimismado estaba yo y tan pendiente de no dejar carta sin respuesta que ni siquiera me percaté de que un teléfono comenzó a sonar. ¿Cómo era posible? Por supuesto que no debía cogerlo. Eso era una tontería. ¿Por qué me estaba dirigiendo inconscientemente hasta el origen de aquella llamada telefónica mientras continuaba trasteando con mis dedos desenguantados en la pantalla táctil de mi propio móvil? Dejé un what´s app en el que Laura me decía que ni se me ocurriera llegar a casa en esas condiciones en las que me imaginaba ya, fueran las que fueran, y alcé el teléfono fijo para responder a la llamada.

            – ¿Cómo que qué pasa? ¿Qué le pasa a quién? ¡Váyase al carajo! –dije, y colgué el aparato. Para entonces, maravillas de la comunicación, tenía ya cinco what´s app sin leer. Antes de mirar si había terminado de enviar el que le estaba escribiendo a Laura, me llegaron tres más. Mi amigo Pedro, “el invisible” me preguntaba si seguía en activo, y recordaba entre comillas nuestras últimas faenas en la capital. El chico era tonto y “el informático” más todavía, pues enseguida se sumaba al grupo para alabar mi discreción, mi buen hacer y lo que había aprendido al trabajar todos esos años a mi lado. ¡Dios mío! ¿Pero qué estaba haciendo? Tenía que irme de allí ahora mismo. Era demasiado tarde.

III

            La vecina aquella iba acompañada de dos agentes que habían sido avisados hacía una hora y que llevaban apostados a las puertas del domicilio del señor Martínez de Martín desde hacía veinte minutos. La llamada la había realizado desde el móvil de la vecina del ático uno de los policías, cuyo gesto de asombro no se había borrado aún de su cara, al recibir respuesta. Nada se había sustraído del inmueble, pero todos los papeles importantes mostraban signos evidentes de haber sido manoseados. Solamente encontraron huellas de la mano derecha, que coincidían a la perfección con las que en la comisaría central en Madrid delataban al delincuente conocido como “el silencioso”, al que le esperaban más de cinco años en prisión.
Aquel ladrón de guante blanco entregaba ahora sus pertenencias y se desembarazaba de ellas casi con alivio. El móvil Samsung  Galaxy Ace fue lo primero de lo que se deshizo. Lo que más chocó a los agentes fue que el susodicho ladrón suplicó por favor que no le permitieran hacer ninguna llamada.

lunes, 4 de mayo de 2020

Leyendas del Parque Nacional de Ordesa


ORDESA: UN PARQUE DE LEYENDA


I

–Abuela,  ¿es verdad que estos montes acaban de cumplir cien años? ¿Son mayores que tú y que el abuelo?
–Lo dices por el cartel que nos acaba de leer el abuelo, ¿no es cierto? –Sonríe la abuela, mirando con ternura a esa criatura que corretea por la pradera y que parece una minúscula estrella bajo la inmensidad de las montañas–. Hace exactamente un siglo que toda esta maravilla fue considerada como algo digno de respetar y conservar, es verdad. Hoy se cumplen cien años de aquello. Sin embargo, sus valles, ríos y montañas, todo lo que contiene este Parque Nacional de Ordesa, tiene miles y miles de años.
        ¿Verdad que vas a contarme una de tus historias?, ¿Verdad que sí, abuela? ¿Verdad que sí?
–Hoy te contaré más de una. Acércate y siéntate junto a mí. Vamos a descansar a la orilla del río. Si escuchas con atención, descubrirás cosas fantásticas, porque a veces las aguas nos traen leyendas que el río va haciendo más hermosas y más misteriosas con los años.

II

Hace muchos años, cuando estas tierras pertenecían a pueblos guerreros, las luchas se sucedían constantemente. Había un caudillo visigodo, un jefe militar llamado Eurico, que arrasó un pueblo cristiano.  Tres jóvenes y hermosas cristianas se salvaron de milagro porque, durante el ataque, estaban en el bosque, cogiendo ramas y hojarasca para hacer un fuego.
Ellas eran hermanas y estaban prometidas a tres muchachos del pueblo. Aquel jefe de los bárbaros se los había llevado consigo como prisioneros. Al regresar del bosque, las tres hermanas descubrieron que todo estaba destrozado y que no había quedado nadie en pie, excepto un soldado enemigo, muy malherido, al que decidieron cuidar piadosamente.
Las tres hermanas le arrancaron la promesa de partir en busca de sus enamorados y liberarlos. Cuando estuvo repuesto y pudo caminar, el soldado de los visigodos marchó a la búsqueda de aquellos cristianos, pero nunca regresó con ellos. En lugar de cumplir su juramento, aquel desagradecido soldado volvió con más hombres y durante la noche, se acercó con la intención de prender fuego a las tres tiendas de campaña que habían levantado las tres muchachas sobre el poblado destruido.
Hacía tanto frío que las antorchas encendidas que llevaban los hombres del desagradecido guerrero se apagaban con el viento helado. El frío fue a más y empezó a nevar. El traidor godo selló las entradas de las tres tiendas para que no pudieran escapar las muchachas  y huyó para ponerse a cubierto dentro del bosque.
Se produjo un temblor de tierra y las tres tiendas de campaña, cubiertas por la blanca nieve invernal, se elevaron sobre aquel terreno y formaron tres majestuosas montañas, de alturas muy parecidas, aunque sobresalía más la que quedaba en medio, pues allí dormía la mayor de las hermanas.
        ¿Sabes cómo se llaman esas tres preciosas montañas que te ha señalado antes el abuelo?
–Las Tres Sorores o Treserols, abuela –contesta el niño, que recuerda perfectamente la forma de aquellos picos sobre los que su imaginación dibuja ahora tres tiendas de campaña cubiertas con un manto de nieve–. ¿Qué significa ese nombre?
–En la época en la que ocurrieron los hechos que te acabo de contar se hablaba una lengua muy antigua, el latín. Y en latín “sorores” quiere decir hermanas. Esas tres montañas son las tres muchachas traicionadas de la historia. Aunque existe otra leyenda para explicar el origen de la más alta de las tres cimas…
        ¿Otra historia? Cuéntamela, cuéntamela, yaya.

III

El abuelo me contó una vez una historia sobre la montaña central del macizo de las Tres Sorores, el pico que hoy se conoce como Monte Perdido. Esta historia tiene también muchos siglos y, si prestas atención, podrás escucharla, porque el agua también la arrastra hasta nuestros oídos.
¿Recuerdas aquel verano cuando encontramos a un pastor del Pirineo? Tú estuviste jugando con su perro y él estuvo muy simpático y habló largo y tendido con el abuelo. Pues quiero que sepas que no todos los pastores han sido siempre tan amables y buenos con aquellos que han visitado las montañas y los valles.
Había una vez un pastor, un montañés muy arisco y muy gruñón, que llevaba sus ovejas a pastar al valle de Pineta, junto al lago de Marboré, a los pies de la falda de la montaña. Era un hombre solitario de rostro afilado y expresión sombría, con cara de pocos amigos.
Un día claro y despejado, mientras el pastor se comía una rebanada de pan y algo de queso observando a sus ovejas, apareció un hombre de aspecto descuidado y con pinta de llevar muchos días sin beber un trago ni probar bocado. El hombre pidió algo de comida al pastor.
–No voy a darte nada, así que no insistas –contestó con sequedad el montañés, y miró para otro lado.
La miseria del visitante no enterneció para nada a aquel pastor cuyo corazón era tan duro como una roca, tan frío como un témpano de hielo. Sin embargo, la misma naturaleza se removió, apiadándose de aquel pobre mendigo.
El cielo comenzó a cubrirse. Empezó a hacer mucho más frío. El ganado se revolvió inquieto y comenzó a desperdigarse. El perro del pastor ladraba asustado y corría de un lado para otro. El pastor apenas veía e intentaba en vano reunir a sus ovejas y tranquilizar a su perro. Enseguida se desató una terrible tormenta.
Perro, pastor y ganado se perdieron en medio de la tormenta, de forma que nunca se supo nada más de ellos.
Nadie supo aclarar el misterio. Pero los montañeses dicen que en el paraje en el que desaparecieron, se alzó una montaña formidable de piedra y de hielo. La montaña que hoy llamamos Monte Perdido. Otros reconocen en esa montaña la tienda de la mayor de las tres hermanas engañadas por aquel soldado visigodo y han llegado a decir que los rasgos duros y afilados del rostro del montañés se dibujaron desde entonces, justo después de la tormenta que atemorizó al pastor,  sobre aquella roca de piedra y de hielo.
No fue más que el castigo a aquel pastor que le había negado un trozo de pan y una palabra de cariño a san Úrbez. Sí, el mendigo que se le había presentado implorando su caridad no era otro que aquel santo pastor de Burdeos, que había vivido a la entrada del Cañón de Añisclo, en la cueva de Sestral, a la que hemos ido alguna vez con el abuelo.
–Ya sé cuál es, abuela. Había allí una ermita, ¿verdad?
–Veo que te acuerdas –asiente la abuela–. Sin embargo, algunos consideran que no fue san Úrbez, sino san Antonio, aquel que se encontró con la dureza del corazón del pastor montañés. E incluso hay quien piensa que el que sufrió la indiferencia y la frialdad del pastor fue otro personaje, con fama de bondadoso y entregado a los demás, una especie de consejero de peregrinos al que llamaban “Santo de la Montaña”, que llegó a vivir también en la ermita de san Úrbez.
        ¿Quién era ese personaje? ¿Cuál es su historia?

