lunes, 24 de abril de 2017

Libros, autores, lectores

AUTORES DE LIBROS

                Soy autor de libros. No me importa reconocerlo. Durante todo el año los autores buscamos un rincón desde el que escribir nuestros artículos, ensayos y poemas. Todos los meses y todas las estaciones nos consagramos al oficio de contar, describir y profundizar en nuestro propio mundo. En verano, mientras los seres humanos se despojan de capas y capas de indumentaria, los escritores cubrimos de caracteres las páginas en blanco de archivos de ordenador y embarazamos cuadernos y carpetas con nuestras producciones.  En otoño se caen las hojas y nosotros, los que escribimos, las amontonamos y las cosemos con palabras. En invierno, el mundo animal se prepara para hibernar y no derrochar mucha energía. Nosotros, los autores, nos desgastamos creando fábulas y tramas, pintando personajes y estableciendo conexiones entre personajes que no existen fuera de la imaginación. En plena primavera, el día 23 de abril, florecen los lectores en las calles de nuestras ciudades y pueblos y los claveles y las rosas desfilan orgullosos y guardan los lomos y cubiertas de los libros que hemos dado a luz los autores de libros.  
                El 23 de abril vestimos nuestras mejores plumas y estilográficas y nos instalamos en una banqueta, detrás de una caseta, que ahora llaman “stand” porque todo lo extranjero suena siempre mejor que lo propio, y nos preparamos para ponernos delante del espejo de nuestros lectores del pasado, del presente y del futuro. Hablamos de nuestro trabajo, escuchamos, asentimos, aprendemos y nos emocionamos. Sin embargo, no quiero escribir aquí sobre pasiones de escritores y adoración de lectores. Como dijo Umbral, “yo no he venido a hablar de mi libro”, sino de las curiosas anécdotas que, desde nuestra muralla de libros y precios, vienen a aliviar nuestra jornada de ventas y rúbricas.

                Ayer fue 23 de abril. Desde el punto de la mañana plantaron editores y libreros sus ejemplares en los Porches. El libro es una planta de interior, que nace en rincones y no necesita de mucha luz para gestarse. El libro es una especie que oculta al ojo humano sus raíces, que reserva su fruto solamente a quien lo engulle, que está cubierto de hojas, cuyo número varía considerablemente entre sus clases. Suele plantarse a diferentes alturas, y a veces se seca, cuando no se airea suficientemente, y se cubre de polvo y de olvido. A pesar de ello, no le perjudica a esta curiosa planta la exposición al aire libre, al sol e incluso a lluvias y humedades. Suele aconsejarse, en días de Feria, trasplantar esos volúmenes y ubicarlos en plena calle, para admiración y deleite de la especie humana, especialmente de la raza lectora en general, o de esa subespecie que son los carroñeros de letras o devoradores de libros.
                Así ocurrió en la jornada de ayer. La ciudad amaneció vestida de páginas y prestó sus calles para ese desfile de modelos que no descansaron en ningún momento. Las grandes firmas de la Alta Lectura se dieron cita en el centro. Los libros se dejaron acariciar, los libreros se volcaron con sus clientes y los autores nos apostamos dispuestos a presentar en sociedad a nuestras criaturas, vestidas de domingo. Fue un día soleado, lleno de palabras y lecturas, en el que los escritores compartimos impresiones y estampamos firmas, fechas y deseos. No obstante, ya he dicho que no voy a convertir estas líneas en un canto a los libros o a la lectura. Podría convertir estas palabras en un postre empalagoso, del que siempre te acabas arrepintiendo, con lo bien que habías elegido hasta el momento con los platos… Aquí me interesa recoger algunos chascarrillos, alguna anécdota que, después de tantas horas metido en la caseta, tatúan en tu rostro una sonrisa de las que no se van fácilmente.
                En la caseta de la editorial Pirineo ocurre de todo. El Día del Libro en Huesca no nos privó de historias para guardar en la memoria. Este es el motivo de este escrito, el día después del Día de Autos en una Huesca sin ellos.
                Cristian me estaba contando una anécdota de una Feria del Libro en Zaragoza. Cristian Laglera es un autor de la editorial y sus historias no tienen desperdicio. A mí me gusta poner título a las anécdotas, y a esta historia se me ha ocurrido llamarla “El autor muerto”. El asunto es que el año pasado, una mañana, unas señoras se plantaron, como dos primeras ediciones, delante de un cartel que anunciaba que otro autor de la editorial, José Antonio Adell, firmaba libros esa misma tarde en la Feria del Libro de Zaragoza.
                –Chica, qué bien. ¿Igual vamos?
                –Pero cómo vamos a ir, mujer… Si el autor ya está muerto.
                Cristian, que asistía a aquel diálogo, no pudo menos que sonreírse. Él, que había pasado la tarde de ayer con José Antonio, acababa de presenciar el asesinato de un compañero. No sabía si poner los precios de sus libros –que no son pocos– a media asta o si dejar sus libros de despoblados y ermitas y escribir una novela al estilo de Delibes que llevara por título “Cinco horas con Adell”, recordando todas las conversaciones del día anterior. Aquella tarde, José Antonio no podía parar de reírse cuando se lo contó su compañero de firmas.
                Después de que Cristian me contara esta historia, sin darme tiempo a masticar con deleite las palabras de mi compañero, una señora se acercó para preguntar por un libro:
         ¿Tenéis el libro “Gladiolos”?
         ¿”Gladiolos”? Pues “Gladiolos” no, pero “Gladiator” sí.

