domingo, 22 de marzo de 2015

Media hora en comisaría



OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS

16:30 HORAS

En la oficina de objetos perdidos el que parecía estar más perdido era el oficial de policía. Para el agente Orange la tarde había empezado interesante. Tres personas se habían presentado casi a la vez, apenas abierta la ventanilla de atención al público. No se conocían entre sí ni mostraban intención de hacerlo, desde luego. A regañadientes, se habían sentado bien lejos unos de otros y sus miradas perdidas seguían trayectorias que no iban a coincidir en aquella comisaría. El policía les había dicho que tenía que consultarlo, que no se le desesperaran, que el oficial al mando ya estaba viniendo para allá, que no, señor, que aquí no se puede fumar y que si son tan amables, mejor se quedan ahí sentados en la salita el tiempo que sea necesario.
Se trataba de dos hombres y de una mujer. Al agente Orange la chica le parecía atractiva y uno de los tipos le cayó simpático. El otro individuo se había dirigido a él de manera grosera y descarada desde el momento en el que se asomó a la ventanilla. Los tres estaban tensos como la ropa mojada cuando está bien tendida. El inspector jefe llegaría en cualquier momento. ¿Qué iba a decirle el bueno de Orange? La mujer y los dos hombres, sentados a la fuerza, parecían estar luchando interiormente por descifrar lo que fuera que los había traído hasta allí. Orange no era muy perspicaz ni se caracterizaba por su aguda intuición o su vasto conocimiento de la psicología humana. Su trabajo en la policía era más de oficina que de campo. No obstante, no había que ser un lince para averiguar que aquellas tres personas no buscaban en sus pensamientos otra cosa que no fueran argumentos para adjudicarse la propiedad de un mismo objeto.

– ¿Me quiere usted decir, Orange, que los tres están aquí para reclamar el mismo dispositivo? –espetó el recién llegado inspector jefe de policía a su subordinado.
–Un móvil de última generación, con claras muestras de haber recibido un impacto y sucio como un cubre manteles en la casa de un soltero, señor inspector –contestó Orange, mientras ponía en manos de su superior aquel teléfono móvil. El policía siguió al inspector hasta su despacho. Antes de cruzar la puerta, echó un último  vistazo. La sala de espera se le antojó al agente Orange la sala de banquetes del palacio de la desdichada Penélope. Desde que leía a los clásicos a Orange le salían símiles como atestados.

I

La única manera de salvar mi empleo es que ese dichoso aparato deje de existir. La jefa me la tiene jurada y no hay derecho a que venga el maldito poli y me tenga aquí atado a esta silla y comiéndome la cabeza. Llevo un año impecable de repartos y en la oficina me empiezan a tomar en serio. Y Rose me ha perdonado. Se lo noto en los ojos, que le brillan cuando le suelto mis frases. Este domingo quiero llevármela a cenar y he reservado y todo. Pero si no arreglo esto, ni cena, ni Rosita, ni trabajo.
¿Quiénes son esos dos? No entiendo por qué tampoco los han despachado. Este policía es bastante simple. Parece como si lo hubieran sacado de Twin Peaks. A Rose le apasiona esa serie y le encanta que la veamos juntos. Tiene más años que la moneda de cinco centavos pero a mí me da igual. Son ratos que aprovecho para estar con ella. Estuvo muy feo lo que le hice hará cosa de un año. Te pusiste nervioso y la golpeaste, es lo que me he dicho siempre. No había manera de que se calmara, estaba histérica. Pero levantarle la mano y golpearla… Eso no me lo he perdonado nunca, aunque ella parece que sí lo ha hecho. Es más buena…
Los demás en la oficina de Correos no son tan benévolos. La jefa está esperando a que cometa un solo error para despedirme o relegarme, que ya es difícil. No sé que hay por debajo de un simple repartidor pero seguro que ella encuentra algo. Por eso tengo que arreglar lo del dichoso celular. Este envío me va a costar muy caro. Si pudiera conseguir que el teléfono móvil simplemente desapareciera… No tengo ni idea de por qué el idiota del policía no me lo entrega de una vez. ¿A qué está esperando ese memo?
Esta misma mañana me encargaron esta entrega. Era un paquete para una zona residencial. No sé por qué en este país los sietes los hacen igual que los unos. Es la dichosa manía de no poner una rayita cruzando el palo alto. Por eso me equivoqué. El número era el 171 de Redwood Street y yo dejé el paquete en el número 111. Continué mi ruta y volví a la oficina para recoger mis cosas y marcharme. Entonces leí una notita de Rose. El domingo a las once. ¿Para cenar? No podía ser. Pero ella ya se había marchado, así que le pregunté a Frankie, en ventanilla. Se rió de mí y me dijo que allí ponía a las 17 horas, que a ver si me espabilaba ya, con tantos años como llevaba en este país, que si es que los portorriqueños éramos retrasados o qué. Entonces caí en la cuenta. Había equivocado el envío. Recordé las palabras de la jefa. Un error más, Israel, y estás en la calle. Tenía que recuperar ese paquete antes de que fuera demasiado tarde. Y aquí estoy. Meándome, por cierto. Me voy al servicio y así estiro las piernas. En vista de que no me dejan fumar…

II

            Ese tipo de ahí no hace más que mirarme el trasero. Voy a dejar de pasear y sentarme de una vez y le evito la tentación. Qué asco. Está sudando como un pollo. El policía ha sido bastante atento pero ineficaz. Ni una explicación. Simplemente que esperara, que tenía que comprobar no sé qué y que tenía que hablar con sus superiores. Pues bien, al otro policía lo ha llamado inspector, así que no sé a qué espera para devolverme el dichoso teléfono. Con solo que me lo dejen un minuto puedo hacer que toda esta historia se borre para siempre. No necesito más que unos cuantos segundos y no tendré que preocuparme de nada.
            Siempre he sido muy impulsiva y eso de pensar las cosas dos veces no ha sido mi fuerte. Mamá me lo ha dicho siempre y mi primer marido opinaba igual. No es mi único defecto. Tengo una colección entera, pero a John no le importa lo más mínimo. Es tan bueno conmigo… No le importa que llegue tarde, que me compre más de una tontería en Macy´s o que me olvide de responder a sus llamadas cuando estoy con mis amigas. No me lo merezco, eso es verdad. Es tan cariñoso y detallista. Es un cielo y voy a perderlo. Estoy convencida: va a dejarme. En cuanto descubra todo lo que le he dicho se retirará de la escena, me dirá adiós sin un beso y delicadamente romperá conmigo. Es horrible lo que le he hecho. Me siento sucia y despreciable.
            Me han entrado ganas de llorar pero aquí solo hay un baño y está ocupado por el chico del mono de US Postal Service, un hispano muy guapo al que han sentado aquí también. Muy diferente al creído de enfrente. No le ha hecho gracia que me sentara porque le he aguado la fiesta. No es el primero al que decepciono. John puso una cara parecida cuando le dije que necesitaba un tiempo, que quería pensar bien las cosas. Es la mayor tontería que podía imaginar. Después, solo faltó que le llamara y le dijera todo aquello que le dije. No contestó al teléfono pero saltó el contestador y le dejé aquel horrible mensaje. Me siento fatal y nunca debí hacerlo. Él no se lo merece y yo lo necesito más que nunca. Nada más dejar el mensaje me arrepentí y corrí hacia su casa. Esperé en la calle a que saliera a correr al parque, como cada domingo. Salió a la calle, puntual como un reloj. Suele utilizar el móvil para escuchar música y lo llevaba en el bolsillo del pantalón. Cuando iba a saludarlo y estaba pensando ya en una excusa para hacerme con el teléfono sucedió algo inesperado. El móvil se cayó al suelo sin que él se percatara. De hecho, empezó a correr como si nada. Cuando fui a recogerlo me di cuenta de que aquel móvil era nuevo. No me había dicho que estrenaba móvil. No pude observarlo con detalle porque aquel tipo de las gafas de sol se me adelantó, cogió el móvil del suelo y se lo llevó consigo. He tenido que seguirle la pista al dichoso teléfono hasta acabar en esta comisaría. Es de locos. He entrado justo después del tipo de la camiseta sudada y la mirada sucia. Hubo un momento en que he pensado que iba a perderlo.
En cuanto salga ese policía voy a conseguir que me devuelva el móvil y voy a borrar mi desafortunado mensaje. John nunca sabrá lo que yo le dije y me seguirá queriendo. Será como si nunca le hubiera dicho todo aquello. Lo quiero tanto que no puedo perderlo por un arrebato como el que me dio esta mañana. Si llegara a escucharlo… No puedo permitirlo. Tengo que recuperar su móvil y borrar ese maldito mensaje con el que terminaba con él definitivamente. Por suerte él perdió el móvil esta mañana y yo estoy a punto de recuperarlo y arreglarlo todo.