IV


Las historias de estas montañas están llenas de guerreros, unos valientes y otros cobardes. También están llenas de traiciones y de amores, como ya te vas dando cuenta. La leyenda del “Santo de la Montaña” tiene un poco de todo.
Ocurrió hace unos setecientos años… Don Íñigo de Zaidín fue el compañero fiel del rey Jaime I de Aragón. Cuando el joven Jaime tenía cinco años, Íñigo y él se convirtieron en amigos inseparables. Se criaron juntos en el castillo templario de Monzón, en Huesca,  bajo la tutela de Simón de Monfort. Años después, cuando el rey Jaime inició la conquista de Mallorca, le encomendó a su fiel amigo la toma de Ibiza.
Pero este traicionó al rey. Cuando iniciaron el ataque, las tropas comandadas por Íñigo no llegaron a tiempo y las pérdidas de la Corona de Aragón fueron enormes. No obstante, fíjate cómo son las cosas, porque resulta que otra traición cambió la historia a favor del rey de Aragón.
Se dice que la caída de la villa de Ibiza pudo deberse a la traición del hermano del caudillo moro de la ciudad, como venganza por haberle robado la esposa a su propio hermano. Desde su casa, el hermano del jeque abrió una ventana que daba al exterior de la muralla por donde pasaron las tropas de los conquistadores. Ibiza cayó en manos del rey Jaime ese mismo día.
Don Íñigo, sin embargo, ya no estaba allí para ver la victoria de su rey. Avergonzado por su actitud desleal, él había huido a la Península y había llegado a las montañas y se había ocultado en una ermita rupestre, donde empezó una vida de penitencia y buenas obras. ¿Ya lo habías imaginado? Algunos piensan que fue don Íñigo de Zaidín aquel mendigo al que el pastor avaricioso y desaprensivo había despreciado junto al lago de Marboré, negándole comida y agua.
Cuentan los montañeses que, años después, a la muerte del mendigo, cuando fueron a recoger piadosamente sus restos, se descubrió, en la gruta donde había vivido el santo, una inscripción que decía: “Don Jaime. Perdonadme. Yo os traicioné en Ibiza.”

V


Como ves, todas estas leyendas tienen mucho más de un siglo, y el agua del río inventa con su música versiones diferentes de la historia, cada vez más asombrosas.
        ¡Mira, abuela! ¡Otro cartel como el de antes!
–No debe extrañarte. Se cumplen cien años de aquellas palabras con las que se empezaron a cuidar de verdad todos estos parajes. El abuelo te lo ha explicado muy bien antes. ¿No guardamos y conservamos los cuadros y esculturas en museos fantásticos que son santuarios para el arte? Pues un Parque Nacional no es más que un museo, un santuario para la naturaleza.
–Sí abuela… Y son algo más… Son las tapas de un libro alucinante que guarda las leyendas más maravillosas que tú y el abuelo contáis como nadie.
Todavía a la abuela no se le ha borrado la sonrisa. Y de su memoria tampoco se han borrado muchas otras leyendas del Pirineo, que pronto también tú vas a conocer…


sábado, 18 de abril de 2020

Una historia para el Día del Libro


CLUB DE LECURA


            Llegué tarde. Había olvidado en mi apartamento los libros que quería enseñar al grupo, las lecturas que había pensado proponer para el programa de lectura. También había copiado en mi cuaderno unas cuantas ideas y frases célebres sobre los libros y la lectura. Cuando ocupé un asiento entre aquel grupo de personas respiré aliviado. Al final, había encontrado el lugar de la reunión tal y como anunciaba la emisora de radio que escuchaba cada mañana cuando iba al trabajo. Porque no había sido fácil dar con aquel lugar.
Lo llamaban Programa Anual de Lectura y los locutores apelaban al corazón de los participantes, como si formar parte del meeting fuera a cambiar nuestra vida o algo parecido. No me sorprendió. Llevaba viviendo unos meses en los Estados Unidos y me estaba acostumbrando a la manera de “tocar el corazón” de los oyentes, los telespectadores o el público en general. Lo que no me esperaba en absoluto fue lo que me encontré en la sala. Ni lo que ha venido después.

            Pensaba que el lugar de nuestra reunión iba a ser la biblioteca de la ciudad, en torno a una mesa larga y entrañables personas de aspecto amable y comprensivo. Creía  que íbamos a hablar de los libros que se iban a proponer, que trataríamos de las últimas novedades, de los clásicos, de los autores olvidados y las obras ignoradas por el gran público o la crítica. Por eso llevaba mis libros, mi lista de sugerencias aún a costa de no llegar puntual a mi primera cita con el grupo de lectura. Pero aquello no era una biblioteca sino una sala de paredes blancas sin ninguna mesa sobre la que tomar apuntes o dejar los libros. Solamente unas cuantas personas formando un círculo. Eso es lo que me encontré nada más llegar. Tomé asiento y en ese momento se levantó uno de los miembros del grupo. Una mujer en torno a los cincuenta.

            –Hola, me llamo Abigail Clarence y llevo treinta y siete días sin leer –dijo, su rostro contraído y tenso como el mástil de la bandera de la casa de mi vecino de Vermont.
            –Hola, Abigail –respondió el auditorio.
            –Hola, me llamo Daniel Shean –habló el que estaba a mi izquierda– y llevo quinientos días sin tocar un libro.
            –Hola Daniel –contestaron los demás, excepto yo, que me había quedado mudo.

            Todos fueron presentándose de esa manera y luego empezaron a contar la peligrosa adicción contra la que estaban luchando. La tal Abigail había intentado ahogar a una bibliotecaria de la tercera edad cuando se negó a levantarle la multa por el retraso en la devolución de una antología de cuentos de Cortázar; una chica de veintitantos aseguraba oír voces en su interior, personajes de todos los libros que había leído a escondidas de sus padres y profesores y que tramaban y conspiraban contra el mundo de los vivos; Daniel, por lo visto, estaba tan enganchado que le habían pillado robando medicamentos en un CVS solamente para poder leer los prospectos de todas las medicinas. Cada individuo tenía su historia y cada componente del grupo abría su corazón y todos podíamos leer en él como en un libro. Quizá no es esta la imagen más adecuada, lo reconozco.
           
            Ahora me encuentro en un lugar muy distinto. Todos estamos aquí. Hablando con el oficial que lleva el caso, intento dar lógica a esta aventura surrealista. Insisto en que yo estaba allí porque me encantan los libros y porque suponía que se trataba de eso. Tengo que susurrárselo al oído porque todo el grupo de lectura se encuentra en comisaría y si me escuchan pueden empezar otra vez los ataques y el delirium tremens. ¿Exagero? En absoluto. Preguntadle al pobre policía que se presentó hora y media después de que la terapia de lectura comenzara y os dirá la verdad. En el momento en que se fijaron en mí, cuando ya habían hablado todos, y me invitaron a contarles mi historia; en el preciso momento en que reconocía ante aquella particular audiencia que yo había ido allí a leer y les enseñé la lista de lecturas y los libros que había traído conmigo; en ese instante, se volvieron como locos.