                En fin, de este tipo de anécdotas, que entran en la categoría de “preguntas peregrinas” hay a patadas. Quiero recoger ahora otra anécdota, que yo pude presenciar también, y la he bautizado como “la lectora disléxica”. Estábamos ya terminando la jornada y una señora se acercó a Cristian para que le cobrara un libro que quería llevarse. Se trataba de uno de sus libros, así que se ofreció para dedicárselo.
                –Pero cómo me lo vas a dedicar tú… Tendría que estar la autora para eso.
         ¿Perdone?
                –Sí, hombre. Cristina Laglera, la autora de los libros de los pueblos despoblados…

                Cristian Laglera intentó hacer que la buena mujer leyera despacio el nombre del autor para que se cerciorara de su error, pero la señora no estaba dispuesta a pasar por allí. De hecho, pretendía conocer a la tal Cristina. Yo solamente pude dar unos golpecitos en la espalda de mi amigo y compañero de firmas. No había nada que hacer. Y así terminó la jornada aquella.
                Lo he dicho desde el principio. Los autores de libros, como los ejemplares que escribimos, salimos muy de vez en cuando a las calles y nos exponemos al aire libre para darnos un baño de lectores muy gratificante. Durante esos encuentros con los lectores, aparte de firmar e intercambiar impresiones, podemos disfrutar de esas aventuras que nos arrancan más de una sonrisa. Son arañazos de placer, empujones de ánimo, golpes a nuestros silencios y a nuestras soledades. Y,  desde luego, se nos quedan impresos en la piel y los redescubrimos cada vez que nos juntamos para otra Feria, para una presentación, o Día del Libro. Esas historietas, chanzas o jerigonzas, esos chascarrillos o jacarandas de nuestros momentos de caseta editorial, no son pintadas ni maquillajes. Estas aventuras no se van ni con mil lavados, porque somos autores de libros y algo sabemos de contar y recordar historias.

                

sábado, 14 de enero de 2017

La mujer que perdió un tren y encontró un pen

LA MUJER QUE PERDIÓ UN TREN Y ENCONTRÓ UN PEN

                Soy profesor de judo desde hace un par de décadas. En el barrio me conocen como “el cerrajero”, pues no hay nadie que conozca más llaves que yo. Sin embargo, no he venido aquí a contar mis proezas o a publicitar mis clases. Clases que podéis recibir sin ningún coste durante el primer mes en el gimnasio de detrás de la Parroquia de san José. Estamos que lo tiramos al tatami, vamos, como El Corte Inglés, cinturones de todos los colores y a mitad de precio. Trato exquisito y caídas higiénicas, o sea, muy limpias. Aunque ya digo que no es mi objetivo convenceros de las ventajas de mi oficio. He escrito esta carta al periódico porque hay historias que merecen la pena ser contadas.

                Hace unas semanas, mi mujer y yo estuvimos de viaje en el Sur del país. Habíamos ido a Sevilla y nos volvíamos en el AVE para Zaragoza. En una de las estaciones de paso, asistimos a un espectáculo digno de pagar entrada de palco. El tren paró en Córdoba unos minutos y yo me decidí a salir para respirar aire fresco. Cuando llevas un rato sentado en un coche metálico con calefacción y todo tipo de comodidades, llegas a echar de menos un poco de fresco y libertad de movimientos. Por eso, aunque mi mujer se descompuso cono una reacción química reversible, me levanté de mi asiento 1C y salí del coche 5 de nuestro tren.

Entonces, mis narinas se dieron de bruces con una mujer de medidas perfectas y formas alucinantes. Era Xena, la princesa guerrera, tan bien proporcionada que, cuando me choqué con ella, me desviaron de su trayectoria sus cosenos y a punto estuve de salirme por la tangente. Era una mujer trigonométrica. Con solo mirarla podías tender al infinito y tu mente te despejaba hasta la equis. Tendría la edad de mi esposa. Me quedé tan obnubilado que a punto estuve de perder el tren. Porque, si no llego a estar atento, me quedo en la estación. Mi mujer me esperaba en el asiento 1D con la expresión “te lo dije” tatuada en la frente. Las puertas del tren empezaron a cerrarse. Fue entonces cuando la descubrí.