III

            Este policía es idiota. Con todas las letras. Me recuerda al hombrecillo de las gafas de sol y aspecto bobalicón de esta mañana. Lo último que hubiera pensado de él es que fuera un investigador privado. Pero así es. Es el tipo al que había contratado mi mujer para sacar unas fotografías y arruinarme la vida. Cuando bajé del motel para robarle la cámara me dijo que no había usado ninguna, que se había hecho con un teléfono móvil que un incauto había perdido en plena calle y la resolución era aún mejor. Cuando lo amenacé se asustó como un conejillo y se llevó la mano al bolsillo para entregármelo. Entonces se le cayó al suelo y, sin tiempo para recogerlo, un señor se agachaba con agilidad y se llevaba la prueba del delito, alejándose de nosotros a grandes zancadas. Era el dueño del motel en el que todavía me estará esperando la chica. No me acuerdo de su nombre. El caso es que he seguido al tipo que se había hecho con el móvil a una distancia prudente y he acabado en una maldita comisaría.
Si el estúpido policía me da por fin el dichoso aparato podré borrar todas y cada una de las fotografías. Mi querida mujercita no sabrá nunca de mis escarceos. No son más que deslices insignificantes que me debo a mí mismo. La carrera política desgasta mucho y uno necesita estimularse de vez en cuando. Cualquiera puede entenderlo. No obstante, ella no es cualquiera y esto podría costarme el matrimonio y el futuro político.
            Yo la quiero más que a nada en el mundo. Estar con otra mujer no cambia esa premisa general. Tenemos dos niños maravillosos y somos la envidia de toda la comunidad. Cuando nos trasladamos a Redwood Street nadie sabía de nosotros y fue una tarea ardua la de hacernos un hueco entre los vecinos del barrio. Mi esposa tiene un don especial para las relaciones sociales y yo simplemente lo aprovecho. Ella es feliz de ver que su habilidad me reporta grandes beneficios y está encantada de favorecer así mi carrera. No hay vecino que no me dedique su mejor sonrisa o me hable de lo encantadora que es Suzanne. A veces me sorprende lo que puede conseguir esa mujer que se casó conmigo sin un atisbo de duda. Por todos los santos, no puedo perderla. Tengo que arrancarle el móvil al policía y borrar aquellas fotos comprometedoras. ¿No me ha llamado hoy Suzanne para decirme que aún no ha llegado aquel móvil de última generación del que yo me había encaprichado y que ella iba a regalarme para mi cumpleaños? La pobre estaba tan afectada… Iba a ser una sorpresa y ahora… No la merezco, la verdad. Cuando termine todo este asunto voy a llevármela a algún buen restaurante y matarla de cariño. Pero primero tengo que deshacerme de las dichosas fotos.
            Suzanne me quiere con locura pero no es tonta. Todo lo contrario que el investigador privado que había contratado para que me espiara. Ella intuía que yo le estaba siendo infiel y había pagado un dineral para que le consiguiera pruebas. No tuve que apretarle demasiado las tuercas para que cantara. El tipo es medio retrasado. Me había seguido hasta el motel de carretera y se había apostado cerca del Diner para sacar unas cuantas fotografías con la modelo a la que había arrastrado desde la inauguración de la residencia de ancianos. La chica era mona y yo estaba harto de tanta baba y tanta sonrisa falsa. Simplemente le dije que iba a ayudarla en su carrera y casi le faltó tiempo para meterse en el taxi y acompañarme hasta aquella habitación. No me costó mucho descubrir que alguien estaba observándonos desde el aparcamiento.
            Lo más gracioso es que el hombre al que mi mujer había contratado era un desastre en toda regla. Había perdido su cámara de alta resolución y había tenido que improvisar. Le había robado el móvil a un tipo en ropa de deporte en plena calle y había salido corriendo. El móvil llevaba un golpe interesante pero funcionaba perfectamente, me dijo. Hacía unas fotografías excelentes. Lástima que, atemorizado por mi presencia, el teléfono se le había caído en el aparcamiento y él había huido justo cuando el dueño del hostal se alejaba con el teléfono. Ese es el dueño que recogió el teléfono y se acercó hasta esta comisaría. Seguramente el dueño del motel necesitaba ganar puntos delante de la policía para continuar con sus actividades clandestinas porque si no yo no me explico tanta premura y tanta diligencia para entregar aquí el teléfono olvidado en plena calle. No aguanto más. Voy a pedir que me lo devuelvan ahora mismo.

17:00 HORAS

            Por fin se abrió la puerta del despacho del Inspector Jefe de Policía de Easthampton. El agente Orange sabía cuál era la tarea encomendada y cómo hacer que aquellos tres individuos prestaran declaración. El inspector había sido muy claro: había que descubrir qué había ocurrido con ese teléfono y por qué estaban allí aquellas tres personas. Para esclarecer los hechos bastaba con escuchar los tres testimonios, usar sus habilidades como funcionario de la policía y atar cabos. Él podía hacerlo perfectamente. El agente Orange dedicó una sonrisa a su superior y extendió esa sonrisa a toda la audiencia allí congregada: el tipo agradable, la atractiva señorita y el impresentable de la camisa empapada. Cuando iba a disponerse a llamar a este último para interrogarle, el teléfono móvil que llevaba en su mano derecha se deslizó y fue a parar al suelo. La batería salió despedida y el resto aterrizó sobre el cubo de fregona que las limpiadoras habían dejado preparado para la limpieza vespertina. Le salpicaron unas gotas. El móvil había quedado inutilizado. Mal asunto. El agente Orange sería expedientado pero ninguna de aquellas tres personas que esperaban en la comisaría de policía iba a estar allí para verlo. Tres suspiros de alivio desaparecieron de aquel lugar para siempre y se fueron a sus respectivas casas, a vivir sus respectivas mentiras. Al fin y al cabo, el policía a cargo de la oficina de objetos perdidos les había salvado la vida.  Siguiendo con una de sus analogías, el agente de policía le comentaría esa noche a su novia que, mientras que todo el mundo acudía a la comisaría para recuperar lo que había perdido, él iba a ser el primero que había ido allí para perder algo. El agente Orange estaba hablando de su empleo.


domingo, 1 de marzo de 2015

¿A que no eres capaz de...?



LA APUESTA

            Es simple. Mi compañero de cañas y letras me dijo anoche que no iba a ser capaz. Por eso estás leyendo este relato. El colega ha tenido la osadía de retarme, de ponerme a prueba. No puedes decirle a un aragonés ¿A que no…? y luego esperar que uno se quede con los brazos en blanco y las neuronas cruzadas. No, señor. Hoy voy a superarme y nada va a distraerme. Se cree el tío que voy a rendirme pero nada más lejos de la realidad. Soy capaz de hacerlo y voy a demostrárselo a él y a ti también, por supuesto. Cuando termines de leer me vas a dar la razón. Estoy convencido. A mí nadie me dice lo que me soltó mi amigo anoche, "a que no hay...". Tengo los folios y el lapicero. No necesito más.
            ¿Nunca te ha pasado que te quedas mirando la televisión y ni te enteras de lo que están echando? ¿O que te pones a cotillear en las redes sociales y se te pasan las horas? La vida es lo que te sucede mientras le das a “Me gusta” en Facebook. Ahora tengo el móvil apagado y escribo en un trozo de papel. No hay televisión ni radio y no me funciona la red. Cuando suelto esta frase siempre me imagino a Spiderman en algún apuro. Eso es bueno. Solo necesito mi  imaginación. Nada más. Aún no ha anochecido, así que no me hace falta encender una lámpara para escribir. Hay un silencio maravilloso aquí dentro. He desconectado hasta la nevera, para no escuchar un solo ruido. No creo que a la tarrina de margarina a la que le doy un par de tostadas de vida, o que al bote de ketchup del revés que siempre se vence cuando abro el frigorífico porque ya no pesa, o que a la mitad del limón amarillo terroso les vaya a importar si desenchufo el aparato. Las persianas están bajadas porque la luz me molesta después de la nochecita de ayer. Solo tengo subida la persiana de mi cuarto.
           