Le digo al agente que estoy aterrorizado. Todavía no ha perdido ese brillo atormentado la mirada de estos seres que están removiendo los archivos de la comisaría buscando informes, atestados, expedientes o fichas que llevarse a los ojos. Tengo miedo porque en mi brazo derecho me hice un tatuaje hace unos años con una frase que una antigua novia quiso que llevara conmigo a todas partes. Esta gente es capaz de arrancarme el brazo para leerla.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Esta historia se escribe con "h"


LA LETRA QUE DEJÓ DE SONAR


            Érase una vez un libro grande, enorme, inmenso. Tal es así que el día que se terminó de escribir, su autor nunca pudo moverlo de sitio. Allí quedó, en la misma mesa robusta de cerezo en la que se había escrito. En esa mesa sin pulir y un tanto inclinada en la que, con una paciencia infinita, el anciano escriba había trazado con esmero letras y letras, palabras y frases de un total de trescientos cuentos. Se trataba de los Trescientos Cuentos de la Edad Remota, que recogían el saber de épocas pasadas, la frescura de costumbres nuevas y antiguas, la fragancia del ayer y el suave roce del mañana, enseñanzas que nunca pasarían de moda.
            En ese libro majestuoso las letras, de unos colores y trazos vistosísimos, cobraban vida y deleitaban a los que las escuchaban con una sinfonía de los más variados sonidos. Cada una representaba su papel y se veía rodeada de sus congéneres con las que competía y participaba de fantásticas aventuras, de increíbles sueños y hazañas memorables. La armonía rodeaba a todas ellas y las letras, chicas o grandes, tímidas o desvergonzadas, presumidas o recatadas, prudentes o temerarias formaban una gran familia y participaban de una convivencia necesaria para el éxito de cada uno de los cuentos. Aunque no todo era, como os podéis imaginar, paz y armonía, virtud y felicidad.

            Surgían a veces disputas entre las letras. Había pequeñas rencillas y mínimas querellas, muchas veces tan insignificantes que terminaban cuando apenas habían empezado. Pero había un asunto en el que parecían coincidir gran parte de las peleas: la discusión por el puesto más anhelado, que era el deseo de todas las letras. Ese deseo no era otro que el honor que suponía encabezar el capítulo, dar comienzo a uno de aquellos cuentos. La primera letra de cada historia era la más admirada, aquella en la que se detenían las miradas de todos los lectores, de todos los que escuchaban la lectura, supieran o no leer. La letra revestida de tal privilegio se veía engalanada con telas preciosas, se crecía con tal condecoración y se ensanchaba con orgullo, luciéndose delante de todos. Sonaba mejor que nunca y en las gargantas de todos producía un sonido suave, sabroso y espléndido. El aire mismo parecía deleitarse al pronunciarla y provocaba una cascada de aplausos y admiración entre niños y mayores. La letra capital era la última letra a la que se echaba un vistazo con el rabillo del ojo, justo al terminar el cuento anterior. Y era la primera letra a la que se saludaba en todo el tiempo que se tomaban los lectores para iniciar el siguiente relato. 

Las letras de aquel volumen, por tanto, no ansiaban otra cosa y la deseaban con ahínco. Conseguir ese puesto se convertía en algunos casos en una obsesión. Por lograr tal objetivo algunas de ellas podían ser capaces de cualquier cosa. El libro que contenía los Trescientos Cuentos, viejo y sabio como era, no lo ignoraba. No obstante, su misión no consistía en evitar el desastre, sino en contemplar a una distancia prudente los actos para poder juzgar con equidad. Y así, y no de otra manera, iba a suceder muy pronto.

II

            La mañana acababa de despertar. El valle bostezaba aún y el río se deslizaba perezoso arrellanándose en pequeños charcos para postergar una caída que era forzoso que realizara. Las flores se miraban unas a otras para ver cuál de ellas iba a ser la primera que orientara sus pétalos al sol, mientras que las piedras comenzaban el aburrido pero único cometido de observar con paciencia la evolución de su sombra a lo largo de toda la jornada. No se escuchaban aún animales. No había ninguna presencia de seres humanos. Los sonidos del día eran prerrogativa de las joviales habitantes de aquel idílico escenario. Las nubes dejaron un hueco al sol para que se asomara. No había duda. Eran ellas. Una melodía atravesaba el río, lo remontaba y se adentraba en el valle. Las letras traían su sinfonía de historias y de fábulas. Venían enarbolando la bandera de hazañas y relatos épicos, de cuentos y de leyendas. Todas ellas se acercaban y llenaban el valle con sus aires de novela y su perfume de mito antiguo, trayendo personajes mágicos y sorprendentes, héroes y villanos, que venían con su cargamento de sentimientos al hombro. Los había tristes y melancólicos y las había enamoradizas y valientes, temerarias y fogosas. Con esa particular música el valle rebosaba. Las letras venían a llenarlo y extendían sus notas por toda la llanura, trepaban por las montañas cercanas y se internaban en el espeso bosque que quedaba a media ladera. Acababa de despuntar el día y ya estaban todas alborotadas y nerviosas. Se había decidido cuál de ellas iba a ser la elegida para convertirse en letra inicial de la siguiente historia.

El cuento doscientos trece del Gran Libro iba a comenzarse con la letra “y”. Un grupo de seis letras jubilosas la llevaba en volandas, y ella se dejaba agasajar con flores que lanzaban al aire, silbidos de admiración y aplausos sentidos que halagaban los oídos de una letra que todavía no podía creerse la enorme suerte que había tenido.
            La reina del relato. La llave del cuento. La gran protagonista del desfile de letras que en muy poco tiempo iba a comenzar. Era un sueño cumplido, una ilusión convertida en realidad. Todo era maravilloso… Pero, ¿qué estaba haciendo allí arriba, sobre las otras letras, vitoreada y engatusada por tanta loa y alabanza? Tenía que estar a punto. Había que preparar tantas cosas… Por ejemplo, ¿qué iba a llevar puesto? Así como estaba ahora, no podía presentarse. Había de lucir sus mejores galas. ¿De dónde iba a sacar las telas para su traje? ¿Quién iba a ayudarla a confeccionarlo? No estaba preparada. No estaba preparada. Los nervios empezaron a asaltarla. Las prisas se le echaron encima y el terror a no estar lista para semejante ocasión acabó por derribar al grupo de letras que la llevaban en andas y terminó por precipitarla en el suelo junto al río. No se dio en una piedra de milagro.
            – ¿Se puede saber qué te ocurre? –La letra “q”, como siempre, buscaba respuestas.
            – ¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué ha sucedido? –Espetó la “z”, que era la última en enterarse de las cosas, pues todavía no había acabado de desperezarse del todo-.
            –No pasa nada. Es natural. La pobre está muerta de miedo. No es para menos. Ahora tiene que hacerse merecedora del gran regalo. –Terciaba la “b” en un tono maternal– No te preocupes. Todas te ayudaremos.
            – ¡Por supuesto! ¡Claro que sí!

            Todas las letras confirmaron con enérgicas voces la sentencia de la “t”, que era la última que había hablado, rotunda y terminante, como acostumbraba. La “b” que no quería quedarse en un segundo plano como otras veces, se adelantó y ayudó entre resoplidos, calores y sofocos a que la “y” se pusiera en pie. La “v” observaba con reservas lo que su hermana, que estaba ya de siete meses, prometía sin consultarle, sin pensar en lo que era mejor para el bebé. Pero no le dio tiempo a recriminar a la “b” porque en ese momento hablaron las gemelas “r”, las mellizas “l” y las siamesas “w”.

            – ¡Eso, eso, vamos a prepararla para el trono! –Gritaron con fuerza las erres.
            – ¡Nosotras le buscaremos la tela! –Las “eles” silbaban animosas.
            – ¡Y nosotras la confeccionaremos! –Exigía ansiosa la “w”, con una sola voz que resonaba en su cuerpo y formaba un eco que redoblaba la obstinación de su cometido.

II

            Era tal el bullicio que resonaba en todo el valle que el resto de seres que lo poblaban dejó aquella mañana de dedicarse a sus habituales tareas. El sonido de las letras lo llenaba todo y la ilusión de todas ellas impedía distraerse en cualquier otra cosa que no fuera el nuevo cuento y su privilegiada letra inicial. Tan absorta estaba la naturaleza con tanta algarabía que no se percató de que una de aquellas letras, apartada del grupo y asomada a las límpidas aguas del arroyo, veía su figura reflejada y se salpicaba de una honda y profunda tristeza. Esta letra llevaba mucho tiempo detrás de aquel honor. Había mejorado su aspecto, se había cuidado con esmero, había ensayado los andares y la manera de comportarse para poder encajar en tal puesto. De hecho, si hubiera sido ella la elegida, sobraría tanta prisa de última hora, pues todo estaba ya preparado para dar la talla y abrir con una figura radiante el nuevo cuento del Gran Libro. Y en cuanto al sonido con el que empezaría el relato, la preparación era aún mayor. Horas y horas de ensayo frente al riachuelo llanura abajo, haciendo gorgoritos, templando la voz, atrapando la cantidad precisa de aire y conduciéndolo con presteza para no perder ni una sola de sus cualidades de resonancia. Era la letra mejor preparada, la más dispuesta, la mejor entrenada. Pero no había sido la elegida porque habían preferido a esa letra extranjera que había venido de no sé qué lejanas islas para usurpar merecimientos y ostentar puestos que no le correspondían. La tristeza se confundía con la rabia, la indignación con la ira y el malestar con la envidia. La letra “h”, olvidada de todas y ajena a la alegría del conjunto, levantó la vista, cerró después los ojos y acabó irguiéndose sobre la charca cristalina. Estaba decidida. No podía perder tiempo.