Nos enteramos de que su nombre era Noelia. Fue imposible no quedarse con su nombre después de aquellos alaridos. No, no me refiero al monumento de antes, a la mujer de formas maravillosas a la que todo el pasaje acababa de declarar Bien de Interés Cultural. Se trataba de otra muchacha, una chica joven que golpeaba con gracia andaluza y despecho cántabro la ventanilla de nuestro vagón. Con abrigo largo negro y un mechero en una de sus manos, hacía lo imposible por volver de nuevo al tren del que se había apeado para fumar un cigarrillo. Los de dentro intentamos abrir pero nuestros esfuerzos se quedaron en el banquillo. El partido estaba perdido y las reglas del Ave no conocen qué es eso del tiempo añadido. Para ellos el descuento solo tiene claves económicas. La situación era desesperada. Un hombre, con una criatura en brazos, daba golpes desde el interior del vagón y llamaba a gritos al revisor, para que evitaran lo que ya no tenía remedio. La máquina echó a andar y la muchacha nos persiguió con movimientos de ballet clásico, diciéndole a su marido que lo vería luego y a su hija que algún día le explicaría, cuando fuera mayor, por qué mamá hizo transbordo en una estación de Córdoba.


Pero esto no es todo. Mi mujer y yo volvimos a Huesca y, después de arrastrar las maletas por la calle y ponerle banda sonora a la noche desde la acera, mi esposa frenó en seco, sin intermitentes ni nada, y yo me clavé en la espinilla los bajos de su equipaje. Había descubierto, junto al portal de nuestra casa, una memoria USB. Recogió el pen y me lo alargó, como si estuviera dentro de mis competencias. Alguien lo había perdido y nosotros podíamos encontrar al desgraciado, lo que para mi esposa significaba que yo tenía que ocuparme de todo.
Sin esperar a deshacer las maletas, encendí el ordenador e introduje el lápiz. Busqué algún documento que me revelara al dueño de tanta información. Había un curriculum vitae y pude apuntar el número de teléfono. Su nombre respondía a una tal Noelia. No me lo podía creer. Qué casualidad. Enseguida envíe un mensaje de texto a aquella mujer y le comuniqué el hallazgo. Ella no podía dar crédito, como un banco con un cliente con trabajo temporal. Tenía acento andaluz y estaba agradecidísima.

Me enteré más tarde de que aquella Noelia era la misma que había perdido el tren en Córdoba. También me dijo ella misma que ese pen había desaparecido hacía cinco años y era otro el que andaba buscando. La vida no deja de sorprendernos. Ya decía yo que esa elegante mujer que vino al gimnasio a recoger el lápiz de memoria no podía ser la niña que trabajaba de cajera en el Eroski, y que esa fotografía del documento que había inspeccionado desde casa, esa imagen de una muchacha mascando chicle, con un par de coletas y una mirada desafiante, no tenía ya mucho que ver con la de la profesora de instituto que me relató toda esta aventura.

Yo no sé si los periódicos siguen publicando este tipo de noticias. Ni siquiera me he molestado en averiguar si aquella sección que tanta gracia me ha hecho siempre, la de “cartas al director” continúa existiendo. De lo que estoy seguro es de que, con el dinero que había puesto para mi último anuncio del gimnasio en este periódico de la ciudad, me daba todavía para publicar una historia que, sin querer enmendar la plana a nadie, aunque sea la primera plana, confío en que la titulen “La mujer que perdió un tren y encontró un pen”.


                

martes, 20 de diciembre de 2016

Enrique de Meer escribe...

EL BOTÍN

Sonó el pitido de cada mañana, el de todas las mañanas desde hace 30 años, y se agarró a los barrotes esperando ansiosamente que se abrieran. Sólo le quedaba un día para salir de prisión. Salió corriendo de su celda, recorrió el pasillo hacia la sala común como si le fuera la vida en ello y cogió el Altoaragón de la pila de periódicos. Buscó la información local rompiendo las páginas al pasarlas bruscamentey cuando vio la noticia lanzó el diario contra la pared, casi acertándole a un funcionario de prisiones. ¡Qué más daba un mes más o menos! Todo se había acabado.