            Hoy me he propuesto llevarlo a cabo y dentro de una hora lo habré conseguido. Bueno soy yo. Cuando se me mete algo en la cabeza… O cuando me tientan… Mi amigo el escritor decía que era imposible, que no iba a conseguirlo, que ni lo intentara… El reto era doble pero yo podía con eso y con más. Con la emoción se me ha caído media magdalena al suelo y he estado a punto de tirar el café. Menos mal que la bella Easo estaba tan dura que no ha soltado ni una sola miga y el suelo ha quedado igual de limpio. El café está tan aguado que si se hubiera derramado no hubiera hecho sino aclarar el piso. Creo que estoy exagerando más de la cuenta. Pero eso está bien. Si algo va a ayudarme a cumplir la apuesta es abandonarme a los recursos de la fantasía.

            Me duele un poco la cabeza. Anoche salí con mi amigo y bebimos demasiado. En aquel bar pedimos algo más que la cuenta. Lo mejor fue la frase que le solté a la camarera. ¿Qué te pongo? Me pones malo, preciosa, creo que le respondí. Fue justo después de contestarle a mi colega, que quería saber si la cerveza que me había pedido merecía la pena, y me había lanzado la pregunta "¿está buena?". Era la sexta cerveza de la noche y fue la última y recuerdo lo que le contesté, mirando a la chica de la barra, que buena no, lo siguiente, pero que el número de teléfono de esa preciosidad me pertenecía. Reconozco que yo ya estaba para cerrar la noche y que no me esperaba que mi amigo me saliera con aquello. Por supuesto que acepté la apuesta enseguida.
El caso es que la cerveza era horrible y me tomé unas cuantas. Ayer pagué las cañas y hoy estoy pagando una resaca de manual. Me parece que todo me da vueltas. Como ese ventilador de los chinos que no sirve más que para hacerle la raya a las pelusas. En cuanto encuentre un momento lo bajo al contenedor y lo licencio. Es tremendo lo que se acumula en una casa hasta que nos decidimos a hacer limpieza. Todos tenemos un Diógenes en nuestro interior al que de vez en cuando hay que amordazar y meter bajo tierra. Creo que el ordenador le va hacer compañía al ventilador. Por eso he preferido escribir esto con lápiz y papel. Eso me recuerda que tengo que explicar lo del doble reto.

            Estábamos en el bar mi amigo y yo, los dos únicos tipos que se ponen a hablar de lo último que han escrito y a teorizar y a soñar con premios y ediciones cuando alrededor no hay más que música a toda potencia y hermosas mujeres y cazadores de presas. Acababa yo de regresar del baño.  En el servicio había papel en todas partes menos en el rollo donde se debía usar. La puerta tenía una cicatriz que cruzaba la hoja y al pestillo le faltaba el cilindro para cerrar por dentro. Siempre te queda la opción de estirar la pierna y bloquear así la entrada. Por si acaso. No había manera de que saliera agua caliente y el agua fría estaba congelada. Cuando volví de los lavabos, mi recorrido desde los servicios hasta la barra no tuvo nada que envidiar a la curva más peligrosa del circuito de Mónaco. Lo triste es que el bar es un largo pasillo que va en línea recta desde la entrada a los lavabos. Pero a esas alturas llevaba ya cinco cervezas y se me habían bajado a los bolsillos y subido a la cabeza. Mi amigo no iba a dejarme dinero porque lo único que llevaba suelto era al perro. Eso quería decir que solamente podía pagar una última ronda y despedirme. Sin embargo, allí empezó la conversación que me ha llevado hoy a pelearme con el malestar, el sueño y la sequedad de boca y me ha puesto delante de estos folios.

            He tenido que salir al rellano porque una vecina se ha vuelto a dejar la puerta abierta y toda la comunidad nos conocemos a la perfección el menú que la buena mujer cocina durante la semana. Ayer tocó cocido. Lo malo es que está muy sorda y no hay manera de conseguir que cierre la maldita puerta. Una sorda en el edificio garantiza al menos dos afónicos por planta. Eso me dijo una vez una amiga. Lo cierto es que la vecina, que cocina muy bien y cuyo cocido huele que alimenta, está más sorda que una tapia. En realidad, he visto tapias más predispuestas a escuchar que mi vecina. Este edificio esconde auténticas joyas de la humanidad. Un día tengo que espiar un poco y sacar material para una novela o un documental de esos que dan por la tele. Por cierto, la tele sigue apagada y el ordenador sin batería. El móvil en silencio y escondido en el salón. ¿Qué no iba a ser capaz de superar este reto? Mi amigo el escritor está a punto de perder una cena con copa y puro. Miro ahora el reloj y queda menos de un cuarto de hora. Esto está casi hecho. El reloj avanza inexorable y voy a conseguirlo.

            Está bien. Voy a revelar en qué consistía la apuesta. Quedan diez minutos y mi Viceroy nunca me engaña. Aunque yo creo que retrasa. Viendo el reloj me acuerdo del relato del concurso que ganó mi amigo. Por eso se atrevió ayer a retarme y, cuando volví del baño, me soltó de repente que no iba a ser capaz de escribir un relato tan bueno como el suyo. No, no iba a ser un relato convencional. No tenía que elegir una categoría o un tema ni describir una situación o unos personajes. Mi amigo me retaba a escribir un relato muy particular, diferente a todo lo que yo había escrito antes. Yo no veía la manera de hacer semejante estupidez pero entonces me dijo aquello de ¿a qué no eres capaz de…? En ese momento me aposté esa cena, apuré la última cerveza, pedí la cuenta y el número de teléfono a la camarera y me fui a mi casa. Solo me llegó la cuenta. Regresé a casa y me acosté. He dormido como un tronco y ya estoy poniendo punto y final al relato.
           
            Que casi se me olvida mencionarlo… El reto consistía en lo siguiente. Uno: escribir sin recurrir a las nuevas tecnologías. Vamos, en papel, que a veces mi amigo es un poco cursi. Dos: debía escribir una historia cuyo único objetivo fuera mantener la intriga. Ni crimen por resolver, ni experiencia que analizar, ni recuerdo que desmigar o aventura a la que asomarse. Sin comienzo, nudo y desenlace. Nada. Mi amigo quería solamente que los lectores quedaran enganchados, que se preguntaran algo desde el principio y buscaran sin descanso la respuesta. Y que al final descubrieran que el relato no era más que la demostración de aquel desafío. No necesitas un gran tema o una increíble historia. Esa era la parte más difícil. Me parece que te estoy viendo la cara y, no sé, que hayas llegado a este párrafo ya lo dice todo.

Tengo que hablar con mi amigo y decirle que vaya ahorrando para el sábado. Y que nada de tirar de menú. Y espero que la vecina no haga cocido esa tarde, que no quiero llegar sin hambre.
           

jueves, 19 de febrero de 2015

Escribiendo un relato...

EL EDITOR NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA


Estoy en mi habitación. El ordenador está encendido y el móvil tirado en el suelo, con la batería en un rincón del cuarto y el resto en mitad del pasillo. Es tarde, pero no pienso irme a la cama. No antes de... 

Soy escritor (eso es lo que dice mi perfil de twuiter) y he publicado un par de novelas. Aquí están, junto a la mesa del salón, junto al periódico que compré por el suplemento y el suplemento que nunca leí. Yo pensaba que estas dos novelas significaban algo. Por lo visto no. Al ordenador le queda poca batería y no pienso levantarme a por el cargador. Voy a centrarme y acabar esta historia de una vez. O más bien empezarla. 

Es simple. He creado un blog y ahora tengo que escribir un relato cada semana. Quiero empezar esta noche. Bueno, mejor me explico. La última novela que escribí no se la pudo terminar ni el corrector de estilo que contrató la editorial. Justo antes de editar mi novela llamó al telefonillo y me dijo que era superior a sus fuerzas, que lo había intentado, que lo sentía mucho y me apreciaba de veras, que me consideraba una persona excepcional y un gran comunicador, que tenía el coche en doble fila y que, sí, sí, que ya lo sacaba de ahí, que no había que ponerse así, qué poca paciencia, coño...

Al día siguiente el editor me dijo que se acabó. La novela tenía la obligación moral de publicarla y no iba a dar marcha atrás ahora, pero que me iba a pedir algo a cambio. Yo sabía que me esperaba un vino, una tapa y una conversación ortográfica. Es como llamo yo a esa charlita en la que el editor pone los puntos sobre las íes. A la RAE le costó unas cuantas décadas colocar el puntito encima de la "i" latina. A mi editor, sin embargo, no le llevó más de cinco minutos de charla.