            En la espesura del bosque, junto al Roble Centenario, el búho leía uno de los mensajes que le enviaban por correo aéreo aves de toda índole. Era el gran consejero, y cualquier asunto de mayor o menor importancia requería la aprobación o el consentimiento del ave más sabia del Reino. El animal intentaba concentrarse en la lectura, pero los signos del mensaje no eran claros y el asunto demasiado enrevesado. Leía una y otra vez aquel mensaje y una y otra vez levantaba los ojos para sacudirse el aturdimiento. Además, aquel grupo de ahí abajo formado por letras infantiles hacía mucho ruido, y no había manera de callar a las cinco letras más revoltosas del lugar. Ya estaba bien, como no dejaran de gritar todas a la vez tendría que intervenir y mostrarle su enfado… Bueno, era suficiente. Al final el búho no pudo soportarlo más:

            – ¡Eh! –les lanzó un grito.
            – ¿Es a mí? –había respondido la “e”, poniendo cara de sorpresa mal disimulada.
            –A todas os digo. –El búho no estaba dispuesto a que le hicieran burla.
            – ¡Ah! – esta vez era la “a” la que no había podido callarse.
            – ¡Basta de juegos! Ni una palabra más. ¿Es que os creéis las dueñas y señoras del bosque? Sois unas niñas muy malcriadas y…
            – ¿Y…? ¡Y qué! –se envalentonó la“i”, con un descaro y una impertinencia impropias de letras bien educadas.
            – ¿Así contestáis a vuestros mayores? –el búho no salía de su asombro-. O dejáis esa actitud irrespetuosa o…
            – ¿O…? ¿Nos estás amenazando, viejo búho? –espetó la letra “o” poniéndose en pie y mirando fijamente a los cansados ojos del animal.
            –Esto es inaceptable, absolutamente intolerable. Ahora mismo voy a llevaros al Río y vais a tener que contar todo esto a vuestras hermanas mayores. –El búho se levantó y abandonó la rama en la que descansaba. Se posó delante de las cinco vocales–. ¿Os ha quedado claro?
            – ¡Uh, qué miedo! ¡Uh, míranos cómo temblamos! –la letra “u”imitaba a un fantasma y se movía alrededor del desesperado pájaro que estaba fuera de sí.

Al final, el búho salió volando de aquel corro de letras impertinentes y se dirigió al Río, para buscar inmediatamente a alguna letra responsable que atajara semejante comportamiento de las más pequeñas del Valle. Las carcajadas resonaban en el rincón del Roble Centenario mientras se alejaba con lento vuelo el búho, uno de los animales más respetados del lugar. Las cinco vocales, que no podían parar de reír, estaban orgullosas de la broma. Se habían turnado para enfurecer al viejo carcamal. Eran ingeniosas y astutas, las más inteligentes de todas las letras, y la sabiduría del viejo búho se alejaba herida y burlada. Pero las risas se vieron interrumpidas por una letra agazapada tras unas piedras cubiertas de musgo. Cesaron de pronto las carcajadas. Se instauró el silencio. De aquel escondite salió por fin la letra “h” y se dirigió al grupo de letras. La resentida “h” se colocó frente a las cinco vocales, aclaró su bien afinada voz y se dispuso a relatarles su “problema”. Dejemos, sin embargo, a la “h” exponer su caso ante las cinco maleducadas letras y volemos con el búho hacia el llano, en donde habíamos dejado a las entusiasmadas letras arremolinadas alrededor de la “y”, sorprendida y aturdida por tanta atención inesperada.

III
           
            La letra “y”, en efecto, estaba realmente estresada. Las demás letras, en su afán por ayudar a la hermana elegida y de demostrar la inmensa alegría que a todas las colmaba semejante elección, no hacían más que corretear de un lado a otro, aconsejar y opinar sobre todo y dar vueltas y más vueltas en torno a la pobre grafía. La “y” suspiraba y se dejaba hacer, rendida, fatigada, abandonada a unas desaforadas e histéricas letras hiperactivas.

            –Aquí vendrá la orla del vestido, que reforzaremos con un doble en tonos pastel, y te favorecerá muchísimo. Será como un mar de olas que darán una sensación de profundidad a la tela creando un efecto maravilloso. –La m y la n, con ayuda de la ñ, llevaban ya un rato imponiendo su estilismo sobre el resto de consejos más o menos profesionales de las otras letras.

            – ¡Yo os diré por dónde cortar! –prorrumpió la “x”, afilando sus colmillos y frotándose las manos ante la misión que se veía ya realizando.
– ¡No tan rápido! –Hablaba entonces la “q”– Será mejor que la “f” y la “p” realicen la medición y señalen por dónde hemos de pasar el hilo, y luego ya hablaremos de cortes y de efectos ondulantes. ¿No os parece?

            Hubo un murmullo de aceptación. La “s”, sin embargo, mandó callar a todas las letras y se dirigió a la “j” que no había abierto la boca todavía:

            – ¿Qué opinas? Creo que estamos olvidando que eres tú la única que puede ayudarnos a confeccionar un auténtico vestido. ¿Por qué no hablas?
            –Esperaba que me lo pidierais, antes o después. Conmigo tendréis los enganches suficientes para medir y cortar el hilo, y os garantizo un traje de ceremonia de excepcional factura.
            – ¿Lo habéis oído? –Preguntó la “s” volviéndose hacia todas las letras, sin ocultar una sonrisa de satisfacción– ¡Con ella en el equipo vestiremos a la “y” como nunca nadie lo ha hecho!

            Una batería de aplausos, vítores y gritos de aprobación se oyeron por todo el valle. La “c” canturreaba cánticos de victoria mientras la “k” le hacía los coros y la “q” la segunda voz, más aguda. La “l” lanzaba hurras al cielo y la “d” recogía en su diana particular los gritos de la “g” y el jolgorio que armaba también la “j” y que la “c” se encargaba de disparar certeramente. Allí todas las letras chillaban y se atropellaban unas a otras, formaban un tropel de ruidos y de voces, de gritos y desorden que acallaba el natural ruido del agua de un río que pasaba totalmente inadvertido. Fue una pluma de búho que fue a parar al mismo lo que empujó al agua a levantar su voz sobre el caótico grupo de alborotadas letras. La “j” sirvió de anzuelo y atrapó una pluma de pálido color que todas reconocieron. Su dueño se posó sobre una gran piedra, en la orilla, y pidió silencio. Ese fue el momento que la angustiada “y” estaba esperando para escabullirse. Se deslizó hacia el bosque y se internó en él. La voz del búho dejó de oírla enseguida.

            Nada más internarse en el bosque, dos letras salieron a su encuentro. La “y” hizo como que no las había visto, y siguió sus pasos dejando atrás a la “o”. La “u” mucho más ágil, la alcanzó enseguida, y se puso delante de sus narices. No tuvo más remedio la huidiza grafía que hacer un alto y mirar a la insolente vocal.

            – ¿Se puede saber de qué huyes? ¿Y por qué nos ignoras? ¿Es que resulta que ahora ya no te interesamos? –La “u” se envalentonaba con cada pregunta– ¿No eres tú la misma que llevas un mes detrás de todas nosotras para que te admitamos en el grupo? ¿Ahora no te interesa? ¿Se puede saber a qué estás jugando?
            – ¡Eso! ¡Contesta a las preguntas! ¿Es que ya no estás interesada en ser como nosotras, en formar parte del selecto grupo de las vocales? Siempre has dicho que no te faltan cualidades… –La “o”, sofocada y llena de sudor, había podido alcanzar a las letras. La “y” estaba acorralada, pero se defendió.
            –Vale. Iba huyendo de todo el alboroto que se ha formado con lo de mi galardón, ya sabéis. Es un honor, pero no me están dejando disfrutarlo, con tanto preparativo y tanta atención. Por eso no os he hecho caso. Pero otra cosa bien distinta es que me haya olvidado de lo que me prometisteis. Porque lo prometisteis, ¿no es así? Me disteis vuestra palabra.
            –Nunca dudes de la palabra de una vocal. Estamos dispuestas a hacer realidad esa promesa, y antes de lo que tú te crees, ¿no es así, hermanas?