¿Cómo podía imaginarse aquella noche de hace tres décadas, cuando se escondió en el parque con la bolsa de dinero que acababa de robar de un banco del Coso Alto, que años más tarde iban a volver a levantar el monumento de Las Pajaritas otra vez para reparar el mecanismo de la fuente? ¿Quién hubiera sido capaz de predecir que el dichoso aparato volvería a fallar justo ahora? ¿Cómo saber, mientras lo detenían después de haber escondido el dinero bajo la fuente en obras, que había un mendigo durmiendo en el cajero donde estampó el coche para entrar al banco? ¿30 años no eran suficiente condena por matar a un hombre como para que, por un día, no pudiera recoger al menos su botín?


Salió al patio y pensó en qué haría ahora que iba a ser libre y pobre el resto de su vida…

lunes, 30 de mayo de 2016

Entre Huesca y Massachusetts: un avance



“Un clásico es algo que nadie quiere leer pero que todo el mundo desearía haber leído” (Mark Twain)

            Ha comenzado la Feria del Libro en Huesca y Zaragoza. Esta vez no me encontraréis en la caseta de Pirineo, detrás de mis libros, como otros años. Pero estarán ellos, los verdaderos protagonistas, unos libros que han tenido siempre un comportamiento irreprochable y ejemplar. Por algo son ejemplares... Confieso que llevo dos años sin ponerme delante de vosotros, sin abusar de vuestra amabilidad y contaros mis historias, hablaros de esos intrusos sin modales que acampan a sus anchas en la Biblioteca Nacional, alertándoos sobre esa maldita colección de relatos que amenazan la tranquila noche sevillana. Estos días no podré plantarme allí, como un jotero sin bandurria, para hablaros también de ese puñado de historias cortas, entre risas y muecas de extrañeza, para poneros al corriente de los cambios en mi ciudad, de la vida en un pueblo del oeste de Massachusetts.
            Sin embargo, mis libros hablarán por mí. Allí estarán ellos, sin diplomacias ni maestros de ceremonias. Las dos novelas y la colección de relatos. Y aún os diré más… Si os acercáis a sus geniales portadas y aguzáis el oído, quizá escuchéis lo que está por venir, las historias que están sin publicar, pero que prácticamente están terminadas. No me extrañaría que, al abandonar la caseta de la editorial, en la plaza Luis López Allué en Huesca, en el paseo de la Independencia en Zaragoza, os volváis a casa con una cantinela rondando vuestra cabeza, con un par de tramas zumbando en vuestros oídos, con las dos últimas aventuras que han nacido en estos años. Y podréis contarme algo sobre una vendedora de castañas, que remueve, junto a las brasas de su caseta de madera de la plaza Inmaculada, toda la historia de su pasado. Y podréis repetir las palabras de Mark Twain y acompañar el viaje de una bibliotecaria de un pueblo americano en el que un profesor de literatura ha desaparecido inexplicablemente. Sus títulos, La vendedora de castañas y Mi cita con Mark Twain. Sus historias pronto vais a conocerlas.

lunes, 4 de abril de 2016

Sesión de cine



EL CINE

Había comprado la entrada por Internet. Era una página que había descubierto por casualidad, en una de esas tardes que nos anudamos al cuello para dejarnos mecer por el viento de la apatía y el aburrimiento. Una vez seleccionada la película ya solamente me faltaba adquirir la entrada. Me extrañó que hubiera que rellenar tantísimos campos y que todos llevaran asterisco. No tenía otra cosa que hacer. No tenía nada que ocultar. Pagué con la tarjeta y le di a la opción de confirmar la compra. Ya estaba hecho. Esa misma noche conduciría hasta el centro comercial y disfrutaría de la película. A ella le encantaban estos multicines y siempre habíamos venido aquí.
Como las otras veces, había cerrado los ojos delante de la pantalla del ordenador y pulsado al azar uno de los títulos de la cartelera. Sinceramente, me traía sin cuidado. Yo iba al cine por las palomitas, el refresco y la oscuridad salpicada de ruido envolvente. El género, el director o los actores me traían sin cuidado. Lo único que quería era olvidar que llevaba un año sin ella, que me había abandonado. La quería y aún tenía esperanzas de recuperarla. Por eso me había negado a concederle el divorcio.

Cuando retiré la entrada de una de las máquinas del vestíbulo, pude leer la hora de la sesión, la sala y el asiento. Ni rastro del título. La película estaba a punto de empezar, así que no tuve tiempo de pensar sobre ello. No había cola en los mostradores de refrescos y palomitas. Cargado con mi cubo de palomitas de maíz con mantequilla, mi vaso de coca cola cero, mi pajita y mi entrada, me acerqué hasta el muchacho que franqueaba el acceso a las salas de cine. No se limitó a indicarme la dirección de la sala y rasgar la entrada, como otras veces. Abandonó su puesto y me acompañó hasta el extremo de aquel pasillo de moqueta roja sembrado de cartones de publicidad. Abrió la puerta de la sala trece con una llave y me indicó que accediera a aquel cuarto. Allí no había nadie.