Así que esta es la situación: o me esmero en dedicarme al relato corto, consigo más de cinco mil visitas en los próximos dos años y unas cuantas historias de calidad, bien escritas, con un giro final inesperado y una estructura nada compleja o...

Ahí quedó la frase. En ese momento el camarero trajo el vino y el editor se entretuvo en ponerlos a ambos a caer de un burro. El vino no iba a contestarle pero el camarero reaccionó de malas maneras. El editor lo envió a la cocina (lo mandó a freír espárragos) y le aconsejó dedicarse a otra rama del sector servicios (lo mandó a hacer puñetas). Salimos del bar entre gritos e insultos y yo me dirigí a mi casa, rumiando mis opciones literarias.

Y aquí estoy. Llevo más de media hora delante de una página que reza "nueva entrada". En el móvil tengo quince llamadas perdidas del editor y varios mensajes que no pienso leer. ¿Cómo quiere que alcance esa animalada de visitas y ese número de relatos sorprendentes si no para de acribillarme a mensajes de WhatsApp?

Estoy perdiendo la paciencia. Si me lo encontrara delante ahora mismo no podría contenerme y le diría mil lindezas. Eso sí, con una buena introducción, unas frases ensambladas formando un cuerpo de recriminaciones bien justificadas y con un final aderezado con frases tajantes e incontestables. Un momento... No es por nada pero creo que tengo mi relato. El primero del blog. A lo mejor, hasta se lo dedico... 

martes, 1 de julio de 2014

Limpieza de boca



UNA VISITA AL DENTISTA

            No entendí por qué, cuando le pregunté por nuestro amigo común, movió la cabeza hacia ambos lados y se señaló la boca. Ante mi mirada de asombro, me pidió que me acercara y me enseñó los dientes. Todavía me estoy recuperando de la impresión. No me lo ha podido explicar hasta una semana más tarde, cuando recibí su llamada y quedamos en una cafetería del extrarradio. Llegar a aquel lugar era tan fácil como salir del Ikea. Cuando por fin traspasé el umbral del establecimiento, me encontré a mi amigo, con un vaso de tubo, sorbiendo con una pajita una cerveza. Sin dejar que me sentara me dijo que nuestro conocido se acababa de separar. Yo le pregunté que cómo estaba tan seguro y él volvió a enseñarme su boca. Reconozco que me indigné, como un portero cegado por el láser fosforescente en un campo de fútbol. Me hizo un gesto con las manos y me imploró que tomara asiento. Uno va cumpliendo años y cuanto más tiempo pasa menos te sorprende el comportamiento humano. Sin embargo, reconozco que lo que me contó mi amigo en esa cafetería solitaria y aislada del resto de la ciudad hizo que me replanteara este tipo de opiniones, este ramillete de reflexiones que uno suelta a la ligera, en un momento de inspiración, en Twitter o en Facebook.

            Mi amigo había visitado a aquel conocido nuestro, antiguo compañero del colegio, en su consulta. Tenía que hacer un viaje y pasar una temporada trabajando en un país extranjero y no quería marcharse sin arreglarse la boca. Quien en la adolescencia había sido un incorregible agitador y un buscapeleas insoportable había terminado estudiando odontología y montando una clínica con la ayuda de la que había terminado siendo su mujer. Resulta que aquel que no hacía más que romperle los piños a los renacuajos en el patio del colegio se había convertido en un prestigioso dentista. En lugar de estudiar desde niño para dedicarse a su oficio había preferido, ciertamente, irse formando una clientela a base de puñetazos. El caso es que tenía una clínica dental, como aquella a la que acudía la famosa llama, que llama se llama, de Barrio Sésamo. Así lo recordábamos los dos amigos en aquella cafetería alejada de la civilización, mientras la pajita de mi colega sorbía una cerveza tras otra y yo me bebía coca colas como quien se atiborra de pipas Tijuana delante del último capítulo de Juego de Tronos descargado en la red. Y el caso es que nuestro amigo dentista se había casado no hacía mucho con su socia y ayudante, la cual saludó con afectación a mi amigo mientras le ponía aquel babero verde con pinza y le decía que se pusiera cómodo.
            Mi amigo había estado esperando en la salita una media hora, envuelto en esa música relajante que parecía haber sido elegida por un torturador de algún grupo terrorista. Rodeado de orlas, diplomas y certificados y delante de revistas, tebeos y manuales ilustrados sobre el cepillado de dientes y encías, dolencias e infecciones, sarro y gingivitis, mi amigo había intentado inútilmente leer un libro que había traído consigo. Por fin, la chica le había hecho pasar al interior y le había pedido que se colocara sobre aquel sillón articulado. Y, repitió mi amigo mirándome a los ojos, le había dicho, en efecto, que se pusiera cómodo. Mi amigo había soltado la pajita para expresar mejor lo que sentía. Estaba fuera de sí. Daba la sensación de que me estaba gritando a mí y me echaba en cara todo lo que me estaba relatando. No entendía cómo podían tener los médicos tan poco tacto. ¿Cómo se puede decir que te pongas cómodo cuando estás asustado y eres plenamente consciente de que no van a hacerte, precisamente, cosquillas? Era como cuando el fisioterapeuta te pedía que te relajaras, mientras se remangaba para dejarte la espalda como una calle a punto de ser peatonalizada. Como cuando tu madre, cargada de algodón y alcohol de gran graduación, te obligaba a calmarte y te repetía que iba a escocer solo un poquito. Como cuando te colocaban el hombro después de que hubieras visto las estrellas en medio del campo y aún te sugerían que eso no podía doler, que eras un exagerado. Como si, terminaba mi amigo mientras le pedía con los ojos que volviera a sentarse y se tranquilizara de una vez, como si, insistía haciéndome caso y sentándose por fin, un oficial del pelotón de fusilamiento te llamara la atención y te pedía que volvieras a la fila, que era un segundito y ya, que enseguida terminaba todo.

            Bueno, ya más calmado, mi amigo continuó con su relato. En aquella habitación se había sentado y enjuagado la boca y la chica le había puesto una anestesia, pinchándole en las encías y había ido en busca de su marido para proceder a aquella operación. Mi amigo no sabía qué iban a hacerle porque no se había preocupado de preguntarlo. Además, todo lo que hablaba la pareja lo decían como en susurros, como si estuvieran conspirando para dar un golpe de estado. Un golpe sí iban a darle, eso estaba claro, porque todos aquellos artilugios que tenía delante de los ojos no podían presagiar nada bueno. Cuando ya notaba cómo se adormecía su boca y como el labio inferior perdía toda sensibilidad, mi amigo cayó en la cuenta de dos realidades que le aterrorizaron.
            En primer lugar, le habían dormido la parte inferior de la boca y eso le hacía casi imposible hablar o hacerse entender. En segundo lugar, la muela que tenían que extraerle se encontraba en la parte superior. Lo peor no era que se hubieran equivocado con tanto susurrito y tanta palabrita a media voz. Lo peor es que su antiguo compañero y aquella mujer que ahora era su esposa iban a trajinar en la parte equivocada de la boca y él no podía decírselo de ninguna de las maneras. No había que perder la calma. Quizá levantándose o haciendo señas con las manos…
            En ese momento la pareja entró en el más absoluto de los silencios. Habían estado en la salita de al lado, se supone que esperando a que la anestesia hiciera su efecto, pero tal y como volvían los dos más bien parecía que se hubieran anestesiado entre sí. No se dirigían la palabra, ya no había susurros sino silencios incómodos y malas caras. ¿Qué había pasado? El dentista abrió la boca de mi amigo y echó el guante a uno de aquellos garfios. La mujer, muda y a punto de estallar, le enganchó un tubo que aspiraba y lo dejó allí clavado, como el ancla en el mar tumultuoso de saliva, sangre y encías. Eso es lo que impidió que mi amigo pudiera hacer nada. Incapacitado absolutamente para emitir sonidos articulados, el sonido y la vibración del garfio pirata le susurró en mil lenguajes que no era prudente moverse, hacer gestos o intentar comunicar a aquel matrimonio que habían cometido un grave error. El sonido chirriante y la perforación espantosa que vinieron después no consiguieron, no obstante, que mi amigo no escuchara perfectamente las palabras que, de pronto, brotaron de aquellos dos seres que se inclinaban sobre el abismo con dientes de su boca.