            De repente, de entre la tupida red de plantas bajas y arbustos emergieron la “a” y la “e”, que se colocaron muy cerca de la “u” justo cuando comenzaba su pregunta. Ya estaban allí todas las vocales, a excepción de la “i”, que todavía continuaba de charla con aquella despechada consonante que las asaltó con una petición muy particular.  Y aunque la “h” no la hubiera entretenido, tampoco sería descabellado que no se hubiera presentado ante la “y”. Al fin y al cabo, a pesar de las diferencias y los orígenes tan dispares de ambas, a las dos las llamaban por el mismo nombre, y esa era una afrenta que la “i latina” nunca podría perdonar. Por no mencionar la inaceptable y desproporcionada oferta que las vocales estaban a punto de realizar. Fue la “a” la que lo dijo abiertamente:

            –Queremos que seas una de nosotras. Has oído bien. Queremos que te conviertas en una de las vocales.
            – ¿Lo decís en serio? ¿No es broma? –La “y” miraba a un lado y a otro, estupefacta.
            –Tienes nuestra palabra. A partir de ahora vas a comportarte siempre como una vocal, hablar como una de nosotras y disfrutar de los privilegios del selecto grupo de las vocales. –La “a” no ocultaba un gesto grave y sentencioso, que solemnizaba el momento.
            – ¡No me lo puedo creer! Esto tengo que contárselo a todas mis amigas. Cuando se entere la “p”, que siempre pone peros para todo… –la “y” estaba ya dispuesta a salir a la carrera.
            – ¡No tan deprisa! –la “e” la cogió del cuello, y la soltó luego, muy, muy despacio–. Primero tienes que pasar unas pruebas. No entrañan, en realidad, gran dificultad, pero sí has de tomarte tu tiempo en cada una de ellas. Ser una vocal, en los tiempos que corren, comporta grandes sacrificios y, no en vano, se ha dicho que…

            Todo el discurso fue acompañando a una desconcertada “y”, que no sabía si podría soportar en un solo día otro de aquellos bombazos. Mientras la “e” la introducía por el bosque y le endulzaba los oídos con palabras y más palabras, y mientras llegaban hasta ella la respiración entrecortada de la “o” y las risitas mal disimuladas de las otras vocales, la letra “y” intentaba asimilar en su cabecita la elección como letra capital en un cuento, el cariño sobredimensionado de todas las letras y los arrumacos insospechados de las todopoderosas vocales del mundo en el que vivía. Ser una vocal era no sólo su sueño. Era el sueño de generaciones y generaciones…

IV

            – ¡Ha desaparecido!
            –Nadie sabe dónde se ha metido. ¡Y el cuento está a punto de empezar! Además todo el vestido, la tela, el adorno… todo está listo. ¿Qué vamos a hacer ahora?

            Las letras estaban desquiciadas. Corrían de un lado para otro, se atropellaban unas a otras. Las que habían caído tiraban a las que aún se mantenían en pie, y el traje, con un bordado precioso, no se rasgó de milagro.

            – ¡Es culpa del búho! –La “l” lanzó su dedo acusador–. Si no hubiera venido a contarnos sus desdichas de educador frustrado no la habríamos perdido de vista. Estoy segura que fue entonces cuando desapareció.
            –No es justo acusar a nadie. Aquí no hay culpables. Todas nos hemos preocupado de todo menos de la protagonista. A ver ahora cómo lo apañamos… –la “k”quiso poner un poco de cordura en todo el asunto.
            – ¿Por qué no preparamos una expedición al bosque? –La “x” tenía ganas de aventuras–. Hagamos tres grupos. Uno irá en cada dirección. Los demás se quedarán aquí, que es donde sabe que tiene que acudir. Yo podría liderar uno de los grupos, y atravesaríamos el bosque por allí…

            Seguía y seguía hablando la letra mientras el resto del grupo se iba contagiando de una sorpresa mayúscula. Llevada en andas por todas las vocales, la “y” aparecía ya con un traje absolutamente espectacular, y entonaba un sonido que ponía los vellos de punta. No dejaron a la engalanada grafía en ningún momento. La llevaron hasta el lugar preparado para el comienzo del cuento. Cubrieron su traje con unas tiras del vestido confeccionado por las demás letras. Con una sonrisa, la letra pródiga agradeció a todas sus esmerada labor, y se colocó sobre el sitial en el que iba a dejarse oír. La “b”, cansada de estar de pie, cogió asiento. Detrás de ella todas las letras fueron ocupando sus improvisadas localidades para asistir al comienzo de uno de aquellos cuentos por los que estaban ellas en el mundo. Bajó la intensidad y la fuerza del río, el viento dejó de soplar y las nubes se aclararon sobre el escenario. Todos estaban expectantes por escuchar el primer sonido del nuevo relato cuando ocurrió lo que estaba destinado a suceder.

            En el momento en el que a la letra “y” le tocaba el turno para comenzar su cuento, aquella grafía que estaba sobre el trono de la elegida, que se había engalanado para la ocasión, ayudada por todas las letras y de modo muy especial por las vocales, aquella letra que se moría de ganas por entrar a formar parte de la historia, no pudo articular ningún sonido. Cogía el aire, lo distribuía por su organismo y lo expulsaba sin pronunciar absolutamente nada. Era incapaz de articular palabra. Fue tanto el sonrojo y la humillación, tanta la rabia y la insatisfacción, que se zarandeó desde allá arriba, provocó el desequilibrio entre las vocales y vino a dar al suelo. En el momento en el que se levantó todos los allí reunidos fueron conscientes del engaño. 
Fue la “h” la que se puso en pie, cuyo colorido rostro que antes había llamado la atención, había dejado en su lugar un semblante triste y cetrino. La “h” había conseguido engañarlos a todos. Se había puesto del revés, lo que había provocado ese engañoso sonrojo, y no había hecho otra cosa que caminar al revés, ayudada por las vocales y el traje que disimulaba en parte su figura. Ciertamente que había pasado perfectamente por la letra “y”. Todas las letras habían sido engañadas. Ninguna se había dado cuenta. Entonces, ¿por qué se había desmoronado todo en cuestión de segundos?

            El búho, que no dejaba de volar de uno a otro lugar del valle en aquella ajetreada mañana, había sorprendido, junto al Gran Roble, un movimiento inusual de las hojas de un endrino. Acercándose para observarlo mejor  había descubierto una letra amordazada y atada a una rama. Tuvo que ir a pedir ayuda para deshacer todos aquellos nudos. Al final, la “y”, casi sin aire para respirar, le había contado todo lo que habían tramado las malvadas vocales. Indignado, el anciano búho había sobrevolado el bosque con su Roble Centenario, el río y el valle y había logrado llegar hasta el Gran Libro del cual nacían, como por arte de magia, los cuentos. Sus doloridas palabras no habían caído en el olvido. Todo se dispuso para que, en el instante en el que la letra usurpadora sintiera llegado el momento de presentar sus ropajes y mostrar su voz, sufriera el más terrible de los males que puedan aquejar a las letras: carecer de sonido.

V

            Por eso, desde aquel día, la letra “h” ya no suena. Se le conoce como “h” muda, y ya nadie recuerda el sonido maravilloso que antes solía representar. Se le condenó también a que, en el caso de que quisiera juntarse con el resto de las letras, y colocarse en medio de las palabras, debería llevar siempre a un lado y a otro una vocal, como castigo por su participación en el engaño. En esos casos se le conoce como “h” intercalada. No se escaparon las vocales del castigo, puesto que, siempre que quieran expresar sus sentimientos con toda la fuerza de la que son capaces, las vocales tendrán que apoyarse en la “h”, aunque todo el esfuerzo habrá de recaer en ellas. Así es como suenan a partir de entonces las interjecciones.
            Y no podemos olvidarnos de lo que le ocurrió a la “y”. Mantuvo el privilegio de comportarse en determinados momentos como vocal, tal y como le habían prometido con engaños las vocales. Sigue llevándose mal con la “i”, aunque todavía lucha por separarse definitivamente de ella, y es posible que muy pronto le den un nuevo nombre. Un nombre que ya no la relacione con la aborrecible “i” latina.
           