Se trataba de una habitación, una especie de sala de estar, con mesita baja, sofá y sillones con cojines a juego. Había una mesa más alta, de madera de roble, junto a una pared lateral. Aquel mobiliario me resultaba tan familiar… Sobre la mesita baja, un cenicero de mármol blanco y una fotografía con marco de plata, vuelta hacia la pantalla. Sobre ella, empezó a proyectarse la película. No pude pensar en nada más. No pude probar las palomitas ni el refresco.

La película está a punto de acabarse. Son imágenes mías, de mi infancia, de mi familia y amigos, del noviazgo y de nuestra boda. La escena que acaba de proyectarse justo en este momento me sitúa entrando en este cine, comprando la entrada y las palomitas, dejándome guiar por el chico de la entrada. En la pantalla se proyecta ahora, en esta misma salita, una figura, de espaldas, que lleva mi chaqueta, inclinándose sobre la mesita baja y alzando la foto enmarcada. No sé qué significa, pero creo que voy a levantar esta fotografía y llevármela a los ojos. El volumen de la banda sonora de la película ha subido considerablemente. Apenas puedo escuchar mi respiración o los latidos de mi corazón, que está en modo desgarro. Vuelvo el marco y en la fotografía  aparece mi mujer, diez años más joven, abrazada a un tipo con cara de niño, vestido de acomodador. Ambos se encuentran bajo un cartel inmenso de estos multicines. El tipo de la fotografía es clavado al muchacho que me ha acompañado hasta aquí.

Cuando quiero escapar ya es demasiado tarde. Intento forzar la puerta, que está cerrada con llave, y gritar para pedir auxilio. El volumen de la maldita película es tan alto que nadie va a escucharme. Miro de reojo a la pantalla. Hay una sombra que se esconde detrás de la mesa de roble, la mesa sobre la que comíamos aquellas tardes de domingo en casa de mis suegros. La pantalla me devuelve en primer plano el brillo de  una alianza sobre la mano que sostiene un revólver. Sé que los créditos están a punto de aparecer en la pantalla, y que mi nombre va a figurar entre el reparto. Y también el de ella, aunque solamente aparezca unos instantes en toda la película y apenas se le vea parte del rostro y una mano que se mantiene firme. No parece que vaya a temblarle el pulso.

            Juraría que el disparo ha salido de la misma pantalla, como las tres letras sobre fondo negro que han puesto punto y final a esta película.  

lunes, 4 de enero de 2016

Una historia en la terminal del aeropuerto



FLIGHT CONNECTION

            –Sé cómo te llamas y cuánto pesas. Lo sé todo sobre ti, preciosa. ¿Puedo invitarte a una copa?

            La chica del mostrador de facturación de Aerlingus estaba como el Santander. No daba crédito. ¿Quién se creía que era ese joven con un acento español tan marcado que sonaba a goleada fuera de casa? Llevaba una camiseta de Tom Brady y el cinturón a medio poner y la estaba mirando como quien consulta el catálogo de una tienda online. Era guapo, sí, y creído, como sus últimos novios, parejas, compañeros o cosas humanas con las que había salido… huyendo.

– ¿Una copita de vino? Venga, guapa, que lo estás deseando. Déjame que escoja para ti. Soy un experto. En vino y en mujeres.

Cada frase caía sobre la chica del mostrador de Aerlingus como un jarro de agua fría que, al final, hasta se agradece. Hoy iba a coger la chica ese vuelo a Boston y lo último que quería era pensar, darle más vueltas a su decisión de abandonarlo todo, de perder de vista para siempre aquel trabajo, de dejar por fin la terminal y empezar de cero. El muchacho tenía buena planta, aunque la mirara de perfil y no estuviera del todo calzado. Un ratito con él podría hacerle olvidar por un momento que su cerebro era una cinta de recogida de equipajes y que su último día en el aeropuerto había sido una auténtica pesadilla.