            –Sé que tu madre no lo aprueba, pero tenemos que irnos solos, si aún queremos salvar nuestro matrimonio –habló por fin el dentista, mientras raspaba la muela más sana que había tocado en toda su vida.
            – ¿Por qué te empeñas en ponerla siempre en el bando contrario al nuestro? –se limitó a decir su ayudante, cambiando de posición el maldito tubo.
            –Lo hemos discutido cien veces. Ella se alegraría de que abandonáramos porque eso le daría la razón y eso es una victoria para ella, porque nunca me ha soportado –concluyó él, recogiendo un gancho que me hubiera paralizado sin necesidad de anestesia.
            –A veces pienso que tenía toda la razón del mundo –sostuvo ella a la vez que dejaba de sujetar el tubo, que se perdió por el interior de mi boca y estuvo a punto de aspirarme la campanilla.
            – ¿Quieres hacer el favor de concentrarte en el trabajo? –recriminó el dentista, dejando por un momento de atender a la muela que ya no estaba tan sana y olvidándose de que su mano derecha sujetaba un elemento altamente peligroso que se había ido a perforar un diente de las proximidades.

            En ese momento  mi amigo ya era consciente de lo que iba a ocurrir. Aquella pareja mal avenida, que vivía en la calle del resquemor y el desengaño, continuaría tirándose los trastos a la cabeza, incapaz de darse cuenta del error que habían cometido con su paciente. No le dejé que me enseñara otra vez la boca porque ya había tenido bastante con el primer pase al que asistí la semana anterior. El resultado de aquella visita al dentista lo había dejado hecho un adefesio y, además, había terminado con la ruptura de un joven matrimonio y el cierre de una clínica dental. Mi mujer, que se había alegrado mucho al oírme hablar de mi amigo y había hecho todo lo posible para que acudiera a mi cita con él en aquella cafetería del quinto pino, me había preparado unos dulces para que se los llevara, porque los dos sabíamos que era muy laminero. Ni qué decir tiene que evité abrir la bolsa que había envuelto mi mujer con sus propias manos y que tiré aquellos dulces en el retrete de la cafetería.
            Salimos mi amigo y yo de aquel lugar y nos despedimos hasta otra ocasión. La próxima vez que se me ocurra preguntar por antiguos amigos, colegas o compañeros de colegio, prometo hablar del tiempo o del cambio climático, o incluso de política. Lo más curioso es que me acaban de ofrecer un puesto para una temporada larga en Estados Unidos y el último consejo que me han dado es que me pase por el dentista y me haga una limpieza de boca. La boca he tenido que limpiármela, sí, porque lo que ha salido por ella no han sido precisamente halagos y buenos deseos porque mientras gritaba enfurecido y me quejaba de semejante sugerencia no podía quitarme de la cabeza aquella boca descompuesta y aquellos labios que sostenían una pajita sumergida en un tubo de cerveza.

sábado, 4 de enero de 2014

A veces la verdad está oculta tras los pliegues de una prenda inocente


LA TIJERA DE ORO

I

            -Es hora de recoger. Vamos, se hace tarde. –Caía ya la noche sobre una ciudad que vivía en un continuo bostezo.
            -¿Crees que volveremos a abrir? –La pregunta flotaba en el aire y la mujer a la que iba dirigida la recogía al vuelo, imperturbable.
            -Lo dudo mucho, hijo. –El hombre paseó entre armarios y estantes una mirada teñida de melancolía mientras su madre, de negro riguroso, sentenciaba inexpresiva.- Cuando las cajas se almacenan y el género se guarda, no es bueno volver a menearlo. Ocurre como con los malos recuerdos: nunca has de desempolvarlos, pues con el tiempo se vuelven en tu contra.
            -Te olvidas el cartel de la puerta, mamá. -Recordaba el joven.
            -Es pronto para colocarlo. –Se resistía la señora.
            -Pero la gente…
            -Esta ciudad es pequeña, Jorge. –La viuda no evitó una mueca de desagrado.- A estas alturas ya todo el mundo sabe lo ocurrido. Además, no me gusta esa palabra. Me produce escalofríos.

            Dieron dos vueltas a la llave y se sumergieron en un coso apagado, callado, ajeno a la desgracia, como a todo sentimiento de sus moradores. Dentro de la tienda, el cartel de “Cerrado por defunción” quedaba olvidado sobre el mostrador. Junto a él, un montón de tiques de compra se apilaban bajo un rollo de celo que hacía las veces de pisapapeles. El primero de esos recibos revelaba una fecha que era la misma del fallecimiento del dueño del negocio. Allí, junto a los caracteres semiborrados del trozo de papel, con bolígrafo y de su puño y letra, el desaparecido vendedor había apuntado un nombre y una palabra entre paréntesis. El nombre correspondía al de un cliente, el último comprador que había sido atendido en la tienda de ropa. La palabra encerrada entre paréntesis no podía presagiar nada malo. ¿Qué había más inocente que la ilusión, la sorpresa y los buenos sentimientos que acompañan siempre a un regalo de cumpleaños?


II

            -Llamo para denunciar la desaparición de un hombre. Se trata de mi tío. Han pasado siete días y estamos preocupados. –La voz era fría, neutra, y su tono no iba a abandonar tales pinceladas anímicas durante toda la conversación telefónica.- Vivía solo, sí. Los domingos solía comer con nosotros pero no se presentó en casa. Ya lo había hecho otras veces. No, lo de no dar señales de vida durante algunos días. Porque no había fallado un domingo desde que se puso farruco y se fue a vivir solo hará un par de años. Para él el domingo era sagrado. Era el único día que veía a su nieta y eso no se lo perdía por nada del mundo. Setenta y un años. Sesenta no, setenta. Viudo, sí. Mi tía falleció hace más de diez años. ¿De cabeza? Mucho mejor que usted y que yo.
            No tengo ni idea de dónde ha podido meterse. No, móvil no tenía. Y mira que le insistíamos. Mi mujer tuvo una pelotera increíble por ese tema y no volvimos a mencionárselo. Allá él. En su casa no está, no. Claro que lo he comprobado, ¿qué se cree? No, perdone, yo estoy muy calmado. ¿La última vez que lo vimos? Mi esposa asegura que se lo encontró en el Bar Oscense a las diez y media o cosa así. De la mañana. A esa hora de la noche no está mi señora zascandileando por las calles, ¿sabe? Vestía normal, qué sé yo. Vaqueros azules, camisa a rayas y una chaqueta de pana. Verde. No, beige. Estaba solo, sí. Mi tío siempre está solo. Una bolsa de una tienda. Es inútil, no se acuerda. ¿De ropa? Puede ser. El coso está plagado de tiendas de esas. No será fácil que lo encuentre. Vale, vale, no me meto en su investigación. ¿Quiere que se ponga Rosa y se lo confirma? ¿Cómo? No me diga que hay que ir hasta allí para cursar una denuncia. Ya sé dónde está, no se preocupe. Hasta el Eroski, prácticamente. No, si no me quejo. Solamente digo que no entiendo entonces para qué me he tirado un cuarto de hora colgado del teléfono. –La frialdad y la indignación se jugaron a piedra, papel o tijera quién se encargaría de colgar el aparato. Ganó la partida esta última, como atestiguaban las últimas palabras pronunciadas por el denunciante y recibidas por el agente de policía Ignacio Sorribas, al que no sentó muy bien esa noche la cena.