           


           
           

lunes, 9 de julio de 2018

El examen


SUSPENSO


            La voz del profesor sonaba lejana, distante. Iba perdiendo su entidad, su esencia de voz humana articulada, con un tono grave y distorsionado, e iba convirtiéndose en un eco profundo, que no venía de ningún sitio porque no pertenecía a ningún lugar. Mientras, yo desaparecía y me perdía por los pasillos, salía por la puerta y me encontraba en plena calle, dejando el instituto con sus pupitres, sus pizarras –no faltaban las digitales–, sus taquillas… Iba dejando atrás también los cuadernos, las carteras y los estuches, las sombras de alumnos y profesores. Mis compañeros de clase seguían en la clase de sociales, el conserje en secretaría y la de matemáticas, de guardia, en la sala de profesores.
Llegaba yo al semáforo y me tuve que parar. Estaba verde, pero me detuve. Una señora cruzó hacia mí y me miró sorprendida y preocupada. Continué andando y una furgoneta por poco no me alcanza. Tenía que recomponerme. Era una asignatura. Un examen nada más. ¿Es que un examen podía significar tanto? Volví a detenerme y saqué el examen de la cartera. Miré la nota por enésima vez. De tanto mirarla parecía que fuera a borrarla con la vista. Estaba cerca de un contenedor de vidrio. Me entraron ganas de echar el examen por el agujero. No. Tenía que afrontar la realidad. Llené el pecho de aire, destensé mis brazos, me eché la mochila al hombro y reanudé el paso.

            El año había sido malo para mis padres. Papá era autónomo. Tenía una tienda de bicicletas. Una tienda muy chiquita y un taller, más grande, en donde arreglaba y suministraba piezas y recambios. Nunca se habían vendido demasiadas bicicletas. El negocio no se vio afectado por aquel lado. El problema era la disminución espeluznante de clientes que tenían las bicis averiadas. Mi padre tenía un chico que le ayudaba en el taller. Había tenido que prescindir de sus servicios. En Navidades y en las semanas previas al verano, contrataba a otro chico que se encargaba de las ventas y de las cuentas. Ahora ya no se movía dinero. El otro chico tampoco hacía falta.
Yo quería echar una mano a mi padre, pero nunca dejaba que le ayudara. Siempre me decía lo mismo, que estudiara, que la mayor alegría que podía darle era que superara las asignaturas y aprovechara la escuela, y que siguiera con los estudios y me preparara lo mejor posible. Yo agachaba la cabeza y me daba media vuelta. Mi madre sonreía. Siempre sonreía. Hasta este último mes.
            El mes de mayo salió esplendoroso. Mejor tiempo no lo habíamos tenido nunca en la ciudad. Pero el clima no podía arreglar la economía familiar. Mi madre, en estos días tan buenos, solía preparar unos helados de ensueño, unas naranjadas jugosísimas y unos postres fríos que mis amigos envidiaban. Ahora nos contentábamos con unos polos de congelador que no sabían a nada y que te daban más sed todavía. Mamá, en vista de que las cosas no marchaban bien, había vuelto a trabajar. Entró en casa de una familia del vecindario. Limpiaba la casa y atendía a dos niñas preciosas. Tan lindas como poco cuidadosas. Por la tarde se ganaba un extra remendando ropa que le traía don Miguel, el cura de la parroquia, para dársela a los más pobres. Las noches, en casa se volvieron insufribles. Papá llegaba con mil preocupaciones y una mueca de fastidio. Mamá, que antes conseguía con una sonrisa y una voz dulcísima templarle y serenarle, no tenía fuerzas para ello, y se desplomaba en el sillón, agriando también el gesto. Yo salía de la habitación y, ante tal panorama, me escapaba de casa sin decir nada.

            Es verdad que no era la actitud más valiente. Salía de casa, me iba al parque y me encendía un canuto. Con el buen tiempo apetecía subirse a un banco, encima del respaldo y apoyar los pies en el asiento. Yo sentía que en mi casa había un ambiente que me oprimía, y no era capaz de cambiarlo. No sabía. ¿Qué podía hacer? En clase no tenía confianza para contar una cosa así. Además, en el momento en que hubiera abierto la boca para hacerlo, me hubiera echado a llorar. Decir en voz alta la situación de mi familia la hacía más real y tangible. Inmensamente más dolorosa. Fuera del instituto no tenía amigos. Claudia se había marchado el año pasado, dejando un bloc de notas y un número de teléfono que no me atrevía a marcar. El parque solitario, el rincón oscuro del banco y mi peta eran mi compañía y mi desahogo. Constituían un paréntesis en el día a día de mi vida, y, desgraciadamente, todas las noches tenía que cerrar ese paréntesis. La ortografía del mundo así lo exigía. Cuando volvía a casa, dos preguntas y ninguna respuesta:

–¿Se puede saber a dónde te vas todos los santos días?
            –Anda, ven a cenar. No fumas, ¿verdad?

            A finales de mayo mi padre empezó a quedarse en casa. Mi madre llegaba cada vez más tarde y a mí me tocó hacer la cena. Papá había decidido encontrar otro empleo, y, mientras tanto, había contratado al hijo vago de un vecino para que atendiera las cuatro llamadas que se recibían al día. La búsqueda de trabajo de papá comenzó siendo muy afanosa. Peleaba con el periódico armado con un rotulador rojo que yo le había dejado. Se afeitaba, salía de casa bien perfumado y enchaquetado. Volvía con alguna esperanza. Sin embargo, tres semanas después abandonó toda ilusión y dejó de afeitarse y echarse colonia. Además, me devolvió el rotulador. Mamá, muy comprensiva al principio, acabó estallando. Fue como abrir una lata agitada de coca cola. A partir de entonces tuvimos bronca todos los días.
A mí me alcanzaba muchas veces. La única manera de salvarme era mi visita al parque. Pero unos niñatos me quitaron mi banco y ya dejó de apetecerme salir por la noche. Así que me tragué todo tipo de reproches que mis padres se habían guardado durante años. Las cosas se estaban complicando y no veía ninguna solución. Lo peor fue que, no sé cómo, mi padre, cada vez que salía yo en la discusión, o sea, casi siempre, lo arreglaba diciendo que, al menos, me estaba labrando un porvenir, y no acabaría vendiendo porquerías o fregando suelos. Y allí mi madre me lanzaba una de esas miradas tan suyas que venían a decir: “en eso estamos los dos de acuerdo. Tú estudia que es nuestra única satisfacción”.

            La mochila pesaba más y más y se me fatigaban los hombros y las piernas.  Reflexionando en esas palabras de mi madre, viéndolas escritas en su mirada, se me estaba poniendo también un dolor intenso y agudo debajo de la boca del estómago. Me estaba entrando una sensación tan triste que me iba a devorar. Todo se me revolvía, dentro y fuera de mí. Necesitaba aprobar esa asignatura. Si no era capaz de hacerlo, el suspenso se sumaría a los dos que ya eran inevitables, y el título de secundaria nunca llegaría a mi casa. Mis notas eran las únicas que parecían salvar el matrimonio de mis padres. Lo único que compartían era su fe en mi estudio. Si suspendía, se acababa todo. Y la nota no había dios quien la remontara.
Atravesé el parque para alargar el camino. Un jardinero arreglaba un seto sin demasiado arte. Pasé a su lado y me echó una mirada despectiva. Dos ancianas gesticulaban y asentían. Supuse que ninguna de las dos podía oír nada que no fuera su propia conciencia. Una mujer en chándal trotaba muy lentamente, maquillada como para salir de copas. Cada paso que daba me encontraba con más personas, pero cuanta más gente salía a mi encuentro en el parque, más me daba la impresión de que estábamos solos. Muy solos.
            Llegué por fin a casa. Mamá estaba fuera. Papá, tirado en el sofá. Dormido. Tres latas de cerveza decoraban la mesita. Las recogí. Iba a ir a mi cuarto, pero observé que una cuña de queso se secaba donde habían estado las cervezas. Fue al cerrar la nevera cuando vi la nota que había dejado mi madre.
“No aguanto más. Me voy. Lejos. Dile al niño que lo veré para celebrar cuando titule”. Se me hizo un nudo en la garganta. Empecé a temblar, intenté hablar. Fue inútil. Me estaba ahogando. Me costaba respirar. Llegó un momento en el que no oía nada a mi alrededor. Un silencio espantoso, que me estaba haciendo enloquecer. Y, entre ese silencio, como emergiendo de la nada, un timbre hueco, sonoro. Una voz profunda, grave, al principio ininteligible. De ese fondo iba naciendo alguna que otra palabra, se formaban entonces las frases y apareció un mensaje que puede entender, con una nitidez abrumadora:

            –Gómez, si no es capaz de estar despierto en clase, absténgase de venir.