Las horas en el mostrador de facturación de la compañía irlandesa para la que trabajaba desde hacía cinco años habían sido horrorosas. Atendiendo, sonriendo, llevándose la mano al tocado que la empresa las obligaba a llevar y haciendo las mismas preguntas en varias lenguas y con la misma paciencia. Siempre de blanco y verde y con ese fular y esa faldita que solamente la podía haber diseñado un misógino. Sin embargo, lo peor era aguantar a los viajeros. La gente se ponía insoportable cuando viajaba y el día de hoy no había sido una excepción.
Recordaba aquella familia de primera hora, aquel matrimonio con dos hijos adolescentes que parecía sacada de unas negociaciones de paz de la ONU. El padre y la madre no paraban de insultarse y amenazarse, mientras las criaturas se mantenían neutrales, no mostrando ningún interés en propiciar una intervención o mediar en el conflicto. Después, una pareja que daba la impresión de que estaba cubierta de resina o de sirope de arce. No se despegaban ni un momento y los que estaban detrás de la cola habían tenido que empujarlos, a ellos y a sus maletas, para que avanzaran hacia el mostrador. Y luego estaba el niño que metía y sacaba cosas de la maleta, aprovechando que su pobre madre abría y cerraba sus bultos mientras calculaba el peso adecuado para evitarse tener que pagar un extra en la facturación.
En el mostrador de Aerlingus también había captado la chica algunas conversaciones entre los viajeros, como la de aquellos americanos que hablaban de política exterior o la de los dos españoles que hablaban de los políticos de interior y de la costa. Fuera ya del mostrador, la joven había observado en los pasillos a aquella azafata que taconeaba bien fuerte, por si todavía quedaba alguien en todo el aeropouerto que no se había percatado de lo mona que iba, y había contemplado también a un señor con su niña de tres o cuatro años, haciendo lo imposible para que su pequeña no descubriera los peluches de su serie favorita en la tienda de paso forzoso hacia las puertas de embarque.

No obstante, si había algo que la chica del mostrador de Aerlingus no podía soportar, eso era el control de seguridad. Esta vez había tenido que pasarlos ella misma, para poder coger su vuelo, y lo había vivido más de cerca que otras veces.
Al contrario que en los controles de la escuela, cuanto más estudias los avisos y escuchas con atención los anuncios de las autoridades aeroportuarias, más nervioso te pones. La gente entrega la documentación cuando les piden la tarjeta de embarque y siempre se olvidan de quitarse el reloj, el cinturón o los zapatos. Los hay tan abrumados que, cuando les toca recoger sus cosas, prueban a atarse los cordones del cinturón y a calzarse el reloj. Unos bajan los brazos cuando hay que levantarlos y, si oyen un pitido, enseguida confiesan faltas y delitos de la adolescencia delante del personal de seguridad.
Es tal la obsesión por no dejarse los objetos personales que los sujetos familiares pasan a un segundo plano. Puedes perder al niño durante varios minutos pero no tienes perdón si te dejas la pulsera o el monedero. Hay personas que tienen vocación de revisor de tren y miran su billete y pasaporte cuatro o cinco veces por minuto.

–Oye, nena, te veo un poco despistada. ¿Un Riojilla pues?

La chica del mostrador de facturación de Aerlingus piensa que el chico es un poco impaciente, y no puede dejar de verlo como cliente, aunque en el día de hoy ambos no sean más que un par de viajeros perdidos en tierra de nadie. Tampoco es tan guapo como le había parecido antes. Sin embargo, a veces es más cómodo dejarse llevar y, por eso, la chica señala el vino más caro de la carta del mostrador-restaurante de la zona de embarque. El pobre muchacho se ha puesto colorado tirando a tempranillo, pero la guapa irlandesa, se dice a sí mismo el chico, ha aceptado por fin su invitación y, antes de que sea demasiado tarde y la chica se arrepienta, habla con la camarera asiática y pide dos copas en un inglés tartamudo. La irlandesa le ha sonreído y al chico español se le ha iluminado la cara. Esta chica es preciosa, ha pensado en un español acelerado.

El chico español lo ha dejado todo por buscar trabajo en el extranjero. Ha dejado hasta de fumar. Ahora masca chicle a todas horas y no para de hacer flexiones con los carrillos. Hace un momento, cuando ha visto a la chica de Aerlingus acercarse a la barra-restaurante, ha tirado el chicle de nicotina al suelo y se ha limpiado con una de las trescientas servilletas que se había afanado en el Burger King donde ha comido, justo al salir de los controles. La servilleta se le ha quedado pegada a los dedos, así que ha decidido no saludar a la chica, por si acaso.
El chico español está nervioso porque la muchacha irlandesa no le presta atención. A lo mejor es sueca. El caso es que la chica está absorta en sus pensamientos. Él desconoce que la muchacha, que es americana, se vuelve hoy para su país porque ha cogido unas vacaciones de las que quizás no regrese.
El muchacho español no sabe que está la pobre harta de sinvergüenzas y de escucharse de todo en el trabajo. En el aeropuerto la gente se cree con derecho a levantar la voz en lugar de la maleta y ella taparía más de una boca con el papel adhesivo con el que marca el equipaje, como si fuera ganado. Algunos la emprenden con ella como si tuviera la culpa de los retrasos y de las cancelaciones de los vuelos. Otros la desnudan con la mirada, como si se cobraran en ella sus fracasos sentimentales. Trabajar en el mostrador de una compañía aérea es como hacer aeróbicos: el jefe te pone firme y el cliente quiere que te inclines  ante él. Por eso este chico se va a tener que dejar el sueldo que no tiene en la gracia de invitar a una chica solitaria. Y bien sola, por cierto. Es otra de las paradojas del curro en un aeropuerto: trabajas para una compañía aérea pero eres la persona más sola de la tierra.