III

            -¡Abuelo! Ya estoy en casa.
            El muchacho traía un paquete en una bolsa que orilló frente al aparador de la sala de estar para darle un beso a la señora de la casa.
            -¡Vamos, Ramón, que tu nieto te ha traído una sorpresa! –Se mostraba cariñosa la anciana y pellizcaba los mofletes del joven que acababa de venir de la calle.
            -Calle abuela.- Reprendía con fingida molestia el muchacho.- Seguro que ya le ha dicho algo.
            -No puedo guardar un secreto durante tantos días. –Se justificaba sin dejar de sonreír la anciana.- Lo siento mucho, cariño. De todas formas él ya sabe que nunca olvidas su cumpleaños. ¡Ramón! Este hombre es un caso. Lleva unos días un poco raro, como destemplado.- Un brote de preocupación se asomaba al rostro de la abuela, aunque enseguida fue ahogado por una simpática sonrisa.- Este hombre es un caso, sí. ¿Se puede saber a qué esperas? Bueno, como quien oye llover. ¿Y tú que cuentas, chico?
            -Nada nuevo.- Resoplaba, aburrido, el muchacho.- Sigo ahorrando para largarme un año por ahí. En cuanto termine el contrato con el periódico me voy de corresponsal. En esta ciudad no pasa nunca nada. Un colega de la redacción dice que Huesca es una gigantesca fotocopiadora que enchufan en Noche Vieja. Hace una copia del año que termina y no hacemos sino vivir las mismas cosas todo el año siguiente.
            -¡Qué cosas más raras decís los periodistas! –Cambió el tono desenfadado la buena mujer para pronunciar la siguiente frase.- De todas formas, ya te habrás enterado de lo de La tijera de Oro.
            -Sí, abuela. Esas cosas nunca pasan desapercibidas. Además, trabajo en la prensa…
            -Es verdad, hijo. ¿Y cómo ha sido?
            -Era ya muy mayor.- No pudo reprimir el nieto escanear el aspecto exterior de su queridísima abuela y establecer una comparación desafortunada.- Es curioso que me hables de la tienda, porque fue precisamente allí donde compré el regalo para el abuelo. Si me hubiera retrasado un día más en la compra me habría tenido que buscar otra tienda y otro regalo.
            -Y hubiera sido una pena, porque tu abuelo ha comprado allí toda su vida. Y ya cumple setenta y cinco años.- Constataba, orgullosa, su adorada esposa.
            -Setenta y seis.- El abuelo Ramón aparecía por fin en el comedor y se aproximaba a su nieto sin evitar mirar de reojo aquel paquete envuelto en una caja rígida que estaba en el interior de una bolsa blanca de plástico con unas enormes tijeras impresas en ella.

IV

            -Sé que no es el mejor momento para ustedes, pero su colaboración nos serviría de gran ayuda en nuestra investigación.
            El policía había recorrido todas las tiendas del Coso Alto y el Coso Bajo, Correría y calle Padre Huesca, plaza Concepción Arenal e incluso calle Zaragoza, en busca de alguna pista sobre el paradero del anciano desaparecido. El tal Julián Sanz llevaba nueve días en paradero desconocido y sus familiares más cercanos, que habían interpuesto la denuncia, lo creían muerto y tirado a un contenedor. Ni que pudieran darse en la ciudad ese tipo de crímenes de reportaje televisivo. Nadie parecía haber visto al señor Sanz y ni siquiera el camarero del Oscense recordaba qué llevaba encima o cuál había sido la dirección que había tomado tras dejar a deber la cuenta. Era un cliente, un moroso y un desagradecido habitual del bar, según palabras del dueño del establecimiento.
            Estaba ya a punto de desesperar el agente Sorribas cuando una conversación entre dos señoras en la terraza del Apolo lo sacó de su derrotismo y lo catapultó hasta la vivienda del difunto dueño de La Tijera de Oro. El comercio llevaba cerrado desde el triste suceso y no había siquiera un letrero y un esperable “disculpen las molestias” sobre la puerta del local. Por eso había pasado de largo el agente de policía, que desconocía igualmente el hecho luctuoso.
            Para alivio del policía, la familia no puso objeción alguna a la “visita informal” que propuso realizar al conocido establecimiento local, sito en el Coso Bajo de la ciudad. A regañadientes, se ha de constatar, el hijo menor del difunto acompañó al agente Sorribas en su registro. Después de revisar cajones pesados de buena madera, tarimas y armarios, baldas, lejas y estantes, con la inestimable ayuda de una escalera a la que le hacía falta un buen engrasado, el policía inspeccionó con suma atención una pila de recibos y tiques de los que rescató únicamente dos. Ambos papelitos correspondían a las fechas comprendidas entre la supuesta desaparición del señor Sanz y la última de las compras efectuadas en la tienda, precisamente unas horas antes de la muerte del dueño del establecimiento.
            -¿Falta algún recibo o factura en la tienda? –Preguntó el policía al muchacho.
            -No lo creo. –Respondió tajante.- Aquí solamente entraba mi padre y hacía años que nadie trabajaba con él. Sus hijos habíamos dejado de venir para echarle una mano. Ciertamente, no hacía falta. Apenas tenía clientes. El negocio solamente se tenía en pie por la tozudez de mi padre.
            -Lo digo porque no he encontrado más que dos ventas realizadas en cuatro días, desde el lunes de la semana pasada hasta el jueves en el que… -Buscaba el policía una manera de suavizar sus palabras.- Bueno, el jueves que cerró la tienda. Se hicieron dos compras. Unos pañuelos de tela y un pijama de caballero.
            -Si es lo que dicen los papeles, es eso lo que ocurrió. –No se sentía a gusto el joven en la tienda de su padre.- ¿Nos vamos ya?
            -Desde luego. Gracias por todo, caballero.
            El policía salió de la tienda y el joven desapareció unos segundos en su interior para reaparecer en la puerta y colgar esta vez el cartel de cierre del negocio. Él estaba convencido de que no habría nunca un segundo cartel anunciando la reapertura.

V

            -¿Es que no te ha gustado el regalo? Estoy convencida de que si no te está bien nos lo pueden arreglar en cualquier otra tienda. –La impaciencia volvía a desfigurar el apacible rostro de la anciana.
            -Desde luego no lo podemos cambiar o devolver, abuela, porque La Tijera de Oro ya no… -No había una manera delicada de expresar tal realidad.
            -¡Qué lástima! –Dijo lánguidamente la anciana.
            -Sí. Es una pena. –Apostilló su nieto.
            Por fin el abuelo Ramón se dejó ver en el marco de la puerta. Pero no se acercó. Se quedó allí, pálido, con los ojos bien abiertos y los brazos rígidos. Acababa de probarse el pijama de caballero que su encantador nieto le había comprado en su tienda de toda la vida, a la que le llevara su padre por primera vez cuando no era más que un crío. La prenda de vestir, junto a las marcas propias del doblado de la caja en la que venía envuelta, mostraba ostensibles chorretones de un líquido reseco, de un color morado tirando a marrón o marrón tirando a morado, y que caían desde el lateral izquierdo de la prenda superior y resbalaban por toda la pernera del pantalón. Era sangre. Mucha sangre.
            En ese momento la esposa de don Ramón Oliván se desvanecía y los reflejos de su querido nieto evitaban un golpe contra la mesa del comedor. En esos mismos instantes unos nudillos golpeaban con fuerza la puerta del domicilio del matrimonio de edad avanzada, y la voz de un agente de policía solicitaba que se le abriera la puerta. También en ese momento el señor Oliván, enfundado en el regalo de su setenta y seis cumpleaños, buscó una silla en donde desplomarse y, con el abatimiento surcando sus ajadas facciones, empezó a contarle a su atemorizado nieto lo que esa noche iba a verse obligado a repetir ante el agente de policía Ignacio Sorribas y un abogado criminalista que llegaría esa misma tarde desde Zaragoza. Esta primera relación del señor Oliván, aunque más pasional y espontánea, no estuvo exenta de interrupciones, gritos, desvanecimientos, portazos y recaídas. No obstante, la declaración oficial de la noche recogería, fríamente, datos, nombres, hechos en definitiva. Esta segunda narración fue la que se transcribió íntegramente en el Periódico del Altoaragón el mismo día en que uno de sus trabajadores de plantilla se despidió para siempre y tomó un vuelo para no regresar jamás a la ciudad.