            En mi pupitre, boca abajo, el profesor de sociales acababa de dejar mi examen.
           

sábado, 9 de junio de 2018

Insomnio de una noche de verano


EL COLCHÓN


Me ha preguntado mi compañero de celda que cómo he dormido. No sé si tenía más preguntas que hacerme porque se lo han llevado corriendo a la enfermería. Todavía hay algún funcionario de prisiones con cara de no entender nada. Supongo que será nuevo aquí. No se ha atrevido a acercarse a mí y ha tenido que ser un veterano el que me ha sacado de mi celda. Este otro funcionario ya no me habla, de forma que he caminado en silencio por el pasillo. No creo que vuelvan a dejarme salir al patio en un tiempo. Ya ni me acuerdo de esa sensación del aire envolviendo todo mi cuerpo durante mis largos paseos alrededor de la ciudad, tras los cuales volvía a casa con el cansancio a cuestas y lo arrastraba hasta que lo arrojaba dentro de la cesta de la ropa sucia, justo antes de ducharme. Después venía la cena, el ratito con la televisión y el sueño de lamparilla y techo plano decorado con tres manchas de humedad de nuestro dormitorio.
            La culpa de que todo esto haya pasado –y no me refiero únicamente a la agresión de esta mañana y al castigo que se me avecina- la tiene mi señora. Aunque pueda parecer lo contrario, no es esta una frase hecha ni el leitmotiv de un sesentón al uso. Mi esposa, que no ha vuelto a venir desde que el bruto de la celda de al lado le destripara a voces los planes románticos que para ella maquinaba; mi querida Rosa, a quien reconozco que echo de menos más bien poco; mi mujer, en definitiva, fue sin duda la que comenzó todo el jaleo. No me duelen prendas mostrarme así de tajante, a pesar de que se me pueda acusar de ser un monstruo sin conciencia. Lo repito, por si a alguien no le entra en la mollera: la culpa la tuvo Rosa.

            Bien claro le dije a mi esposa que no era necesario cambiar de colchón. El nuestro había aguantado más de treinta años de casados y sus ruidos e irregularidades eran parte de nuestra intimidad como matrimonio. Tampoco había necesidad de gastarnos ese dineral en aquellas tonterías que se tragaba en la teletienda. Pero los anuncios de la televisión tenían más influencia en mi Rosa que los sermones del cura en la parroquia. De hecho, me había dado a mí por denominarlos “anuncios apostólicos”, por aquello de que ante sus eminencias ella acataba sumisa cualquier sugerencia de compra.
            Efectivamente, diez días después de que salieran los primeros espacios publicitarios sobre aquellos magníficos colchones, mi mujer me despertaba de la siesta con la emoción de una quinceañera sobre una esterilla en mitad de la cola de un concierto o de un casting de talentos. Despegué los ojos y la miré de arriba abajo, preguntándome si sería posible que todavía me revolviera en sueños cuando, tras un zarandeo de todo menos cariñoso, me pidió la cartera. El precio era tan desorbitado que me resistí a complacerla. No sé para qué tomaba a veces aquella actitud, cuando ambos éramos conscientes de que años de concesiones no ofrecían ni la más remota tentativa de negarme a sus requerimientos. Cuando se fue el muchacho sonriente con el dinero de mi bolsillo y las gracias de mi esposa, había un nuevo inquilino en nuestro modesto piso, un colchón sin estrenar sobre nuestro somier de siempre.

            En este momento, en la soledad de mi celda, mi recuerdo es un reclamo que me obliga a mirar el camastro que esta prisión me adjudicó el día de mi ingreso. La habitación que me reservaron hace exactamente un mes, antes doble y ahora de uso individual, sin baño y con vistas a volverme loco, es más bien  diminuta y el catre tiene una pinta que espanta, como todo lo que hay en este complejo penitenciario. Aunque de complejo no tiene nada, porque aquí todo es muy simple, desde la comida hasta los funcionarios, por no hablar de los reclusos y sus proyectos para cuando salgan. Este colchón de mi celda, descubro ahora con asombro, tiene un aire a aquel que mi mujer se empeñó en tirar a la basura. Tendrá los mismos años, si bien bastante menos de la mitad de su tamaño. Sé de lo que hablo porque a mí me tocó sacar nuestro viejo colchón del piso y dejarlo entre los contenedores. Mi esposa se puso cariñosa aquella noche sobre el elástico visitante pero yo no pude pensar en otra cosa que en la curiosa manera que tenía el recién llegado de convertir tu cuerpo en un bajorrelieve. A la mañana siguiente me tuvo que ayudar mi Rosa a despegarme de las garras del resistente colchón. Aquella mañana todo el vecindario se hizo eco del último grito en colchones. Eso sí, el colchón se quedó tan ancho, mi mujer tan pancha y yo tan afónico que me costó más de tres días volver a hacerme entender con palabras.
            Ahora nadie me cree, desde luego, pero cuando dejé esa primera noche en la acera de la calle nuestro viejo colchón, que nos había regalado una de mis cuñadas cuando nos casamos, me invadió una sensación de amenaza y de presagio que entonces no pude concretar ni interpretar. Hoy miro este color raído y esta tela agujereada y amarillenta del colchón de mi celda y creo percibir los mismos sentimientos. Quizá es el color o la textura, que tanto me recuerdan a nuestro familiar regalo de bodas. Puede ser que, simple y llanamente, ahora me hago cargo de que el destino tiene a veces una forma de hacer premoniciones que, de sutil, se pasa cinco pueblos. No cambio la realidad ni invento nada si afirmo rotundamente que la noche que subí la escalera del edificio hasta nuestro piso, sacudiéndome las manos después del esfuerzo y el último adiós al colchón de la cuñada,  mi vida se había ido, con el colchón aquel, nada menos que a la mismísima mierda, y que yo empezaba a ser muy consciente de lo funesto de aquel presagio, de lo inevitable de aquella amenaza.

            Ya he recordado la primera noche en aquella recién estrenada tabla de tortura. Las siguientes no fueron menos incómodas. Rosa, sin embargo, estaba encantada. Para ella la espalda había dejado de darle problemas y las piernas ya no se le inflamaban. El flamante colchón le había practicado un exorcismo y todos sus achaques, con sus versiones radiadas de mañana, mediodía y tarde, habían desaparecido tras el bálsamo reparador de unas cuantas noches de colchón “última novedad”. Podía ser su elasticidad, proporcionada por el núcleo de látex natural de veinte centímetros de grosor y un tejido viscosa con tacto aseado y mayor suavidad en el descanso; podían ser las siete zonas de descanso que se diferenciaban, además, incluso dándole la vuelta; podía ser el proceso de confección y cerrado, llevado a cabo por profesionales cualificados y con la intervención de la tecnología más avanzada; podía ser, sin más gaitas, que el poder de sugestión de la teletienda hubiera convertido a mi abducida esposa en una creyente que se pasaba durmiendo religiosamente toda la puñetera noche.
            En vista del envidiable descanso de mi Rosa, dejé de quejarme a los pocos días, pues llegué a creerme que era yo el que me inventaba mis penurias, mis luchas a cama y espalda con aquel intruso de alcoba. Seguía pareciéndome imposible conciliar el sueño hasta que el cansancio me noqueaba ya de madrugada. La sensación del cuerpo hundido en aquel lodazal, con mi silueta tan perfilada como los contornos amarillos de tiza de las víctimas de homicidio de las series policíacas que echan por la tele, me la tuve que callar delante de mi esposa. Pero reconozco que cuando veíamos CSI Nueva York, Miami, Las Vegas o Las que fueran, flaqueaban mis caballerosas intenciones de evitar levantarme del sillón, agarrar aquel maldito huésped por una de las asas laterales, fabricadas para una mejor manipulación, y embestir a mi descansada esposa con el suave tacto de ese tejido ligero, fresco, resistente y cómodo que, con su capacidad de absorción, podía haber absorbido igualmente el impacto contra el cuerpo de mi Rosa.