–Mira, creo que voy a dejarte sola. No te preocupes, que la cuenta está pagada. Lamento que no hayas querido ni despegar los labios. Mi avión sí que va a despegar sin mí como no me marche. Confío en que no te haya molestado demasiado. No soy tan idiota como para no reconocer cuando sobro en un sitio.

La chica no ha dejado que el muchacho, atado a la barra de aquel restaurante, se siga flagelando con más frases cosidas con despecho. Él tiene razón y esa mirada suya de animal herido la ha cautivado profundamente. Ya no está tan claro quién es el cazador y quién la presa. La chica del mostrador de Aerlingus ha puesto su mano en el antebrazo del muchacho, como si fuera un click de Playmobil, y ha abierto la boca por primera vez desde que el español la abordó hace un rato para invitarla a una copa. El chico se ha vuelto a sentar y siente otro escalofrío, esta vez  por todo el cuerpo. La chica no le ha soltado el brazo y él la ha escuchado decir, como si fuera música celestial, que van a empezar desde el principio, que cómo es que él sabe cómo se llama ella y cuál es su peso exacto.  

–Tu nombre es Allison. Lo dice tu placa de identificación de Aerlingus. Sé cuánto pesas porque para sentarte en tu mostrador tienes que pisar la cinta en donde depositamos las maletas. Lo hacéis todos los empleados. Mi nombre es Fernando y, aunque aún no ha salido mi vuelo, creo que me encuentro ya en el mismísimo cielo.

La sonrisa de la chica del mostrador de Aerlingus no ha necesitado de traducción. El vino no se le ha subido aún a la cabeza, pero está claro que aquellos dos, el muchacho de la camiseta de los Patriots y la chica de la blusa blanca y verde de Aerlingus, subirán juntos a ese avión rumbo a Boston.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Historia de Navidad

UN CUCURUCHO DE CASTAÑAS



I



 El joven publicista apenas puede ver nada. La ciudad está escondida entre jirones de niebla, rasgada y envuelta entre una mordaza húmeda y opresiva que apenas deja espacio para respirar. Las señales no pueden leerse, los edificios se confunden unos con otros y las luces de los semáforos se difuminan como esos lacasitos sin brillo que uno encuentra tiempo después en el bolsillo de un viejo vaquero. El muchacho avanza por el Coso Bajo y descubre por primera vez que no es el único que transita por las calles de la ciudad. Es Nochebuena y casi todo el mundo se encuentra en casa, preparando la cena, ultimando detalles, recibiendo a los que están lejos. Alguna compra de última hora o alguna inquietud desconocida ha sacado de sus hogares a estos otros con los que el joven publicista y aspirante a escritor se topa en plena calle. Son las nueve y media de la noche, ya ha pasado las cuatro esquinas y está muy cerca del Teatro Olimpia.

 El muchacho ha estado trabajando hasta ahora en la nueva campaña de publicidad. Tenía que estar lista para antes de las fiestas y, sinceramente, el chico cree que ha fracasado. En su mano derecha, un puñado de papeles recogen las frases con las que iba a presentar su propuesta. Ahora esos folios arrugados no parece que vayan a salvar su puesto de trabajo. Ha sacrificado tantas cosas para poder centrarse en la dichosa campaña del año que viene… Ha dejado atrás a una chica maravillosa. Ha descuidado a sus padres, viejos y olvidados como aquellas cintas de VHS con las películas de su infancia. Ha olvidado que tiene tres sobrinos, que uno juega al fútbol todos los sábados en su colegio y los otros se morirían por escuchar uno de sus cuentos. Ha estado tan obsesionado con esta campaña que su mejor amigo ha dejado de contarle sus penas y ha empezado a descargar sus frustraciones al otro lado de la barra del bar de la esquina. Lo único que le queda es su ilusión, su confianza en sí mismo y su trabajo. Quizá esta noche lo pierda todo.



 En la plaza de la Inmaculada, en mitad del Coso Alto de la ciudad, cuatro paredes de madera y unas brasas conforman el hogar de la castañera. Todos los inviernos, esta señora que todo el mundo reconoce pero que nadie conoce de verdad, esta mujer que desafía el frío, la humedad y la niebla, remueve las castañas sobre las brasas. Se le acaba de terminar el papel para formar sus cucuruchos y aquel joven que camina triste como un testigo de Jehová sin compañero, como un perro sin amo, como un móvil sin carcasa, acaba de cruzarse con ella, sujetando con fiereza un puñado de folios que bien pueden servirle.