VI

            La sangre del pijama correspondía al desaparecido Julián Sanz, cuyo cuerpo se ocultaba bajo una trampilla camuflada en la trastienda del establecimiento de ropa. El tal Sanz, y el detenido y presunto asesino Ramón Oliván, habían sido socios hacía treinta años junto al recientemente fallecido Frutos Bernués, cuando este aún no había heredado el negocio de ropa y confección conocido como La Tijera de Oro. La cosa no salió bien y los tres antiguos amigos terminaron tirándose los trastos a la cabeza. Años después, Bernués y Oliván habían olvidado sus rencillas y, aunque ocasionalmente, todavía se encontraban para recordar juntos tiempos mejores.
            Pero Sanz vivía en el rencor y su soledad alimentaba un odio que cristalizó el lunes que, tras un carajillo en el Oscense, descubrió en la puerta de la popular tienda de ropa a sus antiguos socios charlando alegremente. Enfurecido y avivado en su insano resquemor por su camaradería hipócrita, entró en el establecimiento y se empeñó en comprar lo primero que vio en la estantería: unos pañuelos. Pagó, insultó y se fue. Volvió al bar y tomó otro carajillo. Más envalentonado, regresó al negocio e insistió ante sus dos antiguos socios, que aún seguían en la tienda, en probarse un pijama, el más elegante que tuviera, con el único objetivo de hacerles pasar a ambos un rato más que incómodo.
            En el interior del probador y ya fuera, junto al mostrador, no dejó Sanz de insultar, increpar a los dos hombres y arrojarles a la cara años y años de hiel abrasadora. Fue mordaz con don Ramón, quien, en un arrebato fatal, agarró unas tijeras repujadas en pan de oro que decoraban el mostrador y las clavó en el pecho al hombre que vestía todavía el pijama de elegante factura. Julián Sanz murió desangrado.
            Los dos hombres escondieron el cadáver y al bueno de don Frutos no se le ocurrió otra manera de deshacerse de la prenda que colocarla de nuevo en su caja. Cuando, tres días más tarde, el jueves de esa misma semana, un joven viniera en busca de un pijama para regalar a una persona mayor, el despiste, la fatalidad y las dudas e inquietudes acumuladas en esos días por el dueño de la tienda le empujaron a vender precisamente aquella funesta prenda y no otra. Horas más tarde fallecía de un ataque al corazón el vendedor. Días después se desempaquetaba en el domicilio de don Ramón Oliván el último producto adquirido en una tienda que, inevitablemente, llevaría asociada a su historia y a su nombre el mismo objeto que había sido arma homicida de semejante crimen.
            No pudo encontrarse entonces el objeto en cuestión hasta que, meses más tarde, desmontando el soporte sobre el que se anunciaba el nombre del establecimiento, que había adquirido a un precio irrisorio una todopoderosa empresa de telefonía móvil, el brillo de unas tijeras llamó la atención del operario. Siguiendo la huella exacta del dibujo que remataba el letrero que había permanecido inalterable más de sesenta años, unas tijeras contemplaban, bañadas en oro y sangre, el lento transcurrir de los días idénticos unos a otros entre aquella cuidad sumida en un largo y profundo letargo.

FIN

martes, 9 de julio de 2013

Cuando falla el sistema, las consecuencias pueden ser nefastas



LA RUEDA

I

            Era la última vez que pasaríamos a recogerla. El sistema no había funcionado. Tendríamos que abandonar el proyecto y eso era lo que más le dolía al señor Terbalo en el momento en el que se acomodaba en mi coche y se ponía el cinturón de seguridad con un brusco tirón. A él le traía sin cuidado que a partir de mañana iba a tener que coger el coche todos los días, hacerse sus veinte minutos de carretera y entrar en la fábrica con la única compañía de sus pensamientos color ceniza. No, eso no era lo que le pesaba como una losa sobre una espalda en batalla campal con el respaldo del asiento de atrás del coche. Tampoco le disgustaba el gasto que supondría, tal y como estaba ahora el gasóleo, el hecho de que su propio vehículo tuviera que llevarlo y traerlo todos y cada uno de los días laborables a partir de la mañana siguiente. En realidad, al señor Terbalo solamente le irritaba que su sistema hubiera fallado, que su cuadrante, impreso en octavillas para llevar en la cartera, no iba a ser de ninguna utilidad una vez que terminara la jornada de trabajo. Observé a través del espejo retrovisor cómo el espíritu práctico del señor Terbalo dibujaba una imagen sobre asiento y respaldo vacíos junto a la ventanilla, un contorno que en unos minutos cobraría vida, con voz, forma y maneras, cuando pasáramos por la rotonda del Eroski a recogerla. Cuando ella ocupara por última vez su lugar en el vehículo, la frustración, la impotencia y el fracaso la recibirían desde la parte central del asiento de atrás con el frío saludo de lo inevitable.
            En la otra ventanilla, en el lado del conductor, justo detrás de donde yo estaba, la señorita Olerot, con los ojos todavía en fase de sueño, mascullaba lo que querían ser palabras inteligibles, pero nacían como abortos de frases dirigidas a oyentes insensibles. Más de una vez llamé su atención para que me repitiera lo que fuera que estaba musitando. Entonces, se revolvía alarmada, desatornillaba ambos ojos con el dorso de sus manos y se acomodaba buscando refugio en el calor del coche. La señorita Olerot no era humana hasta que un café que sabía a clavos oxidados la despertaba de un coma etílico que la visitaba cada amanecer desde hacía cinco años, los mismos que llevaba trabajando en la fábrica. Los veinte minutos que se tardaba en llegar al trabajo no hacían de ella más de lo que producía el calor de un microondas sobre un tupperware con cocina casera. Aún no habíamos pasado a por la señorita Nalbac, ciertamente. Pero el asiento de atrás ya estaba preparado para recibir a la última integrante de la rueda, y era evidente que pocas muestras de comunicación iban a darse desde aquel cuartito de atrás del coche. El señor Terbalo y la señorita Olerot difícilmente abordarían una conversación que a mí se me estaba haciendo ineludible. Me temía que iba a tener que ser yo quien la iniciara. No antes de que ella se subiera al coche, claro. Y para eso había que recoger primero a la señorita Nalbac.
            La señorita Nalbac se sentaba delante siempre. Nadie discutía su privilegio. Era la única persona, la única compañera que tenía capacidad para replicarme. Los días que me tocaba conducir, como este jueves frío de febrero, máxime cuando la semana estaba avanzada y las fuerzas más que agotadas, el trayecto de mi casa a la fábrica me exigía un despertar que nadie más que la señorita Nalbac era capaz de inspirar. Su viveza, su locuacidad, su carrera de obstáculos entre los temas que jalonan nuestra recién desperezada jornada, su energía y su vitalidad eran indispensables. La señorita Nalbac daba los buenos días y respondía por todos los miembros de la rueda. Sin ella me habría desayunado a más de un ciclista o almorzado a medio centenar de señales de tráfico. La señorita Nalbac solamente se apagaba cuando regresábamos de la fábrica. Entonces, la actividad laboral ya se había encargado de hacer inútil sus saludos, sus sonrisas, sus réplicas y contrarréplicas.
            Cuando el asiento del copiloto fue ocupado y una voz lejana y discordante acompañó a mi saludo de cortesía, arranqué el vehículo y me dirigí al último punto de recogida. Ella estaría allí desde hacía un buen rato, porque habíamos parado a echar gasolina y la muchacha del área de servicio se había hecho un lío con las tarjetas. No era la primera vez que íbamos a recogerla tarde. El día, además, era frío. El sol había salido ya, pero lo disimulaba descaradamente. El cielo se mostraba opaco, como si las nubes se hubieran abalanzado sobre la ciudad en una tentativa absurda de jugar con ella a la gallinita ciega. Mal día para retrasarse en la rueda. Mal día.
            -Supongo que sabéis qué hora es. –Una voz que estaba hecha de humo se subió al asiento de atrás del coche y se acomodó junto al señor Terbalo. La señorita Olerot emitió un ruido que solo un oído experto hubiera diferenciado de aquel que producía el motor de mi vehículo.
            -Ya perdonarás. –Me disculpé. Hemos echado gasolina.
            -Ya. –Dos letras. Esa fue su respuesta.
            En vano la señorita Nalbac introdujo seis u ocho temas de conversación distintos. En vano intenté yo contar con gracia el azoramiento y la torpeza de la pobre chica de la estación de servicio. Desde la rotonda del Eroski hasta los últimos kilómetros de autovía antes de la salida que nos dejaba en la carretera de servicio de la fábrica, ella no habló. No comentó nada. Se limitó a endurecer el rostro, a apretar los dientes y mostrar, altaneras, frente y barbilla. Nadie queríamos decir lo que flotaba en el ambiente desde hacía unos días. El señor Terbalo era a quien le correspondía formularlo, lo sabíamos todos. No obstante, en el asiento de atrás, él seguía maldiciendo la fortuna que había hecho fracasar su perfeccionado sistema, totalmente ajeno a una conversación que debería de haber empezado unos kilómetros atrás, en el mismo punto de la rotonda en el que recogíamos a aquella enhiesta compañera de trabajo desde hacía cinco largos años.   