            No quiero dar la impresión equivocada. Entiendo que el lugar en el que tengo ahora mi residencia puede encaminar a cualquiera hacia conclusiones erróneas. Quizá me he dejado llevar por la violencia de los pensamientos y el recuerdo de aquellos primeros días con nuestro invitado de látex esté contaminado por la escena que acabo de protagonizar con mi antiguo compañero de celda. Por cierto, me han comunicado que él está bien y que ha pedido voluntariamente su aislamiento. A mí me van a hacer más pruebas con otra loquera, como si sirviera para algo. Lo que quiero decir es que todo es más sencillo y, para no desviarme del tema, voy a sentarme en el camastro de mi celda –la otra cama no han tardado nada en retirarla-, voy a obligarme a concentrarme y a procurar inspirarme rozando con la palma de la mano este asqueroso y áspero colchón reciclado con vete a saber qué clase de desechos.

            Pasaron dos semanas desde nuestra compra. Yo estaba cada vez más cansado y la intranquilidad me visitaba los pocos momentos en que mi cuerpo se relajaba y me sumía en el sueño. En aquel material endemoniado que habíamos metido entre las cuatro paredes de nuestro cuarto no había manera de menearse, lo cual era más chocante todavía, pues en mis sueños me revolvía como si tuviera treinta años menos y hubiera perdido kilos por docenas. Mientras el mullido descanso tonteaba con Rosa y le daba masajes invisibles, a mí me sacudía internamente un parkinson de fase avanzada, que me agitaba durante mi duermevela. Entonces fue cuando llegaron los nuevos vecinos. Eran un matrimonio encantador y vinieron con un perro. Se instalaron en el piso de arriba y allí siguen. Las noticias que me trajo Rosa, el día que me visitó por última vez, antes de salir escandalizada y atemorizada a causa del degenerado de la celda contigua, fueron que les habían cubierto de honores y de dinero y que al perro se lo habían llevado para adiestrarlo o para terminar mejor su entrenamiento. Ya no siento rabia ni ira ni rencores. Me resbala un poco todo, pues lo que pasó desde la llegada del animalito tenía que suceder de un modo u otro.
            Se habían instalado los nuevos vecinos en el piso de arriba y yo escuchaba cada noche cómo el chucho se arrastraba por el suelo, como una mopa pesada que recorría toda la superficie que se suspendía sobre nuestro dormitorio. Rosa no escuchaba nada y dormía plácidamente, pero yo nunca tenía sueño y mi imaginación volaba poniendo voz e imágenes a aquel ruido nocturno. El primer día, cuando el matrimonio joven se plantó sobre nuestras cabezas, llevaba ya dos semanas durmiendo a saltos. Desde entonces los sueños se multiplicaron y el espacio de vigilia aumentó considerablemente. Empecé a tener miedo de meterme en la cama y me obsesioné con retrasar todo lo que podía el momento exacto de retirarme a nuestra habitación. Rosa no decía nada y pensaba que eran nuevas manías de viejo contra las que el mejor remedio era la indiferencia. De los vecinos de arriba, por supuesto, mi esposa no entendía ni mis reparos ni mis reticencias. Simplemente pensaba que eran adorables y  el perro una monada.

            Entonces, una noche, el perro dejó de arrastrarse. Yo sentí un alivio indescriptible que me caló tan hondo que no pude dormir de la alegría. Tenía tanta excitación que mi mujer creyó que me había tomado varios lingotazos y hasta se enfadó conmigo. Me mandó al sofá, como hace veinte años, y me condenó a la tele con sus sanadores, sus brujas y la teletienda. Después de ver cinco veces el mismo anuncio de una máquina de hacer abdominales y un mismo número de teléfono multiplicado por todos los rincones de la pantalla, llegué a la conclusión de que tenía que acabar con la pesadilla que se había instaurado en casa con la llegada del siniestro colchón. Él tenía la culpa de que no durmiera y de que, cuando lo hacía, mis sueños arrebataran mi paz y extinguieran mi vida. Quité el sonido de la tele y mi cerebro, instigado por la oscuridad, la madrugada y el silencio, dio rienda suelta a una voz en off que expresó por fin mi determinación. Dormí muy poco en el sofá aquella noche pero no hacía falta mucho descanso para reunir todas mis fuerzas y  actuar como me había propuesto.
            Todo sucedió con rapidez. A la mañana siguiente, Rosa se fue a hacer la compra. Me encargué de añadir a su lista los artículos más dispares y los ingredientes más peregrinos. Estaría fuera mucho tiempo y yo tendría tiempo de afilar mi navaja suiza y acercarme sigilosamente hasta donde estaba aquel perturbador de látex y clavar mi acero en ambas platabandas de tejido acolchado. Estaba disfrutando con aquel destrozo, que humillaba enormemente la estética envidiable del símbolo del descanso que mi mujer había metido en mi propia casa, con tan mala fortuna que tardé un rato en atender el sonido de los ladridos y el rasgueo de las patas del perro deslizándose y arañando la puerta de mi vivienda. Dejé aquello como estaba, la hoja clavada hasta la empuñadura, y pegué el oído a la plancha de metal que cerraba nuestro hogar. Al otro lado de la puerta, el perro se puso como loco y sus ladridos aumentaron indefiniblemente. Pero nada podía echarme atrás. Me armé de valor y sujeté el colchón por una de sus asas, lo arrastré hasta el vestíbulo y abrí la puerta de golpe. Con perro o sin él tenía que bajarlo hasta los contenedores. Mi esposa llegaría en menos de una hora y la política de hechos consumados era la única que había contemplado mi estrategia nocturna, cuya voz seguía susurrándome instrucciones.
            El perro no se callaba, el colchón se entretenía en cada recoveco de la escalera, retrasando la operación, la puerta del edificio se me cerraba cada vez que intentaba colocarme convenientemente para sacar de un empujón a aquel intruso blanco que se había apoderado de mi felicidad. No obstante, nada podía detenerme. A los ladridos me acostumbré enseguida y de las zancadillas del colchón apenas hice caso. Salí por fin del piso y encaré los pocos metros que separan mi portal del ejército de contenedores que hacen guardia en nuestra calle. Faltaba dejar un espacio entre ellos y encasquetarles al maravilloso Látex cien por cien natural. Lo más difícil ya estaba hecho. La sonrisa de dos policías de barrio y un grupo de vecinos pegados a ellos como el queso fundido a los bordes de una sandwichera me hizo reparar en mi delicada situación. El perro no había dejado de ladrar, varios vecinos habían molestado a las autoridades con sus llamadas noctámbulas  y algunos de ellos sostenían entre sus manos unas bolsitas blancas que debían de haber recogido en algunos peldaños de la escalera comunitaria por donde acabábamos de bajar, el colchón y yo, como dos recién casados, entre pellizcos y achuchones.
A Rosa no la vi hasta mucho más tarde. Vino a buscarme hasta comisaría y no me ayudó mucho. La droga que habían encontrado en el interior del colchón era tan pura que no supieron descubrir el origen de la misma. Me preguntaron que quién era yo y hasta dónde se extendían mis redes y contactos. Yo no supe qué contestar y mi silencio los volvió desconfiados. En muy poquito tiempo me encontré entre estos muros. Es verdad que estoy privado de libertad y que mi vida ha cambiado mucho más de lo que nos prometía el viaje del INSERSO que ya nunca haremos Rosa y yo. También es cierto que ya no he permitido que mi esposa venga a este lugar y que transcurrirán semanas hasta que me asegure de que no vuelven a molestarla. Sin embargo, este viejo colchón en el que estoy sentado, cuyo tacto repele la piel menos sensible y que no disfruta, ciertamente, de una estética envidiable, como el otro, estoy convencido de que acabará consiguiendo que yo duerma del tirón por las noches.

            Esa esperanza es la que me anima para que mañana, cuando venga la nueva loquera y me pregunte, como ya hicieran sus colegas, que qué tal me encuentro, tenga que ser sincero una vez más y contestarle que no he estado mejor en toda mi vida. Y cuando me interrogue sobre el desafortunado encuentro con mi antiguo compañero de celda… Sinceramente, ha tenido suerte de que me confiscaran mi navaja suiza el día que me metieron aquí porque hay que reconocer que su pregunta no ha llegado en el mejor momento, esta mañana, nada más levantarme de la cama, sin haber desayunado todavía. Además, precisamente el día que se cumple un mes desde que mi esposa se encaprichó del colchón ideal para aquellos que desearan incorporar en su descanso productos totalmente naturales. ¡Que se lo digan a los dos tipos de narcóticos que terminaron de abrir en canal  aquel invento del demonio!