 La castañera no entiende el lenguaje de la cortesía y simplemente le ha hecho un gesto con el fuelle. El muchacho lo ha comprendido enseguida. Ha tardado unos segundos en llegar a la conclusión de que sus brillantes frases, sus eslóganes y sus agudas reflexiones van a ser de mayor utilidad en las manos de aquellos devoradores de castañas. El joven publicista se ha acercado hasta la casita de madera y le ha alargado a la anciana sus papeles. La mujer ha adivinado la tristeza y frustración en aquel muchacho y le ha dicho algo que le ha salido del alma. "Consumir preferentemente antes de que se enfríen". El chico se ha quedado perplejo y la mujer ha ocultado su rostro y ha vuelto a su tarea de revolver brasas y castañas.



II



 Han pasado tres horas. Algunas familias salen ahora de la Misa del Gallo y se cruzan con la juventud que sale de marcha. Nuestro joven publicista se ha pasado todo este tiempo paseando por la ciudad, visitando las Miguelas y el Transmuro, la Antigua Residencia de Niños, perdiéndose entre las calles de Huesca, camuflado entre la niebla. No ha dejado de pensar ni un momento en aquella frase de la vendedora de castañas. Consumir preferentemente antes de que se enfríen. Un momento. Es eso. Todas sus ideas, sus logos, sus frases, el trabajo de estos meses, las últimas horas sin dormir, sin descansar. Ya lo tiene. Tiene que recuperar esos papeles.

 ¿Cómo no lo había pensado antes? Con unas cuantas frases puede tocar el corazón de la audiencia, de los clientes, de las empresas que han patrocinado la campaña de publicidad. Y tiene que ser ahora, antes de que la gente se acomode y se duerma y se apalanque. Tiene que recuperar esas frases y darles el toque de la frase que está pintada sobre las tablas de aquella casita de madera. Tiene que ser "antes de que se enfríen".



 Mientras el joven publicista corre hasta el puesto de castañas, tres personas saborean aquel fruto tierno, sabroso, crujiente. La castañera sonríe y su mirada lleva cientos de años de conocimiento. Ella posa su mirada en las tres personas que, esa noche, se han acercado a su casita de madera, buscando algo más que el alimento y el calor de las brasas. Un matrimonio mayor se ha llevado el cucurucho de castañas y ha leído cientos de veces la frase en aquel papel tibio y arrugado. Una joven, con los ojos hinchados y los labios temblorosos no deja de repetir aquella frase de su cucurucho de castañas. Tiene que ser de él. Qué tonta ha sido. No tenía que haberlo dejado escapar. Muchas veces son las princesas las que tienen que sujetar al dragón y correr en busca del jinete y su caballo. Allí están sus padres, que la han reconocido entre la niebla, justo después de observar cómo compraba su cucurucho de castañas. No ha hecho falta que la vendedora les diga a ninguno de ellos de dónde ha sacado esos folios ni cómo han llegado hasta sus manos aquellos cucuruchos con los que ha acunado sus castañas asadas.



III



 Han pasado unos meses. Toda la ciudad está cubierta de carteles, pósters e imágenes de la campaña de ayuda al Tercer Mundo. Las imágenes son preciosas pero lo que todo el mundo comenta y repite y recuerda son aquellas frases, aquellos latigazos del alma, aquellos lengüetazos de cariño, aquellas caricias que arropan y confortan. Marquesinas y autobuses guiñan sus ojos a todo aquel que se pasea por la ciudad. Ya se acabaron las nieblas, los fríos y las humedades. El joven publicista no ha dejado su trabajo pero sale mucho antes y a veces consigue que los jefes le den un día para pasarlo con sus padres, para llevar a sus sobrinos al parque y contarles historias increíbles. Ella ha vuelto a conquistarlo y ahora todo el ingenio del muchacho se vuelca en los what´sapps que a ella le envía desde la oficina. Al final de la jornada los comentan entre sonrisas y bocados. Ambos recorren las calles de Huesca contaminándose el cariño sin preocuparse de niveles ni emisiones.

 La vendedora de castañas se fue de la ciudad y no volverá hasta el siguiente invierno. Será en las Navidades cuando retorne a Huesca, al Coso, a la plaza y a su puesto de castañas. Tiene la dirección de aquel muchacho y lo primero que va a hacer cuando vuelva el frío será pedirle alguna de aquellas frases u otra nuevas, tan encendidas como las otras, para escribirlas en papeles con los que formar sus cucuruchos. Sus castañas asadas son como los sentimientos y ella, la castañera, solamente tiene un único consejo para sus clientes: "consumir preferentemente antes de que se enfríen".