II

            Trabajar en la fábrica nos había cambiado a todos, incluida a mí. Allí, en ese edificio de colores apagados y tonos prejubilados prematuramente, se me conocía como señorita Parli. Era una política de empresa. Nada de nombres. Nada de apelativos. Nada que nos hiciera sentirnos personas. En una época en la que conseguir un trabajo era, imposible no, lo siguiente, habíamos aceptado gustosos entrar a formar parte de aquel mundo de hastío y desilusión. Trabajar en la fábrica era como hacerse un tatuaje indeleble que ocultaba nuestra piel y nos proporcionaba unas señas de identidad que habían acabado por borrar nuestra propia alma. Ahora, mientras ponía los intermitentes para tomar la salida de la autovía, era perfectamente consciente de que decir que a aquellas personas que llevaba en el coche las conocía desde hacía un lustro era ir tres pasos más por delante de la estricta verdad. ¿Conocerlos? ¿Qué sabía yo de ellos? ¿Tenía acaso una mínima idea de sus gustos, aficiones, intereses? Desconocía si estaban solos o tenían familia. No sabía dónde vivían. Lo único que podía decir es el punto exacto de la ciudad en el que los venía recogiendo todos estos años, cada semana, cada día, sin faltar ni uno solo. Bueno, tampoco eso era cierto, como no podíamos ninguno dejar de recordar. Era precisamente ese recuerdo el que nos atenazaba y encarcelaba nuestras palabras, evitando así hablar por fin de ello con nuestra compañera de rueda.
            La señorita Nalbac fue la primera que lo había expresado en voz alta, ante el terror del señor Terbalo, que no podía creérselo, y la trágica sensación de fatalidad que la señorita Olerot y yo compartiríamos desde entonces. Estábamos volviendo del trabajo y hablábamos de las marcas blancas del Mercadona. Lo recuerdo porque esa trivialidad me empujó aquella tarde a comprar más de una docena de yogures y un frasco de colonia. En realidad era la señorita Nalbac la que hacía una defensa encarnizada del asunto, mientras yo asentía a cada uno de sus enfervorizados argumentos de compradora abducida por las grandes superficies. En ese viaje de vuelta, no hacía ni un día desde aquello, un silencio inesperado dentro del vehículo me había empujado a girar la cabeza y observar a la señorita Nalbac. Se había callado tan de repente que hasta el señor Terbalo se atrevió a incorporarse en el asiento de atrás. Luego enunció la fatídica aseveración:
            -Nos la hemos dejado en la mismísima puerta de la fábrica.
            El resto del viaje convirtió el interior de mi coche en una pista de pelota vasca. Nos tirábamos reproches que caían sobre nosotros mismos desde todos los ángulos posibles, inventando trayectorias imposibles. Perdíamos todos los puntos, porque no éramos capaces de afrontar una realidad que había cubierto de negrura nuestra ya de por sí oscura experiencia vital. ¿Cómo había sido posible? ¿Por qué ninguno de nosotros nos habíamos percatado del error? ¿Qué había provocado semejante grieta en el hasta ahora infalible sistema del señor Terbalo? Todo ese desenfrenado juego de autoinculpaciones y reproches nos habían acompañado el día anterior, no solamente dentro del coche, sino en el interior de nuestras casas, en el interior de nuestras conciencias. Ahora, con el frío de la mañana luchando por atacarnos y pelear dentro del vehículo, con ella en el hueco que ayer había hecho saltar todas las alarmas, cada uno de nosotros buscábamos en nuestros pensamientos el agua milagrosa que hiciera desaparecer el borrón de una hoja de servicios inmaculada. Abandonábamos la autovía mientras reconocíamos en nuestro fuero interno que en cinco años nunca nos habíamos enfrentado a una situación semejante.
            Miento. Hubo una circunstancia que compartimos todos los compañeros de trabajo que estábamos en la rueda. Había ocurrido a finales de verano, pero no había sido más que un pinchazo. Ni siquiera nos habíamos incorporado a la autovía y apenas íbamos a cuarenta por hora. Fue sencillo dar con el gato, cuya existencia hasta la fecha nunca había demostrado empíricamente, y el señor Terbalo, galantemente, se ofreció enseguida a enseñarnos a utilizarlo. De hecho todos contribuimos un poco a la operación de cambiar aquella rueda inservible por la de repuesto. Eso fue todo. Llegamos más tarde a casa y con algo nuevo que contar en nuestros pisos y hogares. En el mío, mi hijo pequeño me pidió que le contara la aventura más de cuatro veces. Hasta que se durmió encantado. Lo que nos había ocurrido ahora, sin embargo, esta situación, este despiste, este olvido imperdonable prometía ser todo menos una anécdota divertida con la que entretener a una criatura de diez años.

III

            Yo no me había fijado en que ella se había subido al vehículo con una bolsa de deportes color turquesa. La señorita Olerot me lo dijo al final de una jornada de trabajo exasperante, cuando nos encontramos de nuevo en el aparcamiento. El señor Terbalo tampoco se había percatado y la señorita Nalbac juraba y perjuraba que eso era imposible. Ella ya nos había dicho que volvería en otro coche y que ya no era necesario que la recogiéramos. Nunca. Si un adverbio podía ser tajante, lo era este, sin duda. Antes de poner el motor en marcha saqué la bolsa del asiento de atrás. En efecto, allí estaba. Pesaba como un muerto y tuve que tirar con las dos manos para extraerla del coche. ¿Qué íbamos a hacer con ella? Devolvérsela estaba fuera de nuestros planes. Yo me negaba taxativamente a regresar a la fábrica y buscarla o dejársela en la entrada. No tenía ningunas ganas de hablar con ella y mis compañeros estaban de acuerdo conmigo. Por eso abrí el maletero y metí la bolsa allí. Cerré con rabia antes de indicar al señor Terbalo que terminara ya su cigarrillo y ocupara su asiento en el vehículo. Le di al contacto y me incorporé a la vía de servicio que nos llevaba directamente hasta la entrada de la autovía en dirección a Huesca.
            No sé por qué puse la radio. Nunca lo hacía. Supongo que porque no había otra forma de romper aquel silencio sangrante que se había apoderado de mi coche. Fue la única manera que se me ocurrió para exorcizar nuestras cuatro conciencias mordidas por la culpa. Ella ya no estaba en la rueda. Tampoco era para tanto. El tono de alarma del locutor de radio se metió en el coche y se convirtió en el quinto ocupante del mismo. A lo lejos, un guardia civil me hacía señas, desde el arcén de la autovía, para que detuviera el vehículo. El locutor decía que había sido un asesinato brutal, llevado a cabo por varios individuos. Se hablaba de un cadáver en el que se habían ensañado. Habían desaparecido varios fajos de billetes y la amante del empresario asesinado tampoco daba señales de vida. Seguramente la habían hecho desaparecer también. La voz del locutor seguía imponiéndose sobre nuestros rostros golpeados por la sorpresa y por la angustia. Esa misma voz continuaba dando datos sobre el director de la fábrica en la que todos nosotros, que éramos invitados a abandonar el vehículo por varios agentes de la benemérita, trabajábamos desde hacía cinco largos años. La voz que relataba los sucesos describía perfectamente la fábrica, la recepción, los despachos, la mesa del jefe, el señor Rejiva, sobre la que había caído el cuerpo sin vida, no hacía ni unas horas.
            Una agente sacó entonces la bolsa azul turquesa del maletero y descubrió en su interior un gato salpicado de sangre y varios sobres con mucho dinero. El locutor, al que intentaba inútilmente acallar el agente que nos había hecho detener, habló de una operación llevada a cabo por la guardia civil, de una detención de unos cuantos trabajadores de aquella fábrica que se estaba produciendo en esos instantes. Las lágrimas y los gritos de la señorita Nalbac, el forcejeo de la señorita Olerot y mis propias imprecaciones y lindezas dirigidas al cuerpo de la Guardia Civil terminaron por obligar al  señor Terbalo a abandonar el pensamiento que lo llevaba martirizando desde hacía veinticuatro horas: el fallo imperdonable en su dichoso sistema, de su perfecto cuadrante impreso en octavillas de la rueda de conductores para ir al trabajo. Mientras tanto, se tomaban las huellas dactilares sobre mi gato, que había ido a parar a aquella bolsa de color azul turquesa, y se sembraba de incertidumbre el futuro mío y de mis compañeros de trabajo. El motor del coche se apagaba. La radio enmudecía.

Fragmento encontrado en la agenda de la señorita Divolo, la única que fue a visitar a sus antiguos compañeros de trabajo al Recinto Penitenciario de Zuera